Mostrando entradas con la etiqueta asesinato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta asesinato. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de noviembre de 2009

Toma de posesión pasada por sangre en Sanidad

El doctor Juan Fermín Figueroa y Rivero esperaba de pie en la oficina de la Secretaría a que terminaran de redactar el acta de su toma de posesión de la Jefatura Local de Sanidad en Cienfuegos, cuando tronaron par de disparos en el propio salón y el médico cayó moribundo en brazos del reportero Eliso Cruces, quien tomaba nota de la fallida ceremonia.
A pesar del pequeño calibre del arma, un proyectil que penetró por la región labial superior y con orificio de salida en la parte posterior del cuello le causó una herida mortal por necesidad. Desde el lugar de los hechos, Paseo de Arango esquina a San Fernando, fue trasladado al hospital de Emergencias, pero llegó en estado comatoso a la mesa de operaciones y sus colegas nada pudieron hacer.
Figueroa, nacido en Santa Isabel de las Lajas 53 años antes, llevaba por lo menos 15 aspirando al cargo que ni siquiera tuvo tiempo de firmar aquella mañana del jueves 8 de marzo de 1934.
Una resolución del presidente de la República, coronel Carlos Mendieta Montefur, con fecha 2 de marzo había decretado la destitución del doctor Osvaldo Morales Patiño en el cargo de Jefe Local de Sanidad, a la vez que designaba para sustituirlo a quien sería asesinado en el intento de hacer válida la orden emanada en Palacio.
Al cesanteado, que administraba los asuntos sanitarios de la ciudad desde los convulsos días de finales de agosto del año anterior, los posteriores a la caída de Machado, le imputaban entre otras faltas la de haber cubierto la mayoría de los puestos de la entidad con sus amigos políticos.
Tras dos tentativas, durante martes y miércoles, de ocupar por medios pacíficos la oficina para la cual había sido nombrado, Juan Fermín se presentó en el edificio público la mañana del jueves, con el firme propósito de validar la disposición presidencial. Le acompañaban Gabriel Díaz Ojeda, mediador en la porfía por su condición de amigo del cesado y del sucesor, y el notario Gustavo Iglesias, encargado de legitimar por escrito la toma de posesión.
Ánimos desbocados signaban la jornada. Quienes perderían sus puestos con la asunción del nuevo funcionario estaban decididos a impedir a la cañona el cambio de administración. Entre el público que acordonaba el inmueble había quienes amenazaban penetrar en la Jefatura a viva fuerza. En tales circunstancias fue necesario llamar a la cercana Estación Naval de Cayo Loco, de donde confirmaron el pronto envío de 20 marinos.
Aunque en ausencia de Morales Patiño, que a la sazón permanecía en su domicilio de la calle Castillo, avanzaban de manera lenta los trámites legales. Juan Fermín dictó sendos telegramas para remitir al Presidente de la República, al Secretario de Sanidad y Beneficencia y al director de Sanidad. Pidió una larga distancia a La Habana con este último, doctor Félix Loriet. Aunque el letrado Iglesias aún afinaba los últimos detalles del acta probatoria, se apresuró en anunciar a su superior jerárquico que ya él era el Jefe de Sanidad en Cienfuegos.
El caldo de la cerrazón política fue sazonado con varias trompadas y bastantes improperios en el estrecho marco de la secretaría. Alguien gritó un viva a Mendieta y otro sentenció verbalmente al ex dictador Machado. En medio de la batahola Figueroa logró esquivar algún recto al mentón, pero no la bala de reducido calibre y grueso poder mortífero. Entre los testigos del homicidio estaba el quinceañero Gastón Figueroa, huérfano a partir de ese instante.
Como Juez de instrucción de la causa numerada 458 del año 1934, el doctor Marcelino Raggi se constituyó en el propio hospital de la calle Cuartel y Santa Cruz a fin de iniciar las diligencias y el capitán de la Marina Arsenio Arce ordenó la toma militar de la Jefatura de Sanidad.
La residencia del difunto, Arguelles número 185 altos, entre Prado y Gacel, hizo las veces de casa mortuoria. Resultó tan cuantioso el homenaje floral que fue necesario habilitar los portales vecinos de la Sociedad Minerva y la logia masónica Asilo de la Virtud para exponer las ofrendas.
Detenidos como sospechosos del asesinato que hizo recordar en la prensa local a los de Enrique Villuendas (1905) y Florencio Guerra (1917), fueron Abelardo Rodríguez del Rey y Milagros Pedraja Cano, ambos inspectores de la oficina en litigio, el empleado Carlos Cepero Díaz, el mecánico Wenceslao Tartabull, el albañil Miguel Villa y, por supuesto, el doctor Morales Patiño.
Villa quedó en libertad tras declarar y comprobarse su íntima amistad con el médico baleado. Los otros cinco, procesados con exclusión de fianza, aunque negaron los cargos, entre ellos el de planificar la muerte de Figueroa.
Tal como sucedía en ocasiones de similar cariz, con el pasar de los días el caso fue perdiendo vigencia en la prensa local hasta diluirse casi por completo.
Sabemos que el 6 de junio los acusados fueron trasladados a la cárcel provincial en Santa Clara. Para entonces ya sólo eran tres: Rodríguez del Rey, Pedraja y Cepero.
El 6 de octubre La Correspondencia publicó un suelto en última página intitulado “El asesinato del doctor Figueroa”. Daba cuenta de la absolución de los dos últimos por la Audiencia de Las Villas, “tras demostrar su absoluta inocencia”
Abelardo Rodríguez del Rey, a quien el policía Atilano Delgado había visto huir de la escena del crimen revólver en mano, ya no tenía compañeros de causa. En la celda santaclareña a lo mejor repasaba los acontecimientos del jueves 8 de marzo último. Entre ellos el momento de su arresto por el cabo de la Municipal Evaristo Nodal, mientras trataba de ocultarse en la peletería La Principal y él le imploraba: “No me mates que soy un revolucionario como tú”.

