domingo, 17 de enero de 2010

Un western cienfueguero: la cacería del Congo Suárez

El teniente Gervasio López Cano le arrebató el fusil Winchester a unos de sus soldados, afinó la puntería y el hombre acorralado contra una estiba de polines cayó fulminado. El último proyectil de la balacera iniciada cinco minutos antes le había partido el corazón. Aunque ya para entonces su cuerpo era una piltrafa humana.
Fue la escena final de la película del Oeste cuyo rodaje los cienfuegueros pudieron presenciar en vivo cerca de las cuatro de la tarde del 1 de febrero de 1927, con la salvedad de que el libreto no tuvo un ápice de ficción.
Ocurrió por donde la calle Santa Cruz, tras cruzar Arango rumbo a la bahía, deja de serlo para convertirse en callejón. En la actualidad tal espacio se conoce como La Carbonera.
Por allí estaban los almacenes de madera de Castaño y cerca un muellecito que Fermín López García había elegido como Plan B para intentar una escapada, otra más, en caso de fallar el atraco de aquel martes infausto.
El nombre del muerto no decía mucho al público de la época, pero cuando Radio Bemba corrió la noticia y los detalles de la cacería comenzaron a engordar el suceso, la ciudad entera conoció el final del bandido apodado Congo Suárez. Aunque a él le gustaba más que el mote adquirido en la infancia, el de El Rey de Las Villas, ganado a punta de revólveres.
Desde hacía varios meses la Guardia Rural de Cienfuegos seguía la pista del Congo, tras tener conocimiento de una incursión del temerario en la ciudad, a mediados del año anterior. Parece que en ese interín el hombre logró salir de la Isla y luego de una breve estancia en Cayo Hueso retornó al territorio central para darle continuidad a su saga de bandolero
La operación que culminó con la captura de su cadáver debió ocurrir un día antes, el 31 de enero, pero finalmente el salteador no se presentó en el sitio escogido para dar el golpe, la consulta del médico cirujano Manuel E. Altuna y Frías, en la calle de San Fernando, entre Gacel y Prado, acera norte.
Emboscadas en la barca de la finca San Mateo y otros parajes del territorio a cargo del Puesto de Guaos, en las proximidades del recién estrenado cementerio Tomás Acea y en la quincallería La Complaciente, en la misma cuadra citada en el párrafo anterior, estaban dispuestas por la Rural, a todas luces puesta en aviso por alguien a quien le convendría sacar del juego al guajiro fuera de la ley.
Quien si estaba ajeno al curso de los acontecimientos en marcha era el galeno de origen trinitario y cercano a las seis décadas de vida. Diversas fuentes apuntarían después que el propósito del Congo al presentarse en su gabinete casi al final de la jornada de labor, cuatro menos cuarto de la tarde, era secuestrar al doctor Altuna y luego exigir un rescate de diez mil pesos.
Otras versiones indicarían que aquejado de una enfermedad venérea, el forajido asistía en busca de tratamiento.
Su olfato para el peligro, bien entrenado desde que debutara en las lides del bandidismo, a instancias de políticos que necesitaban de tipos bragados como él, le falló esta vez. Lejos estuvo de identificar El Congo al chauffeur que mecaniqueaba un fotingo Ford en las cercanías de la residencia de Altuna con el oficial dispuesto a darle caza.
En cuanto el bandolero, tocado con sombrero de pajilla y tras la frágil máscara de unas gafas de carey, cayó en la celada, comenzó el primer fotograma del western. López Cano casi acompañó el “alza las manos” con un disparo que impactó al Congo, quien cayó al piso, herido en una pierna. Pero al instante se levantó e inició una huida por azoteas y tejados que le llevó, atravesando la manzana, a bajar por la calle Gacel cerca de San Carlos, donde un poste del tendido eléctrico le sirvió para anclar en tierra. En la sala de espera de la consulta quedaron las huellas de ocho impactos de bala, dos sillas rotas y una pareja de pacientes aterrorizada.
Tomó por San Carlos con un puñal a la cintura y un revólver en cada mano, como si fuera la encarnación extrafílmica de Tom Mix y encañonó a Indalecio Reyes, primer fotinguero de alquiler que se le puso a tiro:
Como si fueran piezas de ajedrez jugando a vida y muerte sobre el damero de la ciudad vieja, el prófugo y sus rastreadores también motorizados desandaron a continuación De Clouet, Santa Elena, Velasco y Santa Cruz hasta arribar al Paseo de Arango, donde el fugitivo echó pie en tierra y buscó la escapatoria por vía marítima.
Entre las pertenencias ocupadas al cuerpo baleado del Rey de Las Villas sólo había cuatro proyectiles. Quien sabe si el último la tenía reservado para él. La posibilidad queda en el terreno de la hipótesis literaria para bien de la leyenda. Pero el Winchester que López Cano le arrebató al soldado Emiliano Albelo disparó primero y con absoluta puntería.
A la diez de la noche cuatro pequeños cirios ofrecían la única señal de piedad humana ante el cadáver ensangrentado y pálido, tendido sobre una parihuela en la sala de autopsias del cementerio de Reina. Los periódicos contaron al menos 500 personas que desfilaron por el lugar, aunque sólo dos mujeres velaron el alma en pena del Congo Suárez durante toda la jornada nocturna.
Varias fotos del cadáver fueron exhibidas a manera de trofeo por los escaparates comerciales de la ciudad. La autopsia hablaría en su lenguaje de escalpelo: además del corazón partido a la mitad, al malo de la película le habían destrozado un riñón y un pulmón. En total, media docena de heridas. Cuatro de calibre 38, una de 45 y la conclusiva del Winchester.

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