Liberales y conservadores aparentaban ser un solo cuerpo político, y no los enconados antagonistas de antaño. En la Cuba de finales de 1927 aquella alianza de intereses conocida como cooperativismo aupaba las intenciones de Gerardo Machado de estirar su período en la presidencia de la República hasta 1935, por lo menos.
En ese contexto ocurrió entre bombos y platillos, el domingo 18 de diciembre, la visita a Cienfuegos del mandatario, a quien sus adversarios llamaban con sorna el Mocho de Camajuaní.
Con un programa resumido en la consigna “Agua, caminos y escuelas" y el lema “a pie” que intentaba denotar la base popular de su candidatura al frente del Partido Liberal, el general de insulso expediente militar en la Guerra del 95, derrotó en las elecciones presidenciales de noviembre de 1924 a su colega de galones Mario García Menocal, el conocido Mayoral de Chaparra, que fue a las urnas en representación del Partido Conservador en busca de su tercer período en Palacio.
Llevaba Machado año y medio en el poder y ya cargaba unos cuantos asesinatos políticos sobre su conciencia, entre ellos el líder de la Hermandad Ferroviaria en Cienfuegos, Baldomero Duménigo, pero al hombre fuerte de la Isla lo alentaba sobremanera el capricho de los caudillos. La soberbia y vanidad que le asistían necesitaban del elogio aunque fuera mentira.
Cuenta el historiador Julio Le Riverand que el mismo día de su llegada a la mansión ejecutiva, el 20 de mayo de 1925, su exegeta Jesús María Barraqué (designado Secretario de Justicia del propio gobierno) publicó en el diario habanero El Mundo que tanto Máximo Gómez como Tomás Estrada Palma le habían pronosticado que Gerardo Machado y Morales sería presidente de Cuba.
La estadía de dos jornadas en la Perla del Sur formó parte de una campaña a favor de la prórroga de poderes y la reforma constitucional que le sirviera de apoyatura legal a sus propósitos. A fines de la semana anterior la caravana presidencial recorrió la próspera ciudad camagüeyana de Morón y luego Santa Clara.
A las cinco de la mañana de aquel domingo partió de la Estación Central de La Habana el convoy formado por la locomotora 402, dos vagones de primera clase y los coches-salones Zaza, Trinidad, Nuevitas, Habana, Tínima, Ciego de Ávila y Yosemite.
En este último con nombre de paisaje gringo viajaba el presidente, a quien acompañaba en la gira una comitiva formada por el vicepresidente Carlos La Rosa, secretarios de estado (ministros), senadores, representantes, gobernadores provinciales, jefes militares y periodistas, en número cercano al centenar.
Con marcado interés de desinformar, los organizadores del recibimiento señalaron indistintamente a la Calzada de Dolores y la estación ferroviaria de la calle Gloria como puntos de desembarque. Sin embargo Machado puso pie en tierra en Castillo y Santa Isabel y por esta calle salvó en la máquina oficial de la Alcaldía las cuatro cuadras que lo separaban del Ayuntamiento.
Frente a la casa municipal de gobierno los anfitriones situaron un arco de triunfo, desde cuya plataforma de madera de tea levantada a 90 centímetros de altura, el homenajeado presenció a continuación un desfile cercano a las dos horas y media de duración.
El periódico La Correspondencia dedicó casi una página entera a detallar la revista organizada por el alcalde conservador de Cienfuegos, Pedro Antonio Aragonés, en honor del presidente liberal de la nación.
La parada que enfiló por la calle San Fernando, de Prado hacia el parque Martí, incluyó 22 cuadros, el último integrado por los cinco mil jinetes de las caballerías llegadas desde todos los pueblos vecinos. El arco estaba rematado por la inscripción: “Al mejor presidente de Cuba”.
Para alojamiento del presidente sus anfitriones eligieron el Cienfuegos Yatch Club, donde el lunes 19 el Grupo de Lobos de Mar le ofreció un almuerzo y las 11 de la noche del propio día hubo un baile de etiqueta para despedirlo.
Otros momentos del programa fueron la sesión vespertina-dominical del Rotary Club, en la cual las clases vivas cienfuegueras aprovecharon para extenderle un pliego de demandas, entre ellas obras de saneamiento, mejoras de las calles y el acueducto, planta de clorificación, construcción de la carretera a La Sierra y reparación de la vía a Manicaragua, a partir del puente de Lagunillas. También el dragado del puerto y su declaración como zona libre, así como tres centros educacionales: Escuela Normal de Maestros, Escuela Central (primaria) y una Técnica Industrial.
Para dorarle la píldora los rotarios lo agasajaron con un champagne de honor en el Roof Garden del flamante hotel San Carlos.
LA SEGUNDA JORNADA, LUNES 19
“La Cuban Telephone Company cede galantemente un micrófono que se instalará en el Terry para el mitin del 19. Los discursos pronunciados allí serán pues oídos por todas las estaciones radiográficas de la Isla”.
El suelto anterior apareció en la edición de La Correspondencia del sábado 17 de diciembre de 1927, víspera de la llegada del presidente Gerardo Machado a Cienfuegos. La reunión política de marras en el coliseo de San Carlos y San Luis conjugaba la esencia del viaje de dos días del huésped de Palacio a la ciudad. Por entonces la radio era el último grito de la moda en términos de comunicación social y la compani gringa aprovechaba aquel filón, mediático diríamos hoy.
Pro reforma constitucional, tal fue la divisa de la asamblea vespertina efectuada bajo la sombra de los frescos de Camilo Salaya que cobijan el lunetario del teatro símbolo de la Perla del Sur. Por la tribuna desfilaron liberales, conservadores y populares o si lo prefiere machadistas, menocalistas y zayistas, en perfecta concordia. A juzgar por sus discursos pareciera que la Isla era el edén político de la Tierra.
Antes, a las ocho de la mañana del propio lunes, el Ayuntamiento aprovechó la ocasión para realizar un acto solemne en el cual Machado recibió el título de Muy Ilustre Hijo Adoptivo de Cienfuegos. El mismo pergamino, solo que sin el Muy, le fue conferido a Antonio González Mora, director del diario habanero El Mundo.
Del discurso del principal homenajeado en la Casa del Pueblo sería bueno rescatar algunos párrafos ante los cuales los comentarios huelgan.
“Todo lo que ha pedido Cienfuegos lo concederé porque ya estaba en mi mente.
La patria está por encima de todo y no murió Martí, Maceo y tantos mártires de la libertad para que después vinieran los presidentes de la República a ser unos menguados y a medrar con ella.
El Congreso aprobó una ley concediéndome dos años más en el poder. El mismo Congreso puede votar otra si lo cree conveniente a los intereses de la nación para que renuncie a esos dos años. Si en cambio les convienen dos años más para que el presidente continúe haciendo una política nacionalista, estoy dispuesto a ir con los partidos políticos, con el país todo; pero si por el contrario no ocurre así, entonces el presidente de la República, una vez concluido su período de cuatro años volverá a su casa con la satisfacción del deber cumplido”.
Palabras que no tienen desperdicio. Caudillismo y demagogia al por mayor y dándose la mano Por si hiciera falta un dato para reforzar la idea triunfante del cooperativismo en ciernes, dijo que en el tren presidencial vino a Cienfuegos todo el espectro político de la nación.
Y agregó que: No sólo tenía el reconocimiento de las repúblicas latinoamericanas, sino que comenzaba a llegar de Europa: Mussolini, el rey de España –Alfonso XII-, el dictador hispano Primo de Rivera. En fin, dime quien te alaba y te diré quien eres. El discurso fue premiado con una ovación y gritos de ¡Viva el presidente modelo!
Intensa resultó la jornada del lunes para el mandatario proselitista. Se levantó temprano como buen guajiro, pero en el confort del Yatch Club. El potentado cienfueguero Laureano Falla Gutiérrez le llevó a conocer las instalaciones del sanatorio de la Colonia Española a las siete y media, y 30 minutos más tarde ya estaba listo para recibir el agasajo en el Ayuntamiento. Tuvo tiempo además para inaugurar el arco de triunfo en su honor que se estaba levantando en la avenida Pedro Antonio Aragonés –Malecón-. Obra para la cual el político perlasureño doctor Santiago Rey desembolsó la generosa suma de cuatro mil pesos.
Con el título honorario fresquecito en sus manos, más bien en las de algún edecán, visitó el cuartel de bomberos, al doblar, en la calle de San Luis. A las 11 y media estrenó las obras de dragado del puerto. A bordo de la draga barrenadora oprimió un botón eléctrico que provocó la explosión de las primeras barrenas en el lecho marino.
Al atardecer el alcalde Aragonés y la primera dama municipal, María Martínez de la Maza, le obsequiaron con una recepción en su palacete. A las ocho de la noche acudió al convite de la Sociedad Minerva, que agrupaba a cienfuegueros negros y mulatos.
Para cumplir su programa de unas 36 horas en la ciudad sólo restaba retornar al Yatch y hacer las maletas. Es un decir. Y participar del baile de gala, regalo de la higth society cienfueguera. Con los últimos acordes de la orquesta se fue directo a la cama del coche Yosemite. A las nueve y 20 de la mañana del martes ya estaba en Palacio.
Seguramente orgulloso de la última batalla librada a favor del cooperativismo.
Mostrando entradas con la etiqueta Cuba. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuba. Mostrar todas las entradas
domingo, 7 de marzo de 2010
La visita de Machado a Cienfuegos
Etiquetas:
Cienfuegos,
cooperativismo,
Cuba,
historia,
presidente,
República,
viajes
domingo, 13 de diciembre de 2009
Las horas cienfuegueras de Gabriela Mistral
Si el dramaturgo español Jacinto Benavente llegó a Cienfuegos en el mismo año de su Premio Nobel de Literatura, 1922, la poetisa chilena Gabriela Mistral dejó sus huellas en esta ciudad casi tres lustros antes de que en su persona Latinoamérica accediera por primera vez a la fastuosa ceremonia de Estocolmo.
El año de 1931 estaba casi en su Ecuador cuando la autora de Sonetos de la muerte y Desolación, dejó alelado el auditorio de maestros y liceístas que repletaba el cine Luisa con su conferencia “La lengua de Martí”.
Un cronista local reconocería al día siguiente -30 de junio- los valores de aquella disertación que, de estar de moda entonces la palabreja, si podía calificarse de magistral, como tantas de nuestros días, meras charlas cargadas de didactismo o propias para neófitos entusiastas.
En la tribuna cedida por el Ateneo de Cienfuegos el verbo de la escritora que prefería ser reconocida como maestra rural dibujó el Martí más humano posible. Como si la bajara de su pedestal en la antigua Plaza Mayor. Y todo el tiempo como si le hablara a un grupo de sus primeros alumnos en la Escuela de la Compañía Baja en La Serena, cuando apenas era una quinceañera y aún respondía por el extenso nombre de Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayata.
De verdaderamente original calificó el estilo literario del padre del Ismaelillo, oportunos y justificados los neologismos, pulcra la sintaxis, limpio y puro el léxico abrillantado por el fondo expresivo y portentoso de sus ideas.
“No estuve en su fiesta, pero a través de las lecturas me compenetré con su palabra de oro de 48 kilates, que no tenía las iras de los tribunos fogosos y deslumbrantes a fuerza de elevar el tono, sino la frase persuasiva del evangelista, del guiador de multitudes… Martí convencía, no epataba. Atraía con su verbo sin igual, no lanzaba al espacio pirotecnias artificiales”, reseñó la gracia de aquel orfebre del vocablo en castellano.
Acerca del hombre político que ganaría grados de Apóstol, apuntó que como tal “hacía su guerra diferente a todo el mundo. Su guerra era casi paradójica. Recurrió a ella por una necesidad extrema, pero lejos de predicar la barbarie en la tragedia del exterminio, guiaba a las masas a levantar una montaña de esfuerzos para hacer comprender al opresor que ellos tenían el derecho y había que hacerles justicia”.
“En fin, dijo de Martí lo que sinceramente nunca oímos nunca que alguien dijera”, reconoció la reseña periodística.
Tras cenar con un grupo de pedagogas perlasureñas en el roof del hotel San Carlos, donde se hospedaba, las obsequió con otra conferencia privada hasta la medianoche. El tema fue el autodidactismo. Temprano en la mañana del siguiente día tomó el tren a La Habana.
Pasarían siete años y medio para que la Mistral adornara de nuevo otra sociedad cienfueguera con las galas de su palabra, de lento acento andino. Esta vez le correspondió el honor al Lyceum Femenino, que la noche del 12 de diciembre de 1938 le abrió las puertas de su sede social, inaugurada el 13 de mayo de 1933 en la esquina de Prado y Santa Clara.
Homenaje a Gabriela Mistral, la más grande mujer de América, estimulaba el programa del acto en el cual la poetisa aludió a su propia creación literaria. El festejo incluyó a la Banda Municipal en la interpretación de los himnos nacionales de Cuba y Chile y jovencitas cienfuegueras que cantaron y declamaron los versos de quien conjugó en su inmortal seudónimo los nombres de sus paradigmas poéticos, el italiano Grabiele D’Annunzio y el francés Frédéric Mistral.
“Linda paciencia la de ustedes al escucharme por tan largo rato (hora y media) sin cansarme. Pasen todos buenas noches y reciban mis gracias más cariñosas”, se despidió del auditorio feminista. Un día después enrumbó hacia la “silente y vetusta Trinidad”, al decir del más cotizado cronista social del momento.
Pero antes, en el preámbulo de la cena, Zoila Rosa López de Rumbaut logró entrevistarla para La Correspondencia. Por aquellas declaraciones publicadas seis días más tarde sabemos de la religiosidad de la maestra-escritora: “Cristiana y casi católica, pero sin odios a las demás formas de creencias, con tal de que sean sinceras y ayuden a la purificación del mundo”. También de género favorito y escuela poética: “Tal vez la poesía de niños, luego la folclórica. Los clásicos y por contraste lo popular. Leo con interés lo que hacen los mozos”.
Sobre sistemas más útiles en materia escolar optó por el de Drecoly, “pero tenemos que crear ¡por fin! una escuela latinoamericana”. Su filiación política entretejía algunas ideas de la izquierda con otras tradicionalistas y a su gusto un gobierno ideal debía sustentarse sobre la base de los Gremios Medievales Reformados.
Cuando las primeras planas de los diarios cienfuegueros del 10 de enero de 1957 mencionaron a la Premio Nobel de 1945 fue para referirse al hecho de la pérdida irreparable que acaban de sufrir las letras latinoamericanas. Esa madrugada, a las 4:17 para un diario, 28 minutos más tarde según el otro, las fuerzas malignas del cáncer detuvieron para siempre el corazón de la lírica chilena en el hospital de Hempstead, Long Island, Nueva York.
El año de 1931 estaba casi en su Ecuador cuando la autora de Sonetos de la muerte y Desolación, dejó alelado el auditorio de maestros y liceístas que repletaba el cine Luisa con su conferencia “La lengua de Martí”.
Un cronista local reconocería al día siguiente -30 de junio- los valores de aquella disertación que, de estar de moda entonces la palabreja, si podía calificarse de magistral, como tantas de nuestros días, meras charlas cargadas de didactismo o propias para neófitos entusiastas.
En la tribuna cedida por el Ateneo de Cienfuegos el verbo de la escritora que prefería ser reconocida como maestra rural dibujó el Martí más humano posible. Como si la bajara de su pedestal en la antigua Plaza Mayor. Y todo el tiempo como si le hablara a un grupo de sus primeros alumnos en la Escuela de la Compañía Baja en La Serena, cuando apenas era una quinceañera y aún respondía por el extenso nombre de Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayata.
De verdaderamente original calificó el estilo literario del padre del Ismaelillo, oportunos y justificados los neologismos, pulcra la sintaxis, limpio y puro el léxico abrillantado por el fondo expresivo y portentoso de sus ideas.
