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lunes, 26 de abril de 2010

Tanto nadar y lo cogieron en pelotas

Tanto fue el cántaro de Polo Vélez a la fuente de la audacia que terminó haciéndose añicos el 27 de julio de 1937 en la finca La Mulata, propiedad del hacendado cienfueguero Lázaro Díaz de Tuesta, en el entonces barrio de Arango, por la vuelta actual de Ariza y Limones. El capitán Teodoro Fabián Martínez, jefe del escuadrón 7 de la Guardia Rural rellenó de gloria una página de su expediente militar, aunque los tiros que liquidaron al sucesor de Manuel García, en la monarquía absoluta de los campos de Cuba, fueron obra de la puntería de un teniente con nombre de trovador y un soldado con apelativo de recluta, Carlos Varela y José Dávila, respectivamente.
Al menos esa fue la narración que sobre la escaramuza final del bandolero cumanayagüense contó a sus ávidos lectores la prensa perlasureña de la época.
Pero esa es otra historia. Aunque en aquella balacera de La Mulata, más bien en la desbandada que prosiguió tuviera su génesis la siguiente.
Optimista como suele ser la prensa en todos los tiempos, uno de los diarios cienfuegueros dio por descontada la captura de El Mejicano, lugarteniente de Polo en sus incontables fechorías por los años de los años, y quien había cogido las de Villadiego al percatarse de la última trastada de la fortuna. Pero tampoco esta es la historia del segundo al mando de la banda.
Pasaron tres meses y La Correspondencia anunció en su edición del 2 de noviembre la captura en la provincia de Oriente de uno de los hombres de Polo. En el hospital holguinero de La Periquera convalecía de varias heridas un hombre, a quien las autoridades consideraban el último de los 21 integrantes de la cuadrilla descabezada en la hacienda de Díaz de Tuesta.
Si no cantaba El Manisero, la justicia le aguardaba, balanza en mano y venda en los ojos, para que respondiera por 25 causas pendientes.
La tarea de identificarlo fue un verdadero lío para los “CSI” de la ciudad de los parques. De manera que la Jefatura del Tercer Distrito con sede a la sombra de la Loma de la Cruz solicitó la presencia de un experto procedente de la zona natural de operaciones de la gavilla veleziana.
Y para allá mandaron desde Santa Isabel de las Lajas al teniente Ramón L. Gárate Flofat, quien reconoció al reo hospitalizado como Alfredo Castellón Lozano. Pero el tipo era un artista del camuflaje identificativo, que respondía lo mismo por Alfredo Simplicio o Rogelio Lázaro, además de los clásicos alias de los tipos fuera de la ley: Agero o Cao. Lo que sí quedó en firme fue la filiación del forajido: hijo de Germán y Ana, ex estudiante y natural del rincón querido del Benny, aunque prefiriera el ritmo de los cañones de los Colts y los Winchesters al de los tambores makuta y el tres.
En el archivo de las causas pendientes figuraban, entre otras, las muertes del cabo Morales y un policía de La Juanita; en Cruces, asalto y robo de la tenería y agresión a un ministro prebisteriano; lesiones a un campesino en Ciego Montero y atraco a un dueño de finca en Cartagena.
Castellón llamó junto a su cama hospitalaria al capitán Guerrero, viejo “conocido” de Las Villas, y le confirmó su identificación. Abundó en detalles. A saber: la residencia de sus padres en la calle cienfueguera de Castillo, entre Holguín y Delicias, un hermano trabajaba en la notaría del doctor Grau y una tía de apellido Benítez trabajaba de maestra pública en Santa Clara. Al parecer la disfunción familiar no fue la causa que lo llevó por el mal camino de los pistoleros.
Narró sus peripecias posteriores a la pelea con las fuerzas de Teodoro Fabián. Dos meses más tarde, el 29 de septiembre, sostuvo fuego con la patrulla del teniente Castellanos en la finca Cantarranas, barrio de Cartagena. Entonces los remanentes de la banda, El Mejicano y La Fija, entre ellos, decidieron poner tierra por medio. A mediados de octubre, en guagua llegaron hasta Holguín, llevando consigo en el portaequipajes del propio transporte un rifle calibre 44, un crack y gran provisión de proyectiles.
Por los periódicos del norte oriental conocieron del intenso patrullaje militar en la zona a causa del asesinato de Machaquito. Castellón quiso volver sobre sus pasos, a la región central donde se sentía como pez en el río. Pero El Mejicano conocía una colonia cerca de Contramaestre en la cual contaba con paisanos. Ubicados en la zona hasta llegaron a participar de algunas lidias de gallos y entre tanto, planeaban el asalto al pagador del central próximo al pueblo y luego el crimen del comerciante Alfonso Fernández.
Mientras el palo iba y venía tuvieron ocho encuentros con los amarillos. Acorralado por la persecución de los rurales y más solitario que El Llanero, Castellón llegó hasta un paraje de Cauto Cristo, junto a la ribera del Amazonas cubano. Como las aguas de octubre habían desbordado el mayor cauce fluvial de la Isla, debió esperar un poco. Para despistar a los rastreadores hizo un bulto con sus ropas y las arrojó a la corriente brava. Entonces atravesó la riada a nado y llegó con el mismo traje de Adán a casa de Horacio Gómez, en la otra orilla.
Allí lo estaba esperando la Rural. Al parecer ofreció resistencia, porque lo cogieron en cueros, pero herido.

domingo, 7 de marzo de 2010

La visita de Machado a Cienfuegos

Liberales y conservadores aparentaban ser un solo cuerpo político, y no los enconados antagonistas de antaño. En la Cuba de finales de 1927 aquella alianza de intereses conocida como cooperativismo aupaba las intenciones de Gerardo Machado de estirar su período en la presidencia de la República hasta 1935, por lo menos.
En ese contexto ocurrió entre bombos y platillos, el domingo 18 de diciembre, la visita a Cienfuegos del mandatario, a quien sus adversarios llamaban con sorna el Mocho de Camajuaní.
Con un programa resumido en la consigna “Agua, caminos y escuelas" y el lema “a pie” que intentaba denotar la base popular de su candidatura al frente del Partido Liberal, el general de insulso expediente militar en la Guerra del 95, derrotó en las elecciones presidenciales de noviembre de 1924 a su colega de galones Mario García Menocal, el conocido Mayoral de Chaparra, que fue a las urnas en representación del Partido Conservador en busca de su tercer período en Palacio.
Llevaba Machado año y medio en el poder y ya cargaba unos cuantos asesinatos políticos sobre su conciencia, entre ellos el líder de la Hermandad Ferroviaria en Cienfuegos, Baldomero Duménigo, pero al hombre fuerte de la Isla lo alentaba sobremanera el capricho de los caudillos. La soberbia y vanidad que le asistían necesitaban del elogio aunque fuera mentira.
Cuenta el historiador Julio Le Riverand que el mismo día de su llegada a la mansión ejecutiva, el 20 de mayo de 1925, su exegeta Jesús María Barraqué (designado Secretario de Justicia del propio gobierno) publicó en el diario habanero El Mundo que tanto Máximo Gómez como Tomás Estrada Palma le habían pronosticado que Gerardo Machado y Morales sería presidente de Cuba.
La estadía de dos jornadas en la Perla del Sur formó parte de una campaña a favor de la prórroga de poderes y la reforma constitucional que le sirviera de apoyatura legal a sus propósitos. A fines de la semana anterior la caravana presidencial recorrió la próspera ciudad camagüeyana de Morón y luego Santa Clara.
A las cinco de la mañana de aquel domingo partió de la Estación Central de La Habana el convoy formado por la locomotora 402, dos vagones de primera clase y los coches-salones Zaza, Trinidad, Nuevitas, Habana, Tínima, Ciego de Ávila y Yosemite.
En este último con nombre de paisaje gringo viajaba el presidente, a quien acompañaba en la gira una comitiva formada por el vicepresidente Carlos La Rosa, secretarios de estado (ministros), senadores, representantes, gobernadores provinciales, jefes militares y periodistas, en número cercano al centenar.
Con marcado interés de desinformar, los organizadores del recibimiento señalaron indistintamente a la Calzada de Dolores y la estación ferroviaria de la calle Gloria como puntos de desembarque. Sin embargo Machado puso pie en tierra en Castillo y Santa Isabel y por esta calle salvó en la máquina oficial de la Alcaldía las cuatro cuadras que lo separaban del Ayuntamiento.
Frente a la casa municipal de gobierno los anfitriones situaron un arco de triunfo, desde cuya plataforma de madera de tea levantada a 90 centímetros de altura, el homenajeado presenció a continuación un desfile cercano a las dos horas y media de duración.
El periódico La Correspondencia dedicó casi una página entera a detallar la revista organizada por el alcalde conservador de Cienfuegos, Pedro Antonio Aragonés, en honor del presidente liberal de la nación.
La parada que enfiló por la calle San Fernando, de Prado hacia el parque Martí, incluyó 22 cuadros, el último integrado por los cinco mil jinetes de las caballerías llegadas desde todos los pueblos vecinos. El arco estaba rematado por la inscripción: “Al mejor presidente de Cuba”.
Para alojamiento del presidente sus anfitriones eligieron el Cienfuegos Yatch Club, donde el lunes 19 el Grupo de Lobos de Mar le ofreció un almuerzo y las 11 de la noche del propio día hubo un baile de etiqueta para despedirlo.
Otros momentos del programa fueron la sesión vespertina-dominical del Rotary Club, en la cual las clases vivas cienfuegueras aprovecharon para extenderle un pliego de demandas, entre ellas obras de saneamiento, mejoras de las calles y el acueducto, planta de clorificación, construcción de la carretera a La Sierra y reparación de la vía a Manicaragua, a partir del puente de Lagunillas. También el dragado del puerto y su declaración como zona libre, así como tres centros educacionales: Escuela Normal de Maestros, Escuela Central (primaria) y una Técnica Industrial.
Para dorarle la píldora los rotarios lo agasajaron con un champagne de honor en el Roof Garden del flamante hotel San Carlos.
LA SEGUNDA JORNADA, LUNES 19
“La Cuban Telephone Company cede galantemente un micrófono que se instalará en el Terry para el mitin del 19. Los discursos pronunciados allí serán pues oídos por todas las estaciones radiográficas de la Isla”.
El suelto anterior apareció en la edición de La Correspondencia del sábado 17 de diciembre de 1927, víspera de la llegada del presidente Gerardo Machado a Cienfuegos. La reunión política de marras en el coliseo de San Carlos y San Luis conjugaba la esencia del viaje de dos días del huésped de Palacio a la ciudad. Por entonces la radio era el último grito de la moda en términos de comunicación social y la compani gringa aprovechaba aquel filón, mediático diríamos hoy.
Pro reforma constitucional, tal fue la divisa de la asamblea vespertina efectuada bajo la sombra de los frescos de Camilo Salaya que cobijan el lunetario del teatro símbolo de la Perla del Sur. Por la tribuna desfilaron liberales, conservadores y populares o si lo prefiere machadistas, menocalistas y zayistas, en perfecta concordia. A juzgar por sus discursos pareciera que la Isla era el edén político de la Tierra.
Antes, a las ocho de la mañana del propio lunes, el Ayuntamiento aprovechó la ocasión para realizar un acto solemne en el cual Machado recibió el título de Muy Ilustre Hijo Adoptivo de Cienfuegos. El mismo pergamino, solo que sin el Muy, le fue conferido a Antonio González Mora, director del diario habanero El Mundo.
Del discurso del principal homenajeado en la Casa del Pueblo sería bueno rescatar algunos párrafos ante los cuales los comentarios huelgan.
“Todo lo que ha pedido Cienfuegos lo concederé porque ya estaba en mi mente.
La patria está por encima de todo y no murió Martí, Maceo y tantos mártires de la libertad para que después vinieran los presidentes de la República a ser unos menguados y a medrar con ella.
El Congreso aprobó una ley concediéndome dos años más en el poder. El mismo Congreso puede votar otra si lo cree conveniente a los intereses de la nación para que renuncie a esos dos años. Si en cambio les convienen dos años más para que el presidente continúe haciendo una política nacionalista, estoy dispuesto a ir con los partidos políticos, con el país todo; pero si por el contrario no ocurre así, entonces el presidente de la República, una vez concluido su período de cuatro años volverá a su casa con la satisfacción del deber cumplido”.
Palabras que no tienen desperdicio. Caudillismo y demagogia al por mayor y dándose la mano Por si hiciera falta un dato para reforzar la idea triunfante del cooperativismo en ciernes, dijo que en el tren presidencial vino a Cienfuegos todo el espectro político de la nación.
Y agregó que: No sólo tenía el reconocimiento de las repúblicas latinoamericanas, sino que comenzaba a llegar de Europa: Mussolini, el rey de España –Alfonso XII-, el dictador hispano Primo de Rivera. En fin, dime quien te alaba y te diré quien eres. El discurso fue premiado con una ovación y gritos de ¡Viva el presidente modelo!
Intensa resultó la jornada del lunes para el mandatario proselitista. Se levantó temprano como buen guajiro, pero en el confort del Yatch Club. El potentado cienfueguero Laureano Falla Gutiérrez le llevó a conocer las instalaciones del sanatorio de la Colonia Española a las siete y media, y 30 minutos más tarde ya estaba listo para recibir el agasajo en el Ayuntamiento. Tuvo tiempo además para inaugurar el arco de triunfo en su honor que se estaba levantando en la avenida Pedro Antonio Aragonés –Malecón-. Obra para la cual el político perlasureño doctor Santiago Rey desembolsó la generosa suma de cuatro mil pesos.
Con el título honorario fresquecito en sus manos, más bien en las de algún edecán, visitó el cuartel de bomberos, al doblar, en la calle de San Luis. A las 11 y media estrenó las obras de dragado del puerto. A bordo de la draga barrenadora oprimió un botón eléctrico que provocó la explosión de las primeras barrenas en el lecho marino.
Al atardecer el alcalde Aragonés y la primera dama municipal, María Martínez de la Maza, le obsequiaron con una recepción en su palacete. A las ocho de la noche acudió al convite de la Sociedad Minerva, que agrupaba a cienfuegueros negros y mulatos.
Para cumplir su programa de unas 36 horas en la ciudad sólo restaba retornar al Yatch y hacer las maletas. Es un decir. Y participar del baile de gala, regalo de la higth society cienfueguera. Con los últimos acordes de la orquesta se fue directo a la cama del coche Yosemite. A las nueve y 20 de la mañana del martes ya estaba en Palacio.
Seguramente orgulloso de la última batalla librada a favor del cooperativismo.