lunes, 22 de septiembre de 2008

¿Una escuela en La Suiza?

Cuando el martes 22 de septiembre de 1905 en la habitación número uno del hotel La Suiza fue ultimado el coronel independentista Enrique Villuendas, uno de los líderes con más capital político en las filas del Partido Liberal, la gobernación provincial de Las Villas era ejercida por el General José Miguel Gómez, caudillo de la propia formación partidaria y candidato presidenciable a las luego fallidas elecciones del 19 de marzo siguiente.
Villuendas, el más joven de los constitucionalistas de 1901, estaba por cumplir 31 años y en la Guerra del 95 peleó a las órdenes de José Miguel, por lo que más allá de la militancia política los unía la familiaridad forjada en la manigua.
Una de las últimas comunicaciones de puño y letra del joven mártir del liberalismo, escrita la víspera de su muerte sobre dos cuartillas litografiadas con el membrete del hotel de la calle San Carlos 103, tuvo como destinatario al general espirituano identificado por su posterior desempeño en funciones de estadista (1909-1913) como El Tiburón.
Parece ser que ya instalado en el primer sillón de la República Gómez sintió la necesidad de realizar un acto en memoria del antiguo subordinado y más tarde compañero de afanes políticos. Y no encontró mejor fórmula de cuajar el homenaje que convertir el sitio del martirio en una escuela pública. Así lo contó La Correspondencia en primera plana de su edición del 9 de febrero de 1911.
Para ello el mandatario comisionó al coronel mambí Paulino Guerén a negociar la compra del edificio donde se alojaba la hospedería. Guerén fue quien rescató de La Suiza el cadáver ensangrentado de Villuendas y le dio cristiano velatorio en su hogar de San Carlos esquina a Gloria, donde una tarja recuerda aún aquel gesto de nobleza. Y quien al amanecer del siguiente día lo sepultó en el cementerio de Reina, luego de costear los gastos fúnebres con su propia billetera.
A fin de cumplir la encomienda presidencial llegó el veterano hasta el ingenio Dos Hermanos, donde trasladó la oferta a la dueña del inmueble, la isleña Doña Francisca Tostes y García, viuda y heredera universal de los bienes de Don Nicolás Acea y de los Ríos, El Benefactor de Cienfuegos.
La respuesta de Panchita Tostes a la primera autoridad nacional fue una carta entregada en manos propias al portador de la solicitud. Esta columna reproduce los párrafos de la misiva que en su momento trascendieron al público mediante la referida portada de La Correspondencia, el matutino que se editaba a escasos 100 metros del hotel convertido en lugar de peregrinación del liberalismo criollo.
“Yo conocía personalmente al coronel Guerén antes de recibir su carta y la estimaba como bueno y servicial amigo. Así que ahora que veo que usted hace tan alta distinción de él, es doblemente acreedor a mi particular aprecio. Y siendo así, no he tenido duda alguna en ser con él lo más franca que me ha sido posible, al tratarse de la compra de la casa que ocupa el hotel La Suiza, donde desgraciadamente se desarrolló aquel luctuoso drama en que perdió la vida el bien llorado Enrique Villuendas.
El propósito de usted es muy plausible y soy la primera en encomiarlo en todo lo que vale y lamento esta vez no corresponder a su petición. El coronel Guerén le comunicará los motivos poderosos que tengo para no deshacerme de esa casa. En ella me casé y allí fui muy feliz y me ligan a ella lazos de afecto que son para mí inquebrantables. Esa casa fue para mí un regalo de bodas y están asociados a ella recuerdos y promesas tan sagrados, tal vez como sus recuerdos y memorias del pobre Enrique Villuendas. Y siendo usted mi amigo supongo que no querría que yo que estoy ya casi en el ocaso de mi vida, rompa con promesas íntimas y sagradas y con recuerdos que sólo son ya los únicos alicientes que me fortifican en mi voluntaria y apartada soledad.
Perdone, distinguido amigo, que le haya llevado a un terreno tan íntimo para negarle la solicitud de compra de una propiedad, pero como el comprador han sido tan delicado, que para hacer proposiciones de compra de una propiedad que no estaba en venta, invoca también sentimientos de naturaleza íntima a ese terreno he tenido que ir yo también. Así es, mi distinguido amigo, que si usted aprecia en algo la amistad que desinteresadamente le he profesado siempre, le ruego que mientras viva no insista en la compra de esa propiedad y espero que, pesando en todo su valor las razones expuestas, perdonará Ud. mi negativa y seguirá dispensándome su valiosa amistad”.
Cuando el autor de esta columna investigó los sucesos del martes sangriento de La Suiza en alguna de las fuentes consultadas salió a relucir el nombre de Don Nicanor Sánchez como el dueño del hospedaje. Y que la fundación databa de 1899.
En todo caso Sánchez sería arrendatario de la construcción de dos plantas por la cual Doña Francisca Tostes sentía tal veneración. Su matrimonio con Acea de los Ríos, viudo de Doña Teresa Terry Dorticós, fue registrado el 19 de junio de 1881, dato que prueba la antigüedad de la propiedad en el inventario de los bienes de El Benefactor.
A los pocos meses de su delicada negativa a El Tiburón, el 24 de mayo de 1912, a los 77 años falleció la hija de La Orotava (Tenerife) y por lo visto La Suiza siguió siendo hotel mucho tiempo más hasta convertirse en la ciudadela que hoy conocemos.
Como tampoco dejó descendientes, su fortuna administrada por los albaceas Cipriano Arenas, Felipe Silva e Isidoro O’Bourke, daría origen a un sonado litigio en los tribunales. Pero, esa será otra historia, por ahora cubierta con el manto sepia del tiempo ido.

