Doña Francisca sabía lo poco que le quedaba en este convento y decidió poner sus bienes en orden. Por eso el notario y los tres testigos acudieron con puntualidad de té inglés a la cita con la propietaria, prevista para las once en punto de la mañana del 17 de abril de 1912 en la casa de la calle que entonces llevaba el nombre de su difunto marido, aunque siempre será San Carlos, esquina a Santa Isabel.
El licenciado José Fernández Pellón, abogado y notario público del Distrito de Cienfuegos, una vez comprobado el trámite formal de la mayoría de edad y la residencia en el vecindario, además de ostentar la capacidad legal prevista en los artículos 681 y 682 de Código Civil, aceptó como testigos instrumentales del acto testamentario por comenzar a los señores Gabriel Cardona y Forgas, José Villapol y Fernández y Manuel Leal Catalá, este último reconocido en la villa como el médico de los pobres. Aunque al parecer tampoco desdeñaba a los pudientes.
La testadora Francisca Tostes García, nacida 78 años antes en La Orotava, isla canaria de Tenerife, hija legítima de Don Lorenzo y Doña Josefa, vecina de la casa en la cual tenía lugar el otorgamiento, fue reconocida por los testigos en capacidad suficiente para realizar el acto legal porque “su inteligencia es clara, su memoria despejada y su habla expedita”.
Desde que su esposo, Don Nicolás Salvador Acea de los Ríos, falleciera el 7 de enero de 1904 en aquella misma casa señorial (sobre cuyo suelo en 1927 se erigiría una parte de los colegios San Lorenzo y Santo Tomás), la canaria figuraba como la heredera universal de una de las más cuantiosas fortunas fraguadas en Cienfuegos durante al segunda mitad del siglo XIX.
El texto íntegro del documento notarial, que nueve años más tarde vería la luz pública en la prensa de la ciudad, sirve para conocer mejor a la acaudalada anciana que tras invocar el Santo Nombre de Dios otorgó testamento de viva voz, aunque al final no pudiera firmarlo de propia mano.
En 1881 había contraído matrimonio con don Nicolás, por entonces viudo de Teresa Terry y Dorticós. Tomás Lorenzo, el único hijo de su marido, falleció tres años más tarde, a los 17 de edad, y la nueva pareja no pudo lograr descendencia. Tampoco tenía la otorgante otros familiares cercanos por vínculos de sangre.
Como albaceas de sus bienes materiales nombró a sus amigos de entera confianza los abogados cienfuegueros Cipriano Arenas y Felipe Silva y Gil y el comerciante alemán avencidado en Cienfuegos Frederic Hunicke.
Llama la atención la forma meticulosa en que Panchita Tostes dispuso los actos relacionados con su deceso. A los fiduciarios encargó todo lo referido al funeral y el entierro, a efectuarse sin pompa y con la modestia propia de los actos que habían regido su vida. Tras prohibir el embalsamamiento o cualquiera forma similar de conservación precisó que era su deseo volver a la madre tierra, de donde había salido. Como sepultura provisional eligió la arboleda del central Dos Hermanos, junto a la orilla izquierda del río Damují. Una vez transcurrido el tiempo exigido por las disposiciones sanitarias los restos debían ser trasladados al cementerio de Grenwood, Brooklyn, Nueva York, lugar donde yacían eternamente Teresa Terry, Tomás Lorenzo y Nicolás Acea.
En cuanto al mencionado ingenio azucarero fue tajante en su determinación: “Cuando llegue la oportunidad de traspasarlo, prohíbo terminantemente que lo vendan ni arrienden a los dueños del (vecino) central Manuelita”.
Como núcleo del acto testamentario figura el futuro empleo de los fondos financieros de que dispondrían los albaceas tras el cumplimiento de las deudas contraídas por Acea con los señores Lawrence Turner and Co., de Nueva York. Ese monto económico debía dedicarse en su totalidad a la ampliación del monumento funerario familiar en la misma necrópolis de Greenwood. Para que allí residieran por siempre los espíritus de todos los muertos de la familia, incluidos sus extintos suegros Don Antonio Acea y Doña María Regla de los Ríos, así como el cuñado Antonio, enterrados por esa fecha en el cementerio de Reina.
A Victoria Valdespino, Faustina Acea, Clotilde Acea y Sofía Cosma, antiguas sirvientas de la familia, los custodios de la fortuna debían comprar una modesta vivienda a cada una, con la condición de no venderlas y conservarlas como un recuerdo de la otorgante. En recompensa por sus servicios y en cumplimiento de una promesa hecha al extinto marido.
Una cláusula del testamento prohibía cualquier tipo de intervención judicial en su ejecución. Al dictarla Francisca Tostes no alcanzó a imaginar los litigios que aquella herencia originaría durante los próximos 15 años.
La testadora no pudo firmar el texto definitivo leído en alta voz por el licenciado Pellón. Una lesión en el brazo derecho le impedía estampar la rúbrica, derecho que consignó en su médico, Leal Catalá.
Treinta y siete días después la muerte tocó a la puerta de la mansión esquinera de San Carlos y Santa Isabel. Para entonces Doña Panchita tenía sus cuentas claras.
Con Dios y con los hombres.
lunes 1 de febrero de 2010
Doña Francisca y la muerte
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miércoles 27 de enero de 2010
Muchacha con piel de magnolia seca (Los días cienfuegueros de Federico García Lorca)
Cuentan que dos poetas remaban un barquichuelo frente al Cienfuegos Nautic Club un atardecer de primavera de 1930, cuando ante la fugaz aparición de una mulata escultural el dejo andaluz de uno de los bogadores cinceló en verso libre la aparición de aquella Afrodita tropical.
Esa linda muchacha tiene la piel de magnolia seca. Federico García Lorca le disparó la metáfora a quemarropa a su par cienfueguero, Pedro López Dorticós, sin reparar que acababa de escribir sobre las mansas aguas de la bahía el testimonio más lírico, y memorable a pesar de la intimidad, de sus dos visitas a la ciudad.
Porque sin haberlo anunciado en un verso antológico, sin sugerir siquiera “iré a Cienfuegos en un coche de aguas verdiazules”, el poeta gitano la incluyó en la geografía de sus amores cubanos, en un mapa donde a saber están marcadas La Habana, Pinar del Río, Viñales, la loma de Los Jazmines, Varadero, el valle yumurino, Caibarién y por supuesto, Santiago.
El hecho de que su condiscípulo Francisco Campos Aravaca fuera a la sazón el cónsul español en la Perla del Sur y los empeños de López Dorticós, vicepresidente de la filial de la Institución Hispano Cubana de Cultura y cabeza del Ateneo, cruzaron los destinos de Cienfuegos y el hijo predilecto de Fuente Vaqueros en dos fechas registradas con tinta indeleble en los anales de la cultura local: 8 de abril y 5 de junio de 1930.
Quien se empeñe en destrozar el misterio de la poesía habrá traducido ya coche de aguas negras en locomotora activada por carbón de piedra, el medio de transporte por excelencia de una isla entonces azucarera y siempre estrecha. De manera que el romanceador de Granada llegó hasta aquí en carruaje similar al de la travesía rematada en la capital de Oriente.
Aunque para ser fiel al culto del detalle sea preciso apuntar que el primer desembarco lorquiano no tuvo lugar en la estación ferroviaria de la calle Gloria, sino en la de Palmira. Hasta el andén del cercano pueblo fue a recibirlo una comisión integrada entre otros por sus anfitriones López Dorticós y Paquito el cónsul, quienes se adelantaron por minutos a otros bienvenidores y lo trajeron en auto hasta el puerto de Jagua.