lunes, 1 de febrero de 2010

Doña Francisca y la muerte

Doña Francisca sabía lo poco que le quedaba en este convento y decidió poner sus bienes en orden. Por eso el notario y los tres testigos acudieron con puntualidad de té inglés a la cita con la propietaria, prevista para las once en punto de la mañana del 17 de abril de 1912 en la casa de la calle que entonces llevaba el nombre de su difunto marido, aunque siempre será San Carlos, esquina a Santa Isabel.
El licenciado José Fernández Pellón, abogado y notario público del Distrito de Cienfuegos, una vez comprobado el trámite formal de la mayoría de edad y la residencia en el vecindario, además de ostentar la capacidad legal prevista en los artículos 681 y 682 de Código Civil, aceptó como testigos instrumentales del acto testamentario por comenzar a los señores Gabriel Cardona y Forgas, José Villapol y Fernández y Manuel Leal Catalá, este último reconocido en la villa como el médico de los pobres. Aunque al parecer tampoco desdeñaba a los pudientes.
La testadora Francisca Tostes García, nacida 78 años antes en La Orotava, isla canaria de Tenerife, hija legítima de Don Lorenzo y Doña Josefa, vecina de la casa en la cual tenía lugar el otorgamiento, fue reconocida por los testigos en capacidad suficiente para realizar el acto legal porque “su inteligencia es clara, su memoria despejada y su habla expedita”.
Desde que su esposo, Don Nicolás Salvador Acea de los Ríos, falleciera el 7 de enero de 1904 en aquella misma casa señorial (sobre cuyo suelo en 1927 se erigiría una parte de los colegios San Lorenzo y Santo Tomás), la canaria figuraba como la heredera universal de una de las más cuantiosas fortunas fraguadas en Cienfuegos durante al segunda mitad del siglo XIX.
El texto íntegro del documento notarial, que nueve años más tarde vería la luz pública en la prensa de la ciudad, sirve para conocer mejor a la acaudalada anciana que tras invocar el Santo Nombre de Dios otorgó testamento de viva voz, aunque al final no pudiera firmarlo de propia mano.
En 1881 había contraído matrimonio con don Nicolás, por entonces viudo de Teresa Terry y Dorticós. Tomás Lorenzo, el único hijo de su marido, falleció tres años más tarde, a los 17 de edad, y la nueva pareja no pudo lograr descendencia. Tampoco tenía la otorgante otros familiares cercanos por vínculos de sangre.
Como albaceas de sus bienes materiales nombró a sus amigos de entera confianza los abogados cienfuegueros Cipriano Arenas y Felipe Silva y Gil y el comerciante alemán avencidado en Cienfuegos Frederic Hunicke.
Llama la atención la forma meticulosa en que Panchita Tostes dispuso los actos relacionados con su deceso. A los fiduciarios encargó todo lo referido al funeral y el entierro, a efectuarse sin pompa y con la modestia propia de los actos que habían regido su vida. Tras prohibir el embalsamamiento o cualquiera forma similar de conservación precisó que era su deseo volver a la madre tierra, de donde había salido. Como sepultura provisional eligió la arboleda del central Dos Hermanos, junto a la orilla izquierda del río Damují. Una vez transcurrido el tiempo exigido por las disposiciones sanitarias los restos debían ser trasladados al cementerio de Grenwood, Brooklyn, Nueva York, lugar donde yacían eternamente Teresa Terry, Tomás Lorenzo y Nicolás Acea.
En cuanto al mencionado ingenio azucarero fue tajante en su determinación: “Cuando llegue la oportunidad de traspasarlo, prohíbo terminantemente que lo vendan ni arrienden a los dueños del (vecino) central Manuelita”.
Como núcleo del acto testamentario figura el futuro empleo de los fondos financieros de que dispondrían los albaceas tras el cumplimiento de las deudas contraídas por Acea con los señores Lawrence Turner and Co., de Nueva York. Ese monto económico debía dedicarse en su totalidad a la ampliación del monumento funerario familiar en la misma necrópolis de Greenwood. Para que allí residieran por siempre los espíritus de todos los muertos de la familia, incluidos sus extintos suegros Don Antonio Acea y Doña María Regla de los Ríos, así como el cuñado Antonio, enterrados por esa fecha en el cementerio de Reina.
A Victoria Valdespino, Faustina Acea, Clotilde Acea y Sofía Cosma, antiguas sirvientas de la familia, los custodios de la fortuna debían comprar una modesta vivienda a cada una, con la condición de no venderlas y conservarlas como un recuerdo de la otorgante. En recompensa por sus servicios y en cumplimiento de una promesa hecha al extinto marido.
Una cláusula del testamento prohibía cualquier tipo de intervención judicial en su ejecución. Al dictarla Francisca Tostes no alcanzó a imaginar los litigios que aquella herencia originaría durante los próximos 15 años.
La testadora no pudo firmar el texto definitivo leído en alta voz por el licenciado Pellón. Una lesión en el brazo derecho le impedía estampar la rúbrica, derecho que consignó en su médico, Leal Catalá.
Treinta y siete días después la muerte tocó a la puerta de la mansión esquinera de San Carlos y Santa Isabel. Para entonces Doña Panchita tenía sus cuentas claras.
Con Dios y con los hombres.

miércoles, 27 de enero de 2010

Muchacha con piel de magnolia seca (Los días cienfuegueros de Federico García Lorca)

Cuentan que dos poetas remaban un barquichuelo frente al Cienfuegos Nautic Club un atardecer de primavera de 1930, cuando ante la fugaz aparición de una mulata escultural el dejo andaluz de uno de los bogadores cinceló en verso libre la aparición de aquella Afrodita tropical.
Esa linda muchacha tiene la piel de magnolia seca. Federico García Lorca le disparó la metáfora a quemarropa a su par cienfueguero, Pedro López Dorticós, sin reparar que acababa de escribir sobre las mansas aguas de la bahía el testimonio más lírico, y memorable a pesar de la intimidad, de sus dos visitas a la ciudad.
Porque sin haberlo anunciado en un verso antológico, sin sugerir siquiera “iré a Cienfuegos en un coche de aguas verdiazules”, el poeta gitano la incluyó en la geografía de sus amores cubanos, en un mapa donde a saber están marcadas La Habana, Pinar del Río, Viñales, la loma de Los Jazmines, Varadero, el valle yumurino, Caibarién y por supuesto, Santiago.
El hecho de que su condiscípulo Francisco Campos Aravaca fuera a la sazón el cónsul español en la Perla del Sur y los empeños de López Dorticós, vicepresidente de la filial de la Institución Hispano Cubana de Cultura y cabeza del Ateneo, cruzaron los destinos de Cienfuegos y el hijo predilecto de Fuente Vaqueros en dos fechas registradas con tinta indeleble en los anales de la cultura local: 8 de abril y 5 de junio de 1930.
Quien se empeñe en destrozar el misterio de la poesía habrá traducido ya coche de aguas negras en locomotora activada por carbón de piedra, el medio de transporte por excelencia de una isla entonces azucarera y siempre estrecha. De manera que el romanceador de Granada llegó hasta aquí en carruaje similar al de la travesía rematada en la capital de Oriente.
Aunque para ser fiel al culto del detalle sea preciso apuntar que el primer desembarco lorquiano no tuvo lugar en la estación ferroviaria de la calle Gloria, sino en la de Palmira. Hasta el andén del cercano pueblo fue a recibirlo una comisión integrada entre otros por sus anfitriones López Dorticós y Paquito el cónsul, quienes se adelantaron por minutos a otros bienvenidores y lo trajeron en auto hasta el puerto de Jagua.
Como lo hacía en cada etapa de su gira cubana Federico vino aquí a dictar conferencias. La del 8 de abril tuvo por sede el Casino Español y como auditorio a un selecto público de aquella sociedad, más la Hispano Cubana, el Ateneo y el Liceo.
Para la del 5 de junio, cumpleaños 32 del bardo, el Ateneo democratizó la cultura al ofrecer acceso gratuito al teatro Luisa, escenario de la disertación sobre “La mecánica de la poesía”. Resulta curioso que ese tema figuró en los anuncios de los diarios para la primera presentación, pero entonces Lorca prefirió exaltar la obra poética de su inmortal compatriota Luis de Góngora.
La nueva lírica en castellano, la vanguardista de la Generación del 27 de la cual era Federico su voz más alta, protagonizó un encontronazo en los predios de la crítica literaria municipal con los defensores a ultranza de la expresión poética acunada en el Siglo de Oro español.
En las amarillentas y apolilladas páginas culturales de la época aún parecen cruzar lanzas Rafael Pérez Morales, eximio dibujante a la vez, y el poeta, periodista y obrero gráfico canario Saturnino Tejera.
Del primero son estas loas a la vez que crónica: “Otra vez aterrizó Lorca entre nosotros. Su trimotor poderoso conmovió la quietud provinciana, levantando un torbellino de hojas en fuga y polvo amarillo. (…) Equipaje: una maleta con una Biblia y una cruz. Y sin sombrero, porque se lo tiró al paisaje más bello del camino. Durante la breve escala se ha reído –con su risa deliciosamente afónica- de los amigos de Marta cuando tomaba champagne junto a la bañadera. (…) En su raid por Cuba se ha saturado de palmeras y de azul. El son oriental le ha emborrachado de ritmos. La mulata criolla le ha hecho zozobrar en un oleaje de curvas”.
Mientras Saturnino, quien firmaba como Tinerfe su columna Pequeños comentarios, “publicaba una nota discordante con el entusiasmado ambiente pueblerino, un artículo de tono abiertamente discrepante”.
La brevedad de las estadías cienfuegueras no le impidieron conocer sus hitos sociales y paisajísticos: el Sanatorio de la Colonia Española, el Castillo de Jagua, el Yatch Club y el roof garden del hotel San Carlos, azotea de la ciudad y escenario de una cena de despedida.
Leyenda al fin, Federico puede aparecérsele todavía a cualquier cienfueguero hecho a las nostalgias y cultor de la mejor poesía escrita en castellano. Quien tenga ojos para ver los queridos espectros del pasado a lo mejor lo avista en el salón principal del Yatch, mientras le saca al piano unos aires andaluces y una nana folclórica, o sentado en la pasarela sobre las aguas, con un tablero encima de las piernas, mientras dibuja y escribe.
Florentino Morales, quien me ahorró varias horas de investigación para alzar esta columna, comentó hace 34 años en la santaclareña revista Signos el pesar que le atormentaba por la pérdida de algunas fichas con poemas de Federico publicados en la prensa local y luego ausentes en sus Obras Completas editadas por la Casa Aguilar.
Existía para Floren la posibilidad de que aquellas rimas escurridizas hubieran sido escritas en la pasarela del CYC. La bahía de telón de fondo, las alas de una gaviota dibujando la sorpresa, y una muchacha con piel de magnolias secas disfrazada de musa.