sábado, 24 de mayo de 2008

¿Quién mató a Madrazo?

Bucear en las aguas de la historia convierte a veces al que se empeña en tales tratos con el pasado en algo parecido a un sabueso policial. El suspense creado por el final abierto de la última columna no entraba en los cálculos de su concepción original y tampoco desea el cronista usurpar funciones detectivescas.
Como recordarán el teniente del Ejército Constitucional Ramón Garateix y el subinspector de la Policía Secreta Alfredo Paredes Ledón fueron los encargados por la justicia para encontrar el culpable del asesinato de Isidoro Madrazo, presidente de la Compañía Arrendataria del central Parque Alto, ocurrido en la madrugada del 9 de abril de 1941, cuando un hombre bien emboscado para la ocasión le descerrajó un escopetazo en la cabeza.
Hecho poco usual aquel que tuvo por escenario la fábrica azucarera en la vecindad de Congojas, porque a un dueño de central no lo ultimaban todos los días, por muy violenta que fuera la sociedad republicana.
Entonces no es de extrañar que el crimen bajo la fronda de los laureles de Parque Alto compartiera cintillos de portada en los diarios cienfuegueros con los avatares bélicos que volvían a destruir Europa. Sólo La Correspondencia le dio cabida en primera plana en doce ediciones de abril y en nueve de mayo. Pero la mayoría de los notas insistieron en la novela que se tejía alrededor de la herencia del hacendado.
Fue en la edición del 29 de mayo cuando el diario publicó un ¡Última hora! que anunciaba el descubrimiento del asesino del millonario Madrazo, pero sin soltar prenda, porque evidentemente no la tenía. Al día siguiente el periódico de la familia Velis titula con la acusación del teniente Garateix a los líderes sindicales del central como autores del hecho de sangre. Tan convencido está del resultado de sus pesquisas que ofrece 100 pesos de su peculio a quien sea capaz de destruir las pruebas aportadas.
Sostuvo el investigador que tras un sorteo macabro realizado por la directiva gremial le tocó en suerte a José “Cheo” Rodríguez Goytisolo, un mecánico mestizo de 28 años, ejecutar al industrial. La prueba más comprometedora resultó la declaración de Evaristo Abreu, empleado del central, quien aseguró que desde su habitación en el barracón del ingenio escuchó la trama urdida en un local contiguo.
Mientras el acusado principal declaraba su inocencia a reporteros que lo entrevistaban en la cárcel de Cienfuegos apareció otro testigo incriminador. En presencia de los detectives, Reinaldo Rivalta describió a Cheo Goytisolo como buen tirador y gran cazador de venados en fincas aledañas al ingenio. Para colmo de males aseguró que el susodicho le había comentado estar esperando una noche oscura para “matar al Mayor”.
En vista de que no apareció el arma homicida el Gabinete Nacional de Identificación envió al perito Eutasio Moreno López, con más de 30 años de experiencia en asuntos de herrería, comisionado para investigar en la fragua de los hermanos Rodríguez Goytisolo. Tomó muestras de escoria de la forja para comprobar si se correspondía con el tipo de acero empleado en la fabricación de escopetas de caza, pues existía la sospecha de que el trabuco hubiera sido derretido.
El 7 de junio en Santa Clara el coronel Gómez Gómez, jefe militar de la provincia, tuvo una entrevista con los dirigentes de la Federación de Trabajadores de Las Villas y el Buró Azucarero, Jesús Menéndez, Indalecio Acosta y Evangelino Pérez. “Estoy convencido de que en el asesinato no han intervenido las organizaciones obreras de la provincia, cuya función es otra muy distinta a la de preparar atentados personales”, aseguró el líder castrense.
El teatro de las investigaciones alcanzó también a la provincia de Camagüey, donde María Rosales, concubina de Cheo, testimonió que el acusado portaba mucho dinero cuando la visitó a principios de mayo.
Como aquello del árbol caído a Rodríguez Goytisolo terminaron achacándole un robo a Santos González, dueño de la colonia Convento, y lo peor, el asesinato en 1933 del chino José Achí, protegido de los Fowler, los antiguos dueños del ingenio. El asiático que vivía en un fortín de tiempos de España fue estrangulado para despojarlo de una bolsa con monedas de oro, según la versión popular del suceso.
Luego de mediado junio, cuando circularon las anteriores noticias, el tema Madrazo reaparece el 17 de julio para anunciar el fin de las investigaciones. La nota no aportaba casi ningún elemento novedoso, salvo que libros y documentos ocupados en la sede del Sindicato, en Congojas, probaban el planeamiento del escopetazo fulminador.
En juicio correccional celebrado en Rodas el 24 de octubre del mismo año 41 el juez Pérez Brenguier absolvió a la directiva sindical, incluido Cheo Goytisolo, acusada de desacato a los agentes del orden durante movimientos reivindicativos de los obreros con motivo de divergencias habidas con Madrazo. Otros acusados fueron el congresista Jesús Menéndez, exonerado de concurrir a juicio en virtud de su inmunidad parlamentaria, y el político cienfueguero Rolando Meruelo. La defensa estuvo a cargo de un joven abogado que 18 años después sería presidente de la república revolucionada: Osvaldo Dorticós.