“No estuve en su fiesta, pero a través de las lecturas me compenetré con su palabra de oro de 48 kilates, que no tenía las iras de los tribunos fogosos y deslumbrantes a fuerza de elevar el tono, sino la frase persuasiva del evangelista, del guiador de multitudes… Martí convencía, no epataba. Atraía con su verbo sin igual, no lanzaba al espacio pirotecnias artificiales”, reseñó la gracia de aquel orfebre del vocablo en castellano.
Acerca del hombre político que ganaría grados de Apóstol, apuntó que como tal “hacía su guerra diferente a todo el mundo. Su guerra era casi paradójica. Recurrió a ella por una necesidad extrema, pero lejos de predicar la barbarie en la tragedia del exterminio, guiaba a las masas a levantar una montaña de esfuerzos para hacer comprender al opresor que ellos tenían el derecho y había que hacerles justicia”.
“En fin, dijo de Martí lo que sinceramente nunca oímos nunca que alguien dijera”, reconoció la reseña periodística.
Tras cenar con un grupo de pedagogas perlasureñas en el roof del hotel San Carlos, donde se hospedaba, las obsequió con otra conferencia privada hasta la medianoche. El tema fue el autodidactismo. Temprano en la mañana del siguiente día tomó el tren a La Habana.
Pasarían siete años y medio para que la Mistral adornara de nuevo otra sociedad cienfueguera con las galas de su palabra, de lento acento andino. Esta vez le correspondió el honor al Lyceum Femenino, que la noche del 12 de diciembre de 1938 le abrió las puertas de su sede social, inaugurada el 13 de mayo de 1933 en la esquina de Prado y Santa Clara.
Homenaje a Gabriela Mistral, la más grande mujer de América, estimulaba el programa del acto en el cual la poetisa aludió a su propia creación literaria. El festejo incluyó a la Banda Municipal en la interpretación de los himnos nacionales de Cuba y Chile y jovencitas cienfuegueras que cantaron y declamaron los versos de quien conjugó en su inmortal seudónimo los nombres de sus paradigmas poéticos, el italiano Grabiele D’Annunzio y el francés Frédéric Mistral.
“Linda paciencia la de ustedes al escucharme por tan largo rato (hora y media) sin cansarme. Pasen todos buenas noches y reciban mis gracias más cariñosas”, se despidió del auditorio feminista. Un día después enrumbó hacia la “silente y vetusta Trinidad”, al decir del más cotizado cronista social del momento.
Pero antes, en el preámbulo de la cena, Zoila Rosa López de Rumbaut logró entrevistarla para La Correspondencia. Por aquellas declaraciones publicadas seis días más tarde sabemos de la religiosidad de la maestra-escritora: “Cristiana y casi católica, pero sin odios a las demás formas de creencias, con tal de que sean sinceras y ayuden a la purificación del mundo”. También de género favorito y escuela poética: “Tal vez la poesía de niños, luego la folclórica. Los clásicos y por contraste lo popular. Leo con interés lo que hacen los mozos”.
Sobre sistemas más útiles en materia escolar optó por el de Drecoly, “pero tenemos que crear ¡por fin! una escuela latinoamericana”. Su filiación política entretejía algunas ideas de la izquierda con otras tradicionalistas y a su gusto un gobierno ideal debía sustentarse sobre la base de los Gremios Medievales Reformados.
Cuando las primeras planas de los diarios cienfuegueros del 10 de enero de 1957 mencionaron a la Premio Nobel de 1945 fue para referirse al hecho de la pérdida irreparable que acaban de sufrir las letras latinoamericanas. Esa madrugada, a las 4:17 para un diario, 28 minutos más tarde según el otro, las fuerzas malignas del cáncer detuvieron para siempre el corazón de la lírica chilena en el hospital de Hempstead, Long Island, Nueva York.
Etiquetas:
Chile,
Cienfuegos,
Cuba,
Gabriela,
literatura,
Martí,
Mistral
lunes, 12 de enero de 2009
A 73 años del vuelo Camagüey-Sevilla

12 de Enero. 1936-2009
A las siete y diez minutos de la mañana del domingo 12 de enero de 1936 el teniente Antonio Menéndez Peláez despegó del aeropuerto Barberán y Collar, en la ciudad cubana de Camagüey. Los 17 segundos invertidos en la operación de despegue presenciada por unas 10 mil personas fueron el breve prólogo de una hazaña que concluiría en el aeródromo Tablada, de Sevilla, a las cinco y 25 de la tarde del 14 de febrero.
Cuatro días antes el piloto cubano había aterrizado en Batshurt (hoy Banjul, capital de Gambia) e inscripto su nombre en la historia de la aviación, tras convertirse en el primer hispanoamericano que llegaba a la Península luego de cruzar el Atlántico en solitario.
A Cienfuegos, donde comenzó a soñar con aquella aventura, vino Menéndez a despedirse la tarde del sábado 11 de enero. En esa propia jornada siguió a Camagüey, donde se calcula lo esperaron cuatro mil habitantes de la señorial Puerto Príncipe, cuya bellas mujeres realzaron el banquete nocturno de despedida en el hotel que honraba el nombre de la ciudad.
Ni el frío ni la niebla restaron brillo a la partida del aparato Lockheed en el amanecer del domingo. La Guaira, en las cercanías de Caracas, era la meta del primer tramo del vuelo con que el aviador cubano quiso honrar la hombrada de los españoles Mariano Barberán y Joaquín Collar, quienes el 10 de junio de 1933 completaron la travesía de Sevilla a Camagüey en una sola jornada de 39 horas.
Imprevistos en la ruta le obligaron a tomar tierra en las proximidades de Puerto Cabello, estado venezolano de Carabobo, con las últimas luces del día y con muy poca gasolina en el depósito del aparato de la Martina de Guerra Constitucional bautizado como Cuatro de Septiembre, en alusión a la asonada golpista de los sargentos encabezada por el taquígrafo Fulgencio Batista la madrugada de ese día de 1933.
lunes, 5 de enero de 2009
Cien jazmines para Florentino

5 de Enero. 1909-2009. CENTENARIO DEL NATALICIO DE FLORENTINO MORALES HERNÁNDEZ
El hecho de haber sido en casi dos siglos el único cienfueguero con un sillón en la Academia Cubana de la Lengua basta para asegurarle un recuerdo eterno en la memoria emotiva de esta ciudad.
Las 50 mil fichas, pedacitos del primer papel al alcance de sus manos nervudas, en que desmenuzó la historia de la comarca indígena de Jagua, la villa afrancesada de Fernandina y la ciudad conspicua de Cienfuegos, le valen un monumento a la laboriosidad. Más porque realizó la hercúlea tarea intelectual sin cobrar un centavo.
El cariño que prodigó a quienes tuvieron la suerte de acercársele sin apenas conocerlo. La bondad que derrochaba en cada acto de la vida, sin reparar en ingratitudes ni miserias morales. La sencillez con que atendía por igual al erudito investigador y al escolar sencillo sin creer en fronteras sociales. El amor por Elpidia, sólo compartido con esa obra humana que creció sobre la piel geológica de la península de La Majagua. Y con Mercedes, la novia que murió tres años antes de que él naciera. La lírica que era manantial y se desbordó en las pozas de Zigzag y Caracol, textos autofinanciados porque la poesía merece ser repartida como si los versos y las metáforas fueran los panes y los peces multiplicados. La pasión casi obsesiva por la historia de la ciudad que lo acunó junto a sus arenas meridionales y a la sombra de un pino bíblico como al hijo predilecto.
Por todas estas razones y otras que desbordarían el cauce de la crónica con aspiraciones de ser arroyo de la sierra, Florentino Morales Hernández merece un monumento en Cienfuegos. Podría ser de mármol de Real Campiña y sería tan íntimo que nadie recordaría las minas de Carrara. O de bronce que entre todos apilemos para que el crisol extraiga luego las mejores savias del metal, y Villa Soberón lo siente después en un banco del parque frente a su museo. O lo ponga a caminar sobre el espíritu de las losas de Bremen que conformaron el Salón Serrano, aquel paseo central por donde los abuelos de nuestros abuelos coquetearon una vez con las pizpiretas tatarabuelas. Mejor señalando la roseta injertada donde estuvieron las raíces de la majagua ancestral, por el Ateneo del que fuera alma y nervio. También hay sitio cerca del león de la izquierda, como si se detuviera a leer la decisión de la UNESCO que enaltece más a la ciudad.
Si no hubiera piedra ni aleación, los cienfuegueros le haremos de sentimiento el obelisco que Floren se ganó con su hombradía. Proclamémoslo este primer lunes de 2009 cuando hará un siglo exacto de su llegada por la finca Dagame, comarca de Yaguaramas.
Teresita Chepe que lo venera en el altar de la Nobleza, recordaba hace unos días que Florento se conformaba con la posibilidad de tener una mata de jazmín junto al lugar del perenne reposo.
Así de grande era aquel hombre que encorvado bajo el peso de un cerón de años nos parecía pequeño. En la ocasión del Centenario su ciudad será un jardín a la Hidalguía. Con 100 jazmines de gratitud perfumando la memoria.
Etiquetas:
Centenario,
Cienfuegos,
Cuba,
cultura,
historia,
literatura
martes, 29 de julio de 2008
El raid Cienfuegos-Habana
El sol era un presagio cierto y exacto, que apenas comenzaba a teñir el cielo con sus pinceles polícromos a las espaldas del firme de Guamuahaya. La fiesta nacional por los 12 años de la República incluía el concurso del vuelo más largo con meta en La Habana y otro para quien más trepara en el propio cielo capitalino. El Congreso prometía mil 500 pesos para el uno y 500 para el otro.
A Jaime González buena falta que le hacía la suma ofrecida por la caja parlamentaria, pero más le compulsaba su condición de atleta. A sabiendas de que Agustín Parlá estaba en Santiago de Cuba para intentar semejante epopeya, pero con un kilometraje mucho mayor.
Por eso desde las cuatro y media estaba en el Hipódromo, el primer “aeropuerto” cienfueguero, alistando el Morane para la gran cabalgata de 240 kilómetros, suponiendo un trayecto en línea recta. A la despedida concurrieron el alcalde Juan Florencio Cabrera, una comisión de la Juventud Progresista, la señora Juana Crocier, madre del aviador, y sus hermanas Lucía, Margarita y María. El padre había viajado en tren a la capital a fin de esperar al hijo-héroe.
Faltaban diez minutos para las seis de la mañana cuando el monoplano francés despegó de la improvisada pista de Marsillán y tomó rumbo noroeste. Exactamente dos horas más tarde detendría el motor frente al Club Militar del campamento de Columbia tras cubrir una ruta de 320 kilómetros.
Volaba el as cienfueguero con una bandera cubana colgada del plano izquierdo del monoplano y varios escudos de la República a ambos lados de la nave. Una brújula situada frente al timón y un mapa de la Isla formaban todo el instrumental de navegación. “No obstante el viaje que ha durado dos horas el motor está frío y en condiciones de volver ahora mismo a Cienfuegos”, fue la primera declaración del piloto al pisar tierra.
En el vuelo más largo hasta esa fecha en la historia de la bisoña aviación insular Jaime sobrevoló Constancia, Abreus, Rodas, Yaguaramas, Guareiras, Jovellanos, Colón, Matanzas y Quivicán. El peor momento de la jornada lo vivió mientras se acercaba a la capital yumurina en medio de una espesa neblina que le impedía orientarse por los accidentes geográficos. Además tuvo que soportar la mortificación de las bajas temperaturas, aunque iba literalmente forrado el frío le resultaba penetrante, confesaría luego a la prensa habanera.
Al bajarse del Morane Jaime se llevó la mayor sorpresa del día. Los tres miembros del jurado nombrado por el presidente Menocal para dar fe del feliz término del vuelo: el alcalde de La Habana, general Freire de Andrade; el gobernador interino de aquella provincia, Pedro Bustillo; y el padre Gutiérrez Lanza, del Observatorio de Belén, brillaban por su ausencia en el aeródromo de la principal instalación militar de la Isla.
En vista del desplante, el aviador cienfueguero, acompañado por los representantes villareños a la Cámara, Rivero, Soto y Villalón, fue a encontrarse con el padre Lanza, con quien departió por buen rato. Le comentó que los oficiales del Ejército presentes en Columbia podían atestiguar del aterrizaje. El sacerdote telefoneó a Bustillo y ambos acordaron contactar con el primer edil capitalino a fin de reunirse y levantar el acta correspondiente. Pero Freire andaba por la vuelta del Palatino en un almuerzo con los Veteranos, en ocasión de la fecha inaugural de la República.
Medio centenar de telegramas, entre oficiales, particulares y reportes de prensa fueron impuestos en La Habana con destino a Cienfuegos dando cuenta de la llegada de Jaime, quien recibió a su vez la congratulación de Parlá desde la capital de Oriente.
Con el trío de representantes se llegó en fotingo hasta una glorieta instalada en el Malecón, desde la cual el presidente Menocal revistaba las tropas.Tras recibir un baño de congratulaciones ejecutivas, pasó por la redacción del diario La Prensa y almorzó en el restaurante El Casino en compañía de los congresistas.
Del ágape partió hacia Columbia, presto a reparar los desperfectos de la nave, pues esa propia tarde pretendía batir el récord nacional de altura en poder de Domingo Rosillo desde el 11 de abril del año anterior. Con siete mil 850 pies (dos mil 300 metros) el aviador nacido en Orán, Argelia, había superado con creces los seis mil 980 pies (mil 800 metros) alcanzados por el francés Roland Garrós en cielo cubano, el 21 de marzo de 1911.
Finalmente el fuerte viento imperante en la atmósfera capitalina hizo que Jaime declinara el intento de elevarse hasta una cota que ningún altímetro había registrado en el espacio aéreo de la Antilla Mayor.
La noticia del raid Cienfuegos-Habana disputó cintillos en la prensa nacional al torneo de lujo que por esos días jugaba José Raúl Capablanca en San Petersburgo, donde el campeón cubano rivalizaba con la flor y nata del ajedrez mundial, léase Lasker, Alekhine, Marshall, Rubenstein, Janowski, Nienzowich, Tarrash y Bernstein.
A Jaime González buena falta que le hacía la suma ofrecida por la caja parlamentaria, pero más le compulsaba su condición de atleta. A sabiendas de que Agustín Parlá estaba en Santiago de Cuba para intentar semejante epopeya, pero con un kilometraje mucho mayor.
Por eso desde las cuatro y media estaba en el Hipódromo, el primer “aeropuerto” cienfueguero, alistando el Morane para la gran cabalgata de 240 kilómetros, suponiendo un trayecto en línea recta. A la despedida concurrieron el alcalde Juan Florencio Cabrera, una comisión de la Juventud Progresista, la señora Juana Crocier, madre del aviador, y sus hermanas Lucía, Margarita y María. El padre había viajado en tren a la capital a fin de esperar al hijo-héroe.
Faltaban diez minutos para las seis de la mañana cuando el monoplano francés despegó de la improvisada pista de Marsillán y tomó rumbo noroeste. Exactamente dos horas más tarde detendría el motor frente al Club Militar del campamento de Columbia tras cubrir una ruta de 320 kilómetros.
Volaba el as cienfueguero con una bandera cubana colgada del plano izquierdo del monoplano y varios escudos de la República a ambos lados de la nave. Una brújula situada frente al timón y un mapa de la Isla formaban todo el instrumental de navegación. “No obstante el viaje que ha durado dos horas el motor está frío y en condiciones de volver ahora mismo a Cienfuegos”, fue la primera declaración del piloto al pisar tierra.
En el vuelo más largo hasta esa fecha en la historia de la bisoña aviación insular Jaime sobrevoló Constancia, Abreus, Rodas, Yaguaramas, Guareiras, Jovellanos, Colón, Matanzas y Quivicán. El peor momento de la jornada lo vivió mientras se acercaba a la capital yumurina en medio de una espesa neblina que le impedía orientarse por los accidentes geográficos. Además tuvo que soportar la mortificación de las bajas temperaturas, aunque iba literalmente forrado el frío le resultaba penetrante, confesaría luego a la prensa habanera.
