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sábado, 26 de abril de 2008

Entonces llegó De Clouet

Los 325 años transcurridos entre la ojeada que le echó Colón a la bahía y la mañana fundacional del 22 de abril de 1819 por lo general ocupan unas pocas páginas en las historias de Cienfuegos. Mejor suerte han tenido los estudios arqueológicos en su afán de recomponer el puzzle de la vida aborigen en la comarca de Jagua.
Pero la historia escrita del período 1494-1819 mantiene demasiadas deudas con el lector acucioso.
Hasta donde conozco la posible entrada del Genovés a la bahía, durante su periplo por la costa sur cubana y su consiguiente metedura de pata al pretender inscribir a la ínsula en Tierrafirme, permanece en el terreno de la hipótesis. Aunque las guías turísticas se empeñen en vender al navegante como ingrediente del coctel de atracciones de la Perla del Sur. El escribano Fernán Pérez de Lara, participante en aquella expedición de La Niña o Santa Clara, la Juana y la Cordero, no certificó en sus apuntes de viaje la estadía en Jagua.
Cuando Don Pedro Oliver y Bravo, primer historiador cienfueguero, da cuenta de Colón atravesando el ancho golfo de Jagua en dos días, es de imaginar que la singladura no se refiera al interior de la bahía por muy asmático que fuera el andar de sus otras tres carabelas.
Luego acontecieron sucesos más conocidos en materia de presencia occidental en nuestro ámbito, como la del bojeador Sebastián de Ocampo en 1508 y la del náufrago Alonso de Ojeda dos años más tarde. En 1511 Diego Velázquez concedió una encomienda en el realengo de Auras, sito a orillas del Arimao a fray Bartolomé de Las Casas y Don Pedro de Rentería. El propio Adelantado en 1512 y el conquistador Pánfilo de Narváez (1527), tristemente célebre por la matanza de indios en el caserío camagüeyano de Caonao, dejaron sus nombres en los escuetos apuntes de la protohistoria cienfueguera.
La minería nunca estuvo llamada a ser el fuerte de la economía de esta zona. Tal vez sea la única explicación plausible de que con un marco geográfico tan de lujo no aparezcamos al menos como la octava villa. Oliver y Bravo reseña fallidos intentos de explotaciones mineras en 1560.
Faltó la villa con su iglesia, plaza y cabildo como mandaba la ley hispana, pero pobladores hubo. Así lo atestiguó Alejando Olivier Oexmolin cuando en 1574 visitó el pequeño mar interior y dejó constancia de encontrar poblado sus contornos por varios corraleros. Para 1736 el realengo situado entre las haciendas San Mateo, Urubí y Gavilán y la costa de la bahía fue conferido por el gobierno de la vecina de Trinidad a Don Antonio Pérez Cotilla.
Cuando el ingeniero militar Joseph Tantete termina en 1745 el castillo de Nuestra Señora de los Ángeles de Jagua levanta además una paradoja: una fortaleza para defender una ciudad que nacerá 74 años más tarde. Don Juan Castilla y Cabeza de Vaca, nombrado como primer gobernador de la instalación militar sólo espera al siguiente año para fomentar el ingenio azucarero Nuestra Señora de la Candelaria en tierras del hato de Caunao.
El navío español San Antonio, también conocido como Arrogante, entró a la bahía en 1762 con tropas peninsulares que tenían la misión de socorrer a La Habana sitiada por los ingleses. De paso el capitán obsequió a Castilla con la campana del barco para que la colocara en su ingenio, donde a decir de Oliver aún podía escucharse su repique en 1846, cuando en la imprenta de Don Francisco Murtra vio la luz su Memoria Histórica, Geográfica y Estadística de Cienfuegos.
De 1796 data el paso por estas tierras de una comisión de ingenieros que levantó el plano de la bahía y designó a la península de la Majagua como sitio ideal para asentar una futura población.
Mientras los negros rebeldes fundaban en Haití la primera república al sur del río Grande, en 1804 el brigadier Honorato de Bouyón y su hijo Félix, alférez de navío, fueron comisionados para encontrar un punto en la bahía donde fomentar un astillero. De su estadía lo más anecdótico resultó la tala de la famosa caoba de la hacienda Cartagena. El tronco medía 10 y medio pies de diámetro y luego de aserrado uno de sus tablones fue enviado como presente al Duque de Valois, más tarde Luis Felipe I de Francia.
La existencia del ingenio Candelaria, propiedad entonces de Doña Antonia Guerrero y Hernández, natural de Jagua y esposa del habanero Don Agustín de Santa Cruz y Cabeza de Vaca, el muelle de los Castilla (en La Majagua) por donde exportaban sus azúcares, y la cercanía de los pueblos de Yaguaramas, San Fernando de Camarones y Cumanayagua con sus necesarias interconexiones prueban que en 1819 la comarca ribereña de Jagua estaba pidiendo a gritos que le fundaran una villa.
En eso llegó De Clouet.