domingo, 17 de enero de 2010

Un western cienfueguero: la cacería del Congo Suárez

El teniente Gervasio López Cano le arrebató el fusil Winchester a unos de sus soldados, afinó la puntería y el hombre acorralado contra una estiba de polines cayó fulminado. El último proyectil de la balacera iniciada cinco minutos antes le había partido el corazón. Aunque ya para entonces su cuerpo era una piltrafa humana.
Fue la escena final de la película del Oeste cuyo rodaje los cienfuegueros pudieron presenciar en vivo cerca de las cuatro de la tarde del 1 de febrero de 1927, con la salvedad de que el libreto no tuvo un ápice de ficción.
Ocurrió por donde la calle Santa Cruz, tras cruzar Arango rumbo a la bahía, deja de serlo para convertirse en callejón. En la actualidad tal espacio se conoce como La Carbonera.
Por allí estaban los almacenes de madera de Castaño y cerca un muellecito que Fermín López García había elegido como Plan B para intentar una escapada, otra más, en caso de fallar el atraco de aquel martes infausto.
El nombre del muerto no decía mucho al público de la época, pero cuando Radio Bemba corrió la noticia y los detalles de la cacería comenzaron a engordar el suceso, la ciudad entera conoció el final del bandido apodado Congo Suárez. Aunque a él le gustaba más que el mote adquirido en la infancia, el de El Rey de Las Villas, ganado a punta de revólveres.
Desde hacía varios meses la Guardia Rural de Cienfuegos seguía la pista del Congo, tras tener conocimiento de una incursión del temerario en la ciudad, a mediados del año anterior. Parece que en ese interín el hombre logró salir de la Isla y luego de una breve estancia en Cayo Hueso retornó al territorio central para darle continuidad a su saga de bandolero
La operación que culminó con la captura de su cadáver debió ocurrir un día antes, el 31 de enero, pero finalmente el salteador no se presentó en el sitio escogido para dar el golpe, la consulta del médico cirujano Manuel E. Altuna y Frías, en la calle de San Fernando, entre Gacel y Prado, acera norte.
Emboscadas en la barca de la finca San Mateo y otros parajes del territorio a cargo del Puesto de Guaos, en las proximidades del recién estrenado cementerio Tomás Acea y en la quincallería La Complaciente, en la misma cuadra citada en el párrafo anterior, estaban dispuestas por la Rural, a todas luces puesta en aviso por alguien a quien le convendría sacar del juego al guajiro fuera de la ley.
Quien si estaba ajeno al curso de los acontecimientos en marcha era el galeno de origen trinitario y cercano a las seis décadas de vida. Diversas fuentes apuntarían después que el propósito del Congo al presentarse en su gabinete casi al final de la jornada de labor, cuatro menos cuarto de la tarde, era secuestrar al doctor Altuna y luego exigir un rescate de diez mil pesos.
Otras versiones indicarían que aquejado de una enfermedad venérea, el forajido asistía en busca de tratamiento.
Su olfato para el peligro, bien entrenado desde que debutara en las lides del bandidismo, a instancias de políticos que necesitaban de tipos bragados como él, le falló esta vez. Lejos estuvo de identificar El Congo al chauffeur que mecaniqueaba un fotingo Ford en las cercanías de la residencia de Altuna con el oficial dispuesto a darle caza.
En cuanto el bandolero, tocado con sombrero de pajilla y tras la frágil máscara de unas gafas de carey, cayó en la celada, comenzó el primer fotograma del western. López Cano casi acompañó el “alza las manos” con un disparo que impactó al Congo, quien cayó al piso, herido en una pierna. Pero al instante se levantó e inició una huida por azoteas y tejados que le llevó, atravesando la manzana, a bajar por la calle Gacel cerca de San Carlos, donde un poste del tendido eléctrico le sirvió para anclar en tierra. En la sala de espera de la consulta quedaron las huellas de ocho impactos de bala, dos sillas rotas y una pareja de pacientes aterrorizada.
Tomó por San Carlos con un puñal a la cintura y un revólver en cada mano, como si fuera la encarnación extrafílmica de Tom Mix y encañonó a Indalecio Reyes, primer fotinguero de alquiler que se le puso a tiro:
Como si fueran piezas de ajedrez jugando a vida y muerte sobre el damero de la ciudad vieja, el prófugo y sus rastreadores también motorizados desandaron a continuación De Clouet, Santa Elena, Velasco y Santa Cruz hasta arribar al Paseo de Arango, donde el fugitivo echó pie en tierra y buscó la escapatoria por vía marítima.
Entre las pertenencias ocupadas al cuerpo baleado del Rey de Las Villas sólo había cuatro proyectiles. Quien sabe si el último la tenía reservado para él. La posibilidad queda en el terreno de la hipótesis literaria para bien de la leyenda. Pero el Winchester que López Cano le arrebató al soldado Emiliano Albelo disparó primero y con absoluta puntería.
A la diez de la noche cuatro pequeños cirios ofrecían la única señal de piedad humana ante el cadáver ensangrentado y pálido, tendido sobre una parihuela en la sala de autopsias del cementerio de Reina. Los periódicos contaron al menos 500 personas que desfilaron por el lugar, aunque sólo dos mujeres velaron el alma en pena del Congo Suárez durante toda la jornada nocturna.
Varias fotos del cadáver fueron exhibidas a manera de trofeo por los escaparates comerciales de la ciudad. La autopsia hablaría en su lenguaje de escalpelo: además del corazón partido a la mitad, al malo de la película le habían destrozado un riñón y un pulmón. En total, media docena de heridas. Cuatro de calibre 38, una de 45 y la conclusiva del Winchester.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Quinta La Palma: Un vergel en las nieblas de la nostalgia

Lástima que la quinta La Palma sólo exista en unas centenarias fotos y quizá en la memoria de alguien muy pero muy viejo.
Porque de pervivir, aquel vergel al borde del camino hacia El Junco le daría tantos kilates a la Perla como la bahía, la fortaleza, el paseo más largo o los atardeceres que se pintan únicos más allá de las rojas tierras de Juraguá.
Aquel jardín botánico en miniatura fue obra de la pasión del cienfueguero Emilio Fernández Cavada y Houard, el hermano mayor de los generales mambises y mártires de la Independencia, Federico y Adolfo.
A diferencia de quienes también habitaron luego el vientre de doña Emilie Houard, Emilio dedicó sus existencia a los negocios, en lo fundamental azucareros, y compartió su amores entre su ciudad natal y Filadelfia, cuna de su progenitora.
Poco después que el santanderino de 36 años Isidoro Fernández Cavada y Díaz de la Campa la dejara viuda en Cienfuegos el 5 de mayo de 1838, la madre partió con los tres críos hacia Filadelfia. En la capital del estado de Pennsylvania volvería a casarse, con el banquero Samuel Dutton, y allí esperó por la muerte en 1904, a sus 98 años. Era la hija de Louis Houard y Margilly, un francés de Verdonet que en 1826 se desempeñó como el primer comisario de policía en la Colonia Fernandina de Jagua.
Ciudadanos estadounidenses en virtud del origen de Emilie Houard, Federico y Adolfo cruzaron armas del lado federal en la Guerra de Secesión del país norteño (1861-65), y en el período anterior a febrero del 69 cuando formaron parte del alzamiento con que los villareños secundaron a Céspedes, ocuparon cargos en el servicio consular de los Estados Unidos. El primero en Trinidad de Cuba, como se decía entonces, y el segundo en su villa natal.
Aunque Emilio no empuñó el machete libertador, la historia registra su generosidad económica en auxilio de las expediciones que venían a la Isla a pertrechar al ejército mambí.
Mientras, el primogénito de Isidoro Fernández Cavada formaba familia en 1857 con doña Inés Suárez del Villar, hija de una reputada familia cienfueguera. Por esa época adquirió los terrenos donde fomentaría la quinta La Palma. Y cuenta la crónica local que en 1862, a solicitud del gobernador Don José de la Pezuela, trajo los dos leones de mármol que hoy custodian la entrada del parque Martí, primeras esculturas en el mobiliario urbano de la villa de Cienfuegos.
A la muerte de su madre, Don Emilio, cuya luenga barba blanca le confería ya imagen de patriarca venerado, liquidó sus negocios en Filadelfia y se asentó definitivamente en Cienfuegos, donde terminaría sus días el primero de septiembre de 1914. Las notas necrológicas de los diarios perlasureños resaltaron su condición de miembro corresponsal de la Real Academia de Floricultura de Londres.
Su última década de existencia lo encontró dedicado al fomento y conservación de las especies de la flora y la fauna que atesoraba La Palma, labor en la que lo auxilió el cuarto de sus seis hijos, quien además llevaba su nombre.
En el año 2007, en ocasión del siglo y medio del casamiento de Don Emilio y Doña Inés, Fernando Fernández Cavada y París, conde de la Vega del Pozo, publicó un folleto profusamente ilustrado con fotos tomadas en 1907 al celebrarse las Bodas de Oro de sus bisabuelos.
La muestra gráfica recoge para siempre la existencia de aquel reino de la clorofila, que fiel a su nombre llegó a atesorar una colección de 225 especies de palmeras, una de las cuales de presunto origen en Madagascar recibió el nombre de Cabada (sic).
Una casona de dos niveles, con balcón de madera en el segundo y techumbre de tejas, era el núcleo de la quinta. Una planta sembrada dentro de un enorme macetero de hierro traído de Estados Unidos marcaba el inicio de la vía de acceso a la propiedad desde el camino viejo de El Junco.
La represa donde nadaban en democracia aristocráticos cisnes y criollos patos, más gansos y flamencos, parecía un paisaje clonado del mismísimo Paraíso. Tendidos sobre el estanque había varios puentecillos de madera, y aledaña al espejo de agua se levantaba la casa de baños, una piscina techada sobre al cual se derramaba una cascada. Kioscos, pérgolas y jaulas para animales exóticos complementaban la escenografía del oasis.
Aunque pasaba largas temporadas en la quinta, la residencia oficial de la familia era la casona de la calle San Fernando, número 156, donde desde hace varias décadas radica el restaurante La Verja. En ese lugar, donado a Louis Houard por el fundador De Clouet, Isidoro Fernández Cavada levantó el primer hogar de la familia. Allí, en la vivienda luego reformada por él, velaron el cuerpo de Don Emilio, quien según la prensa falleció en la casa veraniega que también tenía, en Punta Gorda.
Doña Inés sobrevivió a su esposo hasta 1926. A su muerte los hijos no lograron ponerse de acuerdo sobre el destino de La Palma. La opción de donarla a la Universidad de Pennsylvania, defendida por Emilio y Fernando, no logró prosperar. Finalmente fue repartida entre los cuatro herederos varones. Aquella partición testamentaria fue el principio del fin.
Durante sus años de esplendor la quinta hospedó entre otras celebridades al gobernador militar yanqui Leonard Word (1899-1902), a sus compatriotas el millonario John Jacob Astor, luego fallecido en la catástrofe del Titanic, y Ransom E. Olds, fundador de la Compañía Oldsmobile. También durmieron allí la actriz inglesa Dame Ellen Terry y Adelina Patti, considerada la mejor soprano del mundo.
El único vestigio de La Palma que permanece en pie es El Fuerte, edificación militar en forma de cilindro que preside una pequeña ondulación del terreno a la vera del camino hacia El Junco. Desde una de sus aspilleras quién sabe si el espíritu del patriarca de luenga barba aún otee las nieblas de la nostalgia.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Toma de posesión pasada por sangre en Sanidad

