Muchos cienfuegueros patriotas querrían estirar la frontera occidental del territorio con tal de ganar la vieja capitanía matancera del partido Hanábana y poder decir que el niño José Julián Martí dejó sus huellas en nuestra tierra. Jinete a lomos del caballo engordado como si fuera puerco cebón, mientras disponía para la lidia el gallo fino, regalo de don Lucas de Sotolongo que ya valía más de dos onzas.
Ante tal imposible se conforman nuestros amantes de la épica independentista con el paso guerrero del general Antonio entre los cañaverales incinerados en la llanura circundante, y la marca de sus campamentos anteriores y posteriores al genial macheteo de Mal Tiempo: Potrerillo, Mangos de La Flora, La Amalia y El Indio.
La hazaña de la Invasión pronto prendió como semilla naciente en la fértil memoria popular hasta enhebrar los hilos de la historia con los de la leyenda, pero lo que muy pocos hijos de esta ciudad conocían a finales de 1936 era la estadía cienfueguera del hijo de Marcos y Mariana.
Razones habían para el desconocimiento, pero a fin de evitar que el olvido ganara terreno en los años por venir, la séptima mañana de aquel diciembre, cuadragésimo aniversario de la tragedia de San Pedro, la Asociación de Autores y Escritores Antonio Maceo, presidida por Bienvenido Espinosa Morejón, develó la tarja conmemorativa en el sitio que le dio cobijo al mayor general.
Por esa fecha era la fonda Joven China y en la actualidad una cuartería. Pero en noviembre de 1893 el mismo edificio agujereado hoy por los años y las penurias estaba identificado en el catastro de Cienfuegos como hotel La Plata, en la esquina noroeste formada por las calles de Casales y Argüelles.
En el último de sus cuartuchos interiores, el peor ventilado, el más maloliente y en un camastro pésimamente atendido encontró reposo durante algunas noches el cuerpo del héroe de Baraguá, quien hacía de maravillas su papel teatral de viejo mendicante.
Israel Díaz, un joven maestro integrante del grupo intelectual que generó la iniciativa, habló en el acto después que el veterano Antoñico Oviedo develara la pieza de mármol, a continuación bendecida por el obispo Martínez Dalmau.
La tarja había sido adosada a la fachada que da por Casales desde el día 5, y con anterioridad expuesta en las vidrieras de los establecimientos comerciales El Volcán y El Palo Gordo, en las calles de Castillo y San Fernando, respectivamente.
¿Qué hacía El Titán en Cienfuegos en noviembre del 93 y por qué actuaba de manera clandestina? El escritor crucense Raúl Aparicio lo explica en varias páginas de su libro Hombradía de Antonio Maceo.
Entre el 30 de enero y el 30 de agosto de 1890 está fechada su primera presencia en la Isla, luego del fracaso de la Guerra Grande y su posterior salida a Jamaica tras las jornadas amargas que sucedieron al Zanjón, pese al acto viril de los Mangos de Baraguá. Gobernaba el general Salamanca, quien le concedió pasaporte. De esa etapa se recuerda su alojamiento en el habanero hotel Inglaterra y los encuentros con los jóvenes patriotas de la acera del Louvre.
De la capital viajó por ferrocarril a Batabanó y en ese puerto embarcó a Santiago de Cuba, de donde finalmente sería expulsado a Nueva York. Aunque no existen documentos probatorios parece que en el cabotaje por la costa sur tocó en Cienfuegos y contactó aquí con Antoñico Argüelles, uno de los puntales en el proceso organizativo de la guerra necesaria en esta comarca.
Martí lo visitó en Costa Rica y pasaron juntos los siete primeros días de julio de 1893. A la partida del Delegado, Antonio concibe la idea de volver a Cuba, pero esta vez con los documentos de su cuñado Ramón Cabrales. El plan cuaja en la segunda decena de noviembre. En La Habana se esconde en el barrio de San Isidro y sostiene entrevistas con amistades cultivadas tres años antes.
Entre tanto el triángulo Lajas-Cruces-Ranchuelo resulta escenario del levantamiento separatista encabezado por Federico Zayas e Higinio Esquerra. Maceo conoce del hecho por los periódicos habaneros y duda si guarda relación con los planes concebidos junto a Martí en Costa Rica.