Al bajarse del Morane Jaime se llevó la mayor sorpresa del día. Los tres miembros del jurado nombrado por el presidente Menocal para dar fe del feliz término del vuelo: el alcalde de La Habana, general Freire de Andrade; el gobernador interino de aquella provincia, Pedro Bustillo; y el padre Gutiérrez Lanza, del Observatorio de Belén, brillaban por su ausencia en el aeródromo de la principal instalación militar de la Isla.
En vista del desplante, el aviador cienfueguero, acompañado por los representantes villareños a la Cámara, Rivero, Soto y Villalón, fue a encontrarse con el padre Lanza, con quien departió por buen rato. Le comentó que los oficiales del Ejército presentes en Columbia podían atestiguar del aterrizaje. El sacerdote telefoneó a Bustillo y ambos acordaron contactar con el primer edil capitalino a fin de reunirse y levantar el acta correspondiente. Pero Freire andaba por la vuelta del Palatino en un almuerzo con los Veteranos, en ocasión de la fecha inaugural de la República.
Medio centenar de telegramas, entre oficiales, particulares y reportes de prensa fueron impuestos en La Habana con destino a Cienfuegos dando cuenta de la llegada de Jaime, quien recibió a su vez la congratulación de Parlá desde la capital de Oriente.
Con el trío de representantes se llegó en fotingo hasta una glorieta instalada en el Malecón, desde la cual el presidente Menocal revistaba las tropas.Tras recibir un baño de congratulaciones ejecutivas, pasó por la redacción del diario La Prensa y almorzó en el restaurante El Casino en compañía de los congresistas.
Del ágape partió hacia Columbia, presto a reparar los desperfectos de la nave, pues esa propia tarde pretendía batir el récord nacional de altura en poder de Domingo Rosillo desde el 11 de abril del año anterior. Con siete mil 850 pies (dos mil 300 metros) el aviador nacido en Orán, Argelia, había superado con creces los seis mil 980 pies (mil 800 metros) alcanzados por el francés Roland Garrós en cielo cubano, el 21 de marzo de 1911.
Finalmente el fuerte viento imperante en la atmósfera capitalina hizo que Jaime declinara el intento de elevarse hasta una cota que ningún altímetro había registrado en el espacio aéreo de la Antilla Mayor.
La noticia del raid Cienfuegos-Habana disputó cintillos en la prensa nacional al torneo de lujo que por esos días jugaba José Raúl Capablanca en San Petersburgo, donde el campeón cubano rivalizaba con la flor y nata del ajedrez mundial, léase Lasker, Alekhine, Marshall, Rubenstein, Janowski, Nienzowich, Tarrash y Bernstein.
Etiquetas:
aviación,
Cienfuegos,
Cuba,
Habana,
historia,
Jaime González,
récord,
República
martes, 22 de julio de 2008
Centenario del Sanatorio
El 14 de julio de 1908 mientras los franceses andaban de fiesta Cienfuegos estuvo pendiente del suceso del año, la inauguración del Sanatorio de la Colonia Española en los terrenos de la finca La Reforma, comprada para esos fines en 1900 por el Casino. Lástima que no pudiera encontrar en los archivos de la prensa local la página que dio cobija a la crónica del acontecimiento.
Pero no quería dejar en el olvido el centenario de la casa de salud, en la actualidad reconvertida en Policlínico Dr. Cecilio Ruiz de Zárate y otras dependencias del sistema sanitario.
El Casino Español de Cienfuegos irrumpió en la vida social de la entonces villa a fines de mayo de 1869 y un hito en su historia lo representó el baile de sala que el 5 de mayo de 1894 inauguró su sede en el edificio de San Fernando y San Luis, donde hoy funciona el Museo Provincial.
Finalizada la Guerra de Independencia y repatriadas las últimas fuerzas colonialistas en la Isla por el puerto de Jagua, en enero de 1899, la nueva coyuntura histórica y socio-económica condicionó que en agosto del propio año la Sociedad de Dependientes y las regionales hispanas: Benificiencia Gallega, Asturiana, Canaria, Catalana, Balear y Montañesa, decidieran fusionarse en el Casino Español de Cienfuegos, Centro de la Colonia Española.
Sumados los bienes de todos los entes mancomunados contabilizaron 54 mil 791 pesos con diez centavos en oro y cinco mil 392 pesos con 75 centavos en plata, apunta José María González Contreras en su folleto Reseña Histórica y Cronológica de la Colonia Española de Cienfuegos y su Sanatorio, publicado por la Imprenta de la calle San Carlos No. 129, en fecha posterior a 1923.
Los presidentes de los grupos regionales traían el mandato, aceptado por la nueva sociedad, de construir una casa de salud o sanatorio modelo. El artículo segundo del Reglamento de la institución proclamaba que estaba “en pie y subsistente la obligación y la necesidad de construir un gran sanatorio”.
La finca La Reforma, inmediata a la ciudad en dirección Sur, tenía una superficie de 186 mil varas planas y una elevación de 17 metros sobre el nivel del mar. Los dos primeros concursos para el proyecto de sanatorio fueron declarados desiertos en 1900 y 1901, respectivamente. A mediados de ese último año le fue encargado al ingeniero don Sotero Escarza la presentación del plano, memoria y proyecto de la futura obra.
Diversas causas fueron dilatando en el tiempo la construcción del conjunto arquitectónico. Por lo pronto los ejecutivos de la Colonia decidieron mejorar las condiciones de la quinta de salud que el Centro de Dependientes había incorporado al patrimonio del Casino.
Un giro en el proyecto significó la toma de posición de don Laureano Falla Gutiérrez al frente de la nueva directiva del Casino para el sexto período social, el 28 de enero de 1906. El industrial azucarero y hacendado que por entonces comenzaba a amasar una de las principales fortunas de la Isla puso como única condición “el acometer sin más demoras ni vacilaciones el problema del sanatorio”.
Predicó con su bolsillo el potentado montañés y acompañó sus palabras con cinco mil pesos sobre la mesa, gesto imitado por los hermanos asturianos Acisclo y Modesto del Valle quienes entre ambos igualaron la suma de Falla.
En mayo de ese año el topógrafo don Adolfo García, autor del plano de Cienfuegos de 1914, terminó el proyecto general de la obra y el 2 de junio, en ocasión de la boda del Rey de España, fue puesta la primera piedra.
Próximo al fin de los trabajos constructivos en mayo de 1908 un grupo de esposas de los industriales hispanos con negocios en Cienfuegos realizan una colecta con cuyos dineros iniciales se terminaría en 1910 la edificación de una coqueta capilla en los propios terrenos de la casa de salud. En los años 90 aquel inmueble que últimamente había servido de sede a la Cruz Roja fue rodeado por las hortalizas de un flamante organopónico, circunstancia previa a su posterior desaparición del entorno arquitectónico del cual celebramos su centenario.
Tras el cómputo final el costo de las obras ascendió en números redondos a unos 230 mil pesos, de los cuales la caja de la Colonia aportó 50 mil, y Falla Gutiérrez 37 mil de su peculio personal.
El 14 de julio de 1908 el edificio fue bendecido por el obispo fundador de la diócesis, Fray Aurelio Torres, y el 29 del mismo mes comenzó el traslado de los enfermos, operación realizada con acierto por don Modesto del Valle, presidente de la Sección de Beneficiencia del Casino, y con el concurso del personal facultativo dirigido por el doctor Luis Perna, una referencia en la historia de la medicina cienfueguera.
En 1923 estaban casi terminados los trabajos de instalación de una verja de hierro con base de mampostería a lo largo de la calle del Cid hasta el camino del Junco y también de la portada y pabellón de portería, frente a los cuales desemboca la calle de Campomanes.
El domingo 22 de mayo de 1927 como parte de las festividades de las Bodas de Plata de la República el Casino Español develó un busto de bronce con la efigie de don Laureano Falla Gutiérrez en el jardín de la casa administrativa del Sanatorio, institución a la que la prensa calificaba como “el más hermoso y sin discusión el mejor que existe en el Interior de Cuba”.
Por cierto, ¿alguien sabrá del destino de aquel monumento?
Pero no quería dejar en el olvido el centenario de la casa de salud, en la actualidad reconvertida en Policlínico Dr. Cecilio Ruiz de Zárate y otras dependencias del sistema sanitario.
El Casino Español de Cienfuegos irrumpió en la vida social de la entonces villa a fines de mayo de 1869 y un hito en su historia lo representó el baile de sala que el 5 de mayo de 1894 inauguró su sede en el edificio de San Fernando y San Luis, donde hoy funciona el Museo Provincial.
Finalizada la Guerra de Independencia y repatriadas las últimas fuerzas colonialistas en la Isla por el puerto de Jagua, en enero de 1899, la nueva coyuntura histórica y socio-económica condicionó que en agosto del propio año la Sociedad de Dependientes y las regionales hispanas: Benificiencia Gallega, Asturiana, Canaria, Catalana, Balear y Montañesa, decidieran fusionarse en el Casino Español de Cienfuegos, Centro de la Colonia Española.
Sumados los bienes de todos los entes mancomunados contabilizaron 54 mil 791 pesos con diez centavos en oro y cinco mil 392 pesos con 75 centavos en plata, apunta José María González Contreras en su folleto Reseña Histórica y Cronológica de la Colonia Española de Cienfuegos y su Sanatorio, publicado por la Imprenta de la calle San Carlos No. 129, en fecha posterior a 1923.
Los presidentes de los grupos regionales traían el mandato, aceptado por la nueva sociedad, de construir una casa de salud o sanatorio modelo. El artículo segundo del Reglamento de la institución proclamaba que estaba “en pie y subsistente la obligación y la necesidad de construir un gran sanatorio”.
La finca La Reforma, inmediata a la ciudad en dirección Sur, tenía una superficie de 186 mil varas planas y una elevación de 17 metros sobre el nivel del mar. Los dos primeros concursos para el proyecto de sanatorio fueron declarados desiertos en 1900 y 1901, respectivamente. A mediados de ese último año le fue encargado al ingeniero don Sotero Escarza la presentación del plano, memoria y proyecto de la futura obra.
Diversas causas fueron dilatando en el tiempo la construcción del conjunto arquitectónico. Por lo pronto los ejecutivos de la Colonia decidieron mejorar las condiciones de la quinta de salud que el Centro de Dependientes había incorporado al patrimonio del Casino.
Un giro en el proyecto significó la toma de posición de don Laureano Falla Gutiérrez al frente de la nueva directiva del Casino para el sexto período social, el 28 de enero de 1906. El industrial azucarero y hacendado que por entonces comenzaba a amasar una de las principales fortunas de la Isla puso como única condición “el acometer sin más demoras ni vacilaciones el problema del sanatorio”.
Predicó con su bolsillo el potentado montañés y acompañó sus palabras con cinco mil pesos sobre la mesa, gesto imitado por los hermanos asturianos Acisclo y Modesto del Valle quienes entre ambos igualaron la suma de Falla.
En mayo de ese año el topógrafo don Adolfo García, autor del plano de Cienfuegos de 1914, terminó el proyecto general de la obra y el 2 de junio, en ocasión de la boda del Rey de España, fue puesta la primera piedra.
Próximo al fin de los trabajos constructivos en mayo de 1908 un grupo de esposas de los industriales hispanos con negocios en Cienfuegos realizan una colecta con cuyos dineros iniciales se terminaría en 1910 la edificación de una coqueta capilla en los propios terrenos de la casa de salud. En los años 90 aquel inmueble que últimamente había servido de sede a la Cruz Roja fue rodeado por las hortalizas de un flamante organopónico, circunstancia previa a su posterior desaparición del entorno arquitectónico del cual celebramos su centenario.
Tras el cómputo final el costo de las obras ascendió en números redondos a unos 230 mil pesos, de los cuales la caja de la Colonia aportó 50 mil, y Falla Gutiérrez 37 mil de su peculio personal.
El 14 de julio de 1908 el edificio fue bendecido por el obispo fundador de la diócesis, Fray Aurelio Torres, y el 29 del mismo mes comenzó el traslado de los enfermos, operación realizada con acierto por don Modesto del Valle, presidente de la Sección de Beneficiencia del Casino, y con el concurso del personal facultativo dirigido por el doctor Luis Perna, una referencia en la historia de la medicina cienfueguera.
En 1923 estaban casi terminados los trabajos de instalación de una verja de hierro con base de mampostería a lo largo de la calle del Cid hasta el camino del Junco y también de la portada y pabellón de portería, frente a los cuales desemboca la calle de Campomanes.
El domingo 22 de mayo de 1927 como parte de las festividades de las Bodas de Plata de la República el Casino Español develó un busto de bronce con la efigie de don Laureano Falla Gutiérrez en el jardín de la casa administrativa del Sanatorio, institución a la que la prensa calificaba como “el más hermoso y sin discusión el mejor que existe en el Interior de Cuba”.
Por cierto, ¿alguien sabrá del destino de aquel monumento?
Etiquetas:
arquitectura,
Cienfuegos,
colonia española,
Cuba,
historia,
República,
salud,
sanatorio
lunes, 14 de julio de 2008
Jaime prepara la toma de La Habana
Un frondoso mamoncillo en la quinta San Rafael, donde hoy se levanta el Reparto Eléctrico, hizo las veces de hangar forestal del monoplano francés Morane Saulnier, uno de los últimos gritos de la bisoña tecnología aeronáutica. A la sombra de aquel mismo árbol frutal el quinceañero Jaime González había probado suerte con su rudimentario “chivo” alado.
Ahora, recién cumplidos los 22 años y con un brevet de la Federación Aeronáutica Internacional en el bolsillo, el hijo de un conductor de ómnibus de la línea Rodas-Cienfuegos iba a probar ante sus paisanos la valía de los conocimientos adquiridos en la academia Bleriot, de Châteaufort. El Hipódromo, diamante beisbolero de moda, estaba a reventar aquella tarde del 24 de febrero de 1914.
El primer vuelo pilotado por un cienfueguero en el cielo de la antigua Fernandina despegó a las seis y veintitrés y duró cinco minutos. Jaime sobrevoló la bahía y terrenos al este de la ciudad. La poca luz del atardecer y el entusiasmo del público apiñado sobre la pista provocaron un percance en el aterrizaje. El ala izquierda del Morane impactó con un poste del tendido de la Cuban Telephone Co, trazado a lo largo de la calle Cuartel.
Jaime fue sacado en hombros como si fuera en torero con faena de tres rabos y cuatro orejas, y el Hipódromo Las Ventas de Madrid. Pero el accidente impidió el vuelo a La Habana anunciado para la mañana siguiente. La fabricación por un taller cienfueguero de un par de nuevas alas para el pájaro galo demoraría entre seis y ocho días, informaba la prensa local.
El domingo 8 de marzo volvió a ser noticia el joven de la calle Colón. Temprano en la mañana realizó un vuelo de ensayo que alcanzó hasta el Castillo de Jagua y por la tarde de nuevo hubo mitin en la instalación deportiva de Marsillán. Primero dio una vuelta en redonda a la ciudad elevándose hasta los 800 metros y en el segundo se llegó hasta Punta Gorda y Cayo Carenas, con registro de mil metros en el altímetro. A las primeras horas del día siguiente realizó otro vuelo sin público.
A partir de entonces los horizontes comenzaron a crecer para el binomio Jaime-Morane. El 15 de marzo el ingenio Portugalete entró en la historia de la aeronáutica insular al recibirlos casi al amanecer. El trayecto de 20 kilómetros fue cubierto en nueve minutos. Hasta el central de los hermanos Escarza llegaron en tren, autos o a pie excursiones de Palmira, Caracas, Manuelita y otros sitios aledaños. Hubo un almuerzo suculento en homenaje al paladín que regresó a Cienfuegos con tres cartas, cimientos del correo postal cubano. Cuentan que al recibirlo en el Hipódromo alguien gritó: “Le cortaste las alas a Parlá y Rosillo”-
Una semana más tarde ellos solos hicieron la fiesta en Santa Isabel de las Lajas, punto de partida del primer vuelo de la jornada que sobrevoló el ingenio Santísima Trinidad, el poblado de El Salto y las fábricas de azúcar San Agustín, Andreíta y Caracas, donde aterrizó para descansar unos minutos. El segundo partió del central que había fomentado don Tomás Terry de donde voló a Cruces y tras realizar evoluciones sobre el pueblo de raigambre ferroviaria se dirigió a Lajas. Una rotura en el tubo de gasolina le obligó a tomar tierra un cuarto de legua antes del improvisado campo de aviación. Medio millar de lajeros, a caballo los unos a pie los otros, fueron al rescate del héroe del día a quienes trajeron de regreso al aviador, jinete sobre el lomo del Morane.