El doctor Juan Fermín Figueroa y Rivero esperaba de pie en la oficina de la Secretaría a que terminaran de redactar el acta de su toma de posesión de la Jefatura Local de Sanidad en Cienfuegos, cuando tronaron par de disparos en el propio salón y el médico cayó moribundo en brazos del reportero Eliso Cruces, quien tomaba nota de la fallida ceremonia.
A pesar del pequeño calibre del arma, un proyectil que penetró por la región labial superior y con orificio de salida en la parte posterior del cuello le causó una herida mortal por necesidad. Desde el lugar de los hechos, Paseo de Arango esquina a San Fernando, fue trasladado al hospital de Emergencias, pero llegó en estado comatoso a la mesa de operaciones y sus colegas nada pudieron hacer.
Figueroa, nacido en Santa Isabel de las Lajas 53 años antes, llevaba por lo menos 15 aspirando al cargo que ni siquiera tuvo tiempo de firmar aquella mañana del jueves 8 de marzo de 1934.
Una resolución del presidente de la República, coronel Carlos Mendieta Montefur, con fecha 2 de marzo había decretado la destitución del doctor Osvaldo Morales Patiño en el cargo de Jefe Local de Sanidad, a la vez que designaba para sustituirlo a quien sería asesinado en el intento de hacer válida la orden emanada en Palacio.
Al cesanteado, que administraba los asuntos sanitarios de la ciudad desde los convulsos días de finales de agosto del año anterior, los posteriores a la caída de Machado, le imputaban entre otras faltas la de haber cubierto la mayoría de los puestos de la entidad con sus amigos políticos.
Tras dos tentativas, durante martes y miércoles, de ocupar por medios pacíficos la oficina para la cual había sido nombrado, Juan Fermín se presentó en el edificio público la mañana del jueves, con el firme propósito de validar la disposición presidencial. Le acompañaban Gabriel Díaz Ojeda, mediador en la porfía por su condición de amigo del cesado y del sucesor, y el notario Gustavo Iglesias, encargado de legitimar por escrito la toma de posesión.
Ánimos desbocados signaban la jornada. Quienes perderían sus puestos con la asunción del nuevo funcionario estaban decididos a impedir a la cañona el cambio de administración. Entre el público que acordonaba el inmueble había quienes amenazaban penetrar en la Jefatura a viva fuerza. En tales circunstancias fue necesario llamar a la cercana Estación Naval de Cayo Loco, de donde confirmaron el pronto envío de 20 marinos.
Aunque en ausencia de Morales Patiño, que a la sazón permanecía en su domicilio de la calle Castillo, avanzaban de manera lenta los trámites legales. Juan Fermín dictó sendos telegramas para remitir al Presidente de la República, al Secretario de Sanidad y Beneficencia y al director de Sanidad. Pidió una larga distancia a La Habana con este último, doctor Félix Loriet. Aunque el letrado Iglesias aún afinaba los últimos detalles del acta probatoria, se apresuró en anunciar a su superior jerárquico que ya él era el Jefe de Sanidad en Cienfuegos.
El caldo de la cerrazón política fue sazonado con varias trompadas y bastantes improperios en el estrecho marco de la secretaría. Alguien gritó un viva a Mendieta y otro sentenció verbalmente al ex dictador Machado. En medio de la batahola Figueroa logró esquivar algún recto al mentón, pero no la bala de reducido calibre y grueso poder mortífero. Entre los testigos del homicidio estaba el quinceañero Gastón Figueroa, huérfano a partir de ese instante.
Como Juez de instrucción de la causa numerada 458 del año 1934, el doctor Marcelino Raggi se constituyó en el propio hospital de la calle Cuartel y Santa Cruz a fin de iniciar las diligencias y el capitán de la Marina Arsenio Arce ordenó la toma militar de la Jefatura de Sanidad.
La residencia del difunto, Arguelles número 185 altos, entre Prado y Gacel, hizo las veces de casa mortuoria. Resultó tan cuantioso el homenaje floral que fue necesario habilitar los portales vecinos de la Sociedad Minerva y la logia masónica Asilo de la Virtud para exponer las ofrendas.
Detenidos como sospechosos del asesinato que hizo recordar en la prensa local a los de Enrique Villuendas (1905) y Florencio Guerra (1917), fueron Abelardo Rodríguez del Rey y Milagros Pedraja Cano, ambos inspectores de la oficina en litigio, el empleado Carlos Cepero Díaz, el mecánico Wenceslao Tartabull, el albañil Miguel Villa y, por supuesto, el doctor Morales Patiño.
Villa quedó en libertad tras declarar y comprobarse su íntima amistad con el médico baleado. Los otros cinco, procesados con exclusión de fianza, aunque negaron los cargos, entre ellos el de planificar la muerte de Figueroa.
Tal como sucedía en ocasiones de similar cariz, con el pasar de los días el caso fue perdiendo vigencia en la prensa local hasta diluirse casi por completo.
Sabemos que el 6 de junio los acusados fueron trasladados a la cárcel provincial en Santa Clara. Para entonces ya sólo eran tres: Rodríguez del Rey, Pedraja y Cepero.
El 6 de octubre La Correspondencia publicó un suelto en última página intitulado “El asesinato del doctor Figueroa”. Daba cuenta de la absolución de los dos últimos por la Audiencia de Las Villas, “tras demostrar su absoluta inocencia”
Abelardo Rodríguez del Rey, a quien el policía Atilano Delgado había visto huir de la escena del crimen revólver en mano, ya no tenía compañeros de causa. En la celda santaclareña a lo mejor repasaba los acontecimientos del jueves 8 de marzo último. Entre ellos el momento de su arresto por el cabo de la Municipal Evaristo Nodal, mientras trataba de ocultarse en la peletería La Principal y él le imploraba: “No me mates que soy un revolucionario como tú”.

sábado, 7 de noviembre de 2009

La muerte tomó pasaje en San Lino

A eso de las cuatro de la tarde del viernes 26 de diciembre de 1919 Don Acisclo del Valle y Blanco tomó del brazo a su esposa, Amparo Suero, en el andén del ingenio San Lino y la ayudó a subir al tren que cubriría en unos minutos el trayecto hasta Rodas. En la villa del Lechuzo harían una conexión ferroviaria hasta Cienfuegos, que viviría aún la resaca gastronómica de la Navidad.
El asturiano tenía 54 años recién cumplidos en noviembre y era uno de los cuatro principales capitalistas de la comarca cienfueguera. Se había levantado bien temprano en su palacete de Punta Gorda, monumento al eclecticismo en la Isla y por la mañana estuvo en la notaría que asistía legalmente sus múltiples negocios para estampar su firma en una escritura.
La víspera había recibido la noticia del fallecimiento en Madrid de una cuñada de su cuñado Leopoldo Suero, encargado del manejo administrativo del San Lino, propiedad que hasta el año anterior había pertenecido a la compañía que formaba Valle con los señores Montalvo y Balbín.
Quiso Don Acisclo informar verbalmente de aquella pérdida y se hizo acompañar por Doña Amparo en lo que al propio tiempo podría significar un paseo navideño, época en que los cañaverales florecidos de güines semejaban campos nevados y los aguinaldos adornaban la campiña para delicia de las colmenas.
Cumplida la triste encomienda y compartido un almuerzo familiar en la casona del ingenio que sería demolido dos años más tarde, la pareja abordó un trencito de vía estrecha rumbo a la villa del Damují.
Y con ellos tomó pasaje la muerte, incapaz de distinguir fortunas o fortalezas físicas cuando quiere hacer bien su labor.
Un ataque de angina fulminó al industrial en medio del corto tramo ferroviario. Incrédula de la veracidad del desenlace, la mujer exigió con urgencia los servicios de un médico en la estación de Rodas. El doctor Ruiz llegó a tiempo para certificarle que su estado civil era viuda.
Hasta aquella tarde en que la muerte lo citó entre jardines naturales de flores de caña y campanillas melíferas, Acisclo del Valle había sido presidente efectivo y honorario del Cienfuegos Yatch Club, a la vez que compartía la segunda condición en la Colonia Española, el Club de Cazadores, el Asturiano y el de Exploradores.
Era además el principal ejecutivo de la Compañía Industrial S.A. y de la de Mieles y Combustibles de Cienfuegos. Vicepresidente del Club Rotario, vocal de la Cámara de Comercio y de la Cía de Seguros y Fianzas, amén de consejero del Centro de Propietarios Urbanos.
Parece ser que toda muerte de famoso se presta para incubar una leyenda. Lo mismo la de Michael Jackson que la de aquel asturiano hacedor de capitales en las riberas de la bahía de Jagua. La comidilla popular achacó el deceso del comerciante español a otra noticia ajena a la pérdida familiar que fue a comunicar en persona a casa de su cuñado. Decían que el hombre recién se había enterado de la brutal caída de los precios del azúcar que avizoraban la próxima crisis de las vacas flacas.
El cadáver llegó de noche a Cienfuegos, donde a muchos les asistió la misma incredulidad que Doña Amparo en los primeros momentos. Fue velado en la mansión que destacaba sobre la ancestral Punta de Tureira de los aborígenes de Jagua. De manera curiosa, la prensa local no resultó pródiga en detalles como solía serlo con las ceremonias luctuosas de la alta sociedad cienfueguera. El entierro tuvo lugar a las 24 horas del momento en que el magnate tomó el trencito de San Lino a Rodas sin percatarse de la presencia de una pasajera vestida de negro. El doctor Sotero Ortega despidió el duelo en el cementerio de Reina, donde el alma del potentado no iba a ser hueso viejo.
Una cuña al centro de la primera plana en la edición del 30 de agosto de 1922 del diario La Correspondencia daba cuenta de una nota publicada por un colega asturiano, que reportaba la llegada a Arriondas de la viuda de Don Acisclo del Valle conduciendo los restos mortales de su esposo, los cuales reposarían para siempre en el panteón familiar en el cementerio de su pueblo natal.
La búsqueda del documento que amparara el traslado de Amparo con las cenizas del conyugue hasta su destino final, resultó infructuosa para los investigadores cienfuegueros que hace unos años hurgaron en los archivos de la añosa necrópolis de Reina.

lunes, 12 de enero de 2009

A 73 años del vuelo Camagüey-Sevilla


12 de Enero. 1936-2009
A las siete y diez minutos de la mañana del domingo 12 de enero de 1936 el teniente Antonio Menéndez Peláez despegó del aeropuerto Barberán y Collar, en la ciudad cubana de Camagüey. Los 17 segundos invertidos en la operación de despegue presenciada por unas 10 mil personas fueron el breve prólogo de una hazaña que concluiría en el aeródromo Tablada, de Sevilla, a las cinco y 25 de la tarde del 14 de febrero.
Cuatro días antes el piloto cubano había aterrizado en Batshurt (hoy Banjul, capital de Gambia) e inscripto su nombre en la historia de la aviación, tras convertirse en el primer hispanoamericano que llegaba a la Península luego de cruzar el Atlántico en solitario.
A Cienfuegos, donde comenzó a soñar con aquella aventura, vino Menéndez a despedirse la tarde del sábado 11 de enero. En esa propia jornada siguió a Camagüey, donde se calcula lo esperaron cuatro mil habitantes de la señorial Puerto Príncipe, cuya bellas mujeres realzaron el banquete nocturno de despedida en el hotel que honraba el nombre de la ciudad.
Ni el frío ni la niebla restaron brillo a la partida del aparato Lockheed en el amanecer del domingo. La Guaira, en las cercanías de Caracas, era la meta del primer tramo del vuelo con que el aviador cubano quiso honrar la hombrada de los españoles Mariano Barberán y Joaquín Collar, quienes el 10 de junio de 1933 completaron la travesía de Sevilla a Camagüey en una sola jornada de 39 horas.
Imprevistos en la ruta le obligaron a tomar tierra en las proximidades de Puerto Cabello, estado venezolano de Carabobo, con las últimas luces del día y con muy poca gasolina en el depósito del aparato de la Martina de Guerra Constitucional bautizado como Cuatro de Septiembre, en alusión a la asonada golpista de los sargentos encabezada por el taquígrafo Fulgencio Batista la madrugada de ese día de 1933.