Como lo hacía en cada etapa de su gira cubana Federico vino aquí a dictar conferencias. La del 8 de abril tuvo por sede el Casino Español y como auditorio a un selecto público de aquella sociedad, más la Hispano Cubana, el Ateneo y el Liceo.
Para la del 5 de junio, cumpleaños 32 del bardo, el Ateneo democratizó la cultura al ofrecer acceso gratuito al teatro Luisa, escenario de la disertación sobre “La mecánica de la poesía”. Resulta curioso que ese tema figuró en los anuncios de los diarios para la primera presentación, pero entonces Lorca prefirió exaltar la obra poética de su inmortal compatriota Luis de Góngora.
La nueva lírica en castellano, la vanguardista de la Generación del 27 de la cual era Federico su voz más alta, protagonizó un encontronazo en los predios de la crítica literaria municipal con los defensores a ultranza de la expresión poética acunada en el Siglo de Oro español.
En las amarillentas y apolilladas páginas culturales de la época aún parecen cruzar lanzas Rafael Pérez Morales, eximio dibujante a la vez, y el poeta, periodista y obrero gráfico canario Saturnino Tejera.
Del primero son estas loas a la vez que crónica: “Otra vez aterrizó Lorca entre nosotros. Su trimotor poderoso conmovió la quietud provinciana, levantando un torbellino de hojas en fuga y polvo amarillo. (…) Equipaje: una maleta con una Biblia y una cruz. Y sin sombrero, porque se lo tiró al paisaje más bello del camino. Durante la breve escala se ha reído –con su risa deliciosamente afónica- de los amigos de Marta cuando tomaba champagne junto a la bañadera. (…) En su raid por Cuba se ha saturado de palmeras y de azul. El son oriental le ha emborrachado de ritmos. La mulata criolla le ha hecho zozobrar en un oleaje de curvas”.
Mientras Saturnino, quien firmaba como Tinerfe su columna Pequeños comentarios, “publicaba una nota discordante con el entusiasmado ambiente pueblerino, un artículo de tono abiertamente discrepante”.
La brevedad de las estadías cienfuegueras no le impidieron conocer sus hitos sociales y paisajísticos: el Sanatorio de la Colonia Española, el Castillo de Jagua, el Yatch Club y el roof garden del hotel San Carlos, azotea de la ciudad y escenario de una cena de despedida.
Leyenda al fin, Federico puede aparecérsele todavía a cualquier cienfueguero hecho a las nostalgias y cultor de la mejor poesía escrita en castellano. Quien tenga ojos para ver los queridos espectros del pasado a lo mejor lo avista en el salón principal del Yatch, mientras le saca al piano unos aires andaluces y una nana folclórica, o sentado en la pasarela sobre las aguas, con un tablero encima de las piernas, mientras dibuja y escribe.
Florentino Morales, quien me ahorró varias horas de investigación para alzar esta columna, comentó hace 34 años en la santaclareña revista Signos el pesar que le atormentaba por la pérdida de algunas fichas con poemas de Federico publicados en la prensa local y luego ausentes en sus Obras Completas editadas por la Casa Aguilar.
Existía para Floren la posibilidad de que aquellas rimas escurridizas hubieran sido escritas en la pasarela del CYC. La bahía de telón de fondo, las alas de una gaviota dibujando la sorpresa, y una muchacha con piel de magnolias secas disfrazada de musa.
Esa linda muchacha tiene la piel de magnolia seca. Federico García Lorca le disparó la metáfora a quemarropa a su par cienfueguero, Pedro López Dorticós, sin reparar que acababa de escribir sobre las mansas aguas de la bahía el testimonio más lírico, y memorable a pesar de la intimidad, de sus dos visitas a la ciudad.
Porque sin haberlo anunciado en un verso antológico, sin sugerir siquiera “iré a Cienfuegos en un coche de aguas verdiazules”, el poeta gitano la incluyó en la geografía de sus amores cubanos, en un mapa donde a saber están marcadas La Habana, Pinar del Río, Viñales, la loma de Los Jazmines, Varadero, el valle yumurino, Caibarién y por supuesto, Santiago.
El hecho de que su condiscípulo Francisco Campos Aravaca fuera a la sazón el cónsul español en la Perla del Sur y los empeños de López Dorticós, vicepresidente de la filial de la Institución Hispano Cubana de Cultura y cabeza del Ateneo, cruzaron los destinos de Cienfuegos y el hijo predilecto de Fuente Vaqueros en dos fechas registradas con tinta indeleble en los anales de la cultura local: 8 de abril y 5 de junio de 1930.
Quien se empeñe en destrozar el misterio de la poesía habrá traducido ya coche de aguas negras en locomotora activada por carbón de piedra, el medio de transporte por excelencia de una isla entonces azucarera y siempre estrecha. De manera que el romanceador de Granada llegó hasta aquí en carruaje similar al de la travesía rematada en la capital de Oriente.
Aunque para ser fiel al culto del detalle sea preciso apuntar que el primer desembarco lorquiano no tuvo lugar en la estación ferroviaria de la calle Gloria, sino en la de Palmira. Hasta el andén del cercano pueblo fue a recibirlo una comisión integrada entre otros por sus anfitriones López Dorticós y Paquito el cónsul, quienes se adelantaron por minutos a otros bienvenidores y lo trajeron en auto hasta el puerto de Jagua.
Como lo hacía en cada etapa de su gira cubana Federico vino aquí a dictar conferencias. La del 8 de abril tuvo por sede el Casino Español y como auditorio a un selecto público de aquella sociedad, más la Hispano Cubana, el Ateneo y el Liceo.
Para la del 5 de junio, cumpleaños 32 del bardo, el Ateneo democratizó la cultura al ofrecer acceso gratuito al teatro Luisa, escenario de la disertación sobre “La mecánica de la poesía”. Resulta curioso que ese tema figuró en los anuncios de los diarios para la primera presentación, pero entonces Lorca prefirió exaltar la obra poética de su inmortal compatriota Luis de Góngora.
La nueva lírica en castellano, la vanguardista de la Generación del 27 de la cual era Federico su voz más alta, protagonizó un encontronazo en los predios de la crítica literaria municipal con los defensores a ultranza de la expresión poética acunada en el Siglo de Oro español.
En las amarillentas y apolilladas páginas culturales de la época aún parecen cruzar lanzas Rafael Pérez Morales, eximio dibujante a la vez, y el poeta, periodista y obrero gráfico canario Saturnino Tejera.
Del primero son estas loas a la vez que crónica: “Otra vez aterrizó Lorca entre nosotros. Su trimotor poderoso conmovió la quietud provinciana, levantando un torbellino de hojas en fuga y polvo amarillo. (…) Equipaje: una maleta con una Biblia y una cruz. Y sin sombrero, porque se lo tiró al paisaje más bello del camino. Durante la breve escala se ha reído –con su risa deliciosamente afónica- de los amigos de Marta cuando tomaba champagne junto a la bañadera. (…) En su raid por Cuba se ha saturado de palmeras y de azul. El son oriental le ha emborrachado de ritmos. La mulata criolla le ha hecho zozobrar en un oleaje de curvas”.
Mientras Saturnino, quien firmaba como Tinerfe su columna Pequeños comentarios, “publicaba una nota discordante con el entusiasmado ambiente pueblerino, un artículo de tono abiertamente discrepante”.
La brevedad de las estadías cienfuegueras no le impidieron conocer sus hitos sociales y paisajísticos: el Sanatorio de la Colonia Española, el Castillo de Jagua, el Yatch Club y el roof garden del hotel San Carlos, azotea de la ciudad y escenario de una cena de despedida.