Los cálculos de la jornada anotados por El Comercio y La Correspondencia difieren entre los 64 y los 100 kilómetros y el cuarto o la media hora de duración. En cuanto a espectadores, coincidieron en contar a unas seis mil almas enamoradas del conquistador del aire.
A propósito del central Caracas, quisiera compartir varios apuntes del historiador del correo aéreo en Cuba, doctor Tomás Terry. En su libro editado por Ediciones Organismos en 1971 expuso su certeza de que Emilio Terry Dorticós, propietario de la que un tiempo fue la mayor fábrica azucarera del mundo y primer Secretario (ministro) de Agricultura en la República, tuvo la intención de adquirir un aeroplano en Francia para establecer la línea privada Habana-Cruces. Lo prueba las abundantes ofertas de industrias aeronavales galas encontradas en la correspondencia del hijo de don Tomás.
Entre esa papelería fueron descubiertos planos y proyectos para construir un campo de aviación en terrenos de su propiedad cercanos al escenario de la batalla de Mal Tiempo. En la casona del Caracas hospedó en 1911 al aviador francés Jean Bojeau, muerto después en el frente rumano durante la Primera Guerra Mundial.
Retomando el hilo de la crónica habría que referir los posteriores vuelos de Jaime González que llevó el jolgorio de la novedad a Trinidad, Palmira y San Fernando de Camarones.
En la Perla del Sur el 14 de abril trepó hasta los cinco mil pies de altura y en un vuelo de 20 minutos recorrió los barrios rurales circundantes, con el objetivo de probar las fuerzas del Morane para intentar el raid Cienfuegos-Habana, del cual se ocupará este blog en su próxima entrega.
Ahora, recién cumplidos los 22 años y con un brevet de la Federación Aeronáutica Internacional en el bolsillo, el hijo de un conductor de ómnibus de la línea Rodas-Cienfuegos iba a probar ante sus paisanos la valía de los conocimientos adquiridos en la academia Bleriot, de Châteaufort. El Hipódromo, diamante beisbolero de moda, estaba a reventar aquella tarde del 24 de febrero de 1914.
El primer vuelo pilotado por un cienfueguero en el cielo de la antigua Fernandina despegó a las seis y veintitrés y duró cinco minutos. Jaime sobrevoló la bahía y terrenos al este de la ciudad. La poca luz del atardecer y el entusiasmo del público apiñado sobre la pista provocaron un percance en el aterrizaje. El ala izquierda del Morane impactó con un poste del tendido de la Cuban Telephone Co, trazado a lo largo de la calle Cuartel.
Jaime fue sacado en hombros como si fuera en torero con faena de tres rabos y cuatro orejas, y el Hipódromo Las Ventas de Madrid. Pero el accidente impidió el vuelo a La Habana anunciado para la mañana siguiente. La fabricación por un taller cienfueguero de un par de nuevas alas para el pájaro galo demoraría entre seis y ocho días, informaba la prensa local.
El domingo 8 de marzo volvió a ser noticia el joven de la calle Colón. Temprano en la mañana realizó un vuelo de ensayo que alcanzó hasta el Castillo de Jagua y por la tarde de nuevo hubo mitin en la instalación deportiva de Marsillán. Primero dio una vuelta en redonda a la ciudad elevándose hasta los 800 metros y en el segundo se llegó hasta Punta Gorda y Cayo Carenas, con registro de mil metros en el altímetro. A las primeras horas del día siguiente realizó otro vuelo sin público.
A partir de entonces los horizontes comenzaron a crecer para el binomio Jaime-Morane. El 15 de marzo el ingenio Portugalete entró en la historia de la aeronáutica insular al recibirlos casi al amanecer. El trayecto de 20 kilómetros fue cubierto en nueve minutos. Hasta el central de los hermanos Escarza llegaron en tren, autos o a pie excursiones de Palmira, Caracas, Manuelita y otros sitios aledaños. Hubo un almuerzo suculento en homenaje al paladín que regresó a Cienfuegos con tres cartas, cimientos del correo postal cubano. Cuentan que al recibirlo en el Hipódromo alguien gritó: “Le cortaste las alas a Parlá y Rosillo”-
Una semana más tarde ellos solos hicieron la fiesta en Santa Isabel de las Lajas, punto de partida del primer vuelo de la jornada que sobrevoló el ingenio Santísima Trinidad, el poblado de El Salto y las fábricas de azúcar San Agustín, Andreíta y Caracas, donde aterrizó para descansar unos minutos. El segundo partió del central que había fomentado don Tomás Terry de donde voló a Cruces y tras realizar evoluciones sobre el pueblo de raigambre ferroviaria se dirigió a Lajas. Una rotura en el tubo de gasolina le obligó a tomar tierra un cuarto de legua antes del improvisado campo de aviación. Medio millar de lajeros, a caballo los unos a pie los otros, fueron al rescate del héroe del día a quienes trajeron de regreso al aviador, jinete sobre el lomo del Morane.
Los cálculos de la jornada anotados por El Comercio y La Correspondencia difieren entre los 64 y los 100 kilómetros y el cuarto o la media hora de duración. En cuanto a espectadores, coincidieron en contar a unas seis mil almas enamoradas del conquistador del aire.
A propósito del central Caracas, quisiera compartir varios apuntes del historiador del correo aéreo en Cuba, doctor Tomás Terry. En su libro editado por Ediciones Organismos en 1971 expuso su certeza de que Emilio Terry Dorticós, propietario de la que un tiempo fue la mayor fábrica azucarera del mundo y primer Secretario (ministro) de Agricultura en la República, tuvo la intención de adquirir un aeroplano en Francia para establecer la línea privada Habana-Cruces. Lo prueba las abundantes ofertas de industrias aeronavales galas encontradas en la correspondencia del hijo de don Tomás.
Entre esa papelería fueron descubiertos planos y proyectos para construir un campo de aviación en terrenos de su propiedad cercanos al escenario de la batalla de Mal Tiempo. En la casona del Caracas hospedó en 1911 al aviador francés Jean Bojeau, muerto después en el frente rumano durante la Primera Guerra Mundial.
Retomando el hilo de la crónica habría que referir los posteriores vuelos de Jaime González que llevó el jolgorio de la novedad a Trinidad, Palmira y San Fernando de Camarones.
En la Perla del Sur el 14 de abril trepó hasta los cinco mil pies de altura y en un vuelo de 20 minutos recorrió los barrios rurales circundantes, con el objetivo de probar las fuerzas del Morane para intentar el raid Cienfuegos-Habana, del cual se ocupará este blog en su próxima entrega.
miércoles, 25 de junio de 2008
A Cienfuegos le nace un Ícaro
La víspera de su decinoveno cumpleaños, el 12 de febrero de 1911, al cienfueguero Jaime González Crocier la vida le hizo un regalo de lujo con el mitin de aviación celebrado en los terrenos del antiguo Hipódromo.
Mientras asistía a las evoluciones que pespunteaba su coetáneo canadiense James Ward a bordo de un biplano Curtiss en el cielo invernal y dominguero que cobijaba el barrio de Marsillán, Jaime reafirmó su decisión de dedicarse en cuerpo y alma a la última forma de locomoción patentada por el hombre.
Cuatro años antes había dado que hablar en Cienfuegos al construirse una rudimentaria nave voladora, que halada por un automóvil, mediante el cable empalmador de ambas carrocerías, logró vencer por unos instantes la fuerza de gravedad terrestre y mirar el suelo desde los 20metros de altura.
En junio de 1913 mientras navegaba por el Atlántico en el vapor Corcovado, Jaime descontaba las millas que lo separaban de su sueño mayor, la escuela de aviación parisina de Bleriot. A principios de junio ya estaba en la academia, donde entrenaría junto al propio as francés Luois Bleriot y tendría de condiscípulos a otras leyendas en ciernes de la navegación aérea como Pegoud y Vedrines.
El cielo de la Ciudad Luz devino telón de fantasía donde el cubano fue de los primeros mortales en dibujar el looping the loop o vuelo invertido, creación de Pegoud. Tal maniobra resultó su tesis de grado el 15 de diciembre del propio año, cuando la Federación Aeronáutica Internacional lo premió con el brevet número 1566, licencia que le autorizaba a surcar las alturas de cualquier latitud terrestre.
Si para el viaje de Jaime a la capital francesa fue necesario el concurso económico de algunos cienfuegueros entusiastas de la causa del aspirante a Ícaro, la empresa de comprar un monoplano Morane Saulnier para que el recién graduado tuviera su propio corcel, requirió nuevas y mayores contribuciones.
El viernes 21 de febrero de 1914 el vapor alemán Bavaria trajo al primer aviador cienfueguero de regreso a La Habana. Un día después Jaime sacaba el Morane de la Aduana capitalina y al amanecer del domingo su ciudad natal lo recibía con honores que incluían los acordes de la Banda Municipal. Las visitas de cortesía llevaron al egresado de la Bleriot por el Ayuntamiento, el Centro de Veteranos y la Juventud Progresista, donde fue agasajado con sidra y dulces. Luego a la casa de Lázaro Díaz, su protector, y finalmente al domicilio familiar en Colón número 50.
Transportado por el tren excursionista procedente de Sagua, que lo recogió en Cruces, el Morane también arribó el domingo temprano y de inmediato fue llevado hasta el Hipódromo, escenario desde donde el lunes Jaime demostraría a sus paisanos todo lo aprendido en sus siete meses parisinos.
Por la tarde visitó el Colegio de los Padres Jesuitas y se entrevistó con el sacerdote Sarasola, encargado del Observatorio de aquel plantel, quien le prometió una carta geográfica para el estudio de la posible ruta aérea Cienfuegos-Habana. En el Liceo su presidente, doctor Antonio J. Font, lo recibió con un ponche de champagne; y al final de la jornada de homenajes el alcalde municipal, coronel Juan Florencio Cabrera, le abrió las puertas de su residencia particular.
La prensa anunció en sus ediciones del lunes un mitin de aviación con Jaime como protagonista, en el Hipódromo ese mismo día, y un vuelo Cienfuegos-Habana para el martes. Sobre esa ruta el joven piloto había recabado datos al capitán del vapor Caridad Padilla, surto en puerto. A bordo del Morane Jaime llevaría correspondencia para el presidente de la República, general Menocal, despachadas por el alcalde Cabrera, el administrador de la Aduana y el comandante de la Guardia Rural, respectivamente.
Al propio tiempo Juan O’Bourke enviaba a los medios una carta-llamamiento intitulada Salvemos a Jaime González, texto público en el cual convocaba a la sociedad cienfueguera a pagar los dos mil pesos que el piloto y su familia adeudaban aún a la American Trading Co por el monoplano francés.
El 24 de febrero de 1914, mientras los cubanos festejaban 19 años de la epopeya de Baire, Jaime González voló por primera vez ante su público, para acreditarse ante la historia como el tercer aviador de la Isla, sólo antecedido por Agustín Parlá (1887-1946) y Domingo Rosillo (1878-1958). Y de hecho el primer cubano rellollo, pues Tín vio la luz en Cayo Hueso y Mingo en Orán, Argelia.
Mientras asistía a las evoluciones que pespunteaba su coetáneo canadiense James Ward a bordo de un biplano Curtiss en el cielo invernal y dominguero que cobijaba el barrio de Marsillán, Jaime reafirmó su decisión de dedicarse en cuerpo y alma a la última forma de locomoción patentada por el hombre.
Cuatro años antes había dado que hablar en Cienfuegos al construirse una rudimentaria nave voladora, que halada por un automóvil, mediante el cable empalmador de ambas carrocerías, logró vencer por unos instantes la fuerza de gravedad terrestre y mirar el suelo desde los 20metros de altura.
En junio de 1913 mientras navegaba por el Atlántico en el vapor Corcovado, Jaime descontaba las millas que lo separaban de su sueño mayor, la escuela de aviación parisina de Bleriot. A principios de junio ya estaba en la academia, donde entrenaría junto al propio as francés Luois Bleriot y tendría de condiscípulos a otras leyendas en ciernes de la navegación aérea como Pegoud y Vedrines.
El cielo de la Ciudad Luz devino telón de fantasía donde el cubano fue de los primeros mortales en dibujar el looping the loop o vuelo invertido, creación de Pegoud. Tal maniobra resultó su tesis de grado el 15 de diciembre del propio año, cuando la Federación Aeronáutica Internacional lo premió con el brevet número 1566, licencia que le autorizaba a surcar las alturas de cualquier latitud terrestre.
Si para el viaje de Jaime a la capital francesa fue necesario el concurso económico de algunos cienfuegueros entusiastas de la causa del aspirante a Ícaro, la empresa de comprar un monoplano Morane Saulnier para que el recién graduado tuviera su propio corcel, requirió nuevas y mayores contribuciones.
El viernes 21 de febrero de 1914 el vapor alemán Bavaria trajo al primer aviador cienfueguero de regreso a La Habana. Un día después Jaime sacaba el Morane de la Aduana capitalina y al amanecer del domingo su ciudad natal lo recibía con honores que incluían los acordes de la Banda Municipal. Las visitas de cortesía llevaron al egresado de la Bleriot por el Ayuntamiento, el Centro de Veteranos y la Juventud Progresista, donde fue agasajado con sidra y dulces. Luego a la casa de Lázaro Díaz, su protector, y finalmente al domicilio familiar en Colón número 50.
Transportado por el tren excursionista procedente de Sagua, que lo recogió en Cruces, el Morane también arribó el domingo temprano y de inmediato fue llevado hasta el Hipódromo, escenario desde donde el lunes Jaime demostraría a sus paisanos todo lo aprendido en sus siete meses parisinos.
Por la tarde visitó el Colegio de los Padres Jesuitas y se entrevistó con el sacerdote Sarasola, encargado del Observatorio de aquel plantel, quien le prometió una carta geográfica para el estudio de la posible ruta aérea Cienfuegos-Habana. En el Liceo su presidente, doctor Antonio J. Font, lo recibió con un ponche de champagne; y al final de la jornada de homenajes el alcalde municipal, coronel Juan Florencio Cabrera, le abrió las puertas de su residencia particular.
La prensa anunció en sus ediciones del lunes un mitin de aviación con Jaime como protagonista, en el Hipódromo ese mismo día, y un vuelo Cienfuegos-Habana para el martes. Sobre esa ruta el joven piloto había recabado datos al capitán del vapor Caridad Padilla, surto en puerto. A bordo del Morane Jaime llevaría correspondencia para el presidente de la República, general Menocal, despachadas por el alcalde Cabrera, el administrador de la Aduana y el comandante de la Guardia Rural, respectivamente.
Al propio tiempo Juan O’Bourke enviaba a los medios una carta-llamamiento intitulada Salvemos a Jaime González, texto público en el cual convocaba a la sociedad cienfueguera a pagar los dos mil pesos que el piloto y su familia adeudaban aún a la American Trading Co por el monoplano francés.
El 24 de febrero de 1914, mientras los cubanos festejaban 19 años de la epopeya de Baire, Jaime González voló por primera vez ante su público, para acreditarse ante la historia como el tercer aviador de la Isla, sólo antecedido por Agustín Parlá (1887-1946) y Domingo Rosillo (1878-1958). Y de hecho el primer cubano rellollo, pues Tín vio la luz en Cayo Hueso y Mingo en Orán, Argelia.
lunes, 16 de junio de 2008
Locos por la aviación
La aviación estaba más en pañales que un niño de dos días de nacido cuando Cienfuegos asistió al espectáculo que constituyó el primer mitin aéreo en el cielo de Jagua, la tarde del domingo 12 de febrero de 1911.