Con la policía española tras sus pasos abandona la capital con intenciones de llegar a Oriente, donde cabía la posibilidad de secundar el alzamiento villareño. Para despistar se dirige primero a Cárdenas y a pesar del acoso tiene tiempo de visitar el muelle del desembarco del general Narciso López, jefe de su padre en las fuerzas realistas que perdieron Venezuela ante la espada de Bolívar.
Por ferrocarril viene a Cienfuegos desde la norteña villa matancera, ayudado por los masones de la logia Perseverancia, y aquí, tras la máscara de viejo pordiosero recaba informaciones sobre el descalabro del alzamiento lajero, ajeno a los planes insurreccionales del Partido Revolucionario.
La versión más conocida de sus días cienfuegueros apunta al contacto establecido con Antoñico Argüelles, quien lo encontró en La Plata y al final logró sacarlo del puerto como pasajero de la goleta La Nueva Concha, desde la cual a la altura de Los Cayos (Jardines de la Reina) transbordó a otra embarcación con destino a Jamaica.
Difícil resulta zurcir las costuras de la historia cuando el tiempo diezma a los protagonistas. El 25 de septiembre de 1959 el periodista Roger de Guimerá Font recogió en las páginas de Liberación (antiguo El Comercio) el testimonio de Eduardo Prieto, un anciano negro electricista de profesión, quien se atribuyó el papel de cicerone de Maceo en la escapada por el muelle de Campos. Los detalles de la peripecia, incluido un encuentro fortuito con una pareja de la Guardia Civil, coinciden bastante con los de la versión Argüelles. Como dato novedoso el relato aporta que el líder del mambisado oriental antes de pernoctar en La Plata lo hizo Los Vaporcitos, otra fonda ubicada en Castillo casi a esquina a Bouyón, frente a una estación de vapores que hacían la ruta fluvial del Damují hasta Rodas.
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miércoles, 7 de abril de 2010
El pordiosero del hotel La Plata
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lunes, 9 de junio de 2008
Casa Terry
La Casa Terry no es la casa de Terry. Distan cuatro cuadras la una de la otra. La segunda, el hogar donde el matrimonio Terry-Dorticós procreó tantos hijos y un abolengo, hospeda hace años la escuela primaria Ignacio Agramonte y antes fue el claustro de las Teresianas.
Pero la Casa Terry, las oficinas de la empresa comercial fundada por aquel caraqueño flaco y recio que vino veinteañero a esta ciudad en el año en que comenzó a llamarse Cienfuegos, es decir 1829, se levanta en la esquina formada por Dorticós y Bouyon.
En el patio la lozanía de una ceiba, a todas luces mucho más joven que la construcción, la protege contra los maleficios de la edad avanzada.
Los nombres y apellidos de la mayoría de los potentados del siglo XIX, Leblanc por ejemplo, que como factores de dinamismo económico fomentaron el auge de esta ciudad yacen hoy en el olvido. El de Terry pervive en el teatro que legó al cerrar los ojos un día del verano de 1886 en París. Y la otra huella palpable es la Casa Terry.
Si el ciento por ciento de los cienfuegueros conoce, se maravilla y deslumbra ante el coliseo de San Carlos y San Luis, pocos saben de la existencia de la oficina desde Don Tomás movía los hilos financieros que le encumbraron como el hombre más rico de Cuba en el siglo XIX.
Al historiador estadounidense Roland Taylor Ely le debemos un retrato económico, pero a la vez humano, del hombre de éxito que al fin de sus días amasaba una fortuna del orden de los 20 millones de pesos. Cifra difícil de imaginar para quien hubiera visto desembarcar al joven Tomás Terry y Adams de una goleta surta en el puerto de Jagua, procedente de Caracas, o quizá de Curazao, sin más haberes que un físico envidiable y unas ganas de triunfar a prueba de balas.