sábado, 23 de febrero de 2008

Los restos del Fundador

Va para casi medio siglo que los huesos del Fundador de Cienfuegos esperan por su cristiana segunda sepultura.
La arqueta construida con madera de castaño que contiene los restos del Brigadier de Infantería Don Luis de Clouet y Piettre permanece en el almacén del Museo Provincial, institución que atesora la osamenta desde su fundación en noviembre de 1982.
El único testimonio biológico de la existencia del emprendedor que diera vida a la colonia Fernandina de Jagua, el 22 de abril de 1819, arribó a Cienfuegos a las diez en punto de la mañana del domingo 4 de agosto de 1958. La nave de Cubana de Aviación que los transportó desde La Habana aterrizó en el aeropuerto Jaime González con puntualidad germánica, pero antes el capitán José F. Mato sobrevoló la ciudad por espacio de cinco minutos, oportunidad para que el espíritu volante del precursor observara su mayor obra terrenal desde el límpido cielo de Jagua.
En la losa del aeródromo local las principales autoridades municipales y eclesiásticas cienfuegueras recibieron la arqueta funeraria enviada por el Ayuntamiento de la ciudad española de Córdoba, donde expirara el viejo De Cluet, a causa de una pleuresía, el 16 de junio de 1848.
La iniciativa de traer a su ciudad los restos del Fundador fue expuesta por Bienvenido Rumbaut, presidente del Ateneo de Cienfuegos, el 22 de abril de 1956 en ocasión de las celebraciones por el aniversario 137 del nacimiento de la colonia original.
Secundada por el alcalde de la ciudad, doctor Reinaldo Pino Varas, la idea de la institución cultural tomó cuerpo dos veranos más tarde, auxiliada por la coyuntura de un viaje de vacaciones a la Península del industrial cienfueguero Manuel González Díaz , quien presentó la solicitud del traslado de los huesos patrimoniales ante el alcalde cordobés, Antonio Cruz Conde y Conde.
El regidor principal de la ciudad andaluza autorizó la exhumación de los restos que José María Rey y Díaz, cronista de Córdoba y jefe del Archivo Municipal hizo constar que estaban enterrados en el nicho número 84 del cementerio de Nuestra Señora de La Salud. Así lo atestiguaba la partida de defunción que obraba en el archivo de la parroquia de san Francisco y san Eulogio, folio 187 vto del Libro IX de Defunciones, registrada el 16 de junio de 1848.
La reseña que del homenaje de Cienfuegos a las reliquias orgánicas realizaron tanto La Correspondencia como El Comercio precisa que la urna maderable ribeteada con herrajes dorados fue colocada sobre un armón militar y a los acordes de la pieza fúnebre El Ciprés, interpretada por la Banda Municipal, se inició el cortejo desde la pista del Jaime González.
En la esquina de Colón y Tacón comenzó el desfile público, que luego enrumbó por Prado y después tomó San Carlos para acceder al parque Martí. Una vez allí, en la Roseta del Ateneo, que marca el sitio exacto del acto fundacional, el poeta Florentino Morales, a la sazón vicepresidente del Ateneo, leyó los documentos oficiales expedidos por la alcaldía cordobesa.
A continuación el alcalde Pino Varas pronunció la alocución gubernativa por el acontecimiento. La custodia de los restos le pertenecería al Ateneo de Cienfuegos hasta que estuviera terminado el monumento funerario que por cuestación popular sería erigido en honor al Fundador.
Los actos concluyeron al filo del mediodía dominical con las exequias celebradas por el Obispo de Cienfuegos, monseñor Eduardo Martínez Dalmau, en la Catedral de la Purísima Concepción. La urna fue colocada ante el altar mayor en un túmulo rodeado de seis candelabros, obra artística realizada por la funeraria Pujol y dirigida en persona por su propietario, Juan Antonio Pujol.
En el templo permaneció la osamenta por unos días hasta que fue colocada en una bóveda del banco Trust Company of Cuba, sito en San Carlos, esquina a De Clouet.
Sobre la localización del futuro mausoleo existían varias propuestas, las principales lo situaban en el patio del Ayuntamiento o en áreas del parque Martí. El periodista Roberto González, jefe de redacción de El Comercio, abogó por colocarlo en Prado, entre Castillo y Colón.
Los planes del Ateneo apuntaban a realizar la ceremonia el 22 de abril del siguiente año cuando la ciudad cumpliera 140. Pero 112 días antes el país asistió a un cambio tan trascendental que los nuevos tiempos signaron otras prioridades.
Sin el concurso emprendedor de aquel militar nacido en Nueva Orleáns el 8 de febrero de 1766 Cienfuegos no sería Cienfuegos. Verdad más cierta que el sol. Ya va siendo hora de que la ciudad cumpla con el postrer homenaje que le debe a quien la procreó bajo la sombra de una majagua inmemorial, con el testimonio irrefutable de un acta, la sangre de un palomo y el vuelo de una paloma.