lunes, 5 de enero de 2009

Cien jazmines para Florentino



5 de Enero. 1909-2009. CENTENARIO DEL NATALICIO DE FLORENTINO MORALES HERNÁNDEZ

El hecho de haber sido en casi dos siglos el único cienfueguero con un sillón en la Academia Cubana de la Lengua basta para asegurarle un recuerdo eterno en la memoria emotiva de esta ciudad.
Las 50 mil fichas, pedacitos del primer papel al alcance de sus manos nervudas, en que desmenuzó la historia de la comarca indígena de Jagua, la villa afrancesada de Fernandina y la ciudad conspicua de Cienfuegos, le valen un monumento a la laboriosidad. Más porque realizó la hercúlea tarea intelectual sin cobrar un centavo.
El cariño que prodigó a quienes tuvieron la suerte de acercársele sin apenas conocerlo. La bondad que derrochaba en cada acto de la vida, sin reparar en ingratitudes ni miserias morales. La sencillez con que atendía por igual al erudito investigador y al escolar sencillo sin creer en fronteras sociales. El amor por Elpidia, sólo compartido con esa obra humana que creció sobre la piel geológica de la península de La Majagua. Y con Mercedes, la novia que murió tres años antes de que él naciera. La lírica que era manantial y se desbordó en las pozas de Zigzag y Caracol, textos autofinanciados porque la poesía merece ser repartida como si los versos y las metáforas fueran los panes y los peces multiplicados. La pasión casi obsesiva por la historia de la ciudad que lo acunó junto a sus arenas meridionales y a la sombra de un pino bíblico como al hijo predilecto.
Por todas estas razones y otras que desbordarían el cauce de la crónica con aspiraciones de ser arroyo de la sierra, Florentino Morales Hernández merece un monumento en Cienfuegos. Podría ser de mármol de Real Campiña y sería tan íntimo que nadie recordaría las minas de Carrara. O de bronce que entre todos apilemos para que el crisol extraiga luego las mejores savias del metal, y Villa Soberón lo siente después en un banco del parque frente a su museo. O lo ponga a caminar sobre el espíritu de las losas de Bremen que conformaron el Salón Serrano, aquel paseo central por donde los abuelos de nuestros abuelos coquetearon una vez con las pizpiretas tatarabuelas. Mejor señalando la roseta injertada donde estuvieron las raíces de la majagua ancestral, por el Ateneo del que fuera alma y nervio. También hay sitio cerca del león de la izquierda, como si se detuviera a leer la decisión de la UNESCO que enaltece más a la ciudad.
Si no hubiera piedra ni aleación, los cienfuegueros le haremos de sentimiento el obelisco que Floren se ganó con su hombradía. Proclamémoslo este primer lunes de 2009 cuando hará un siglo exacto de su llegada por la finca Dagame, comarca de Yaguaramas.
Teresita Chepe que lo venera en el altar de la Nobleza, recordaba hace unos días que Florento se conformaba con la posibilidad de tener una mata de jazmín junto al lugar del perenne reposo.
Así de grande era aquel hombre que encorvado bajo el peso de un cerón de años nos parecía pequeño. En la ocasión del Centenario su ciudad será un jardín a la Hidalguía. Con 100 jazmines de gratitud perfumando la memoria.

viernes, 2 de enero de 2009

Aplausos y desaire para La Pavlova


A Cienfuegos le cupo el honor de ser el único pueblo cubano de campo, al decir de un cronista de la época, donde bailó la rusa Anna Pavlova, una de las celebridades de la danza mundial a principios del siglo XX.
El acontecimiento tuvo lugar el lunes 22 de marzo de 1915 y las tablas pisadas aquí por la gacela eslava en lugar de las clásicas del Terry fueron las de su reciente competencia, el teatro Luisa Martínez Casado.
La Pavlova acababa de cumplir 34 años y a juicio de quienes tuvieron el privilegio de encandilarse con su presencia debió parecerse a esas muñequitas rusas, al estilo de María Sharápova, Elena Dementieva, Anna Kournikova y compañía, que fulguran hoy en las canchas de tenis y/o las portadas de las revistas del corazón.
El teatro Payret había sido el escenario de sus triunfos habaneros cuando arribó a la Perla del Sur en el tren expreso de la tarde del mismo día señalado para el debut de su compañía, que iba a presentar una función única en el teatro de la estrella, como aludía la crónica teatral al nuevo coliseo de Prado y Santa Clara.
En el capitalino Diario de la Marina, Enrique Fontanills, a cargo de la sección de teatro, se preguntaba ¿cómo decirnos adiós Anna Pavlova cuando toda una sociedad la admira y la reclama subyugada por su poder incontrastable? Y en un raptus de admiración rayano en la picuencia sentenciaba que su partida hubiera sido un eclipse de alegrías.
De todas formas ante el reclamo de la selecta sociedad habanera la hija de campesinos pobres de San Petersburgo había decidido proseguir sus presentaciones en aquel teatro a orillas del Parque Central el miércoles, en cuanto retornara del agraciado pueblo de campo que presumía de ser la segunda plaza cultural de la República.
Nadie había bailado aquí como ella. La frase le pertenece al cronista Díazde y apareció en la sección Arte y Artistas del vespertino El Comercio el martes 23. La reseña apunta que la rusita “hizo un cisne sorprendente, en cuyo desplome el público no cesaba de batir palmas”.
El programa incluyó como piezas de lujo a La Muñeca Encantada y La Noche de Walpurgis, y en el acápite de diversiones figuraron La Danza de Primavera; el minuet El Cisne, de Paderewski, danzas holandesas, persas y poéticas; la Rapsodia húngara No. Dos de Liszt y la Bacanal de Otoño. Junto a la líder de la compañía brillaron además la Plokovietzka y el gran bailarín ruso Volinine.
La lluvia primaveral que descompuso la noche cienfueguera no pudo impedir el éxito de la función, evidencia ante la cual la empresa de la Pavlova y la de Puga y Sanz, propietarios del Luisa, decidieron repetirla al siguiente día con “El despertador de Flora” (baile mitológico) como principal atracción.
Pero Cienfuegos defraudó a la estrella que en 1909 recorrió Europa de triunfo en triunfo de la mano de su paisano Serguei Diaghilev, creador de los Ballets Rusos, para dos años más tarde fundar su propia compañía y saltar a los escenarios del mundo. A las dos de la tarde del martes ambas empresas decidieron suspender la función. Motivo: falta de entusiasmo del público.
“Es lástima que una ciudad rica –fuerza es confesarlo aún en contra de mi voluntad- no haya respondido al maravilloso espectáculo que nos proporcionaba la Pavlova, la cual probablemente morirá sin volver a Cuba”, fustigaba Díazde desde su parapeto de criterios en El Comercio.
Lo cierto es que la divina intérprete de la muerte del cisne, coreografiado especialmente para ella por el maestro y también compatriota Michel Fokine, partió esa misma noche en el tren directo a la capital. Y el Luisa anunció para el otro día su “miércoles blanco” con la puesta en pantalla de la película en 20 partes “La reina Margarita”, éxito cinematográfico del momento de la casa parisina Pathé Freres, que con actores de la Comedia Francesa tradujo al celuloide una novela de Alejandro Dumas padre.
“Pavlova vivió en el umbral del cielo y de la tierra como intérprete de los caminos de Dios”, reconoció la bailarina moderna Ruth St. Denis, cuando una pleuresía se llevó a la rusa genial en la ciudad holandesa de La Haya, a pocos días de cumplir medio siglo de edad.
Tal vez con palabras revestidas de menos lírica lo mismo pudieron atestiguar quienes en Cienfuegos tuvieron el privilegio de verla levitar en aquella función que el desaire posterior convirtió en única.

martes, 30 de diciembre de 2008

Primer tren a La Gloria




El primero de junio de 1913 fue en Cienfuegos uno de esos domingos en que hay tiempo de hacer cualquier cosa, menos aburrirse. Tan así que el estreno de la estación ferroviaria de la calle Gloria coincidió con una exhibición aérea de Domingo Rosillo, uno de los tres ases pioneros de la aviación cubana.
Pocos minutos después de la siete de la mañana entró en agujas el primer tren procedente de la capital de la república, en el cual arribó a la nueva estación ferroviaria de la ciudad una comisión de los Ferrocarriles Unidos de La Habana y Almacenes de Regla, Co. Lmted. Para la ocasión vinieron a la Perla del Sur Mr. Walter, primer auxiliar de administración, y Mr. Hasley, superintendente de Tráfico. Roberto M. Orr, administrador general de la Compañía se excusó, pues pronto debía viajar a Inglaterra.
Al recibimiento del convoy inaugural asistieron las principales autoridades cienfuegueras: el alcalde Juan Florencio Guerra; el presidente del Ayuntamiento, Pedro Sorá; y el jefe de la Policía, José Don.
El tren con destino a Sagua la Grande, que combinaba con el de Santa Clara, ese día dejó de salir de la estación de Arango y San Fernando para inscribirse en la historia como el primero con origen en Gloria y Santa Cruz.
Su partida a las ocho de la mañana quedaría registrada también en las crónicas de la ciudad por un sino fatal. En uno de sus coches tomo pasaje Domingo Campos, el ex policía municipal que la noche del 11 de abril del propio año había matado al alcalde de Cienfuegos, Ceferino “Nene” Méndez, en la esquina de Argüelles y Bouyón. La Policía de la ciudad lo entregó en el andén a la Guardia Rural, encargada de conducirlo a Santa Clara, donde debía comparecer ante la Audiencia Provincial.
Como sucedía siempre en tales circunstancias el hotel Unión sirvió el banquete de agasajo del Alcalde a la comisión de los Unidos, en el cual también hubo cubiertos para empleados de la Cuban Central, otra compañía ferroviaria, de capital inglés.
Si la mañana fue el tiempo de los trenes, la tarde dominical estuvo reservada a la aviación, el último grito de la moda en materia de locomoción. Domingo Rosillo, el protagonista de la primera travesía aérea sobre el Estrecho de la Florida, deleitó a los cienfuegueros con par de vuelos desde la improvisada pista del beisbolero Hipódromo. El primero, de circunvalación, duró seis minutos y medio, y el segundo fue una prueba de altura que se alargó cuatro minutos más. Por la noche el émulo de Ícaro también tuvo su banquete en el propio hotel de De Clouet y San Fernando.
El acto oficial de inauguración de la terminal ferroviaria ocurrió esa noche, amenizado por la Banda Municipal y con una asistencia calculada en cuatro mil personas. “No se cabía en la estación, no obstante estar tan lejos del centro de la ciudad”, escribía un reporter de El Comercio.
“La Comisión de los Ferrocarriles Unidos estuvo muy obsequiosa”, narraría La Correspondencia al dar cuenta del reparto a manos llenas de champagne y tabacos.
Tras la celebración partía, con exactitud inglesa, a las diez en punto, el primer tren con destino a La Habana.
Esa misma noche salía desde la capitalina Estación Central, inaugurada a finales del año anterior, el primer tren oficial de pasajeros de la nueva ruta a Cienfuegos. Míster Orr también fue generoso con el champagne del brindis de apertura.
Julio Andrade compró el boletín marcado con el número cero y A. Deswuile, el uno. El cuatro correspondió a Federico Laredo Bru, el abogado villareño que por entonces había echado raíces en Cienfuegos y luego sería presidente de la República. La locomotora marcada con el número 459 llevaba a Francisco Soler de maquinista y Ramón Bravo de conductor. Completaban el convoy el coche dormitorio Yumurí –en la cola-, un vagón de primera, dos de tercera y uno de equipaje.
Noventa y cinco años después de su inauguración, la Estación de la calle Gloria sigue siendo el punto de referencia del ferrocarril en Cienfuegos. Sobre todo tras la lamentable demolición de la llamada terminal de cargas de la calle Arango, otra herida insanable en la piel de la ciudad Patrimonio de la Humanidad.
La instalación edificada por los Unidos en terrenos comprados a Rafael Pérez Morales por seis mil dólares fue la sexta en la historia ferroviaria de Cienfuegos, iniciada el 21 de octubre de 1851 con la apertura del primer tramo de paralelas que comenzaba a enlazar la antigua Fernandina con la comarca azucarera al nordeste de la población.