Leyenda al fin, Federico puede aparecérsele todavía a cualquier cienfueguero hecho a las nostalgias y cultor de la mejor poesía escrita en castellano. Quien tenga ojos para ver los queridos espectros del pasado a lo mejor lo avista en el salón principal del Yatch, mientras le saca al piano unos aires andaluces y una nana folclórica, o sentado en la pasarela sobre las aguas, con un tablero encima de las piernas, mientras dibuja y escribe.
Florentino Morales, quien me ahorró varias horas de investigación para alzar esta columna, comentó hace 34 años en la santaclareña revista Signos el pesar que le atormentaba por la pérdida de algunas fichas con poemas de Federico publicados en la prensa local y luego ausentes en sus Obras Completas editadas por la Casa Aguilar.
Existía para Floren la posibilidad de que aquellas rimas escurridizas hubieran sido escritas en la pasarela del CYC. La bahía de telón de fondo, las alas de una gaviota dibujando la sorpresa, y una muchacha con piel de magnolias secas disfrazada de musa.
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domingo 17 de enero de 2010
Un western cienfueguero: la cacería del Congo Suárez
El teniente Gervasio López Cano le arrebató el fusil Winchester a unos de sus soldados, afinó la puntería y el hombre acorralado contra una estiba de polines cayó fulminado. El último proyectil de la balacera iniciada cinco minutos antes le había partido el corazón. Aunque ya para entonces su cuerpo era una piltrafa humana.
Fue la escena final de la película del Oeste cuyo rodaje los cienfuegueros pudieron presenciar en vivo cerca de las cuatro de la tarde del 1 de febrero de 1927, con la salvedad de que el libreto no tuvo un ápice de ficción.
Ocurrió por donde la calle Santa Cruz, tras cruzar Arango rumbo a la bahía, deja de serlo para convertirse en callejón. En la actualidad tal espacio se conoce como La Carbonera.
Por allí estaban los almacenes de madera de Castaño y cerca un muellecito que Fermín López García había elegido como Plan B para intentar una escapada, otra más, en caso de fallar el atraco de aquel martes infausto.
El nombre del muerto no decía mucho al público de la época, pero cuando Radio Bemba corrió la noticia y los detalles de la cacería comenzaron a engordar el suceso, la ciudad entera conoció el final del bandido apodado Congo Suárez. Aunque a él le gustaba más que el mote adquirido en la infancia, el de El Rey de Las Villas, ganado a punta de revólveres.
Desde hacía varios meses la Guardia Rural de Cienfuegos seguía la pista del Congo, tras tener conocimiento de una incursión del temerario en la ciudad, a mediados del año anterior. Parece que en ese interín el hombre logró salir de la Isla y luego de una breve estancia en Cayo Hueso retornó al territorio central para darle continuidad a su saga de bandolero
La operación que culminó con la captura de su cadáver debió ocurrir un día antes, el 31 de enero, pero finalmente el salteador no se presentó en el sitio escogido para dar el golpe, la consulta del médico cirujano Manuel E. Altuna y Frías, en la calle de San Fernando, entre Gacel y Prado, acera norte.
Emboscadas en la barca de la finca San Mateo y otros parajes del territorio a cargo del Puesto de Guaos, en las proximidades del recién estrenado cementerio Tomás Acea y en la quincallería La Complaciente, en la misma cuadra citada en el párrafo anterior, estaban dispuestas por la Rural, a todas luces puesta en aviso por alguien a quien le convendría sacar del juego al guajiro fuera de la ley.
Quien si estaba ajeno al curso de los acontecimientos en marcha era el galeno de origen trinitario y cercano a las seis décadas de vida. Diversas fuentes apuntarían después que el propósito del Congo al presentarse en su gabinete casi al final de la jornada de labor, cuatro menos cuarto de la tarde, era secuestrar al doctor Altuna y luego exigir un rescate de diez mil pesos.
Otras versiones indicarían que aquejado de una enfermedad venérea, el forajido asistía en busca de tratamiento.
Su olfato para el peligro, bien entrenado desde que debutara en las lides del bandidismo, a instancias de políticos que necesitaban de tipos bragados como él, le falló esta vez. Lejos estuvo de identificar El Congo al chauffeur que mecaniqueaba un fotingo Ford en las cercanías de la residencia de Altuna con el oficial dispuesto a darle caza.
En cuanto el bandolero, tocado con sombrero de pajilla y tras la frágil máscara de unas gafas de carey, cayó en la celada, comenzó el primer fotograma del western. López Cano casi acompañó el “alza las manos” con un disparo que impactó al Congo, quien cayó al piso, herido en una pierna. Pero al instante se levantó e inició una huida por azoteas y tejados que le llevó, atravesando la manzana, a bajar por la calle Gacel cerca de San Carlos, donde un poste del tendido eléctrico le sirvió para anclar en tierra. En la sala de espera de la consulta quedaron las huellas de ocho impactos de bala, dos sillas rotas y una pareja de pacientes aterrorizada.
Tomó por San Carlos con un puñal a la cintura y un revólver en cada mano, como si fuera la encarnación extrafílmica de Tom Mix y encañonó a Indalecio Reyes, primer fotinguero de alquiler que se le puso a tiro:
Como si fueran piezas de ajedrez jugando a vida y muerte sobre el damero de la ciudad vieja, el prófugo y sus rastreadores también motorizados desandaron a continuación De Clouet, Santa Elena, Velasco y Santa Cruz hasta arribar al Paseo de Arango, donde el fugitivo echó pie en tierra y buscó la escapatoria por vía marítima.
Entre las pertenencias ocupadas al cuerpo baleado del Rey de Las Villas sólo había cuatro proyectiles. Quien sabe si el último la tenía reservado para él. La posibilidad queda en el terreno de la hipótesis literaria para bien de la leyenda. Pero el Winchester que López Cano le arrebató al soldado Emiliano Albelo disparó primero y con absoluta puntería.
A la diez de la noche cuatro pequeños cirios ofrecían la única señal de piedad humana ante el cadáver ensangrentado y pálido, tendido sobre una parihuela en la sala de autopsias del cementerio de Reina. Los periódicos contaron al menos 500 personas que desfilaron por el lugar, aunque sólo dos mujeres velaron el alma en pena del Congo Suárez durante toda la jornada nocturna.
Varias fotos del cadáver fueron exhibidas a manera de trofeo por los escaparates comerciales de la ciudad. La autopsia hablaría en su lenguaje de escalpelo: además del corazón partido a la mitad, al malo de la película le habían destrozado un riñón y un pulmón. En total, media docena de heridas. Cuatro de calibre 38, una de 45 y la conclusiva del Winchester.
Fue la escena final de la película del Oeste cuyo rodaje los cienfuegueros pudieron presenciar en vivo cerca de las cuatro de la tarde del 1 de febrero de 1927, con la salvedad de que el libreto no tuvo un ápice de ficción.
Ocurrió por donde la calle Santa Cruz, tras cruzar Arango rumbo a la bahía, deja de serlo para convertirse en callejón. En la actualidad tal espacio se conoce como La Carbonera.
Por allí estaban los almacenes de madera de Castaño y cerca un muellecito que Fermín López García había elegido como Plan B para intentar una escapada, otra más, en caso de fallar el atraco de aquel martes infausto.