A mediados de los años 50 del pasado siglo el joven investigador con estudios en Pricenton y Harvard tuvo el privilegio de ser el primero en acceder a los archivos de la Casa Terry, cerrados desde 1884. De su inmersión en la papelería, escarbando en al mina de débitos y haberes, exprimió el jugo necesario para escribir “Tomás Terry, el Creso cubano”, las 42 páginas del quinto y último capítulo de su libro Comerciantes cubanos del siglo XIX, publicado en 1959 por la habanera Editorial Librería Martí.
Las aventuras económicas del financista internacional que prestó dinero a los gobiernos de Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Italia, Rusia, Perú y Brasil son terreno para obras mayores del ensayo o la biografía. Esta crónica se conforma con el intento de posar decenas de miradas cienfuegueras sobre el inmueble de Dorticós y Bouyón, que al parecer nada más cuenta con la protección de la ceiba lozana del patio.
Así describió hace más de medio siglo Roland T. Ely su encuentro con la clausurada casa comercial: “La oficina de Tomás Terry ha soportado con más éxito los ataques del tiempo y del clima. El cuidó de que sólo los mejores materiales –cedro y caoba- que son impenetrables por el comején, se usaran en su construcción.Su cuadrada silueta puede verse rápidamente a una distancia de dos o tres millas desde el barco que hace la travesía entre Cienfuegos y los pequeños pueblos en derredor de la vasta bahía de Jagua.
Luego relata que en la casa habitaba por entonces una anciana pareja que en sus días felices trabajó “en el ‘Caracas’, la celebrada hacienda azucarera de la familia Terry al norte de Cienfuegos”. A cambio de cuidar los enseres del edificio los descendientes del magnate venezolano-cubano le permitían vivir gratis en tres aireadas habitaciones del piso bajo.
El acceso a la oficina estaba franqueado por un par de gruesas puertas, tachonadas en cobre, sobre las que llamó su atención una aldaba en forma de mano femenina.
Roland T. Ely experimentó al sensación de ser “el Rip Van Winkle cubano” al descubrirse protagonista en aquella especie de viaje en la máquina del tiempo.
“Escupideras chinas ya agrietadas se mantienen aún al lado de los sillones con espaldar de junco. Las delicadas balanzas de bronce, diseñadas para pesar oro, reposan inmóviles bajo su cristal protector y su cubierta de caoba. Resaltando sobre la pared sur hay una enorme caja de caudales de hierro, una Salamander hecha en Nueva York durante los años cincuenta. El escritorio del cajero y una oficina de correos en miniatura para archivar la correspondencia que llegaba de tres continentes, pueden también encontrarse en la misma posición que ocuparon hace un siglo. El mismo Don Tomás aún supervisa el local, desde un grabado en acero que cuelga sobre la pared este. Sólo Yrizar y los empleados menores, encaramados ante los enormes libros de cuentas encuadernados en piel, serían necesarios para completar el cuadro tal como era en los tiempos de Terry”.
Pero la Casa Terry, las oficinas de la empresa comercial fundada por aquel caraqueño flaco y recio que vino veinteañero a esta ciudad en el año en que comenzó a llamarse Cienfuegos, es decir 1829, se levanta en la esquina formada por Dorticós y Bouyon.
En el patio la lozanía de una ceiba, a todas luces mucho más joven que la construcción, la protege contra los maleficios de la edad avanzada.
Los nombres y apellidos de la mayoría de los potentados del siglo XIX, Leblanc por ejemplo, que como factores de dinamismo económico fomentaron el auge de esta ciudad yacen hoy en el olvido. El de Terry pervive en el teatro que legó al cerrar los ojos un día del verano de 1886 en París. Y la otra huella palpable es la Casa Terry.
Si el ciento por ciento de los cienfuegueros conoce, se maravilla y deslumbra ante el coliseo de San Carlos y San Luis, pocos saben de la existencia de la oficina desde Don Tomás movía los hilos financieros que le encumbraron como el hombre más rico de Cuba en el siglo XIX.
Al historiador estadounidense Roland Taylor Ely le debemos un retrato económico, pero a la vez humano, del hombre de éxito que al fin de sus días amasaba una fortuna del orden de los 20 millones de pesos. Cifra difícil de imaginar para quien hubiera visto desembarcar al joven Tomás Terry y Adams de una goleta surta en el puerto de Jagua, procedente de Caracas, o quizá de Curazao, sin más haberes que un físico envidiable y unas ganas de triunfar a prueba de balas.