Los tres vuelos del aviador canadiense James Ward desde la improvisada pista del Hipódromo formaron parte del primer capítulo de la aviación en Cuba. Tal fue la fiebre por presenciar las piruetas del émulo de Ícaro que la prensa comparó la animación y la cantidad de público en las calles de la ciudad con las del 20 de mayo de 1902.
La Semana de Aviación organizada en La Habana por la Curtiss Exhibition Company en los primeros días de febrero contagió de entusiasmo a algunos emprendedores cienfuegueros que decidieron montar el espectáculo unos días después en la Perla del Sur.
El llamado Circuito Curtiss agrupaba a pilotos que ya coqueteaban con la fama en cielos de Norteamérica y Europa, entre ellos Lincoln Beachy, ganador de la Copa de Reims (Francia) en 1910, John Douglas Mc Curdy, August Post, George Russell, Gardner Hubbard y el propio James Ward, el benjamín de la escuadrilla con 19 años.
Los periódicos contribuían a fomentar el ambiente propicio para las demostraciones de los ases del aire. La Correspondencia publicaba en primera plana casi un día si y otro también fotos de aquellos dinosáuricos biplanos, y en las interiores reseñas del reciente vuelo Cayo Hueso-Habana protagonizado por Mc Curdy, de la fiesta aérea en la capital y los preparativos para la exhibición en el Hipódromo local.
El 4 de febrero bajo el socorrido epígrafe de La aviación en Cienfuegos daba cuenta de los intercambios verbales del alcalde Nene Méndez con personalidades de la ciudad a fin de que la Perla del Sur “tenga también su semanita de aviación”. Y al día siguiente informó sobre la fructificación de las gestiones del primer edil y el Ayuntamiento, quienes acordaron traer acá a uno de los pilotos del Circuito Curtiss. Don Luis Estrada, representante del grupo aéreo, firmó el documento con el concejal José Villapol.
En principio la exhibición tendría como escenario el antiguo terreno de béisbol, al final del Paseo de Vives, por ser el único campo apropiado para las demostraciones y el aviador contratado sería el canadiense Mc Curdy, especulaban los gacetilleros. La conformación del premio de dos mil pesos a conceder al atleta de las alas estuvo sobre el tapete por aquellos días en las sesiones nocturnas del Ayuntamiento, que finalmente aprobó una suma de 500. Entre las instituciones la Colonia Española puso 200 en la cuenta, mientras las sociedades Liceo, Luz y Caballero, Minerva y el Centro Gallego anunciaban su disposición de colaborar con los honorarios. Al tiempo que el día 8 el comercio comenzó una colecta para cubrir el importe total del galardón.
Aunque no lo era en el papel, Cienfuegos hacía las veces de capital provincial de Las Villas, por lo menos en cuanto a desarrollo y novedades se refería. Así lo prueban las numerosas excursiones anunciadas desde distintos municipios para presenciar aquí el espectáculo del aire.
Ya para el viernes 10 habían cambiado los planes en cuanto al protagonista de la función y el diario de Díaz y Velis publicaba en portada una foto del biplano de Mr. Ward “que volará en esta ciudad el domingo”.
A aires revueltos, ganancia de negociantes, parecía reinterpretar el refrán el señor Ramón Gándara, propietario de la óptica La Sección X, en De Clouet, 28-A, que recomendaba por medio de un suelto periodístico a “quienes no pudieran ir al campo de Marsillán a disfrutar del espectáculo, proveerse de unos gemelos a módico precio”.
El sábado 11 era noticia la llegada del conocido empresario de teatros, don Eusebio Azcue, quien tuvo a su cargo la contratación de Ward. Dada por hecha la presencia del joven aviador, acompañado por dos ingenieros mecánicos, la prensa abundaba en detalles de los preparativos. La Banda Municipal de Conciertos y la del Cuerpo de Bomberos animarían el espectáculo, para el cual las entradas por valor de un peso plata española ya estaban a la venta en los cafés Los Espumosos, El Parque, Dos de Mayo, Central, El Louvre y El Bosque. Para el que pretendiera dárselas de listo advertía del tándem Policía-Guardia Rural, encargado de que nadie accediera al Hipódromo sin abonar el correspondiente billete.
Llegó la tarde que haría historia en Cienfuegos. Mr. R. Calhoun, representante general de la Curtiss, había confirmado que el motor del biplano de Ward, ocho cilindros y 50 caballos de fuerza, era similar al empleado días antes por Mc Curdy en su vuelo alrededor de la farola del Morro. El aparato podía alcanzar una velocidad de hasta 70 millas por hora.
A las tres y cuarto el joven aviador entró al campo en su automóvil. Lo acompañaban el alcalde Méndez, Azcue, Villapol, Estrada y Calhoun. Los tres vuelos se iniciaron a las 4:10 p.m., 4:31 y 5:08, con duraciones de cinco, siete y nueve minutos, respectivamente. En todas las ocasiones el piloto fue premiado con sendas ovaciones. En el último hubo entrada libre para los curiosos cuyos bolsillos no podían permitirse el lujo de la plata española.
En el tercero Ward calculó que logró elevarse hasta unos tres mil pies y hubiera trepado más de no haber sentido una interrupción en el motor.
Desde su privilegiada atalaya en el Observatorio del Colegio Montserrat, telescopio en mano el padre Sarasola dejó sus apuntes del acontecimiento. De la crónica del religioso rescato dos líneas: “...el aeroplano a los lejos se parece a un pájaro grande, pero un pájaro especial que no estamos acostumbrados a ver en los trópicos”.
Los tres vuelos del aviador canadiense James Ward desde la improvisada pista del Hipódromo formaron parte del primer capítulo de la aviación en Cuba. Tal fue la fiebre por presenciar las piruetas del émulo de Ícaro que la prensa comparó la animación y la cantidad de público en las calles de la ciudad con las del 20 de mayo de 1902.
La Semana de Aviación organizada en La Habana por la Curtiss Exhibition Company en los primeros días de febrero contagió de entusiasmo a algunos emprendedores cienfuegueros que decidieron montar el espectáculo unos días después en la Perla del Sur.
El llamado Circuito Curtiss agrupaba a pilotos que ya coqueteaban con la fama en cielos de Norteamérica y Europa, entre ellos Lincoln Beachy, ganador de la Copa de Reims (Francia) en 1910, John Douglas Mc Curdy, August Post, George Russell, Gardner Hubbard y el propio James Ward, el benjamín de la escuadrilla con 19 años.
Los periódicos contribuían a fomentar el ambiente propicio para las demostraciones de los ases del aire. La Correspondencia publicaba en primera plana casi un día si y otro también fotos de aquellos dinosáuricos biplanos, y en las interiores reseñas del reciente vuelo Cayo Hueso-Habana protagonizado por Mc Curdy, de la fiesta aérea en la capital y los preparativos para la exhibición en el Hipódromo local.
El 4 de febrero bajo el socorrido epígrafe de La aviación en Cienfuegos daba cuenta de los intercambios verbales del alcalde Nene Méndez con personalidades de la ciudad a fin de que la Perla del Sur “tenga también su semanita de aviación”. Y al día siguiente informó sobre la fructificación de las gestiones del primer edil y el Ayuntamiento, quienes acordaron traer acá a uno de los pilotos del Circuito Curtiss. Don Luis Estrada, representante del grupo aéreo, firmó el documento con el concejal José Villapol.
En principio la exhibición tendría como escenario el antiguo terreno de béisbol, al final del Paseo de Vives, por ser el único campo apropiado para las demostraciones y el aviador contratado sería el canadiense Mc Curdy, especulaban los gacetilleros. La conformación del premio de dos mil pesos a conceder al atleta de las alas estuvo sobre el tapete por aquellos días en las sesiones nocturnas del Ayuntamiento, que finalmente aprobó una suma de 500. Entre las instituciones la Colonia Española puso 200 en la cuenta, mientras las sociedades Liceo, Luz y Caballero, Minerva y el Centro Gallego anunciaban su disposición de colaborar con los honorarios. Al tiempo que el día 8 el comercio comenzó una colecta para cubrir el importe total del galardón.
Aunque no lo era en el papel, Cienfuegos hacía las veces de capital provincial de Las Villas, por lo menos en cuanto a desarrollo y novedades se refería. Así lo prueban las numerosas excursiones anunciadas desde distintos municipios para presenciar aquí el espectáculo del aire.
Ya para el viernes 10 habían cambiado los planes en cuanto al protagonista de la función y el diario de Díaz y Velis publicaba en portada una foto del biplano de Mr. Ward “que volará en esta ciudad el domingo”.
A aires revueltos, ganancia de negociantes, parecía reinterpretar el refrán el señor Ramón Gándara, propietario de la óptica La Sección X, en De Clouet, 28-A, que recomendaba por medio de un suelto periodístico a “quienes no pudieran ir al campo de Marsillán a disfrutar del espectáculo, proveerse de unos gemelos a módico precio”.
El sábado 11 era noticia la llegada del conocido empresario de teatros, don Eusebio Azcue, quien tuvo a su cargo la contratación de Ward. Dada por hecha la presencia del joven aviador, acompañado por dos ingenieros mecánicos, la prensa abundaba en detalles de los preparativos. La Banda Municipal de Conciertos y la del Cuerpo de Bomberos animarían el espectáculo, para el cual las entradas por valor de un peso plata española ya estaban a la venta en los cafés Los Espumosos, El Parque, Dos de Mayo, Central, El Louvre y El Bosque. Para el que pretendiera dárselas de listo advertía del tándem Policía-Guardia Rural, encargado de que nadie accediera al Hipódromo sin abonar el correspondiente billete.
Llegó la tarde que haría historia en Cienfuegos. Mr. R. Calhoun, representante general de la Curtiss, había confirmado que el motor del biplano de Ward, ocho cilindros y 50 caballos de fuerza, era similar al empleado días antes por Mc Curdy en su vuelo alrededor de la farola del Morro. El aparato podía alcanzar una velocidad de hasta 70 millas por hora.
A las tres y cuarto el joven aviador entró al campo en su automóvil. Lo acompañaban el alcalde Méndez, Azcue, Villapol, Estrada y Calhoun. Los tres vuelos se iniciaron a las 4:10 p.m., 4:31 y 5:08, con duraciones de cinco, siete y nueve minutos, respectivamente. En todas las ocasiones el piloto fue premiado con sendas ovaciones. En el último hubo entrada libre para los curiosos cuyos bolsillos no podían permitirse el lujo de la plata española.
En el tercero Ward calculó que logró elevarse hasta unos tres mil pies y hubiera trepado más de no haber sentido una interrupción en el motor.
Desde su privilegiada atalaya en el Observatorio del Colegio Montserrat, telescopio en mano el padre Sarasola dejó sus apuntes del acontecimiento. De la crónica del religioso rescato dos líneas: “...el aeroplano a los lejos se parece a un pájaro grande, pero un pájaro especial que no estamos acostumbrados a ver en los trópicos”.
lunes, 9 de junio de 2008
Casa Terry
La Casa Terry no es la casa de Terry. Distan cuatro cuadras la una de la otra. La segunda, el hogar donde el matrimonio Terry-Dorticós procreó tantos hijos y un abolengo, hospeda hace años la escuela primaria Ignacio Agramonte y antes fue el claustro de las Teresianas.
Pero la Casa Terry, las oficinas de la empresa comercial fundada por aquel caraqueño flaco y recio que vino veinteañero a esta ciudad en el año en que comenzó a llamarse Cienfuegos, es decir 1829, se levanta en la esquina formada por Dorticós y Bouyon.
En el patio la lozanía de una ceiba, a todas luces mucho más joven que la construcción, la protege contra los maleficios de la edad avanzada.
Los nombres y apellidos de la mayoría de los potentados del siglo XIX, Leblanc por ejemplo, que como factores de dinamismo económico fomentaron el auge de esta ciudad yacen hoy en el olvido. El de Terry pervive en el teatro que legó al cerrar los ojos un día del verano de 1886 en París. Y la otra huella palpable es la Casa Terry.
Si el ciento por ciento de los cienfuegueros conoce, se maravilla y deslumbra ante el coliseo de San Carlos y San Luis, pocos saben de la existencia de la oficina desde Don Tomás movía los hilos financieros que le encumbraron como el hombre más rico de Cuba en el siglo XIX.
Al historiador estadounidense Roland Taylor Ely le debemos un retrato económico, pero a la vez humano, del hombre de éxito que al fin de sus días amasaba una fortuna del orden de los 20 millones de pesos. Cifra difícil de imaginar para quien hubiera visto desembarcar al joven Tomás Terry y Adams de una goleta surta en el puerto de Jagua, procedente de Caracas, o quizá de Curazao, sin más haberes que un físico envidiable y unas ganas de triunfar a prueba de balas.
A mediados de los años 50 del pasado siglo el joven investigador con estudios en Pricenton y Harvard tuvo el privilegio de ser el primero en acceder a los archivos de la Casa Terry, cerrados desde 1884. De su inmersión en la papelería, escarbando en al mina de débitos y haberes, exprimió el jugo necesario para escribir “Tomás Terry, el Creso cubano”, las 42 páginas del quinto y último capítulo de su libro Comerciantes cubanos del siglo XIX, publicado en 1959 por la habanera Editorial Librería Martí.
Las aventuras económicas del financista internacional que prestó dinero a los gobiernos de Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Italia, Rusia, Perú y Brasil son terreno para obras mayores del ensayo o la biografía. Esta crónica se conforma con el intento de posar decenas de miradas cienfuegueras sobre el inmueble de Dorticós y Bouyón, que al parecer nada más cuenta con la protección de la ceiba lozana del patio.
Así describió hace más de medio siglo Roland T. Ely su encuentro con la clausurada casa comercial: “La oficina de Tomás Terry ha soportado con más éxito los ataques del tiempo y del clima. El cuidó de que sólo los mejores materiales –cedro y caoba- que son impenetrables por el comején, se usaran en su construcción.Su cuadrada silueta puede verse rápidamente a una distancia de dos o tres millas desde el barco que hace la travesía entre Cienfuegos y los pequeños pueblos en derredor de la vasta bahía de Jagua.
Luego relata que en la casa habitaba por entonces una anciana pareja que en sus días felices trabajó “en el ‘Caracas’, la celebrada hacienda azucarera de la familia Terry al norte de Cienfuegos”. A cambio de cuidar los enseres del edificio los descendientes del magnate venezolano-cubano le permitían vivir gratis en tres aireadas habitaciones del piso bajo.
El acceso a la oficina estaba franqueado por un par de gruesas puertas, tachonadas en cobre, sobre las que llamó su atención una aldaba en forma de mano femenina.
Roland T. Ely experimentó al sensación de ser “el Rip Van Winkle cubano” al descubrirse protagonista en aquella especie de viaje en la máquina del tiempo.
“Escupideras chinas ya agrietadas se mantienen aún al lado de los sillones con espaldar de junco. Las delicadas balanzas de bronce, diseñadas para pesar oro, reposan inmóviles bajo su cristal protector y su cubierta de caoba. Resaltando sobre la pared sur hay una enorme caja de caudales de hierro, una Salamander hecha en Nueva York durante los años cincuenta. El escritorio del cajero y una oficina de correos en miniatura para archivar la correspondencia que llegaba de tres continentes, pueden también encontrarse en la misma posición que ocuparon hace un siglo. El mismo Don Tomás aún supervisa el local, desde un grabado en acero que cuelga sobre la pared este. Sólo Yrizar y los empleados menores, encaramados ante los enormes libros de cuentas encuadernados en piel, serían necesarios para completar el cuadro tal como era en los tiempos de Terry”.