El nombre del muerto no decía mucho al público de la época, pero cuando Radio Bemba corrió la noticia y los detalles de la cacería comenzaron a engordar el suceso, la ciudad entera conoció el final del bandido apodado Congo Suárez. Aunque a él le gustaba más que el mote adquirido en la infancia, el de El Rey de Las Villas, ganado a punta de revólveres.
Desde hacía varios meses la Guardia Rural de Cienfuegos seguía la pista del Congo, tras tener conocimiento de una incursión del temerario en la ciudad, a mediados del año anterior. Parece que en ese interín el hombre logró salir de la Isla y luego de una breve estancia en Cayo Hueso retornó al territorio central para darle continuidad a su saga de bandolero
La operación que culminó con la captura de su cadáver debió ocurrir un día antes, el 31 de enero, pero finalmente el salteador no se presentó en el sitio escogido para dar el golpe, la consulta del médico cirujano Manuel E. Altuna y Frías, en la calle de San Fernando, entre Gacel y Prado, acera norte.
Emboscadas en la barca de la finca San Mateo y otros parajes del territorio a cargo del Puesto de Guaos, en las proximidades del recién estrenado cementerio Tomás Acea y en la quincallería La Complaciente, en la misma cuadra citada en el párrafo anterior, estaban dispuestas por la Rural, a todas luces puesta en aviso por alguien a quien le convendría sacar del juego al guajiro fuera de la ley.
Quien si estaba ajeno al curso de los acontecimientos en marcha era el galeno de origen trinitario y cercano a las seis décadas de vida. Diversas fuentes apuntarían después que el propósito del Congo al presentarse en su gabinete casi al final de la jornada de labor, cuatro menos cuarto de la tarde, era secuestrar al doctor Altuna y luego exigir un rescate de diez mil pesos.
Otras versiones indicarían que aquejado de una enfermedad venérea, el forajido asistía en busca de tratamiento.
Su olfato para el peligro, bien entrenado desde que debutara en las lides del bandidismo, a instancias de políticos que necesitaban de tipos bragados como él, le falló esta vez. Lejos estuvo de identificar El Congo al chauffeur que mecaniqueaba un fotingo Ford en las cercanías de la residencia de Altuna con el oficial dispuesto a darle caza.
En cuanto el bandolero, tocado con sombrero de pajilla y tras la frágil máscara de unas gafas de carey, cayó en la celada, comenzó el primer fotograma del western. López Cano casi acompañó el “alza las manos” con un disparo que impactó al Congo, quien cayó al piso, herido en una pierna. Pero al instante se levantó e inició una huida por azoteas y tejados que le llevó, atravesando la manzana, a bajar por la calle Gacel cerca de San Carlos, donde un poste del tendido eléctrico le sirvió para anclar en tierra. En la sala de espera de la consulta quedaron las huellas de ocho impactos de bala, dos sillas rotas y una pareja de pacientes aterrorizada.
Tomó por San Carlos con un puñal a la cintura y un revólver en cada mano, como si fuera la encarnación extrafílmica de Tom Mix y encañonó a Indalecio Reyes, primer fotinguero de alquiler que se le puso a tiro:
Como si fueran piezas de ajedrez jugando a vida y muerte sobre el damero de la ciudad vieja, el prófugo y sus rastreadores también motorizados desandaron a continuación De Clouet, Santa Elena, Velasco y Santa Cruz hasta arribar al Paseo de Arango, donde el fugitivo echó pie en tierra y buscó la escapatoria por vía marítima.
Entre las pertenencias ocupadas al cuerpo baleado del Rey de Las Villas sólo había cuatro proyectiles. Quien sabe si el último la tenía reservado para él. La posibilidad queda en el terreno de la hipótesis literaria para bien de la leyenda. Pero el Winchester que López Cano le arrebató al soldado Emiliano Albelo disparó primero y con absoluta puntería.
A la diez de la noche cuatro pequeños cirios ofrecían la única señal de piedad humana ante el cadáver ensangrentado y pálido, tendido sobre una parihuela en la sala de autopsias del cementerio de Reina. Los periódicos contaron al menos 500 personas que desfilaron por el lugar, aunque sólo dos mujeres velaron el alma en pena del Congo Suárez durante toda la jornada nocturna.
Varias fotos del cadáver fueron exhibidas a manera de trofeo por los escaparates comerciales de la ciudad. La autopsia hablaría en su lenguaje de escalpelo: además del corazón partido a la mitad, al malo de la película le habían destrozado un riñón y un pulmón. En total, media docena de heridas. Cuatro de calibre 38, una de 45 y la conclusiva del Winchester.
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Día de fieles

Para la próxima Feria Internacional del Libro, el mes entrante, la editorial Mecenas, de Cienfuegos, debe poner a la venta mi primera novela, Día de fieles. Catalogada dentro del género negro, la trama tiene lugar en la ciudad imaginaria de Jaguápolis. El argumento no se los puedo adelantar, pero sí la portada del tomito, obra de mi colega Manuel “Maluco” Villafaña, un artífice de la síntesis gráfica.
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domingo 13 de diciembre de 2009
Las horas cienfuegueras de Gabriela Mistral
Si el dramaturgo español Jacinto Benavente llegó a Cienfuegos en el mismo año de su Premio Nobel de Literatura, 1922, la poetisa chilena Gabriela Mistral dejó sus huellas en esta ciudad casi tres lustros antes de que en su persona Latinoamérica accediera por primera vez a la fastuosa ceremonia de Estocolmo.
El año de 1931 estaba casi en su Ecuador cuando la autora de Sonetos de la muerte y Desolación, dejó alelado el auditorio de maestros y liceístas que repletaba el cine Luisa con su conferencia “La lengua de Martí”.
Un cronista local reconocería al día siguiente -30 de junio- los valores de aquella disertación que, de estar de moda entonces la palabreja, si podía calificarse de magistral, como tantas de nuestros días, meras charlas cargadas de didactismo o propias para neófitos entusiastas.
En la tribuna cedida por el Ateneo de Cienfuegos el verbo de la escritora que prefería ser reconocida como maestra rural dibujó el Martí más humano posible. Como si la bajara de su pedestal en la antigua Plaza Mayor. Y todo el tiempo como si le hablara a un grupo de sus primeros alumnos en la Escuela de la Compañía Baja en La Serena, cuando apenas era una quinceañera y aún respondía por el extenso nombre de Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayata.
De verdaderamente original calificó el estilo literario del padre del Ismaelillo, oportunos y justificados los neologismos, pulcra la sintaxis, limpio y puro el léxico abrillantado por el fondo expresivo y portentoso de sus ideas.
“No estuve en su fiesta, pero a través de las lecturas me compenetré con su palabra de oro de 48 kilates, que no tenía las iras de los tribunos fogosos y deslumbrantes a fuerza de elevar el tono, sino la frase persuasiva del evangelista, del guiador de multitudes… Martí convencía, no epataba. Atraía con su verbo sin igual, no lanzaba al espacio pirotecnias artificiales”, reseñó la gracia de aquel orfebre del vocablo en castellano.
Acerca del hombre político que ganaría grados de Apóstol, apuntó que como tal “hacía su guerra diferente a todo el mundo. Su guerra era casi paradójica. Recurrió a ella por una necesidad extrema, pero lejos de predicar la barbarie en la tragedia del exterminio, guiaba a las masas a levantar una montaña de esfuerzos para hacer comprender al opresor que ellos tenían el derecho y había que hacerles justicia”.
“En fin, dijo de Martí lo que sinceramente nunca oímos nunca que alguien dijera”, reconoció la reseña periodística.