Nota: El autor agradece la colaboración de Manuel Díaz Ceballos, historiador cienfueguero del ferrocarril. El tema merece que esta columna regrese en el futuro a su atención.

viernes, 31 de octubre de 2008

LA CORRESPONDENCIA: Templo del periodismo cienfueguero

31 de Octubre (1898-2008) Aniversario 110 del peridódico La Correspondencia


El embrión de La Correspondencia debió ser fecundado en el café El Centro Mercantil, un establecimiento en la esquina de De Clouet con Santa Clara que se daba el lujo de tener un falso techo de cristal. Y del cual hoy superviven a duras penas el letrero identificativo empotrado en la pared y algunos fantasmas acosados por el humo.
Discurría el año 1898 por su segunda mitad y a Cienfuegos la guerra casi terminada le reservaba una página especial. Sabiéndose en minoría el brigadier Bates, jefe de las tropas interventoras gringas, solicitó a al general español Jiménez de Castellanos que mantuviera el patrullaje de la ciudad. El Ejercito Libertador acampaba en los alrededores, a la espera de que saliera el último soldado colonialista de la Isla. La evacuación no se consumaría hasta el 5 de febrero siguiente, cuando el vapor Cataluña zarpó de Jagua llevando a bordo la imagen de la derrota definitiva de España en América.
En torno a una mesa de la cafetería propiedad de José Velis solían reunirse su hermano Florencio y el asturiano Cándido Díaz, dos mozalbetes de 19 años. Es de suponer cual sería el tema central de aquellos diálogos, pues el lunes 31 de octubre editaron el primer número del periódico en un local de la calle De Clouet, número 32, en los altos de Las Cienfuegueras.
Defender los intereses del elemento español que permanecería en la ciudad tras el cambio de poderes fue la razón que animó a los fundadores de la empresa editorial, a quienes se sumó también Francisco Diego Madrazo, un santanderino con inclinaciones hacia las letras, pero más hombre de negocios que de redacciones.
La última mañana de aquel octubre cuajado de incertidumbres políticas, a falta de 41 días para que Washington y Madrid negociaran sin La Habana en París el armisticio de paz, el joven Tomás Salazar voceó en los alrededores del Parque Central la edición número Uno del nuevo diario cienfueguero.
Con cuatro planas confeccionadas a mano y anuncios contratados a la buena fe de industriales y comerciantes locales, inició su andadura aquel órgano de prensa que en los 65 años posteriores sería referencia obligada del periodismo cubano, sobre todo del realizado fuera de la capital.
Obdulio García, quien fuera una pluma de referencia en el matutino cienfueguero que se consideraba el Vice decano de la prensa cubana, caracterizaría en ocasión de las Bodas de Plata las circunstancias del nacimiento de La Correspondencia. “Don Cándido, un español hidalgo, y Don Florencio, un cubano patriota, concibieron la idea de fundar un diario para propender con alteza de miras a estrechar los lazos entre ambas comunidades, inspiradas en los principios del idioma, la religión y la familia.
En el editorial de esa propia conmemoración La Correspondencia se dedicaría una mirada retrospectiva de medio siglo: “El programa del periódico era a la par que sencillo, de un contenido moral superior en aquellas circunstancias: defender los valores cubanos, sin olvidar, sin perder de vista, sin dejar de tener en cuenta (….) el origen de nuestro pueblo: el hecho de que poseíamos un idioma o un pretérito que no podíamos desarraigar o destruir, cargados por los odios o las violencias”.
Por esa misma cuerda andaba el pensamiento de Martí cuando preparó y desató la guerra indispensable.
En la práctica de la cotidianidad el matutino fundado por Díaz y Velis terminó siendo un defensor de los intereses de la ciudad de Cienfuegos por encima de cualquier bandería política, como proclamaba en su machón.
Desde La Habana, donde fijó su residencia a partir de 1907, Don Cándido seguiría llevando las riendas del periódico, mientras Velis administraba el negocio y ejercía la jefatura de redacción. Tras la muerte del fundador, el 11 de julio de 1924 en París, quien le había acompañado desde los diálogos precursores del Centro Mercantil ocupó la dirección.
En el cargo estuvo Don Florencio hasta los días de la caída de Machado en agosto de 1933, cuando cansado de tanta brega profesional y política, decidió retirarse, manteniendo el nombramiento de Presidente de la empresa editora. Eduardo Torres Morales, cronista de ley, lo sucedió hasta mediados del año siguiente, cuando pasó el testigo a Julio, el primogénito de los Velis, y a quien el gremio local consideraba a mediados del siglo pasado como “el periodista más completo que ha dado Cienfuegos”.
El 18 de diciembre de 1941 falleció en La Habana de manera repentina Florencio Velis Mojena, mientras desempeñaba un cargo de confianza al lado del ex presidente Laredo Bru, por entonces ministro de Justicia.
Julio Velis renunció a la dirección de La Correspondencia a finales de 1950 para encabezar la del diario capitalino Últimas Noticias. Su hermano Pedro, que desde hacía 20 años llevaba la administración, accedió a la jefatura, hasta que lo sorprendió la muerte en septiembre del 52.
Nick Machado, antiguo cronista deportivo del matutino, sería su director hasta el primero de enero de 1959. La fecha que cambió el decursar del país también modificó el machón de La Correspondencia, donde a partir del 26 del propio mes figuró el nombre de Helio Ruiz Madrigal en funciones de director.
Aquel cienfueguero dedicado a negocios inmobiliarios y que llevaba varios años en el apartado gerencial de la empresa, ejercía aún la dirección de La Correspondencia cuando dejó de editarse en 1964.
Por sus páginas habían aparecido las firmas de lo más granado de la intelectualidad cienfueguera y cubana a lo largo de trece lustros. Dígase Miguel Ángel de la Torre, Ruy de Lugo Viña, Andrés Alcalá-Galiano, los Prohías. Juana Josefa Acosta (la Condesita de Nevers), la cronista de viajes Eva Canel, el doctor Loreto Serapión, el poeta Hilarión Cabrisas, el novelista Enrique Labrador Ruiz, el humanista y comunista Juan Marinello, León Ichaso, el escritor y diplomático Francisco Cañellas, el erudito Luis González Costi, y otros que extenderían el listado hasta los límites de lo periodísticamente racional.
Y en la parte de la colección que sobrevive a la inclemencia del tiempo y sus aliados, perviven también los alientos creadores de Ana Pavlova, Enrique Carusso, Margarita Xirgu, Arquímedes Pous, Federico García Lorca, Pedro López Dorticós, Florentino Morales, Conrado Marrero, Jaime González y Antonio Menéndez Peláez.
En las letras que nacieron del plomo hirviente vive el alma de esta ciudad. La misma que en las navidades de 1922 fue escogida por Don Jacinto Benavente, aún con el Nobel a cuestas, para iniciar su gira cubana. Sus razones tendría el genial dramaturgo.
Tanta historia contada, tanta cultura sedimentada en blanco y negro, merece el homenaje de la memoria agradecida.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Detroit ponía luces a Cienfuegos

El hombre se nombraba Justo Montalvo, pero todos los que le conocían en el perímetro urbano desde Paseo de Arango a calle Gloria y de las marismas de Marsillán al Panteón de Gil le apelaban con cariño Detroit.
A pesar del mote que lo relacionaba con la Ciudad-Motor aquel experto mecánico electricista podría ser uno más entre los habitantes de la urbe provinciana que en 1911 se vanagloriaba de ser la segunda de Cuba. Eso, si cada anochecer no subiera a la cúspide del recién inaugurado teatro Luisa, donde manipulaba un potente reflector allí instalado y paseara su haz de luces sobre toda la población.
Aquel resplandor fosforescente indicaba que eran las siete de la noche, e invitaba a apresurarse a quien quisiera presenciar el espectáculo de la jornada en la sala teatral que el español Isaac de Puga había edificado, de conjunto con los hermanos Julián y Carlos Rafael Sanz, en la intersección de la calle Santa Clara con el Paseo de Vives.
Los tres empresarios habían constituido la sociedad ante el doctor Antonio J. Font y George, notario de Cienfuegos, el día 17 de enero de 1911 y el primero de septiembre del propio año abrían al público las puertas del nuevo coliseo con una función de la Compañía de Operetas Vienesas de la actriz mexicana Esperanza Iris.
Para ubicar su negocio cultural compraron los solares marcados con los números 1147 y 1148 en el plano moderno de la ciudad, que se correspondían con los 617 y 618 antiguos.
La construcción del inmueble, a cargo del maestro de obras Miguel Calzadilla y bajo la dirección del ingeniero Pablo Ros y del Campo demoró siete meses y 17 días exactos. Los inversionistas no quedaron del todo conformes, porque lo que hoy llamaríamos plan estipulaba levantar el edificio en seis meses exactos.
Atraso debido a una cuestión de planos, pues en medio de la obra se percataron que la compañía a cargo del suministro eléctrico a la ciudad no podría satisfacer la demanda propia del servicio de espectáculos, y en ese caso la empresa de Sanz y Puga debía producir su propio fluido.
Pero en el área de dos mil varas planas que sumaban los dos solares no había espacio suficiente para ubicar el teatro y la planta eléctrica, razón por la cual los inversores debieron comprar dos casas contiguas por la calle Santa Clara e incorporar sus terrenos al proyecto.
Allí se instaló un equipo que abasteció por varios años a todo el edificio y cuya operación estuvo a cargo del popular Detroit.
Mientras albañiles y operarios avanzaban en los trabajos del teatro, los periódicos de Cienfuegos divulgaron las bases de un plebiscito popular a fin de escoger el nombre para identificar a la nueva plaza cultural de la Perla del Sur.
Por abrumadora mayoría se impuso el de la actriz cienfueguera Luisa Martínez Casado (1860-1925), quien casi desde adolescente había paseado el nombre de Cienfuegos y de Cuba por los más rutilantes escenarios de Europa y América. La artista era además desde 1891 la esposa del empresario Puga, natural de Burgos.
La primera noche de septiembre de 1911 fue la fiesta de estreno del coliseo que en lo adelante significaría competencia para el señorial Tomás Terry. El gobernador provincial de Las Villas, don Manuel Villalón y Verdaguer, hizo el discurso de apertura luego que la Banda Municipal bajo la batuta del maestro Agustín Sánchez Planas pusiera de pie al respetable con las notas del Himno de Perucho.
A continuación la propia orquesta de la ciudad interpretó la obertura 1812 y Souvenir, de Richard Wagner, y Ecos, del Metropolitan Opera House.
Al levantarse el telón de boca realizado por el pintor Luis Ferro apareció en escena la Luisa que fue recibida por una tempestad de aplausos. La actriz declamó unos versos de su poema intitulado “A Cienfuegos.
La compañía de la diva mexicana Esperanza Iris que actuaría a teatro lleno durante 11 noches consecutivas subió a las relucientes tablas a La viuda alegre, opereta del austriaco Franz Lehar, pieza en la cual asumió la piel de Ana de Glavari. El crítico San Duarsedo elogió entre los decorados de la primera función el del parisino restaurant Maxim’s.
Para los tres días siguientes el telón de anuncios, propiedad de Luis Gaos Berea, proponía El Conde de Luxemburgo, La Princesa del Dollar y Aire de primavera, con papeles estelares a cargo de Josefina Peral, el barítono Palmer y la bailarina italiana Amelia Costa, respectivamente.
El escenario del Luisa no se quedaría detrás del Terry en cuanto a celebridades acogidas. Por allí desfilaron durante sus primeros años Graciela Paretto, Lucrecia Boris, Ana Pavlova, Hipólito Lázaro, Titta Rufo, Amelita Galli, Tina Poli Randaccio, Enrique Borrás, la Compañía de Dramas Policíacos Caral, la de Raúl del Monte y por supuesto el sin par cienfueguero Arquímedes Pous.

lunes, 22 de septiembre de 2008

¿Una escuela en La Suiza?