Pero la Casa Terry, las oficinas de la empresa comercial fundada por aquel caraqueño flaco y recio que vino veinteañero a esta ciudad en el año en que comenzó a llamarse Cienfuegos, es decir 1829, se levanta en la esquina formada por Dorticós y Bouyon.
En el patio la lozanía de una ceiba, a todas luces mucho más joven que la construcción, la protege contra los maleficios de la edad avanzada.
Los nombres y apellidos de la mayoría de los potentados del siglo XIX, Leblanc por ejemplo, que como factores de dinamismo económico fomentaron el auge de esta ciudad yacen hoy en el olvido. El de Terry pervive en el teatro que legó al cerrar los ojos un día del verano de 1886 en París. Y la otra huella palpable es la Casa Terry.
Si el ciento por ciento de los cienfuegueros conoce, se maravilla y deslumbra ante el coliseo de San Carlos y San Luis, pocos saben de la existencia de la oficina desde Don Tomás movía los hilos financieros que le encumbraron como el hombre más rico de Cuba en el siglo XIX.
Al historiador estadounidense Roland Taylor Ely le debemos un retrato económico, pero a la vez humano, del hombre de éxito que al fin de sus días amasaba una fortuna del orden de los 20 millones de pesos. Cifra difícil de imaginar para quien hubiera visto desembarcar al joven Tomás Terry y Adams de una goleta surta en el puerto de Jagua, procedente de Caracas, o quizá de Curazao, sin más haberes que un físico envidiable y unas ganas de triunfar a prueba de balas.
A mediados de los años 50 del pasado siglo el joven investigador con estudios en Pricenton y Harvard tuvo el privilegio de ser el primero en acceder a los archivos de la Casa Terry, cerrados desde 1884. De su inmersión en la papelería, escarbando en al mina de débitos y haberes, exprimió el jugo necesario para escribir “Tomás Terry, el Creso cubano”, las 42 páginas del quinto y último capítulo de su libro Comerciantes cubanos del siglo XIX, publicado en 1959 por la habanera Editorial Librería Martí.
Las aventuras económicas del financista internacional que prestó dinero a los gobiernos de Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Italia, Rusia, Perú y Brasil son terreno para obras mayores del ensayo o la biografía. Esta crónica se conforma con el intento de posar decenas de miradas cienfuegueras sobre el inmueble de Dorticós y Bouyón, que al parecer nada más cuenta con la protección de la ceiba lozana del patio.
Así describió hace más de medio siglo Roland T. Ely su encuentro con la clausurada casa comercial: “La oficina de Tomás Terry ha soportado con más éxito los ataques del tiempo y del clima. El cuidó de que sólo los mejores materiales –cedro y caoba- que son impenetrables por el comején, se usaran en su construcción.Su cuadrada silueta puede verse rápidamente a una distancia de dos o tres millas desde el barco que hace la travesía entre Cienfuegos y los pequeños pueblos en derredor de la vasta bahía de Jagua.
Luego relata que en la casa habitaba por entonces una anciana pareja que en sus días felices trabajó “en el ‘Caracas’, la celebrada hacienda azucarera de la familia Terry al norte de Cienfuegos”. A cambio de cuidar los enseres del edificio los descendientes del magnate venezolano-cubano le permitían vivir gratis en tres aireadas habitaciones del piso bajo.
El acceso a la oficina estaba franqueado por un par de gruesas puertas, tachonadas en cobre, sobre las que llamó su atención una aldaba en forma de mano femenina.
Roland T. Ely experimentó al sensación de ser “el Rip Van Winkle cubano” al descubrirse protagonista en aquella especie de viaje en la máquina del tiempo.
“Escupideras chinas ya agrietadas se mantienen aún al lado de los sillones con espaldar de junco. Las delicadas balanzas de bronce, diseñadas para pesar oro, reposan inmóviles bajo su cristal protector y su cubierta de caoba. Resaltando sobre la pared sur hay una enorme caja de caudales de hierro, una Salamander hecha en Nueva York durante los años cincuenta. El escritorio del cajero y una oficina de correos en miniatura para archivar la correspondencia que llegaba de tres continentes, pueden también encontrarse en la misma posición que ocuparon hace un siglo. El mismo Don Tomás aún supervisa el local, desde un grabado en acero que cuelga sobre la pared este. Sólo Yrizar y los empleados menores, encaramados ante los enormes libros de cuentas encuadernados en piel, serían necesarios para completar el cuadro tal como era en los tiempos de Terry”.
Etiquetas:
arquitectura,
Cienfuegos,
colonia,
Cuba,
economía,
historia,
Terry,
Tomás
martes, 8 de abril de 2008
Naufragio en Punta del Diablo
A MEDIA TARDE DEL SÁBADO 5 DE MARZO de 1932 mientras los vientos de Cuaresma soplaban sobre la geografía de Cayo Guano, Pepín Riaño hizo señales para que se acercara a una embarcación que cruzaba por aquellas latitudes caribeñas.
El bote motor Feliciano regresaba al puerto de Cienfuegos con sus viveros cargados de buena pesca tras faenar más allá de la plataforma. Su patrón, el español Jaime Comas, enfiló hacia el islote marcado por la verticalidad del faro de Obras Públicas, desde cuyo pequeño muelle un hombre le hacía señas al destino.
A las cuatro en punto la embarcación de 28 pies de eslora y nueve de manga puso proa a la isla grande. A la carga de la escama pescada por el patrón, su hijo Antonio y el viejo lobo de mar Francisco Pertierra, se sumaron la señora Teresa López Armenteros y cinco de sus hijos, casi seis.
Desde la costa de seboruco José Riaño Fraile, natural de la Casablanca habanera y con la edad de Cristo, segundo torrero del faro por más señas, agitó varias veces la mano derecha, la clásica señal de las despedidas. Allí permaneció hasta que la silueta blanca y verde oscura del Feliciano se hizo un punto imaginario en el horizonte, infladas las velas por los aires cuaresmales que le batían de popa.
A sus 47 años, con tanto salitre impregnado en la curtida piel, Jaime Comas agradecía que Santos Jiménez, comerciante de pescado en Cienfuegos, hubiera puesto a sus órdenes aquella barca tan marinera estrenada en el invierno de 1927. Para cuando los vientos se hacían de rogar ahí estaba el motor Rigal de siete caballos de fuerza.
Hacia el atardecer, dejadas atrás más de la mitad de las 42 millas náuticas que separan la ínsula-fanal de la ciudad más próspera de la costa sur cubana, la navegación comenzó a resultar asmática para el Feliciano y su patrón a lamentar la hora en que aceptó embarcar a la familia del segundo farero de Cayo Guano.
Los vientos ya eran de brisote cuando la entrenada vista de los marinos divisó a las ocho de la noche el primer destello del faro de Villanueva, linterna que guía a los barcos a enfilar hacia el cañón de entrada a la bahía de Jagua. Navegmos a siete millas de la costa de Las Coloradas, marcó Comas el derrotero en la más marinera de sus neuronas. Un mal presagio vino a la mente del piloto español cuando comprobó que la ribera más cercana a la quilla del Feliciano era la Punta del Diablo.
El motor Rigal fue incapaz de poner a halar siquiera a uno de los siete caballos y las velas se hicieron un amasijo de telas ingobernables. El terror también tomó pasaje sobre la cubierta poblada de llantos infantiles, angustia materna y blasfemias de la marinería.
Un gran golpe de mar completó el inventario de la mala suerte. El Feliciano dio una vuelta de campana.
Los periódicos de Cienfuegos no tenían ediciones dominicales aquel penúltimo año de machadato. El lunes 7 los voceadores desperdigaron los cintillos de la muerte por toda la ciudad. “Tras de cinco días de no comer, la familia del torrero de Cayo Guano, pereció ahogada”, encabezó El Comercio a cinco columnas mientras atentaba contra el buen arte del titulaje. La Correspondencia exhibió con similar destaque un mejor desempeño de su titulista: “La Trágica Muerte de 7 personas frente a Punta del Diablo”. Agregaba en su bajante el diario de San Carlos, 129 que la familia del farero Riaño, acosada por el hambre, decidió venir a Cienfuegos en busca de alimentos.
El joven Comas y el viejo Pertierra lograron escapar a la encerrona y tras horas de romperse los pies entre seborucos y dientes de perro llevaron el aviso de la desgracia hasta el Castillo de Jagua, a media madrugada del domingo. De inmediato y de forma espontánea comenzó la operación solidaria de rescate de las víctimas del Feliciano, que se daría por finalizada el jueves sin poder encontrar los restos de Raúl y Felina Riaño López, criaturas de once y cinco años, respectivamente.
Los primeros cuerpos hallados por los socorristas fueron los de la madre de la prole, embarazada si nos atenemos a una versión periodística, y el pequeño Rigoberto, de siete años. Sucesivos hallazgos permitieron darle cristiana tumba a sus hermanos Georgina (12) y Rafael (9). Pepín Riaño sólo podría compartir su dolor con Alfredo (13), el primogénito, acogido en el hogar cienfueguero del señor Manuel Hernández, director de la Escuela Superior de Varones.
En próximas ediciones los diarios dieron otras versiones ajenas al hambre como causa del fatídico embarque de los Riaño.López a bordo del último viaje de Feliciano. Detalles horripilantes del estado en que fueron encontrados algunos de los cadáveres y de la participación en la búsqueda de decenas de pescadores, entre los cuales destacaban Lico Fonseca, su hermano Juan, el popular Melón y varios japoneses anónimos, abundaban en las crónicas del desastre, comparado por el reporter Alfredo Hernández D’Cerice en las páginas de La Correspondencia con los de la Juana Mercedes, El Ligero y el bote de los Peloteros. Pero esas serán historias para otra ocasión. Si no naufragaron también.
El bote motor Feliciano regresaba al puerto de Cienfuegos con sus viveros cargados de buena pesca tras faenar más allá de la plataforma. Su patrón, el español Jaime Comas, enfiló hacia el islote marcado por la verticalidad del faro de Obras Públicas, desde cuyo pequeño muelle un hombre le hacía señas al destino.
A las cuatro en punto la embarcación de 28 pies de eslora y nueve de manga puso proa a la isla grande. A la carga de la escama pescada por el patrón, su hijo Antonio y el viejo lobo de mar Francisco Pertierra, se sumaron la señora Teresa López Armenteros y cinco de sus hijos, casi seis.
Desde la costa de seboruco José Riaño Fraile, natural de la Casablanca habanera y con la edad de Cristo, segundo torrero del faro por más señas, agitó varias veces la mano derecha, la clásica señal de las despedidas. Allí permaneció hasta que la silueta blanca y verde oscura del Feliciano se hizo un punto imaginario en el horizonte, infladas las velas por los aires cuaresmales que le batían de popa.
A sus 47 años, con tanto salitre impregnado en la curtida piel, Jaime Comas agradecía que Santos Jiménez, comerciante de pescado en Cienfuegos, hubiera puesto a sus órdenes aquella barca tan marinera estrenada en el invierno de 1927. Para cuando los vientos se hacían de rogar ahí estaba el motor Rigal de siete caballos de fuerza.
Hacia el atardecer, dejadas atrás más de la mitad de las 42 millas náuticas que separan la ínsula-fanal de la ciudad más próspera de la costa sur cubana, la navegación comenzó a resultar asmática para el Feliciano y su patrón a lamentar la hora en que aceptó embarcar a la familia del segundo farero de Cayo Guano.
Los vientos ya eran de brisote cuando la entrenada vista de los marinos divisó a las ocho de la noche el primer destello del faro de Villanueva, linterna que guía a los barcos a enfilar hacia el cañón de entrada a la bahía de Jagua. Navegmos a siete millas de la costa de Las Coloradas, marcó Comas el derrotero en la más marinera de sus neuronas. Un mal presagio vino a la mente del piloto español cuando comprobó que la ribera más cercana a la quilla del Feliciano era la Punta del Diablo.
El motor Rigal fue incapaz de poner a halar siquiera a uno de los siete caballos y las velas se hicieron un amasijo de telas ingobernables. El terror también tomó pasaje sobre la cubierta poblada de llantos infantiles, angustia materna y blasfemias de la marinería.
Un gran golpe de mar completó el inventario de la mala suerte. El Feliciano dio una vuelta de campana.
Los periódicos de Cienfuegos no tenían ediciones dominicales aquel penúltimo año de machadato. El lunes 7 los voceadores desperdigaron los cintillos de la muerte por toda la ciudad. “Tras de cinco días de no comer, la familia del torrero de Cayo Guano, pereció ahogada”, encabezó El Comercio a cinco columnas mientras atentaba contra el buen arte del titulaje. La Correspondencia exhibió con similar destaque un mejor desempeño de su titulista: “La Trágica Muerte de 7 personas frente a Punta del Diablo”. Agregaba en su bajante el diario de San Carlos, 129 que la familia del farero Riaño, acosada por el hambre, decidió venir a Cienfuegos en busca de alimentos.
El joven Comas y el viejo Pertierra lograron escapar a la encerrona y tras horas de romperse los pies entre seborucos y dientes de perro llevaron el aviso de la desgracia hasta el Castillo de Jagua, a media madrugada del domingo. De inmediato y de forma espontánea comenzó la operación solidaria de rescate de las víctimas del Feliciano, que se daría por finalizada el jueves sin poder encontrar los restos de Raúl y Felina Riaño López, criaturas de once y cinco años, respectivamente.
Los primeros cuerpos hallados por los socorristas fueron los de la madre de la prole, embarazada si nos atenemos a una versión periodística, y el pequeño Rigoberto, de siete años. Sucesivos hallazgos permitieron darle cristiana tumba a sus hermanos Georgina (12) y Rafael (9). Pepín Riaño sólo podría compartir su dolor con Alfredo (13), el primogénito, acogido en el hogar cienfueguero del señor Manuel Hernández, director de la Escuela Superior de Varones.
En próximas ediciones los diarios dieron otras versiones ajenas al hambre como causa del fatídico embarque de los Riaño.López a bordo del último viaje de Feliciano. Detalles horripilantes del estado en que fueron encontrados algunos de los cadáveres y de la participación en la búsqueda de decenas de pescadores, entre los cuales destacaban Lico Fonseca, su hermano Juan, el popular Melón y varios japoneses anónimos, abundaban en las crónicas del desastre, comparado por el reporter Alfredo Hernández D’Cerice en las páginas de La Correspondencia con los de la Juana Mercedes, El Ligero y el bote de los Peloteros. Pero esas serán historias para otra ocasión. Si no naufragaron también.
Etiquetas:
catástrofe,
Cayo Guano,
Cienfuegos,
Cuba,
historia,
hundimientos,
naufragio,
navegación,
República
viernes, 7 de marzo de 2008
La última madrugada del Mambí
Tanta claridad adornaba la madrugada del jueves 13 de mayo de 1943 sobre las aguas atlánticas que bañan las costas del Oriente cubano que resultaba una invitación para poetas y enamorados insomnes.
Pero no eran aquellos tiempos de lirismo.
El primer torpedo del U-boot alemán hizo diana en el cuarto de máquinas de El Mambí y lo partió en dos mitades casi exactas. Por si no fuera suficiente aquel acto de cirugía metálica de la muerte, un segundo proyectil emergido de los dominios de Neptuno acertó la popa del pequeño buque-tanque cubano navegado por 31 marinos nacionales y cinco guardias estadounidenses.
La embarcación matriculada por la Cuban Destilling Co, empresa mielera asentada en Cienfuegos, que navegaba en lastre, voló en pedazos y fue tragada por las aguas en un santiamén. Junto con el amasijo de hierros se hundieron para siempre 24 cuerpos de hombres que dormían el cansancio de la jornada anterior o alimentaban las calderas del navío antes de convertirse en catafalco. Serían las tres de la madrugada, aunque las tragedias no requieren de tanta exactitud a la hora de registrarse en la historia.
Momentos antes el Unterseeboot nazi había torpedeado al mercante americano Linken Lykes y desperdigado por la atmósfera el cargamento de amoníaco que transportaba con destino a las obras de la industria niquelífera de Lengua de Pájaro, en el norte de la provincia de Oriente.