Tras cenar con un grupo de pedagogas perlasureñas en el roof del hotel San Carlos, donde se hospedaba, las obsequió con otra conferencia privada hasta la medianoche. El tema fue el autodidactismo. Temprano en la mañana del siguiente día tomó el tren a La Habana.
Pasarían siete años y medio para que la Mistral adornara de nuevo otra sociedad cienfueguera con las galas de su palabra, de lento acento andino. Esta vez le correspondió el honor al Lyceum Femenino, que la noche del 12 de diciembre de 1938 le abrió las puertas de su sede social, inaugurada el 13 de mayo de 1933 en la esquina de Prado y Santa Clara.
Homenaje a Gabriela Mistral, la más grande mujer de América, estimulaba el programa del acto en el cual la poetisa aludió a su propia creación literaria. El festejo incluyó a la Banda Municipal en la interpretación de los himnos nacionales de Cuba y Chile y jovencitas cienfuegueras que cantaron y declamaron los versos de quien conjugó en su inmortal seudónimo los nombres de sus paradigmas poéticos, el italiano Grabiele D’Annunzio y el francés Frédéric Mistral.
“Linda paciencia la de ustedes al escucharme por tan largo rato (hora y media) sin cansarme. Pasen todos buenas noches y reciban mis gracias más cariñosas”, se despidió del auditorio feminista. Un día después enrumbó hacia la “silente y vetusta Trinidad”, al decir del más cotizado cronista social del momento.
Pero antes, en el preámbulo de la cena, Zoila Rosa López de Rumbaut logró entrevistarla para La Correspondencia. Por aquellas declaraciones publicadas seis días más tarde sabemos de la religiosidad de la maestra-escritora: “Cristiana y casi católica, pero sin odios a las demás formas de creencias, con tal de que sean sinceras y ayuden a la purificación del mundo”. También de género favorito y escuela poética: “Tal vez la poesía de niños, luego la folclórica. Los clásicos y por contraste lo popular. Leo con interés lo que hacen los mozos”.
Sobre sistemas más útiles en materia escolar optó por el de Drecoly, “pero tenemos que crear ¡por fin! una escuela latinoamericana”. Su filiación política entretejía algunas ideas de la izquierda con otras tradicionalistas y a su gusto un gobierno ideal debía sustentarse sobre la base de los Gremios Medievales Reformados.
Cuando las primeras planas de los diarios cienfuegueros del 10 de enero de 1957 mencionaron a la Premio Nobel de 1945 fue para referirse al hecho de la pérdida irreparable que acaban de sufrir las letras latinoamericanas. Esa madrugada, a las 4:17 para un diario, 28 minutos más tarde según el otro, las fuerzas malignas del cáncer detuvieron para siempre el corazón de la lírica chilena en el hospital de Hempstead, Long Island, Nueva York.
El año de 1931 estaba casi en su Ecuador cuando la autora de Sonetos de la muerte y Desolación, dejó alelado el auditorio de maestros y liceístas que repletaba el cine Luisa con su conferencia “La lengua de Martí”.
Un cronista local reconocería al día siguiente -30 de junio- los valores de aquella disertación que, de estar de moda entonces la palabreja, si podía calificarse de magistral, como tantas de nuestros días, meras charlas cargadas de didactismo o propias para neófitos entusiastas.
En la tribuna cedida por el Ateneo de Cienfuegos el verbo de la escritora que prefería ser reconocida como maestra rural dibujó el Martí más humano posible. Como si la bajara de su pedestal en la antigua Plaza Mayor. Y todo el tiempo como si le hablara a un grupo de sus primeros alumnos en la Escuela de la Compañía Baja en La Serena, cuando apenas era una quinceañera y aún respondía por el extenso nombre de Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayata.
De verdaderamente original calificó el estilo literario del padre del Ismaelillo, oportunos y justificados los neologismos, pulcra la sintaxis, limpio y puro el léxico abrillantado por el fondo expresivo y portentoso de sus ideas.
“No estuve en su fiesta, pero a través de las lecturas me compenetré con su palabra de oro de 48 kilates, que no tenía las iras de los tribunos fogosos y deslumbrantes a fuerza de elevar el tono, sino la frase persuasiva del evangelista, del guiador de multitudes… Martí convencía, no epataba. Atraía con su verbo sin igual, no lanzaba al espacio pirotecnias artificiales”, reseñó la gracia de aquel orfebre del vocablo en castellano.
Acerca del hombre político que ganaría grados de Apóstol, apuntó que como tal “hacía su guerra diferente a todo el mundo. Su guerra era casi paradójica. Recurrió a ella por una necesidad extrema, pero lejos de predicar la barbarie en la tragedia del exterminio, guiaba a las masas a levantar una montaña de esfuerzos para hacer comprender al opresor que ellos tenían el derecho y había que hacerles justicia”.
“En fin, dijo de Martí lo que sinceramente nunca oímos nunca que alguien dijera”, reconoció la reseña periodística.
Tras cenar con un grupo de pedagogas perlasureñas en el roof del hotel San Carlos, donde se hospedaba, las obsequió con otra conferencia privada hasta la medianoche. El tema fue el autodidactismo. Temprano en la mañana del siguiente día tomó el tren a La Habana.
Pasarían siete años y medio para que la Mistral adornara de nuevo otra sociedad cienfueguera con las galas de su palabra, de lento acento andino. Esta vez le correspondió el honor al Lyceum Femenino, que la noche del 12 de diciembre de 1938 le abrió las puertas de su sede social, inaugurada el 13 de mayo de 1933 en la esquina de Prado y Santa Clara.
Homenaje a Gabriela Mistral, la más grande mujer de América, estimulaba el programa del acto en el cual la poetisa aludió a su propia creación literaria. El festejo incluyó a la Banda Municipal en la interpretación de los himnos nacionales de Cuba y Chile y jovencitas cienfuegueras que cantaron y declamaron los versos de quien conjugó en su inmortal seudónimo los nombres de sus paradigmas poéticos, el italiano Grabiele D’Annunzio y el francés Frédéric Mistral.
“Linda paciencia la de ustedes al escucharme por tan largo rato (hora y media) sin cansarme. Pasen todos buenas noches y reciban mis gracias más cariñosas”, se despidió del auditorio feminista. Un día después enrumbó hacia la “silente y vetusta Trinidad”, al decir del más cotizado cronista social del momento.
Pero antes, en el preámbulo de la cena, Zoila Rosa López de Rumbaut logró entrevistarla para La Correspondencia. Por aquellas declaraciones publicadas seis días más tarde sabemos de la religiosidad de la maestra-escritora: “Cristiana y casi católica, pero sin odios a las demás formas de creencias, con tal de que sean sinceras y ayuden a la purificación del mundo”. También de género favorito y escuela poética: “Tal vez la poesía de niños, luego la folclórica. Los clásicos y por contraste lo popular. Leo con interés lo que hacen los mozos”.
Sobre sistemas más útiles en materia escolar optó por el de Drecoly, “pero tenemos que crear ¡por fin! una escuela latinoamericana”. Su filiación política entretejía algunas ideas de la izquierda con otras tradicionalistas y a su gusto un gobierno ideal debía sustentarse sobre la base de los Gremios Medievales Reformados.
Cuando las primeras planas de los diarios cienfuegueros del 10 de enero de 1957 mencionaron a la Premio Nobel de 1945 fue para referirse al hecho de la pérdida irreparable que acaban de sufrir las letras latinoamericanas. Esa madrugada, a las 4:17 para un diario, 28 minutos más tarde según el otro, las fuerzas malignas del cáncer detuvieron para siempre el corazón de la lírica chilena en el hospital de Hempstead, Long Island, Nueva York.