sábado, 17 de mayo de 2008

6 perdigonazos en Parque Alto

El homicida llevaba días esperando una noche tan oscura como esta madrugada sazonada por los olores dulzones de la molienda, cuando en el batey del ingenio sólo se escucha el ronroneo cansino de las máquinas. Y los pasos de la futura víctima, que está a menos de seis metros del cazador y a cinco de la escopeta apuntada con la habilidad de quien está acostumbrado a hacer diana en la testuz de un venado. El de la emboscada apretó el gatillo.
El cráneo de Don Isidoro Madrazo Torriente explotó como si fuera una güira seca y la masa encefálica chorreó sobre el cuerpo que ya era cadáver cuando cayó a tierra. Luego la autopsia contaría seis perdigones en la cavidad craneal del dueño del ingenio. Pablo Pereira, el administrador de la industria, decretó la suspensión de las labores tan pronto conoció la muerte del patrono.
La muerte del presidente de la Compañía Arrendataria del Central Parque Alto, S.A. sería primera plana en los diarios cienfuegueros del 9 de abril de 1941, miércoles de la Semana Santa para ser más preciso.
El coronel Abelardo Gómez Gómez, jefe militar de la provincia de Las Villas, y el licenciado Arturo López Madrazo, comandante inspector de la Policía Nacional se personaron en el cementerio de Rodas, lugar de la necropsia en las primeras horas de la mañana. El cuerpo de Madrazo que tenía su residencia oficial en la finca Platanical, en las cercanías de Jicotea, poblado del municipio villareño de Santo Domingo, fue sepultado al siguiente día en La Esperanza.
Los primeros detenidos como sospechosos de la encerrona homicida fueron Juan Castillo Ocampo, José Abreu Gómez y Emiliano Espinosa Pérez, todos obreros de la fábrica de azúcar. El último había tenido algún roce reciente con el dueño por cuestiones laborales.
Como investigadores principales del caso que sería radicado con el sumario 524 en la Sala de Gobierno de la Audiencia de Santa Clara, fueron nombrados el teniente del Ejército Constitucional Ramón Garateix, designado por Gómez Gómez, y el subinspector de la Policía Secreta Alfredo Paredes Ledón.
A los detenidos se sumó al segundo día el dueño de la colonia Convento, Pedro Bompío García. Los cuatro fueron sometidos a la prueba de los guantaletes de parafina, evidencias enviadas al Gabinete Nacional de Identificación, en al capital de la República.
Los primeros implicados quedaron en libertad, mientras Bompío era excluido de fianza. En esa zafra ardieron los cañaverales de su colonia y el dueño del ingenio se había negado a moler las cañas chamuscadas, hecho que provocó un duro enfrentamiento verbal entre los dos hombres.
El esclarecimiento del crimen demoraría hasta últimos de mayo y finalmente cubriría de gloria a los sabuesos Garateix y Paredes. Por lo menos la prensa cienfueguera los cubrió de halagos profesionales.
