A MEDIA TARDE DEL SÁBADO 5 DE MARZO de 1932 mientras los vientos de Cuaresma soplaban sobre la geografía de Cayo Guano, Pepín Riaño hizo señales para que se acercara a una embarcación que cruzaba por aquellas latitudes caribeñas.
El bote motor Feliciano regresaba al puerto de Cienfuegos con sus viveros cargados de buena pesca tras faenar más allá de la plataforma. Su patrón, el español Jaime Comas, enfiló hacia el islote marcado por la verticalidad del faro de Obras Públicas, desde cuyo pequeño muelle un hombre le hacía señas al destino.
A las cuatro en punto la embarcación de 28 pies de eslora y nueve de manga puso proa a la isla grande. A la carga de la escama pescada por el patrón, su hijo Antonio y el viejo lobo de mar Francisco Pertierra, se sumaron la señora Teresa López Armenteros y cinco de sus hijos, casi seis.
Desde la costa de seboruco José Riaño Fraile, natural de la Casablanca habanera y con la edad de Cristo, segundo torrero del faro por más señas, agitó varias veces la mano derecha, la clásica señal de las despedidas. Allí permaneció hasta que la silueta blanca y verde oscura del Feliciano se hizo un punto imaginario en el horizonte, infladas las velas por los aires cuaresmales que le batían de popa.
A sus 47 años, con tanto salitre impregnado en la curtida piel, Jaime Comas agradecía que Santos Jiménez, comerciante de pescado en Cienfuegos, hubiera puesto a sus órdenes aquella barca tan marinera estrenada en el invierno de 1927. Para cuando los vientos se hacían de rogar ahí estaba el motor Rigal de siete caballos de fuerza.
Hacia el atardecer, dejadas atrás más de la mitad de las 42 millas náuticas que separan la ínsula-fanal de la ciudad más próspera de la costa sur cubana, la navegación comenzó a resultar asmática para el Feliciano y su patrón a lamentar la hora en que aceptó embarcar a la familia del segundo farero de Cayo Guano.
Los vientos ya eran de brisote cuando la entrenada vista de los marinos divisó a las ocho de la noche el primer destello del faro de Villanueva, linterna que guía a los barcos a enfilar hacia el cañón de entrada a la bahía de Jagua. Navegmos a siete millas de la costa de Las Coloradas, marcó Comas el derrotero en la más marinera de sus neuronas. Un mal presagio vino a la mente del piloto español cuando comprobó que la ribera más cercana a la quilla del Feliciano era la Punta del Diablo.
El motor Rigal fue incapaz de poner a halar siquiera a uno de los siete caballos y las velas se hicieron un amasijo de telas ingobernables. El terror también tomó pasaje sobre la cubierta poblada de llantos infantiles, angustia materna y blasfemias de la marinería.
Un gran golpe de mar completó el inventario de la mala suerte. El Feliciano dio una vuelta de campana.
Los periódicos de Cienfuegos no tenían ediciones dominicales aquel penúltimo año de machadato. El lunes 7 los voceadores desperdigaron los cintillos de la muerte por toda la ciudad. “Tras de cinco días de no comer, la familia del torrero de Cayo Guano, pereció ahogada”, encabezó El Comercio a cinco columnas mientras atentaba contra el buen arte del titulaje. La Correspondencia exhibió con similar destaque un mejor desempeño de su titulista: “La Trágica Muerte de 7 personas frente a Punta del Diablo”. Agregaba en su bajante el diario de San Carlos, 129 que la familia del farero Riaño, acosada por el hambre, decidió venir a Cienfuegos en busca de alimentos.
El joven Comas y el viejo Pertierra lograron escapar a la encerrona y tras horas de romperse los pies entre seborucos y dientes de perro llevaron el aviso de la desgracia hasta el Castillo de Jagua, a media madrugada del domingo. De inmediato y de forma espontánea comenzó la operación solidaria de rescate de las víctimas del Feliciano, que se daría por finalizada el jueves sin poder encontrar los restos de Raúl y Felina Riaño López, criaturas de once y cinco años, respectivamente.
Los primeros cuerpos hallados por los socorristas fueron los de la madre de la prole, embarazada si nos atenemos a una versión periodística, y el pequeño Rigoberto, de siete años. Sucesivos hallazgos permitieron darle cristiana tumba a sus hermanos Georgina (12) y Rafael (9). Pepín Riaño sólo podría compartir su dolor con Alfredo (13), el primogénito, acogido en el hogar cienfueguero del señor Manuel Hernández, director de la Escuela Superior de Varones.
En próximas ediciones los diarios dieron otras versiones ajenas al hambre como causa del fatídico embarque de los Riaño.López a bordo del último viaje de Feliciano. Detalles horripilantes del estado en que fueron encontrados algunos de los cadáveres y de la participación en la búsqueda de decenas de pescadores, entre los cuales destacaban Lico Fonseca, su hermano Juan, el popular Melón y varios japoneses anónimos, abundaban en las crónicas del desastre, comparado por el reporter Alfredo Hernández D’Cerice en las páginas de La Correspondencia con los de la Juana Mercedes, El Ligero y el bote de los Peloteros. Pero esas serán historias para otra ocasión. Si no naufragaron también.