Cuando el martes 22 de septiembre de 1905 en la habitación número uno del hotel La Suiza fue ultimado el coronel independentista Enrique Villuendas, uno de los líderes con más capital político en las filas del Partido Liberal, la gobernación provincial de Las Villas era ejercida por el General José Miguel Gómez, caudillo de la propia formación partidaria y candidato presidenciable a las luego fallidas elecciones del 19 de marzo siguiente.
Villuendas, el más joven de los constitucionalistas de 1901, estaba por cumplir 31 años y en la Guerra del 95 peleó a las órdenes de José Miguel, por lo que más allá de la militancia política los unía la familiaridad forjada en la manigua.
Una de las últimas comunicaciones de puño y letra del joven mártir del liberalismo, escrita la víspera de su muerte sobre dos cuartillas litografiadas con el membrete del hotel de la calle San Carlos 103, tuvo como destinatario al general espirituano identificado por su posterior desempeño en funciones de estadista (1909-1913) como El Tiburón.
Parece ser que ya instalado en el primer sillón de la República Gómez sintió la necesidad de realizar un acto en memoria del antiguo subordinado y más tarde compañero de afanes políticos. Y no encontró mejor fórmula de cuajar el homenaje que convertir el sitio del martirio en una escuela pública. Así lo contó La Correspondencia en primera plana de su edición del 9 de febrero de 1911.
Para ello el mandatario comisionó al coronel mambí Paulino Guerén a negociar la compra del edificio donde se alojaba la hospedería. Guerén fue quien rescató de La Suiza el cadáver ensangrentado de Villuendas y le dio cristiano velatorio en su hogar de San Carlos esquina a Gloria, donde una tarja recuerda aún aquel gesto de nobleza. Y quien al amanecer del siguiente día lo sepultó en el cementerio de Reina, luego de costear los gastos fúnebres con su propia billetera.
A fin de cumplir la encomienda presidencial llegó el veterano hasta el ingenio Dos Hermanos, donde trasladó la oferta a la dueña del inmueble, la isleña Doña Francisca Tostes y García, viuda y heredera universal de los bienes de Don Nicolás Acea y de los Ríos, El Benefactor de Cienfuegos.
La respuesta de Panchita Tostes a la primera autoridad nacional fue una carta entregada en manos propias al portador de la solicitud. Esta columna reproduce los párrafos de la misiva que en su momento trascendieron al público mediante la referida portada de La Correspondencia, el matutino que se editaba a escasos 100 metros del hotel convertido en lugar de peregrinación del liberalismo criollo.
“Yo conocía personalmente al coronel Guerén antes de recibir su carta y la estimaba como bueno y servicial amigo. Así que ahora que veo que usted hace tan alta distinción de él, es doblemente acreedor a mi particular aprecio. Y siendo así, no he tenido duda alguna en ser con él lo más franca que me ha sido posible, al tratarse de la compra de la casa que ocupa el hotel La Suiza, donde desgraciadamente se desarrolló aquel luctuoso drama en que perdió la vida el bien llorado Enrique Villuendas.
El propósito de usted es muy plausible y soy la primera en encomiarlo en todo lo que vale y lamento esta vez no corresponder a su petición. El coronel Guerén le comunicará los motivos poderosos que tengo para no deshacerme de esa casa. En ella me casé y allí fui muy feliz y me ligan a ella lazos de afecto que son para mí inquebrantables. Esa casa fue para mí un regalo de bodas y están asociados a ella recuerdos y promesas tan sagrados, tal vez como sus recuerdos y memorias del pobre Enrique Villuendas. Y siendo usted mi amigo supongo que no querría que yo que estoy ya casi en el ocaso de mi vida, rompa con promesas íntimas y sagradas y con recuerdos que sólo son ya los únicos alicientes que me fortifican en mi voluntaria y apartada soledad.
Perdone, distinguido amigo, que le haya llevado a un terreno tan íntimo para negarle la solicitud de compra de una propiedad, pero como el comprador han sido tan delicado, que para hacer proposiciones de compra de una propiedad que no estaba en venta, invoca también sentimientos de naturaleza íntima a ese terreno he tenido que ir yo también. Así es, mi distinguido amigo, que si usted aprecia en algo la amistad que desinteresadamente le he profesado siempre, le ruego que mientras viva no insista en la compra de esa propiedad y espero que, pesando en todo su valor las razones expuestas, perdonará Ud. mi negativa y seguirá dispensándome su valiosa amistad”.
Cuando el autor de esta columna investigó los sucesos del martes sangriento de La Suiza en alguna de las fuentes consultadas salió a relucir el nombre de Don Nicanor Sánchez como el dueño del hospedaje. Y que la fundación databa de 1899.
En todo caso Sánchez sería arrendatario de la construcción de dos plantas por la cual Doña Francisca Tostes sentía tal veneración. Su matrimonio con Acea de los Ríos, viudo de Doña Teresa Terry Dorticós, fue registrado el 19 de junio de 1881, dato que prueba la antigüedad de la propiedad en el inventario de los bienes de El Benefactor.
A los pocos meses de su delicada negativa a El Tiburón, el 24 de mayo de 1912, a los 77 años falleció la hija de La Orotava (Tenerife) y por lo visto La Suiza siguió siendo hotel mucho tiempo más hasta convertirse en la ciudadela que hoy conocemos.
Como tampoco dejó descendientes, su fortuna administrada por los albaceas Cipriano Arenas, Felipe Silva e Isidoro O’Bourke, daría origen a un sonado litigio en los tribunales. Pero, esa será otra historia, por ahora cubierta con el manto sepia del tiempo ido.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Alfredo Méndez, un cirujano de ley

La mañana era tan límpida como suelen ser las de mediados de abril y Pedro López Dorticós, el tribuno por excelencia de la ciudad, se largó un discurso de una hora con suficiente tuétano como para mantener en vilo a los asistentes al homenaje.
Cienfuegos cumplía 118 años aquel 22 de abril de 1937 y decidió agasajarse a sí misma plantando en su plaza mayor el busto que el reputado artista habanero Fernando Boada había esculpido con el rostro patriarcal del doctor Alfredo Méndez y Aguirre, el médico con mejor hoja de servicios en las casi doce décadas de existencia de la villa portuaria.
De los siete ilustres que hoy habitan en bronce, mármol y alma las dos manzanas de la primigenia Plaza de Armas, el único hombre de ciencia fue el doctor Méndez, el cirujano de la mágica cuchilla, autor de la primera operación de apendicetomía, entonces conocida como cólico miserere, en la historia médica de Cienfuegos.
En la biografía del galeno nacido el primero de diciembre de 1870 e inscripto con el nombre de Eligio Alfredo apuntan que estudió el bachillerato en la capital de la Isla y en1895 obtuvo el diploma de doctor en medicina por la Real y Pontificia Universidad de San Jerónimo de La Habana.
Con la tinta fresca en el pergamino marchó a la Ciudad Luz, donde estuvo cuatro años como alumno del doctor Peirier, jefe de trabajos anatómicos de la Escuela de Medicina de París.
Recién regresado a su predio natal fue nombrado médico municipal hasta 1904, fecha de su designación como Médico Honorario del Hospital Civil, institución donde empleó por primera vez en Cienfuegos y Las Villas un esterilizador de material quirúrgico, equipamiento del que solo estaba dotada la clínica habanera del doctor Casuso.
Al terminar la revuelta de agosto de 1906 que terminó cuando Estrada Palma abrió de par en par las puertas de la República a la segunda intervención militar estadounidense en la Antilla Mayor, el doctor Méndez fue investido como Alcalde Municipal de facto por el propio Interventor Mr.Charles Magoon.
Pero Alfredo no había nacido para la política como su hermano Ceferino (Nene), el alcalde-obrero de Cienfuegos, asesinado la noche del 11 de abril de 1913 en la esquina de Arguelles y Bouyón. Muy pronto se opuso a la política de la administración gringa de hacerse de la vista gorda con el juego prohibido y renunció a la primera silla municipal, a los dos meses de estar ocupándola en el edificio de San Fernando y Santa Isabel.
El doctor Méndez alcanzó por concurso en 1911 la dirección del Hospital Civil Luis Pernas Salomó hasta su renuncia en 1925, y la del Sanatorio de la Purísima Concepción, a partir de 1918, cargo que ocupaba al fallecer el 29 de junio de 1932. En la propia institución regenteada por la Colonia Española de Cienfuegos, unos de cuyos pabellones se honróen vida del homenajeado con su apellido, había sido médico de visitas en 1905 y subdirector seis años más tarde. Entre 1908 y 1909 participó en calidad de secretario en la comisión de enfermedades infecciosas que presidía su colega Carlos J. Finlay.
El Ayuntamiento lo congratuló como Hijo Benemérito de Cienfuegos, más el Gran Diploma de Honor y Medalla de Oro por los servicios prestados en ocasión de la epidemia de influenza que azotó a la ciudad en el bienio de 1918-19.
Casado con la señora María Amalia López del Campillo y D’Wolf , hermana de Juan José, coronel de la Independencia, Méndez Aguirre fundó una familia que se ensanchó con sus retoños, Alfredo, Juan José y María Carlota.
Cuentan que la noche final de su existencia Nene Méndez caminaba Bouyón arriba hacia el teatro Terry a fin de cumplir con el encargo de Alfredo de que acompañara a María Amalia a la salida de la función de aquel viernes nefasto.
La muerte del doctor Méndez ocupó cintillo y pulgadas de texto en la primera plana de la edición de La Correspondencia del miércoles 29 de junio de 1932. Y como muestra del significado de la más reciente pérdida para la sociedad perlasureña, la nota estaba calzada con la firma de Don Florencio Velis Mojena, director-fundador del decano de los diarios “guajiros” de la República.
Al siguiente día la crónica del sepelio que partió de la casa mortuoria en Argüelles 144 reseñó la salida del cortejo hacia el cementerio nuevo encabezada por el clero con Cruz Alzada, seguido por la Banda Municipal y el féretro sobre la carroza Fernandina de Jagua. Participan de la manifestación luctuosa la Escuela de Enfermeras Victoria Bru, fundada por Méndez en el Hospital Civil, y directivos del Casino Español, el Sanatorio, el Liceo, Cienfuegos Yatch Club y Cuerpo de Bomberos, a la mayoría de las cuales había pertenecido y en algunos casos encabezado.
Además de ser llevado al mármol por Boada, el rostro del doctor Méndez fue plasmado en óleo por el pintor granadino José Samaniego y Piñeiro, un exiliado republicano que residió en el hotel Ciervo de Oro a finales de los años 30. El cuadro de grandes dimensiones le fue entregado el presidente del Casino Español, Modesto Novoa, el primero de agosto de 1937. Sería colocado en el Sanatorio, pero antes y durante varios días estuvo expuesto al público en una vidriera de la tienda El Palo Gordo, San Fernando y Hourrutinier.

martes, 29 de julio de 2008

El raid Cienfuegos-Habana

El sol era un presagio cierto y exacto, que apenas comenzaba a teñir el cielo con sus pinceles polícromos a las espaldas del firme de Guamuahaya. La fiesta nacional por los 12 años de la República incluía el concurso del vuelo más largo con meta en La Habana y otro para quien más trepara en el propio cielo capitalino. El Congreso prometía mil 500 pesos para el uno y 500 para el otro.
A Jaime González buena falta que le hacía la suma ofrecida por la caja parlamentaria, pero más le compulsaba su condición de atleta. A sabiendas de que Agustín Parlá estaba en Santiago de Cuba para intentar semejante epopeya, pero con un kilometraje mucho mayor.
Por eso desde las cuatro y media estaba en el Hipódromo, el primer “aeropuerto” cienfueguero, alistando el Morane para la gran cabalgata de 240 kilómetros, suponiendo un trayecto en línea recta. A la despedida concurrieron el alcalde Juan Florencio Cabrera, una comisión de la Juventud Progresista, la señora Juana Crocier, madre del aviador, y sus hermanas Lucía, Margarita y María. El padre había viajado en tren a la capital a fin de esperar al hijo-héroe.
Faltaban diez minutos para las seis de la mañana cuando el monoplano francés despegó de la improvisada pista de Marsillán y tomó rumbo noroeste. Exactamente dos horas más tarde detendría el motor frente al Club Militar del campamento de Columbia tras cubrir una ruta de 320 kilómetros.
Volaba el as cienfueguero con una bandera cubana colgada del plano izquierdo del monoplano y varios escudos de la República a ambos lados de la nave. Una brújula situada frente al timón y un mapa de la Isla formaban todo el instrumental de navegación. “No obstante el viaje que ha durado dos horas el motor está frío y en condiciones de volver ahora mismo a Cienfuegos”, fue la primera declaración del piloto al pisar tierra.
En el vuelo más largo hasta esa fecha en la historia de la bisoña aviación insular Jaime sobrevoló Constancia, Abreus, Rodas, Yaguaramas, Guareiras, Jovellanos, Colón, Matanzas y Quivicán. El peor momento de la jornada lo vivió mientras se acercaba a la capital yumurina en medio de una espesa neblina que le impedía orientarse por los accidentes geográficos. Además tuvo que soportar la mortificación de las bajas temperaturas, aunque iba literalmente forrado el frío le resultaba penetrante, confesaría luego a la prensa habanera.
Al bajarse del Morane Jaime se llevó la mayor sorpresa del día. Los tres miembros del jurado nombrado por el presidente Menocal para dar fe del feliz término del vuelo: el alcalde de La Habana, general Freire de Andrade; el gobernador interino de aquella provincia, Pedro Bustillo; y el padre Gutiérrez Lanza, del Observatorio de Belén, brillaban por su ausencia en el aeródromo de la principal instalación militar de la Isla.
En vista del desplante, el aviador cienfueguero, acompañado por los representantes villareños a la Cámara, Rivero, Soto y Villalón, fue a encontrarse con el padre Lanza, con quien departió por buen rato. Le comentó que los oficiales del Ejército presentes en Columbia podían atestiguar del aterrizaje. El sacerdote telefoneó a Bustillo y ambos acordaron contactar con el primer edil capitalino a fin de reunirse y levantar el acta correspondiente. Pero Freire andaba por la vuelta del Palatino en un almuerzo con los Veteranos, en ocasión de la fecha inaugural de la República.
Medio centenar de telegramas, entre oficiales, particulares y reportes de prensa fueron impuestos en La Habana con destino a Cienfuegos dando cuenta de la llegada de Jaime, quien recibió a su vez la congratulación de Parlá desde la capital de Oriente.
Con el trío de representantes se llegó en fotingo hasta una glorieta instalada en el Malecón, desde la cual el presidente Menocal revistaba las tropas.Tras recibir un baño de congratulaciones ejecutivas, pasó por la redacción del diario La Prensa y almorzó en el restaurante El Casino en compañía de los congresistas.
Del ágape partió hacia Columbia, presto a reparar los desperfectos de la nave, pues esa propia tarde pretendía batir el récord nacional de altura en poder de Domingo Rosillo desde el 11 de abril del año anterior. Con siete mil 850 pies (dos mil 300 metros) el aviador nacido en Orán, Argelia, había superado con creces los seis mil 980 pies (mil 800 metros) alcanzados por el francés Roland Garrós en cielo cubano, el 21 de marzo de 1911.
Finalmente el fuerte viento imperante en la atmósfera capitalina hizo que Jaime declinara el intento de elevarse hasta una cota que ningún altímetro había registrado en el espacio aéreo de la Antilla Mayor.
La noticia del raid Cienfuegos-Habana disputó cintillos en la prensa nacional al torneo de lujo que por esos días jugaba José Raúl Capablanca en San Petersburgo, donde el campeón cubano rivalizaba con la flor y nata del ajedrez mundial, léase Lasker, Alekhine, Marshall, Rubenstein, Janowski, Nienzowich, Tarrash y Bernstein.