Pero en las 50 jornadas que mediaron entre el escopetazo madrugador tras los laureles a la entrada del central y la detención de los supuestos culpables hubo suficiente tiempo para tejer y destejer una historia digna de culebrón televisivo, de haber existido por entonces en la Isla la magia de la pequeña pantalla.
El nudo dramático del posible guión giraría en torno a la herencia del difunto, calculada en un principio y de manera extraoficial cercana a los 14 millones de pesos. Llamaba la atención la circunstancia de que el industrial cazado era soltero, no tenía hermanos y sus padres habían fallecido antes.
A sus tías maternas Isabel y Flora Torriente y Madrazo, viudas de Aguiar y Pumariega, respectivamente, y residentes en Cienfuegos, pronto le apareció una competidora: la niña Angela de las Nieves. Según, Anastasia Abreu, doméstica en la casa del dueño del central, la criatura nacida el 30 de noviembre del año anterior era fruto de sus relaciones carnales con el patrón, quien había elegido los padrinos de la bebita y la iba a reconocer como su hija a fines del propio mes de abril en Santa Clara.
El 15 de mayo se apareció en Cienfuegos la gringa Edith E. Sadiff con intención de reclamar la herencia de Madrazo. Traía la recomendación del embajador estadounidense en La Habana, Mr. Messernith, para su cónsul en la ciudad, Mr. Hernan C. Vogenitz.
Alegó que conoció al difunto en Nueva York en 1919 y desde entonces sostuvieron relaciones íntimas. Mostró una foto de grupo tomada en París dos años más tarde en la cual aparecía la pareja. En 22 años de vida común jamás le pidió a Madrazo la legalización de su estatus, pues lo quería a él, no a sus millones y no quiso manchar el romance con pretensiones de índole tan grosera como el dinero. Al menos tal argumento sostuvo ante la prensa local.
Todavía habría más sardina para arrimar a la brasa de la herencia en disputa: el niño Isidoro Moisés de la Torre y Valdés, nacido en el Hospital de Maternidad e Infancia de Santa Clara el 4 de septiembre de 1940. Su madre, María de los mismos apellidos, juraba que el tierno fruto había sido engendrado por los jugos del industrial emboscado.
e Madrazo. Traía la recomendación del embajador estadounidense en La Habana, Mr. Messernith, para su cónsul en la ciudad, Mr. Hernan C. Vogenitz.
Alegó que conoció al difunto en Nueva York en 1919 y desde entonces sostuvieron relaciones íntimas. Mostró una foto de grupo tomada en París dos años más tarde en la cual aparecía la pareja. En 22 años de vida común jamás le pidió a Madrazo la legalización de su estatus, pues lo quería a él, no a sus millones y no quiso manchar el romance con pretensiones de índole tan grosera como el dinero. Al menos tal argumento sostuvo ante la prensa local.
Todavía habría más sardina para arrimar a la brasa de la herencia en disputa: el niño Isidoro Moisés de la Torre y Valdés, nacido en el Hospital de Maternidad e Infancia de Santa Clara el 4 de septiembre de 1940. Su madre, María de los mismos apellidos, juraba que el tierno fruto había sido engendrado por los jugos del industrial emboscado.