Mostrando entradas con la etiqueta hundimientos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hundimientos. Mostrar todas las entradas
martes, 8 de abril de 2008
Naufragio en Punta del Diablo
Etiquetas:
catástrofe,
Cayo Guano,
Cienfuegos,
Cuba,
historia,
hundimientos,
naufragio,
navegación,
República
viernes, 7 de marzo de 2008
La última madrugada del Mambí
Tanta claridad adornaba la madrugada del jueves 13 de mayo de 1943 sobre las aguas atlánticas que bañan las costas del Oriente cubano que resultaba una invitación para poetas y enamorados insomnes.
Pero no eran aquellos tiempos de lirismo.
El primer torpedo del U-boot alemán hizo diana en el cuarto de máquinas de El Mambí y lo partió en dos mitades casi exactas. Por si no fuera suficiente aquel acto de cirugía metálica de la muerte, un segundo proyectil emergido de los dominios de Neptuno acertó la popa del pequeño buque-tanque cubano navegado por 31 marinos nacionales y cinco guardias estadounidenses.
La embarcación matriculada por la Cuban Destilling Co, empresa mielera asentada en Cienfuegos, que navegaba en lastre, voló en pedazos y fue tragada por las aguas en un santiamén. Junto con el amasijo de hierros se hundieron para siempre 24 cuerpos de hombres que dormían el cansancio de la jornada anterior o alimentaban las calderas del navío antes de convertirse en catafalco. Serían las tres de la madrugada, aunque las tragedias no requieren de tanta exactitud a la hora de registrarse en la historia.
Momentos antes el Unterseeboot nazi había torpedeado al mercante americano Linken Lykes y desperdigado por la atmósfera el cargamento de amoníaco que transportaba con destino a las obras de la industria niquelífera de Lengua de Pájaro, en el norte de la provincia de Oriente.
El par de barcos siniestrados, más otros dos con la bandera de las barras y las estrellas e igual cifra de cazasubmarinos cubanos navegaban en convoy por las aguas que tuvieron la primicia de ser surcadas por las tres carabelas más famosas de la historia.
Como el Linken Lykes tardó 46 minutos en hundirse sus 30 tripulantes lograron salvarse.
La prensa cienfueguera de la época situó las coordenadas de la muerte a diez millas de Puerto Padre y 27 de Nuevitas, rada a donde llegaron al amanecer los 11 hombres de El Mambí que lograron alcanzar las balsas salvavidas. Uno de los náufragos era el yanqui apellidado Sheper.
En el principal puerto de la provincia de Camagüey recibió cristiana sepultura el ayudante de máquinas José Fernández Rey, el único cadáver que devolvieron las aguas en la clara madrugada impropia para poetas trasnochados. Al sepelio del marino cienfueguero asistió Isabel Brenllas, que estrenó su viudez apenas a los cuatro meses de casada.
Peor sino, si cabe la cuantía, le tocó a Milagros Prats, que tres días más tarde tenía señalada la cita ante el altar con el timonel Antonio Fernández Rueda, uno de los cienfuegueros tragados por el Canal Viejo de Bahamas.
La muerte tocó por partida doble en una casa de San Fernando y Holguín para avisar que los hermanos Oscar y Armando Ferrer López, pañolero el uno y ayudante de cocina el otro, desde ya habitarían por siempre en el recuerdo.
Mientras la tragedia de El Mambí enlutaba Cienfuegos, principalmente la barriada de Reina, el tercer maquinista Bernardo García y el ayudante Mario Miranda agradecían al ángel de la guarda que los invitó a quedarse en La Habana, cuando el mercante regresó del puerto de Jacksonville. Por asuntos familiares ambos habían venido a la Perla del Sur con la encomienda de reintegrarse a la tripulación en otro puerto de la Isla. García contó que su camarote habitual quedaba justo sobre el sitio por donde el bisturí hitleriano diseccionó la armazón del vapor.
El Mambí tenía suficiente edad para la jubilación. De hecho había permanecido 12 años inactivo en los astilleros de Regla, pero ante la escasez de tonelaje impuesta por la Segunda Guerra la Cuban Destilling, que lo había comprado en la segunda década del siglo, lo arboló de nuevo en marzo de 1940.
Con 1975 toneladas de desplazamiento, sus bodegas podían cargar 475 mil galones, que casi siempre eran de mieles cubanas, materia prima esencial para la industria bélica estadounidense. Las carencias del transporte marítimo en aquella coyuntura lo habían revalorizado en medio millón de pesos. Ya en una oportunidad había logrado esquivar un torpedazo fascista.
El homenaje de Cienfuegos a las víctimas de El Mambí fue cuajado en bronce prieto por el artista Mateo Torriente Bécquer. La escultura Caracola con cuernos y estrella, imagen de la Nereida del Mar que con su trompeta alerta de nuevos peligros a la marinería de todos los tiempos, fue develada por el Ateneo de Cienfuegos en la rotonda de Punta Gorda como parte de las fiestas de la Noche del Camaronero, el domingo 26 de abril de 1959. Cuando la ciudad aún celebraba su cumpleaños 140.