El par de barcos siniestrados, más otros dos con la bandera de las barras y las estrellas e igual cifra de cazasubmarinos cubanos navegaban en convoy por las aguas que tuvieron la primicia de ser surcadas por las tres carabelas más famosas de la historia.
Como el Linken Lykes tardó 46 minutos en hundirse sus 30 tripulantes lograron salvarse.
La prensa cienfueguera de la época situó las coordenadas de la muerte a diez millas de Puerto Padre y 27 de Nuevitas, rada a donde llegaron al amanecer los 11 hombres de El Mambí que lograron alcanzar las balsas salvavidas. Uno de los náufragos era el yanqui apellidado Sheper.
En el principal puerto de la provincia de Camagüey recibió cristiana sepultura el ayudante de máquinas José Fernández Rey, el único cadáver que devolvieron las aguas en la clara madrugada impropia para poetas trasnochados. Al sepelio del marino cienfueguero asistió Isabel Brenllas, que estrenó su viudez apenas a los cuatro meses de casada.
Peor sino, si cabe la cuantía, le tocó a Milagros Prats, que tres días más tarde tenía señalada la cita ante el altar con el timonel Antonio Fernández Rueda, uno de los cienfuegueros tragados por el Canal Viejo de Bahamas.
La muerte tocó por partida doble en una casa de San Fernando y Holguín para avisar que los hermanos Oscar y Armando Ferrer López, pañolero el uno y ayudante de cocina el otro, desde ya habitarían por siempre en el recuerdo.
Mientras la tragedia de El Mambí enlutaba Cienfuegos, principalmente la barriada de Reina, el tercer maquinista Bernardo García y el ayudante Mario Miranda agradecían al ángel de la guarda que los invitó a quedarse en La Habana, cuando el mercante regresó del puerto de Jacksonville. Por asuntos familiares ambos habían venido a la Perla del Sur con la encomienda de reintegrarse a la tripulación en otro puerto de la Isla. García contó que su camarote habitual quedaba justo sobre el sitio por donde el bisturí hitleriano diseccionó la armazón del vapor.
El Mambí tenía suficiente edad para la jubilación. De hecho había permanecido 12 años inactivo en los astilleros de Regla, pero ante la escasez de tonelaje impuesta por la Segunda Guerra la Cuban Destilling, que lo había comprado en la segunda década del siglo, lo arboló de nuevo en marzo de 1940.
Con 1975 toneladas de desplazamiento, sus bodegas podían cargar 475 mil galones, que casi siempre eran de mieles cubanas, materia prima esencial para la industria bélica estadounidense. Las carencias del transporte marítimo en aquella coyuntura lo habían revalorizado en medio millón de pesos. Ya en una oportunidad había logrado esquivar un torpedazo fascista.
El homenaje de Cienfuegos a las víctimas de El Mambí fue cuajado en bronce prieto por el artista Mateo Torriente Bécquer. La escultura Caracola con cuernos y estrella, imagen de la Nereida del Mar que con su trompeta alerta de nuevos peligros a la marinería de todos los tiempos, fue develada por el Ateneo de Cienfuegos en la rotonda de Punta Gorda como parte de las fiestas de la Noche del Camaronero, el domingo 26 de abril de 1959. Cuando la ciudad aún celebraba su cumpleaños 140.
Luego de ciertos desencuentros urbanísticos, la pieza recaló por último a finales de los 80 en el parque de Los Pinitos, desde donde su cuerno parece convocar a los hombres de la Tierra para que nunca más una madrugada de plenilunio sea el cadalso del lirismo en cualquier mar del planeta.
Pero no eran aquellos tiempos de lirismo.
El primer torpedo del U-boot alemán hizo diana en el cuarto de máquinas de El Mambí y lo partió en dos mitades casi exactas. Por si no fuera suficiente aquel acto de cirugía metálica de la muerte, un segundo proyectil emergido de los dominios de Neptuno acertó la popa del pequeño buque-tanque cubano navegado por 31 marinos nacionales y cinco guardias estadounidenses.
La embarcación matriculada por la Cuban Destilling Co, empresa mielera asentada en Cienfuegos, que navegaba en lastre, voló en pedazos y fue tragada por las aguas en un santiamén. Junto con el amasijo de hierros se hundieron para siempre 24 cuerpos de hombres que dormían el cansancio de la jornada anterior o alimentaban las calderas del navío antes de convertirse en catafalco. Serían las tres de la madrugada, aunque las tragedias no requieren de tanta exactitud a la hora de registrarse en la historia.
Momentos antes el Unterseeboot nazi había torpedeado al mercante americano Linken Lykes y desperdigado por la atmósfera el cargamento de amoníaco que transportaba con destino a las obras de la industria niquelífera de Lengua de Pájaro, en el norte de la provincia de Oriente.
El par de barcos siniestrados, más otros dos con la bandera de las barras y las estrellas e igual cifra de cazasubmarinos cubanos navegaban en convoy por las aguas que tuvieron la primicia de ser surcadas por las tres carabelas más famosas de la historia.
Como el Linken Lykes tardó 46 minutos en hundirse sus 30 tripulantes lograron salvarse.
La prensa cienfueguera de la época situó las coordenadas de la muerte a diez millas de Puerto Padre y 27 de Nuevitas, rada a donde llegaron al amanecer los 11 hombres de El Mambí que lograron alcanzar las balsas salvavidas. Uno de los náufragos era el yanqui apellidado Sheper.
En el principal puerto de la provincia de Camagüey recibió cristiana sepultura el ayudante de máquinas José Fernández Rey, el único cadáver que devolvieron las aguas en la clara madrugada impropia para poetas trasnochados. Al sepelio del marino cienfueguero asistió Isabel Brenllas, que estrenó su viudez apenas a los cuatro meses de casada.
Peor sino, si cabe la cuantía, le tocó a Milagros Prats, que tres días más tarde tenía señalada la cita ante el altar con el timonel Antonio Fernández Rueda, uno de los cienfuegueros tragados por el Canal Viejo de Bahamas.
La muerte tocó por partida doble en una casa de San Fernando y Holguín para avisar que los hermanos Oscar y Armando Ferrer López, pañolero el uno y ayudante de cocina el otro, desde ya habitarían por siempre en el recuerdo.
Mientras la tragedia de El Mambí enlutaba Cienfuegos, principalmente la barriada de Reina, el tercer maquinista Bernardo García y el ayudante Mario Miranda agradecían al ángel de la guarda que los invitó a quedarse en La Habana, cuando el mercante regresó del puerto de Jacksonville. Por asuntos familiares ambos habían venido a la Perla del Sur con la encomienda de reintegrarse a la tripulación en otro puerto de la Isla. García contó que su camarote habitual quedaba justo sobre el sitio por donde el bisturí hitleriano diseccionó la armazón del vapor.
El Mambí tenía suficiente edad para la jubilación. De hecho había permanecido 12 años inactivo en los astilleros de Regla, pero ante la escasez de tonelaje impuesta por la Segunda Guerra la Cuban Destilling, que lo había comprado en la segunda década del siglo, lo arboló de nuevo en marzo de 1940.
Con 1975 toneladas de desplazamiento, sus bodegas podían cargar 475 mil galones, que casi siempre eran de mieles cubanas, materia prima esencial para la industria bélica estadounidense. Las carencias del transporte marítimo en aquella coyuntura lo habían revalorizado en medio millón de pesos. Ya en una oportunidad había logrado esquivar un torpedazo fascista.
El homenaje de Cienfuegos a las víctimas de El Mambí fue cuajado en bronce prieto por el artista Mateo Torriente Bécquer. La escultura Caracola con cuernos y estrella, imagen de la Nereida del Mar que con su trompeta alerta de nuevos peligros a la marinería de todos los tiempos, fue develada por el Ateneo de Cienfuegos en la rotonda de Punta Gorda como parte de las fiestas de la Noche del Camaronero, el domingo 26 de abril de 1959. Cuando la ciudad aún celebraba su cumpleaños 140.
Luego de ciertos desencuentros urbanísticos, la pieza recaló por último a finales de los 80 en el parque de Los Pinitos, desde donde su cuerno parece convocar a los hombres de la Tierra para que nunca más una madrugada de plenilunio sea el cadalso del lirismo en cualquier mar del planeta.
sábado, 23 de febrero de 2008
La explosión de Mayo
El señor José Mayo comprobaba en su libro de cuentas la anotación de las dos cajas de clorato de potasa y otras dos de aceite de mirbano que esa misma mañana del primero de febrero de 1913 había enviado para Arriete, a consignación del mister Allen, el americano que explotaba las canteras aledañas al barrio de reciente creación ferroviaria. Antes de cerrar el cuaderno le echó un vistazo a la página anterior y se cercioró del registro de los 25 cuñetes de clorato que la víspera había sacado de la Aduana.
Mientras el dueño de la ferretería que hacía esquina en Santa Clara y Santa Isabel se afanaba con haberes y débitos las campanas de la Catedral ya habían marcado la una y media de la tarde de aquel sábado con que se estrenaba febrero, y en un rincón del pañol Tomás Pasos, El Chino para sus conocidos, sin reparar en su analfabetismo químico comenzaba a preparar la alquimia de la muerte.
En ese ínterin llegó a la ferretería don Eduardo Benet, secretario que era del Ayuntamiento. Estaba comprando pintura y lo atendía el propio dueño cuando observó un poco de humo que salía del interior del establecimiento, hecho que señaló a Mayo, quien llevándose las manos a la cabeza exclamó: ¡Estamos perdidos!
La explosión fue tan bárbara que en el Castillo de Jagua hubo decenas de oídos receptores. Aunque la atribuyeron a un barreno para ahondar las aguas del cercano Caletón de Don Bruno. En la ciudad, Radio Bemba la ubicó en primera instancia dentro de un buque surto en bahía y luego la relacionó con una bomba puesta en el Ayuntamiento, que el terrorismo no es invento reciente.
Como tocada por una fuerza divina y castigadora, en instantes lo que había sido la ferretería de Mayo fue un amasijo de escombros y una hoguera voraz al mismo tiempo. Entre las ruinas ardían algunos de los cuerpos de mujeres, niñas y hombres atrapados por el bélico contacto del clorato y el aceite malditos.
Una decena de muertos fue el peor saldo del delito de imprudencia temeraria por el cual el señor José Mayo Garrido debería responder luego ante la justicia de los hombres. Pero tal comparecencia demoraría porque el ferretero fue sacado inconciente de aquella sede provisional del Infierno.
La lista de difuntos la encabeza la señora Amparo Casanova de Mayo y las niñas Amparito y Balbina Mayo Casanova. La engrosan Trina Rojas, cocinera de los Mayo, el referido Chino Pasos y el adolescente Perfecto Núñez, dependientes ambos del negocio siniestrado; Francisco Urquiza, mensajero de la oficina del aledaño Cable Inglés; el comisionista Pedro Ruiz y sus esposa y el señor José Loyola, cobrador de Ruiz, en cuyo reloj de bolsillo Roskoff, de la habanera casa Cuervo y Sobrinos, las manecillas se detuvieron para siempre a falta de 20 minutos para las dos de la tarde del infausto sábado.
Los primeros reportes situaron en cerca de 80 los heridos, aunque finalmente la cifra adelgazara. Entre los reportados de graves figuraron los místeres Robert Edgar, H. Food, H. Brandley y A.C. Butt, jefe de oficina el primero y el resto empelados del Cable. El francés Daniel Mousanto completó la relación de extranjeros lesionados.
La prensa local sufrió la explosión en carne propia al ser destruida la imprenta del diario El Republicano. Igual suerte corrieron la oficina de comisiones del difunto Ruiz, la casa de la familia de Andrés Herreros, y la oficina de míster Albert Sasso, quien fue lanzado a la calle desde el asiento donde se encontraba sin sufrir daño alguno. A lo mejor con posteridad fue conocido como el hombre-goma. Pero no tengo el dato.
En la categoría de perjudicadas clasificaron las casas de Santa Clara 156, propiedad de la familia Meruelos y desocupada a la fecha, la del tenedor de libros Jaime Fernández, la de Nicolás Castaño y Padilla y la de Federico de Mazarredo, situada al lado del Cable. También la oficina de Eduardo Mazarredo, que debió ser apuntalada.
El acápite de Otros daños reflejó luego del macabro conteo la casa armadora de vapores de Odriazola y Cía, la fonda El Universo, oficina de Otero y Bacallao, almacenes de víveres de Sánchez, Vital y Cía y Santander, la botica del doctor Figueroa, al sede del Banco español-Banco nacional y el almacén de La Ceiba, donde la onda expansiva dobló una puerta de hierro.
La rápida actuación de los bomberos que conectaron sus mangueras a las cajas de agua del acueducto del Hanabanilla evitó que ardiera toda la manzana. A las cuatro de la tarde tenían el fuego localizado, como se decía entonces. Como uno más trabajó en la extinción del siniestro el señor Ceferino Méndez y Aguirre, un antiguo bombero a quien le quedaban poco más de dos meses en el sillón de Alcalde Municipal de Cienfuegos.
En las labores de salvamento destacaron el capitán de la Policía Pedro Olascoaga y el teniente Pineda, de la Guardia Rural. También el vigilante Gumersindo López, quien con ayuda del señor Félix Ballina sacó de la casa al señor Mayo y a una niña que milagrosamente no recibió lesión alguna, sin que la crónica epocal aclare si se trataba de otra hija del desgraciado matrimonio Mayo Casanova.
Quien si se salvó fue el pequeño Pepito Mayo que al momento de la fatídica manipulación del Chino Pasos jugaba a la pelota en Santa Clara y San Luis. Un poco de menos suerte le correspondió a Juan Simón, sobrecargo del vapor Antinógenes, herido por una piedra en la cabeza mientras aguardaba para hacer una gestión en el patio de la oficina de Odriazola y Cía. Y el secretario municipal, el señor Benet, a quien su velocidad de pensamiento y de piernas le salvó el pellejo. Ya compararía la pintura en otro sitio.
Rápido también anduvo el fotógrafo Emilio Sánchez, no en el resguardo del físico, sino con el dedo en el obturador. Sacó tres vistas del siniestro, las cuales a las cinco de la tarde ya estaban expuestas al público en la vidriera del estudio del señor Otero, en la calle de San Carlos.
La Correspondencia envió las instantáneas a sus grabadores, pero esas técnicas parece que andaban en pañales por aquellos tiempos, pues el vespertino de Cándido Díaz y Florencio Velis, no publicó las fotos –junto con las del entierro de las víctimas- hasta su edición del día siete.
El propio diario que andaba ya para cumplir sus 15 años colocó una pizarra al público en la cual actualizaba el número de víctimas. La oncena con carácter fatal fue reportada como indirecta. Marino Coimbra, un viejo conspirador de los tiempos de guerra del 95 que vivía en la propia manzana del estallido, murió a la medianoche. Su miocardio enfermo no resistió tan fuerte emoción.
Durante varias ediciones posteriores los periódicos dieron voz a especialistas en química y explosivos en su afán de poner a sus lectores en condiciones de discernir las causas del siniestro. La mayoría coincidió en señalar como mejunje mortal que formaban el clorato de potasio más el aceite de mirbano. Rack de rock (romperocas) le llaman los gringos a aquella especie de dinamita.
El suceso sería además caso del derecho internacional cuando a los pocos días el Ministro de Su Majestad Británica reclamara ante el Gobierno de La Habana por daños y perjuicios en la oficina del cable, propiedad de The Cuban Submarine Telegrafh Limited.
Mientras el dueño de la ferretería que hacía esquina en Santa Clara y Santa Isabel se afanaba con haberes y débitos las campanas de la Catedral ya habían marcado la una y media de la tarde de aquel sábado con que se estrenaba febrero, y en un rincón del pañol Tomás Pasos, El Chino para sus conocidos, sin reparar en su analfabetismo químico comenzaba a preparar la alquimia de la muerte.