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viernes 4 de diciembre de 2009
Quinta La Palma: Un vergel en las nieblas de la nostalgia
Lástima que la quinta La Palma sólo exista en unas centenarias fotos y quizá en la memoria de alguien muy pero muy viejo.
Porque de pervivir, aquel vergel al borde del camino hacia El Junco le daría tantos kilates a la Perla como la bahía, la fortaleza, el paseo más largo o los atardeceres que se pintan únicos más allá de las rojas tierras de Juraguá.
Aquel jardín botánico en miniatura fue obra de la pasión del cienfueguero Emilio Fernández Cavada y Houard, el hermano mayor de los generales mambises y mártires de la Independencia, Federico y Adolfo.
A diferencia de quienes también habitaron luego el vientre de doña Emilie Houard, Emilio dedicó sus existencia a los negocios, en lo fundamental azucareros, y compartió su amores entre su ciudad natal y Filadelfia, cuna de su progenitora.
Poco después que el santanderino de 36 años Isidoro Fernández Cavada y Díaz de la Campa la dejara viuda en Cienfuegos el 5 de mayo de 1838, la madre partió con los tres críos hacia Filadelfia. En la capital del estado de Pennsylvania volvería a casarse, con el banquero Samuel Dutton, y allí esperó por la muerte en 1904, a sus 98 años. Era la hija de Louis Houard y Margilly, un francés de Verdonet que en 1826 se desempeñó como el primer comisario de policía en la Colonia Fernandina de Jagua.
Ciudadanos estadounidenses en virtud del origen de Emilie Houard, Federico y Adolfo cruzaron armas del lado federal en la Guerra de Secesión del país norteño (1861-65), y en el período anterior a febrero del 69 cuando formaron parte del alzamiento con que los villareños secundaron a Céspedes, ocuparon cargos en el servicio consular de los Estados Unidos. El primero en Trinidad de Cuba, como se decía entonces, y el segundo en su villa natal.
Aunque Emilio no empuñó el machete libertador, la historia registra su generosidad económica en auxilio de las expediciones que venían a la Isla a pertrechar al ejército mambí.
Mientras, el primogénito de Isidoro Fernández Cavada formaba familia en 1857 con doña Inés Suárez del Villar, hija de una reputada familia cienfueguera. Por esa época adquirió los terrenos donde fomentaría la quinta La Palma. Y cuenta la crónica local que en 1862, a solicitud del gobernador Don José de la Pezuela, trajo los dos leones de mármol que hoy custodian la entrada del parque Martí, primeras esculturas en el mobiliario urbano de la villa de Cienfuegos.
A la muerte de su madre, Don Emilio, cuya luenga barba blanca le confería ya imagen de patriarca venerado, liquidó sus negocios en Filadelfia y se asentó definitivamente en Cienfuegos, donde terminaría sus días el primero de septiembre de 1914. Las notas necrológicas de los diarios perlasureños resaltaron su condición de miembro corresponsal de la Real Academia de Floricultura de Londres.
Su última década de existencia lo encontró dedicado al fomento y conservación de las especies de la flora y la fauna que atesoraba La Palma, labor en la que lo auxilió el cuarto de sus seis hijos, quien además llevaba su nombre.
En el año 2007, en ocasión del siglo y medio del casamiento de Don Emilio y Doña Inés, Fernando Fernández Cavada y París, conde de la Vega del Pozo, publicó un folleto profusamente ilustrado con fotos tomadas en 1907 al celebrarse las Bodas de Oro de sus bisabuelos.
La muestra gráfica recoge para siempre la existencia de aquel reino de la clorofila, que fiel a su nombre llegó a atesorar una colección de 225 especies de palmeras, una de las cuales de presunto origen en Madagascar recibió el nombre de Cabada (sic).
Una casona de dos niveles, con balcón de madera en el segundo y techumbre de tejas, era el núcleo de la quinta. Una planta sembrada dentro de un enorme macetero de hierro traído de Estados Unidos marcaba el inicio de la vía de acceso a la propiedad desde el camino viejo de El Junco.
La represa donde nadaban en democracia aristocráticos cisnes y criollos patos, más gansos y flamencos, parecía un paisaje clonado del mismísimo Paraíso. Tendidos sobre el estanque había varios puentecillos de madera, y aledaña al espejo de agua se levantaba la casa de baños, una piscina techada sobre al cual se derramaba una cascada. Kioscos, pérgolas y jaulas para animales exóticos complementaban la escenografía del oasis.
Aunque pasaba largas temporadas en la quinta, la residencia oficial de la familia era la casona de la calle San Fernando, número 156, donde desde hace varias décadas radica el restaurante La Verja. En ese lugar, donado a Louis Houard por el fundador De Clouet, Isidoro Fernández Cavada levantó el primer hogar de la familia. Allí, en la vivienda luego reformada por él, velaron el cuerpo de Don Emilio, quien según la prensa falleció en la casa veraniega que también tenía, en Punta Gorda.
Doña Inés sobrevivió a su esposo hasta 1926. A su muerte los hijos no lograron ponerse de acuerdo sobre el destino de La Palma. La opción de donarla a la Universidad de Pennsylvania, defendida por Emilio y Fernando, no logró prosperar. Finalmente fue repartida entre los cuatro herederos varones. Aquella partición testamentaria fue el principio del fin.
Durante sus años de esplendor la quinta hospedó entre otras celebridades al gobernador militar yanqui Leonard Word (1899-1902), a sus compatriotas el millonario John Jacob Astor, luego fallecido en la catástrofe del Titanic, y Ransom E. Olds, fundador de la Compañía Oldsmobile. También durmieron allí la actriz inglesa Dame Ellen Terry y Adelina Patti, considerada la mejor soprano del mundo.
El único vestigio de La Palma que permanece en pie es El Fuerte, edificación militar en forma de cilindro que preside una pequeña ondulación del terreno a la vera del camino hacia El Junco. Desde una de sus aspilleras quién sabe si el espíritu del patriarca de luenga barba aún otee las nieblas de la nostalgia.
Porque de pervivir, aquel vergel al borde del camino hacia El Junco le daría tantos kilates a la Perla como la bahía, la fortaleza, el paseo más largo o los atardeceres que se pintan únicos más allá de las rojas tierras de Juraguá.
Aquel jardín botánico en miniatura fue obra de la pasión del cienfueguero Emilio Fernández Cavada y Houard, el hermano mayor de los generales mambises y mártires de la Independencia, Federico y Adolfo.
A diferencia de quienes también habitaron luego el vientre de doña Emilie Houard, Emilio dedicó sus existencia a los negocios, en lo fundamental azucareros, y compartió su amores entre su ciudad natal y Filadelfia, cuna de su progenitora.
Poco después que el santanderino de 36 años Isidoro Fernández Cavada y Díaz de la Campa la dejara viuda en Cienfuegos el 5 de mayo de 1838, la madre partió con los tres críos hacia Filadelfia. En la capital del estado de Pennsylvania volvería a casarse, con el banquero Samuel Dutton, y allí esperó por la muerte en 1904, a sus 98 años. Era la hija de Louis Houard y Margilly, un francés de Verdonet que en 1826 se desempeñó como el primer comisario de policía en la Colonia Fernandina de Jagua.
Ciudadanos estadounidenses en virtud del origen de Emilie Houard, Federico y Adolfo cruzaron armas del lado federal en la Guerra de Secesión del país norteño (1861-65), y en el período anterior a febrero del 69 cuando formaron parte del alzamiento con que los villareños secundaron a Céspedes, ocuparon cargos en el servicio consular de los Estados Unidos. El primero en Trinidad de Cuba, como se decía entonces, y el segundo en su villa natal.