martes, 22 de julio de 2008

Centenario del Sanatorio

El 14 de julio de 1908 mientras los franceses andaban de fiesta Cienfuegos estuvo pendiente del suceso del año, la inauguración del Sanatorio de la Colonia Española en los terrenos de la finca La Reforma, comprada para esos fines en 1900 por el Casino. Lástima que no pudiera encontrar en los archivos de la prensa local la página que dio cobija a la crónica del acontecimiento.
Pero no quería dejar en el olvido el centenario de la casa de salud, en la actualidad reconvertida en Policlínico Dr. Cecilio Ruiz de Zárate y otras dependencias del sistema sanitario.
El Casino Español de Cienfuegos irrumpió en la vida social de la entonces villa a fines de mayo de 1869 y un hito en su historia lo representó el baile de sala que el 5 de mayo de 1894 inauguró su sede en el edificio de San Fernando y San Luis, donde hoy funciona el Museo Provincial.
Finalizada la Guerra de Independencia y repatriadas las últimas fuerzas colonialistas en la Isla por el puerto de Jagua, en enero de 1899, la nueva coyuntura histórica y socio-económica condicionó que en agosto del propio año la Sociedad de Dependientes y las regionales hispanas: Benificiencia Gallega, Asturiana, Canaria, Catalana, Balear y Montañesa, decidieran fusionarse en el Casino Español de Cienfuegos, Centro de la Colonia Española.
Sumados los bienes de todos los entes mancomunados contabilizaron 54 mil 791 pesos con diez centavos en oro y cinco mil 392 pesos con 75 centavos en plata, apunta José María González Contreras en su folleto Reseña Histórica y Cronológica de la Colonia Española de Cienfuegos y su Sanatorio, publicado por la Imprenta de la calle San Carlos No. 129, en fecha posterior a 1923.
Los presidentes de los grupos regionales traían el mandato, aceptado por la nueva sociedad, de construir una casa de salud o sanatorio modelo. El artículo segundo del Reglamento de la institución proclamaba que estaba “en pie y subsistente la obligación y la necesidad de construir un gran sanatorio”.
La finca La Reforma, inmediata a la ciudad en dirección Sur, tenía una superficie de 186 mil varas planas y una elevación de 17 metros sobre el nivel del mar. Los dos primeros concursos para el proyecto de sanatorio fueron declarados desiertos en 1900 y 1901, respectivamente. A mediados de ese último año le fue encargado al ingeniero don Sotero Escarza la presentación del plano, memoria y proyecto de la futura obra.
Diversas causas fueron dilatando en el tiempo la construcción del conjunto arquitectónico. Por lo pronto los ejecutivos de la Colonia decidieron mejorar las condiciones de la quinta de salud que el Centro de Dependientes había incorporado al patrimonio del Casino.
Un giro en el proyecto significó la toma de posición de don Laureano Falla Gutiérrez al frente de la nueva directiva del Casino para el sexto período social, el 28 de enero de 1906. El industrial azucarero y hacendado que por entonces comenzaba a amasar una de las principales fortunas de la Isla puso como única condición “el acometer sin más demoras ni vacilaciones el problema del sanatorio”.
Predicó con su bolsillo el potentado montañés y acompañó sus palabras con cinco mil pesos sobre la mesa, gesto imitado por los hermanos asturianos Acisclo y Modesto del Valle quienes entre ambos igualaron la suma de Falla.
En mayo de ese año el topógrafo don Adolfo García, autor del plano de Cienfuegos de 1914, terminó el proyecto general de la obra y el 2 de junio, en ocasión de la boda del Rey de España, fue puesta la primera piedra.
Próximo al fin de los trabajos constructivos en mayo de 1908 un grupo de esposas de los industriales hispanos con negocios en Cienfuegos realizan una colecta con cuyos dineros iniciales se terminaría en 1910 la edificación de una coqueta capilla en los propios terrenos de la casa de salud. En los años 90 aquel inmueble que últimamente había servido de sede a la Cruz Roja fue rodeado por las hortalizas de un flamante organopónico, circunstancia previa a su posterior desaparición del entorno arquitectónico del cual celebramos su centenario.
Tras el cómputo final el costo de las obras ascendió en números redondos a unos 230 mil pesos, de los cuales la caja de la Colonia aportó 50 mil, y Falla Gutiérrez 37 mil de su peculio personal.
El 14 de julio de 1908 el edificio fue bendecido por el obispo fundador de la diócesis, Fray Aurelio Torres, y el 29 del mismo mes comenzó el traslado de los enfermos, operación realizada con acierto por don Modesto del Valle, presidente de la Sección de Beneficiencia del Casino, y con el concurso del personal facultativo dirigido por el doctor Luis Perna, una referencia en la historia de la medicina cienfueguera.
En 1923 estaban casi terminados los trabajos de instalación de una verja de hierro con base de mampostería a lo largo de la calle del Cid hasta el camino del Junco y también de la portada y pabellón de portería, frente a los cuales desemboca la calle de Campomanes.
El domingo 22 de mayo de 1927 como parte de las festividades de las Bodas de Plata de la República el Casino Español develó un busto de bronce con la efigie de don Laureano Falla Gutiérrez en el jardín de la casa administrativa del Sanatorio, institución a la que la prensa calificaba como “el más hermoso y sin discusión el mejor que existe en el Interior de Cuba”.
Por cierto, ¿alguien sabrá del destino de aquel monumento?

lunes, 14 de julio de 2008

Jaime prepara la toma de La Habana

Un frondoso mamoncillo en la quinta San Rafael, donde hoy se levanta el Reparto Eléctrico, hizo las veces de hangar forestal del monoplano francés Morane Saulnier, uno de los últimos gritos de la bisoña tecnología aeronáutica. A la sombra de aquel mismo árbol frutal el quinceañero Jaime González había probado suerte con su rudimentario “chivo” alado.
Ahora, recién cumplidos los 22 años y con un brevet de la Federación Aeronáutica Internacional en el bolsillo, el hijo de un conductor de ómnibus de la línea Rodas-Cienfuegos iba a probar ante sus paisanos la valía de los conocimientos adquiridos en la academia Bleriot, de Châteaufort. El Hipódromo, diamante beisbolero de moda, estaba a reventar aquella tarde del 24 de febrero de 1914.
El primer vuelo pilotado por un cienfueguero en el cielo de la antigua Fernandina despegó a las seis y veintitrés y duró cinco minutos. Jaime sobrevoló la bahía y terrenos al este de la ciudad. La poca luz del atardecer y el entusiasmo del público apiñado sobre la pista provocaron un percance en el aterrizaje. El ala izquierda del Morane impactó con un poste del tendido de la Cuban Telephone Co, trazado a lo largo de la calle Cuartel.
Jaime fue sacado en hombros como si fuera en torero con faena de tres rabos y cuatro orejas, y el Hipódromo Las Ventas de Madrid. Pero el accidente impidió el vuelo a La Habana anunciado para la mañana siguiente. La fabricación por un taller cienfueguero de un par de nuevas alas para el pájaro galo demoraría entre seis y ocho días, informaba la prensa local.
El domingo 8 de marzo volvió a ser noticia el joven de la calle Colón. Temprano en la mañana realizó un vuelo de ensayo que alcanzó hasta el Castillo de Jagua y por la tarde de nuevo hubo mitin en la instalación deportiva de Marsillán. Primero dio una vuelta en redonda a la ciudad elevándose hasta los 800 metros y en el segundo se llegó hasta Punta Gorda y Cayo Carenas, con registro de mil metros en el altímetro. A las primeras horas del día siguiente realizó otro vuelo sin público.
A partir de entonces los horizontes comenzaron a crecer para el binomio Jaime-Morane. El 15 de marzo el ingenio Portugalete entró en la historia de la aeronáutica insular al recibirlos casi al amanecer. El trayecto de 20 kilómetros fue cubierto en nueve minutos. Hasta el central de los hermanos Escarza llegaron en tren, autos o a pie excursiones de Palmira, Caracas, Manuelita y otros sitios aledaños. Hubo un almuerzo suculento en homenaje al paladín que regresó a Cienfuegos con tres cartas, cimientos del correo postal cubano. Cuentan que al recibirlo en el Hipódromo alguien gritó: “Le cortaste las alas a Parlá y Rosillo”-
Una semana más tarde ellos solos hicieron la fiesta en Santa Isabel de las Lajas, punto de partida del primer vuelo de la jornada que sobrevoló el ingenio Santísima Trinidad, el poblado de El Salto y las fábricas de azúcar San Agustín, Andreíta y Caracas, donde aterrizó para descansar unos minutos. El segundo partió del central que había fomentado don Tomás Terry de donde voló a Cruces y tras realizar evoluciones sobre el pueblo de raigambre ferroviaria se dirigió a Lajas. Una rotura en el tubo de gasolina le obligó a tomar tierra un cuarto de legua antes del improvisado campo de aviación. Medio millar de lajeros, a caballo los unos a pie los otros, fueron al rescate del héroe del día a quienes trajeron de regreso al aviador, jinete sobre el lomo del Morane.
Los cálculos de la jornada anotados por El Comercio y La Correspondencia difieren entre los 64 y los 100 kilómetros y el cuarto o la media hora de duración. En cuanto a espectadores, coincidieron en contar a unas seis mil almas enamoradas del conquistador del aire.
A propósito del central Caracas, quisiera compartir varios apuntes del historiador del correo aéreo en Cuba, doctor Tomás Terry. En su libro editado por Ediciones Organismos en 1971 expuso su certeza de que Emilio Terry Dorticós, propietario de la que un tiempo fue la mayor fábrica azucarera del mundo y primer Secretario (ministro) de Agricultura en la República, tuvo la intención de adquirir un aeroplano en Francia para establecer la línea privada Habana-Cruces. Lo prueba las abundantes ofertas de industrias aeronavales galas encontradas en la correspondencia del hijo de don Tomás.
Entre esa papelería fueron descubiertos planos y proyectos para construir un campo de aviación en terrenos de su propiedad cercanos al escenario de la batalla de Mal Tiempo. En la casona del Caracas hospedó en 1911 al aviador francés Jean Bojeau, muerto después en el frente rumano durante la Primera Guerra Mundial.
Retomando el hilo de la crónica habría que referir los posteriores vuelos de Jaime González que llevó el jolgorio de la novedad a Trinidad, Palmira y San Fernando de Camarones.
En la Perla del Sur el 14 de abril trepó hasta los cinco mil pies de altura y en un vuelo de 20 minutos recorrió los barrios rurales circundantes, con el objetivo de probar las fuerzas del Morane para intentar el raid Cienfuegos-Habana, del cual se ocupará este blog en su próxima entrega.