En ese ínterin llegó a la ferretería don Eduardo Benet, secretario que era del Ayuntamiento. Estaba comprando pintura y lo atendía el propio dueño cuando observó un poco de humo que salía del interior del establecimiento, hecho que señaló a Mayo, quien llevándose las manos a la cabeza exclamó: ¡Estamos perdidos!
La explosión fue tan bárbara que en el Castillo de Jagua hubo decenas de oídos receptores. Aunque la atribuyeron a un barreno para ahondar las aguas del cercano Caletón de Don Bruno. En la ciudad, Radio Bemba la ubicó en primera instancia dentro de un buque surto en bahía y luego la relacionó con una bomba puesta en el Ayuntamiento, que el terrorismo no es invento reciente.
Como tocada por una fuerza divina y castigadora, en instantes lo que había sido la ferretería de Mayo fue un amasijo de escombros y una hoguera voraz al mismo tiempo. Entre las ruinas ardían algunos de los cuerpos de mujeres, niñas y hombres atrapados por el bélico contacto del clorato y el aceite malditos.
Una decena de muertos fue el peor saldo del delito de imprudencia temeraria por el cual el señor José Mayo Garrido debería responder luego ante la justicia de los hombres. Pero tal comparecencia demoraría porque el ferretero fue sacado inconciente de aquella sede provisional del Infierno.
La lista de difuntos la encabeza la señora Amparo Casanova de Mayo y las niñas Amparito y Balbina Mayo Casanova. La engrosan Trina Rojas, cocinera de los Mayo, el referido Chino Pasos y el adolescente Perfecto Núñez, dependientes ambos del negocio siniestrado; Francisco Urquiza, mensajero de la oficina del aledaño Cable Inglés; el comisionista Pedro Ruiz y sus esposa y el señor José Loyola, cobrador de Ruiz, en cuyo reloj de bolsillo Roskoff, de la habanera casa Cuervo y Sobrinos, las manecillas se detuvieron para siempre a falta de 20 minutos para las dos de la tarde del infausto sábado.
Los primeros reportes situaron en cerca de 80 los heridos, aunque finalmente la cifra adelgazara. Entre los reportados de graves figuraron los místeres Robert Edgar, H. Food, H. Brandley y A.C. Butt, jefe de oficina el primero y el resto empelados del Cable. El francés Daniel Mousanto completó la relación de extranjeros lesionados.
La prensa local sufrió la explosión en carne propia al ser destruida la imprenta del diario El Republicano. Igual suerte corrieron la oficina de comisiones del difunto Ruiz, la casa de la familia de Andrés Herreros, y la oficina de míster Albert Sasso, quien fue lanzado a la calle desde el asiento donde se encontraba sin sufrir daño alguno. A lo mejor con posteridad fue conocido como el hombre-goma. Pero no tengo el dato.
En la categoría de perjudicadas clasificaron las casas de Santa Clara 156, propiedad de la familia Meruelos y desocupada a la fecha, la del tenedor de libros Jaime Fernández, la de Nicolás Castaño y Padilla y la de Federico de Mazarredo, situada al lado del Cable. También la oficina de Eduardo Mazarredo, que debió ser apuntalada.
El acápite de Otros daños reflejó luego del macabro conteo la casa armadora de vapores de Odriazola y Cía, la fonda El Universo, oficina de Otero y Bacallao, almacenes de víveres de Sánchez, Vital y Cía y Santander, la botica del doctor Figueroa, al sede del Banco español-Banco nacional y el almacén de La Ceiba, donde la onda expansiva dobló una puerta de hierro.
La rápida actuación de los bomberos que conectaron sus mangueras a las cajas de agua del acueducto del Hanabanilla evitó que ardiera toda la manzana. A las cuatro de la tarde tenían el fuego localizado, como se decía entonces. Como uno más trabajó en la extinción del siniestro el señor Ceferino Méndez y Aguirre, un antiguo bombero a quien le quedaban poco más de dos meses en el sillón de Alcalde Municipal de Cienfuegos.
En las labores de salvamento destacaron el capitán de la Policía Pedro Olascoaga y el teniente Pineda, de la Guardia Rural. También el vigilante Gumersindo López, quien con ayuda del señor Félix Ballina sacó de la casa al señor Mayo y a una niña que milagrosamente no recibió lesión alguna, sin que la crónica epocal aclare si se trataba de otra hija del desgraciado matrimonio Mayo Casanova.
Quien si se salvó fue el pequeño Pepito Mayo que al momento de la fatídica manipulación del Chino Pasos jugaba a la pelota en Santa Clara y San Luis. Un poco de menos suerte le correspondió a Juan Simón, sobrecargo del vapor Antinógenes, herido por una piedra en la cabeza mientras aguardaba para hacer una gestión en el patio de la oficina de Odriazola y Cía. Y el secretario municipal, el señor Benet, a quien su velocidad de pensamiento y de piernas le salvó el pellejo. Ya compararía la pintura en otro sitio.
Rápido también anduvo el fotógrafo Emilio Sánchez, no en el resguardo del físico, sino con el dedo en el obturador. Sacó tres vistas del siniestro, las cuales a las cinco de la tarde ya estaban expuestas al público en la vidriera del estudio del señor Otero, en la calle de San Carlos.
La Correspondencia envió las instantáneas a sus grabadores, pero esas técnicas parece que andaban en pañales por aquellos tiempos, pues el vespertino de Cándido Díaz y Florencio Velis, no publicó las fotos –junto con las del entierro de las víctimas- hasta su edición del día siete.
El propio diario que andaba ya para cumplir sus 15 años colocó una pizarra al público en la cual actualizaba el número de víctimas. La oncena con carácter fatal fue reportada como indirecta. Marino Coimbra, un viejo conspirador de los tiempos de guerra del 95 que vivía en la propia manzana del estallido, murió a la medianoche. Su miocardio enfermo no resistió tan fuerte emoción.
Durante varias ediciones posteriores los periódicos dieron voz a especialistas en química y explosivos en su afán de poner a sus lectores en condiciones de discernir las causas del siniestro. La mayoría coincidió en señalar como mejunje mortal que formaban el clorato de potasio más el aceite de mirbano. Rack de rock (romperocas) le llaman los gringos a aquella especie de dinamita.
El suceso sería además caso del derecho internacional cuando a los pocos días el Ministro de Su Majestad Británica reclamara ante el Gobierno de La Habana por daños y perjuicios en la oficina del cable, propiedad de The Cuban Submarine Telegrafh Limited.
Etiquetas:
accidente,
cable,
catástrofe,
Cienfuegos,
Cuba,
ferretería,
historia,
inglés,
República
Los restos del Fundador
Va para casi medio siglo que los huesos del Fundador de Cienfuegos esperan por su cristiana segunda sepultura.
La arqueta construida con madera de castaño que contiene los restos del Brigadier de Infantería Don Luis de Clouet y Piettre permanece en el almacén del Museo Provincial, institución que atesora la osamenta desde su fundación en noviembre de 1982.
El único testimonio biológico de la existencia del emprendedor que diera vida a la colonia Fernandina de Jagua, el 22 de abril de 1819, arribó a Cienfuegos a las diez en punto de la mañana del domingo 4 de agosto de 1958. La nave de Cubana de Aviación que los transportó desde La Habana aterrizó en el aeropuerto Jaime González con puntualidad germánica, pero antes el capitán José F. Mato sobrevoló la ciudad por espacio de cinco minutos, oportunidad para que el espíritu volante del precursor observara su mayor obra terrenal desde el límpido cielo de Jagua.
En la losa del aeródromo local las principales autoridades municipales y eclesiásticas cienfuegueras recibieron la arqueta funeraria enviada por el Ayuntamiento de la ciudad española de Córdoba, donde expirara el viejo De Cluet, a causa de una pleuresía, el 16 de junio de 1848.
La iniciativa de traer a su ciudad los restos del Fundador fue expuesta por Bienvenido Rumbaut, presidente del Ateneo de Cienfuegos, el 22 de abril de 1956 en ocasión de las celebraciones por el aniversario 137 del nacimiento de la colonia original.
Secundada por el alcalde de la ciudad, doctor Reinaldo Pino Varas, la idea de la institución cultural tomó cuerpo dos veranos más tarde, auxiliada por la coyuntura de un viaje de vacaciones a la Península del industrial cienfueguero Manuel González Díaz , quien presentó la solicitud del traslado de los huesos patrimoniales ante el alcalde cordobés, Antonio Cruz Conde y Conde.
El regidor principal de la ciudad andaluza autorizó la exhumación de los restos que José María Rey y Díaz, cronista de Córdoba y jefe del Archivo Municipal hizo constar que estaban enterrados en el nicho número 84 del cementerio de Nuestra Señora de La Salud. Así lo atestiguaba la partida de defunción que obraba en el archivo de la parroquia de san Francisco y san Eulogio, folio 187 vto del Libro IX de Defunciones, registrada el 16 de junio de 1848.
La reseña que del homenaje de Cienfuegos a las reliquias orgánicas realizaron tanto La Correspondencia como El Comercio precisa que la urna maderable ribeteada con herrajes dorados fue colocada sobre un armón militar y a los acordes de la pieza fúnebre El Ciprés, interpretada por la Banda Municipal, se inició el cortejo desde la pista del Jaime González.
En la esquina de Colón y Tacón comenzó el desfile público, que luego enrumbó por Prado y después tomó San Carlos para acceder al parque Martí. Una vez allí, en la Roseta del Ateneo, que marca el sitio exacto del acto fundacional, el poeta Florentino Morales, a la sazón vicepresidente del Ateneo, leyó los documentos oficiales expedidos por la alcaldía cordobesa.
A continuación el alcalde Pino Varas pronunció la alocución gubernativa por el acontecimiento. La custodia de los restos le pertenecería al Ateneo de Cienfuegos hasta que estuviera terminado el monumento funerario que por cuestación popular sería erigido en honor al Fundador.
Los actos concluyeron al filo del mediodía dominical con las exequias celebradas por el Obispo de Cienfuegos, monseñor Eduardo Martínez Dalmau, en la Catedral de la Purísima Concepción. La urna fue colocada ante el altar mayor en un túmulo rodeado de seis candelabros, obra artística realizada por la funeraria Pujol y dirigida en persona por su propietario, Juan Antonio Pujol.
En el templo permaneció la osamenta por unos días hasta que fue colocada en una bóveda del banco Trust Company of Cuba, sito en San Carlos, esquina a De Clouet.
Sobre la localización del futuro mausoleo existían varias propuestas, las principales lo situaban en el patio del Ayuntamiento o en áreas del parque Martí. El periodista Roberto González, jefe de redacción de El Comercio, abogó por colocarlo en Prado, entre Castillo y Colón.
Los planes del Ateneo apuntaban a realizar la ceremonia el 22 de abril del siguiente año cuando la ciudad cumpliera 140. Pero 112 días antes el país asistió a un cambio tan trascendental que los nuevos tiempos signaron otras prioridades.
Sin el concurso emprendedor de aquel militar nacido en Nueva Orleáns el 8 de febrero de 1766 Cienfuegos no sería Cienfuegos. Verdad más cierta que el sol. Ya va siendo hora de que la ciudad cumpla con el postrer homenaje que le debe a quien la procreó bajo la sombra de una majagua inmemorial, con el testimonio irrefutable de un acta, la sangre de un palomo y el vuelo de una paloma.
La arqueta construida con madera de castaño que contiene los restos del Brigadier de Infantería Don Luis de Clouet y Piettre permanece en el almacén del Museo Provincial, institución que atesora la osamenta desde su fundación en noviembre de 1982.
El único testimonio biológico de la existencia del emprendedor que diera vida a la colonia Fernandina de Jagua, el 22 de abril de 1819, arribó a Cienfuegos a las diez en punto de la mañana del domingo 4 de agosto de 1958. La nave de Cubana de Aviación que los transportó desde La Habana aterrizó en el aeropuerto Jaime González con puntualidad germánica, pero antes el capitán José F. Mato sobrevoló la ciudad por espacio de cinco minutos, oportunidad para que el espíritu volante del precursor observara su mayor obra terrenal desde el límpido cielo de Jagua.
En la losa del aeródromo local las principales autoridades municipales y eclesiásticas cienfuegueras recibieron la arqueta funeraria enviada por el Ayuntamiento de la ciudad española de Córdoba, donde expirara el viejo De Cluet, a causa de una pleuresía, el 16 de junio de 1848.
La iniciativa de traer a su ciudad los restos del Fundador fue expuesta por Bienvenido Rumbaut, presidente del Ateneo de Cienfuegos, el 22 de abril de 1956 en ocasión de las celebraciones por el aniversario 137 del nacimiento de la colonia original.
Secundada por el alcalde de la ciudad, doctor Reinaldo Pino Varas, la idea de la institución cultural tomó cuerpo dos veranos más tarde, auxiliada por la coyuntura de un viaje de vacaciones a la Península del industrial cienfueguero Manuel González Díaz , quien presentó la solicitud del traslado de los huesos patrimoniales ante el alcalde cordobés, Antonio Cruz Conde y Conde.
El regidor principal de la ciudad andaluza autorizó la exhumación de los restos que José María Rey y Díaz, cronista de Córdoba y jefe del Archivo Municipal hizo constar que estaban enterrados en el nicho número 84 del cementerio de Nuestra Señora de La Salud. Así lo atestiguaba la partida de defunción que obraba en el archivo de la parroquia de san Francisco y san Eulogio, folio 187 vto del Libro IX de Defunciones, registrada el 16 de junio de 1848.
La reseña que del homenaje de Cienfuegos a las reliquias orgánicas realizaron tanto La Correspondencia como El Comercio precisa que la urna maderable ribeteada con herrajes dorados fue colocada sobre un armón militar y a los acordes de la pieza fúnebre El Ciprés, interpretada por la Banda Municipal, se inició el cortejo desde la pista del Jaime González.
En la esquina de Colón y Tacón comenzó el desfile público, que luego enrumbó por Prado y después tomó San Carlos para acceder al parque Martí. Una vez allí, en la Roseta del Ateneo, que marca el sitio exacto del acto fundacional, el poeta Florentino Morales, a la sazón vicepresidente del Ateneo, leyó los documentos oficiales expedidos por la alcaldía cordobesa.
A continuación el alcalde Pino Varas pronunció la alocución gubernativa por el acontecimiento. La custodia de los restos le pertenecería al Ateneo de Cienfuegos hasta que estuviera terminado el monumento funerario que por cuestación popular sería erigido en honor al Fundador.
Los actos concluyeron al filo del mediodía dominical con las exequias celebradas por el Obispo de Cienfuegos, monseñor Eduardo Martínez Dalmau, en la Catedral de la Purísima Concepción. La urna fue colocada ante el altar mayor en un túmulo rodeado de seis candelabros, obra artística realizada por la funeraria Pujol y dirigida en persona por su propietario, Juan Antonio Pujol.
En el templo permaneció la osamenta por unos días hasta que fue colocada en una bóveda del banco Trust Company of Cuba, sito en San Carlos, esquina a De Clouet.
Sobre la localización del futuro mausoleo existían varias propuestas, las principales lo situaban en el patio del Ayuntamiento o en áreas del parque Martí. El periodista Roberto González, jefe de redacción de El Comercio, abogó por colocarlo en Prado, entre Castillo y Colón.
Los planes del Ateneo apuntaban a realizar la ceremonia el 22 de abril del siguiente año cuando la ciudad cumpliera 140. Pero 112 días antes el país asistió a un cambio tan trascendental que los nuevos tiempos signaron otras prioridades.
Sin el concurso emprendedor de aquel militar nacido en Nueva Orleáns el 8 de febrero de 1766 Cienfuegos no sería Cienfuegos. Verdad más cierta que el sol. Ya va siendo hora de que la ciudad cumpla con el postrer homenaje que le debe a quien la procreó bajo la sombra de una majagua inmemorial, con el testimonio irrefutable de un acta, la sangre de un palomo y el vuelo de una paloma.
Etiquetas:
Cienfuegos,
Cuba,
De Clouet,
Fernandina,
fundador,
historia,
Jagua,
República
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)