Aunque Emilio no empuñó el machete libertador, la historia registra su generosidad económica en auxilio de las expediciones que venían a la Isla a pertrechar al ejército mambí.
Mientras, el primogénito de Isidoro Fernández Cavada formaba familia en 1857 con doña Inés Suárez del Villar, hija de una reputada familia cienfueguera. Por esa época adquirió los terrenos donde fomentaría la quinta La Palma. Y cuenta la crónica local que en 1862, a solicitud del gobernador Don José de la Pezuela, trajo los dos leones de mármol que hoy custodian la entrada del parque Martí, primeras esculturas en el mobiliario urbano de la villa de Cienfuegos.
A la muerte de su madre, Don Emilio, cuya luenga barba blanca le confería ya imagen de patriarca venerado, liquidó sus negocios en Filadelfia y se asentó definitivamente en Cienfuegos, donde terminaría sus días el primero de septiembre de 1914. Las notas necrológicas de los diarios perlasureños resaltaron su condición de miembro corresponsal de la Real Academia de Floricultura de Londres.
Su última década de existencia lo encontró dedicado al fomento y conservación de las especies de la flora y la fauna que atesoraba La Palma, labor en la que lo auxilió el cuarto de sus seis hijos, quien además llevaba su nombre.
En el año 2007, en ocasión del siglo y medio del casamiento de Don Emilio y Doña Inés, Fernando Fernández Cavada y París, conde de la Vega del Pozo, publicó un folleto profusamente ilustrado con fotos tomadas en 1907 al celebrarse las Bodas de Oro de sus bisabuelos.
La muestra gráfica recoge para siempre la existencia de aquel reino de la clorofila, que fiel a su nombre llegó a atesorar una colección de 225 especies de palmeras, una de las cuales de presunto origen en Madagascar recibió el nombre de Cabada (sic).
Una casona de dos niveles, con balcón de madera en el segundo y techumbre de tejas, era el núcleo de la quinta. Una planta sembrada dentro de un enorme macetero de hierro traído de Estados Unidos marcaba el inicio de la vía de acceso a la propiedad desde el camino viejo de El Junco.
La represa donde nadaban en democracia aristocráticos cisnes y criollos patos, más gansos y flamencos, parecía un paisaje clonado del mismísimo Paraíso. Tendidos sobre el estanque había varios puentecillos de madera, y aledaña al espejo de agua se levantaba la casa de baños, una piscina techada sobre al cual se derramaba una cascada. Kioscos, pérgolas y jaulas para animales exóticos complementaban la escenografía del oasis.
Aunque pasaba largas temporadas en la quinta, la residencia oficial de la familia era la casona de la calle San Fernando, número 156, donde desde hace varias décadas radica el restaurante La Verja. En ese lugar, donado a Louis Houard por el fundador De Clouet, Isidoro Fernández Cavada levantó el primer hogar de la familia. Allí, en la vivienda luego reformada por él, velaron el cuerpo de Don Emilio, quien según la prensa falleció en la casa veraniega que también tenía, en Punta Gorda.
Doña Inés sobrevivió a su esposo hasta 1926. A su muerte los hijos no lograron ponerse de acuerdo sobre el destino de La Palma. La opción de donarla a la Universidad de Pennsylvania, defendida por Emilio y Fernando, no logró prosperar. Finalmente fue repartida entre los cuatro herederos varones. Aquella partición testamentaria fue el principio del fin.
Durante sus años de esplendor la quinta hospedó entre otras celebridades al gobernador militar yanqui Leonard Word (1899-1902), a sus compatriotas el millonario John Jacob Astor, luego fallecido en la catástrofe del Titanic, y Ransom E. Olds, fundador de la Compañía Oldsmobile. También durmieron allí la actriz inglesa Dame Ellen Terry y Adelina Patti, considerada la mejor soprano del mundo.
El único vestigio de La Palma que permanece en pie es El Fuerte, edificación militar en forma de cilindro que preside una pequeña ondulación del terreno a la vera del camino hacia El Junco. Desde una de sus aspilleras quién sabe si el espíritu del patriarca de luenga barba aún otee las nieblas de la nostalgia.
martes 24 de noviembre de 2009
Apertura del estadio Trinidad y Hermanos
Los terrenos del viejo Aida Park estaban como dejados de la mano de Dios y hacía rato el béisbol cienfueguero clamaba por una nueva instalación que prestigiara el pasatiempo nacional en la Perla del Sur.
Tal empeño encontró oídos receptivos en los empresarios deportivos Luis Oliver y Francisco Curbelo, quienes contando con el patrocinio de una marca cigarrera asentada en Ranchuelo estrenaron en los propios predios del AP el estadio beisbolero Trinidad y Hermanos, el domingo 11 de abril de 1937.
Florencio Morejón Vale figuró como proyectista y ejecutor de la instalación, cuya portada fue realizada por Miguel Lamoglia.
El alcalde Armando Aguilar tuvo a su cargo el lanzamiento de la primera bola, también en sentido literal si nos atenemos a la reseña de las planas deportivas, a la una y media de la tarde, previo al doble juego entre el team anfitrión de la casa comercial Estany y el capitalino Cubanaleco.
Unos tres mil fanáticos presenciaron la ceremonia inaugural, que se completó con la entrega a Amado Trinidad de un álbum firmado por cinco mil cienfuegueros como gesto de agradecimiento. El industrial ranchuelero se llevó también una ovación de cinco minutos a cargo del respetable.
En el primero de un doble header los eléctricos del Cubanaleco, dirigidos por el veterano Lopito, dejaron con las ganas a la fanaticada local tras vencer al Estany cinco carreras por dos. Destacó al bate el doctor Porfirio Espinosa, que en cinco viajes al plato conectó cuatro de los seis imparables de la visita.
El desquite del club armado por el señor Manolo Solarana y dirigido por Tito González cuajó en el partido del cierre, cuando la novena anfitriona contó con los servicios desde el box de un hurler casi desconocido en estos lares, a quien los cronistas mal identificaban como Ernesto Marrero, alias Laberinto.
Quien llegaría a ser una gloria del béisbol cubano pintó de blanco (5-0) a los visitantes, que vinieron a Cienfuegos con la misma formación que dentro de dos semanas iniciaría su participación en la Liga Nacional de la Unión Atlética Amateur (UAA). El sagüero permitió tres sencillos a la tanda rival: de Benitín Gómez en el sexto, del catcher Cabrera en el octavo y de Espinosa a la hora de recoger los bates.
Valga apuntar que para entonces el Estany contaba en su palmarés con el título de campeón de la provincia de Las Villas y estaba empeñado en lograr su admisión en el seno de la UAA. Conseguido tal propósito, y con el nombre de Cienfuegos y el liderazgo del Guajiro de Laberinto, conquistaría el campeonato de la Liga en el verano de 1941. Pero esa es otra historia.
Cubanaleco, club de la Compañía de Electricidad de La Habana, debutaría el 25 de abril ante el Atlético de Cuba en la apertura de la Liga. Con anterioridad se había presentado en Cienfuegos, pero en el reducido escenario del Colegio de los Maristas. Como gancho en la nómina de los “eléctricos” los diarios señalaban en los días previos a Juan Domínguez, champion pitcher del campeonato cubano.
Entre los detalles que adornaron la crónica de la jornada de apertura destacan las “carreritas” que debieron dar la víspera Oliver y Curbelo para lograr el permiso de la Comisión Nacional de Baseball. Gestiones que valieron la pena, pues nuestros gacetilleros no dudaron en afirmar que esta ciudad contaba ya con el mejor y más cómodo parque deportivo del Interior de la Isla.