Luego de ciertos desencuentros urbanísticos, la pieza recaló por último a finales de los 80 en el parque de Los Pinitos, desde donde su cuerno parece convocar a los hombres de la Tierra para que nunca más una madrugada de plenilunio sea el cadalso del lirismo en cualquier mar del planeta.
Pero no eran aquellos tiempos de lirismo.
El primer torpedo del U-boot alemán hizo diana en el cuarto de máquinas de El Mambí y lo partió en dos mitades casi exactas. Por si no fuera suficiente aquel acto de cirugía metálica de la muerte, un segundo proyectil emergido de los dominios de Neptuno acertó la popa del pequeño buque-tanque cubano navegado por 31 marinos nacionales y cinco guardias estadounidenses.
La embarcación matriculada por la Cuban Destilling Co, empresa mielera asentada en Cienfuegos, que navegaba en lastre, voló en pedazos y fue tragada por las aguas en un santiamén. Junto con el amasijo de hierros se hundieron para siempre 24 cuerpos de hombres que dormían el cansancio de la jornada anterior o alimentaban las calderas del navío antes de convertirse en catafalco. Serían las tres de la madrugada, aunque las tragedias no requieren de tanta exactitud a la hora de registrarse en la historia.
Momentos antes el Unterseeboot nazi había torpedeado al mercante americano Linken Lykes y desperdigado por la atmósfera el cargamento de amoníaco que transportaba con destino a las obras de la industria niquelífera de Lengua de Pájaro, en el norte de la provincia de Oriente.
El par de barcos siniestrados, más otros dos con la bandera de las barras y las estrellas e igual cifra de cazasubmarinos cubanos navegaban en convoy por las aguas que tuvieron la primicia de ser surcadas por las tres carabelas más famosas de la historia.
Como el Linken Lykes tardó 46 minutos en hundirse sus 30 tripulantes lograron salvarse.
La prensa cienfueguera de la época situó las coordenadas de la muerte a diez millas de Puerto Padre y 27 de Nuevitas, rada a donde llegaron al amanecer los 11 hombres de El Mambí que lograron alcanzar las balsas salvavidas. Uno de los náufragos era el yanqui apellidado Sheper.
En el principal puerto de la provincia de Camagüey recibió cristiana sepultura el ayudante de máquinas José Fernández Rey, el único cadáver que devolvieron las aguas en la clara madrugada impropia para poetas trasnochados. Al sepelio del marino cienfueguero asistió Isabel Brenllas, que estrenó su viudez apenas a los cuatro meses de casada.
Peor sino, si cabe la cuantía, le tocó a Milagros Prats, que tres días más tarde tenía señalada la cita ante el altar con el timonel Antonio Fernández Rueda, uno de los cienfuegueros tragados por el Canal Viejo de Bahamas.
La muerte tocó por partida doble en una casa de San Fernando y Holguín para avisar que los hermanos Oscar y Armando Ferrer López, pañolero el uno y ayudante de cocina el otro, desde ya habitarían por siempre en el recuerdo.
Mientras la tragedia de El Mambí enlutaba Cienfuegos, principalmente la barriada de Reina, el tercer maquinista Bernardo García y el ayudante Mario Miranda agradecían al ángel de la guarda que los invitó a quedarse en La Habana, cuando el mercante regresó del puerto de Jacksonville. Por asuntos familiares ambos habían venido a la Perla del Sur con la encomienda de reintegrarse a la tripulación en otro puerto de la Isla. García contó que su camarote habitual quedaba justo sobre el sitio por donde el bisturí hitleriano diseccionó la armazón del vapor.
El Mambí tenía suficiente edad para la jubilación. De hecho había permanecido 12 años inactivo en los astilleros de Regla, pero ante la escasez de tonelaje impuesta por la Segunda Guerra la Cuban Destilling, que lo había comprado en la segunda década del siglo, lo arboló de nuevo en marzo de 1940.
Con 1975 toneladas de desplazamiento, sus bodegas podían cargar 475 mil galones, que casi siempre eran de mieles cubanas, materia prima esencial para la industria bélica estadounidense. Las carencias del transporte marítimo en aquella coyuntura lo habían revalorizado en medio millón de pesos. Ya en una oportunidad había logrado esquivar un torpedazo fascista.
El homenaje de Cienfuegos a las víctimas de El Mambí fue cuajado en bronce prieto por el artista Mateo Torriente Bécquer. La escultura Caracola con cuernos y estrella, imagen de la Nereida del Mar que con su trompeta alerta de nuevos peligros a la marinería de todos los tiempos, fue develada por el Ateneo de Cienfuegos en la rotonda de Punta Gorda como parte de las fiestas de la Noche del Camaronero, el domingo 26 de abril de 1959. Cuando la ciudad aún celebraba su cumpleaños 140.
Luego de ciertos desencuentros urbanísticos, la pieza recaló por último a finales de los 80 en el parque de Los Pinitos, desde donde su cuerno parece convocar a los hombres de la Tierra para que nunca más una madrugada de plenilunio sea el cadalso del lirismo en cualquier mar del planeta.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)