Al parecer las pepillas de la época se volvieron loquitas por un jugador visitante, el olímpico José Luis García. El viento en contra aguó la fiesta del jonrón en el doble programa. El Trío de las Aes (los hermanos Fleitas, de Constancia, figuraban en al nómina del Estany. A falta de la Banda Municipal en vivo, el Himno de Bayamo se dejó oír desde los altavoces del carro de propaganda de la Trinidad y Hermanos. La primera bola fue lanzada a la usanza antigua, del box hacia el home plate, pues la “moderna” consistía en enviar la esférica desde el palco de honor al pitcher del home club. A falta de una caseta para llevar el score el anotador. Armando Lamela debió arreglárselas como pudo. Para próximos partidos se hacía necesario suprimir la música. El siguiente domingo aspiraban a contar ya con la pizarra anotadora, de cuyos servicios hubo que prescindir el primer día.
El cronista apodado All Around comentó desde la página séptima de La Correspondencia que la gente de la prensa trabajó bien en la fecha de apertura. “Solamente nos molestaron los fanáticos que personificando al famoso Juan Frenético gritaban a nuestras espaldas y anunciaban sus apuestas a viva voz”.
El domingo 18 los empresarios del Trinidad y Hermanos ofrecieron otro doble programa beisbolero. Esta vez presentó credenciales el Club Reina, formado en la barriada del propio nombre por Candelario González (El Emperador), un reconocido umpire en la pelota cienfueguera. Estrenaron uniformes y contaron con el préstamo de la batería Marrero-Fleitas, pero así y todo perdieron 3-0 y 4-1 frente al Teléfonos capitalino, asiduo competidor en la UAA.
Los resultados dejaron un mal sabor de boca entre el público perlasureño que exigía más paridad para los próximos enfrentamientos.
De tal manera el periodista Ricardo Peña de Armas logró un acuerdo con la Liga Nacional Amateur, el cual estipulaba cada fin de semana la presencia en los terrenos de Oliver y Curbelo del club que tuviera fecha vacante en su Campeonato. Pero eso si, para enfrentar exclusivamente a la Casa Estany.
Tal empeño encontró oídos receptivos en los empresarios deportivos Luis Oliver y Francisco Curbelo, quienes contando con el patrocinio de una marca cigarrera asentada en Ranchuelo estrenaron en los propios predios del AP el estadio beisbolero Trinidad y Hermanos, el domingo 11 de abril de 1937.
Florencio Morejón Vale figuró como proyectista y ejecutor de la instalación, cuya portada fue realizada por Miguel Lamoglia.
El alcalde Armando Aguilar tuvo a su cargo el lanzamiento de la primera bola, también en sentido literal si nos atenemos a la reseña de las planas deportivas, a la una y media de la tarde, previo al doble juego entre el team anfitrión de la casa comercial Estany y el capitalino Cubanaleco.
Unos tres mil fanáticos presenciaron la ceremonia inaugural, que se completó con la entrega a Amado Trinidad de un álbum firmado por cinco mil cienfuegueros como gesto de agradecimiento. El industrial ranchuelero se llevó también una ovación de cinco minutos a cargo del respetable.
En el primero de un doble header los eléctricos del Cubanaleco, dirigidos por el veterano Lopito, dejaron con las ganas a la fanaticada local tras vencer al Estany cinco carreras por dos. Destacó al bate el doctor Porfirio Espinosa, que en cinco viajes al plato conectó cuatro de los seis imparables de la visita.
El desquite del club armado por el señor Manolo Solarana y dirigido por Tito González cuajó en el partido del cierre, cuando la novena anfitriona contó con los servicios desde el box de un hurler casi desconocido en estos lares, a quien los cronistas mal identificaban como Ernesto Marrero, alias Laberinto.
Quien llegaría a ser una gloria del béisbol cubano pintó de blanco (5-0) a los visitantes, que vinieron a Cienfuegos con la misma formación que dentro de dos semanas iniciaría su participación en la Liga Nacional de la Unión Atlética Amateur (UAA). El sagüero permitió tres sencillos a la tanda rival: de Benitín Gómez en el sexto, del catcher Cabrera en el octavo y de Espinosa a la hora de recoger los bates.
Valga apuntar que para entonces el Estany contaba en su palmarés con el título de campeón de la provincia de Las Villas y estaba empeñado en lograr su admisión en el seno de la UAA. Conseguido tal propósito, y con el nombre de Cienfuegos y el liderazgo del Guajiro de Laberinto, conquistaría el campeonato de la Liga en el verano de 1941. Pero esa es otra historia.
Cubanaleco, club de la Compañía de Electricidad de La Habana, debutaría el 25 de abril ante el Atlético de Cuba en la apertura de la Liga. Con anterioridad se había presentado en Cienfuegos, pero en el reducido escenario del Colegio de los Maristas. Como gancho en la nómina de los “eléctricos” los diarios señalaban en los días previos a Juan Domínguez, champion pitcher del campeonato cubano.
Entre los detalles que adornaron la crónica de la jornada de apertura destacan las “carreritas” que debieron dar la víspera Oliver y Curbelo para lograr el permiso de la Comisión Nacional de Baseball. Gestiones que valieron la pena, pues nuestros gacetilleros no dudaron en afirmar que esta ciudad contaba ya con el mejor y más cómodo parque deportivo del Interior de la Isla.
Al parecer las pepillas de la época se volvieron loquitas por un jugador visitante, el olímpico José Luis García. El viento en contra aguó la fiesta del jonrón en el doble programa. El Trío de las Aes (los hermanos Fleitas, de Constancia, figuraban en al nómina del Estany. A falta de la Banda Municipal en vivo, el Himno de Bayamo se dejó oír desde los altavoces del carro de propaganda de la Trinidad y Hermanos. La primera bola fue lanzada a la usanza antigua, del box hacia el home plate, pues la “moderna” consistía en enviar la esférica desde el palco de honor al pitcher del home club. A falta de una caseta para llevar el score el anotador. Armando Lamela debió arreglárselas como pudo. Para próximos partidos se hacía necesario suprimir la música. El siguiente domingo aspiraban a contar ya con la pizarra anotadora, de cuyos servicios hubo que prescindir el primer día.
El cronista apodado All Around comentó desde la página séptima de La Correspondencia que la gente de la prensa trabajó bien en la fecha de apertura. “Solamente nos molestaron los fanáticos que personificando al famoso Juan Frenético gritaban a nuestras espaldas y anunciaban sus apuestas a viva voz”.
El domingo 18 los empresarios del Trinidad y Hermanos ofrecieron otro doble programa beisbolero. Esta vez presentó credenciales el Club Reina, formado en la barriada del propio nombre por Candelario González (El Emperador), un reconocido umpire en la pelota cienfueguera. Estrenaron uniformes y contaron con el préstamo de la batería Marrero-Fleitas, pero así y todo perdieron 3-0 y 4-1 frente al Teléfonos capitalino, asiduo competidor en la UAA.
Los resultados dejaron un mal sabor de boca entre el público perlasureño que exigía más paridad para los próximos enfrentamientos.
De tal manera el periodista Ricardo Peña de Armas logró un acuerdo con la Liga Nacional Amateur, el cual estipulaba cada fin de semana la presencia en los terrenos de Oliver y Curbelo del club que tuviera fecha vacante en su Campeonato. Pero eso si, para enfrentar exclusivamente a la Casa Estany.
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