A mediados de los años 50 del pasado siglo el joven investigador con estudios en Pricenton y Harvard tuvo el privilegio de ser el primero en acceder a los archivos de la Casa Terry, cerrados desde 1884. De su inmersión en la papelería, escarbando en al mina de débitos y haberes, exprimió el jugo necesario para escribir “Tomás Terry, el Creso cubano”, las 42 páginas del quinto y último capítulo de su libro Comerciantes cubanos del siglo XIX, publicado en 1959 por la habanera Editorial Librería Martí.
Las aventuras económicas del financista internacional que prestó dinero a los gobiernos de Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Italia, Rusia, Perú y Brasil son terreno para obras mayores del ensayo o la biografía. Esta crónica se conforma con el intento de posar decenas de miradas cienfuegueras sobre el inmueble de Dorticós y Bouyón, que al parecer nada más cuenta con la protección de la ceiba lozana del patio.
Así describió hace más de medio siglo Roland T. Ely su encuentro con la clausurada casa comercial: “La oficina de Tomás Terry ha soportado con más éxito los ataques del tiempo y del clima. El cuidó de que sólo los mejores materiales –cedro y caoba- que son impenetrables por el comején, se usaran en su construcción.Su cuadrada silueta puede verse rápidamente a una distancia de dos o tres millas desde el barco que hace la travesía entre Cienfuegos y los pequeños pueblos en derredor de la vasta bahía de Jagua.
Luego relata que en la casa habitaba por entonces una anciana pareja que en sus días felices trabajó “en el ‘Caracas’, la celebrada hacienda azucarera de la familia Terry al norte de Cienfuegos”. A cambio de cuidar los enseres del edificio los descendientes del magnate venezolano-cubano le permitían vivir gratis en tres aireadas habitaciones del piso bajo.
El acceso a la oficina estaba franqueado por un par de gruesas puertas, tachonadas en cobre, sobre las que llamó su atención una aldaba en forma de mano femenina.
Roland T. Ely experimentó al sensación de ser “el Rip Van Winkle cubano” al descubrirse protagonista en aquella especie de viaje en la máquina del tiempo.
“Escupideras chinas ya agrietadas se mantienen aún al lado de los sillones con espaldar de junco. Las delicadas balanzas de bronce, diseñadas para pesar oro, reposan inmóviles bajo su cristal protector y su cubierta de caoba. Resaltando sobre la pared sur hay una enorme caja de caudales de hierro, una Salamander hecha en Nueva York durante los años cincuenta. El escritorio del cajero y una oficina de correos en miniatura para archivar la correspondencia que llegaba de tres continentes, pueden también encontrarse en la misma posición que ocuparon hace un siglo. El mismo Don Tomás aún supervisa el local, desde un grabado en acero que cuelga sobre la pared este. Sólo Yrizar y los empleados menores, encaramados ante los enormes libros de cuentas encuadernados en piel, serían necesarios para completar el cuadro tal como era en los tiempos de Terry”.
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jueves, 8 de mayo de 2008
Traición en Siguanea y martirio en Marsillán
El piquete español coloca al reo debajo de un árbol de poca fronda y demasiada tristeza, de los llamados jaimiquí. En la marisma de Marsillán había otro casi gemelo, a 50 metros del que sirve ahora de patíbulo a Leopoldo Díaz de Villegas y Díaz de Villegas, a las siete en punto de esta mañana del 4 de abril de 1871. La descarga cerrada de la fusilería española le arranca de cuajo las últimas sílabas al hurra con que los patriotas cubanos se despiden de la vida en similares circunstancias.
Tenía el muerto 20 años, seis meses y tres días de exacta edad. Era martes santo.
Leopoldito nació en cuna blanda. Sus padres, Don Juan y Doña Adelaida eran primos. Ella, nieta de Agustín de Santa Cruz, el hacendado que ya fabricaba azúcares en su ingenio Candelaria cuando De Clouet vino a fundar y aceptó las 300 caballerías del hato Caunao donadas por el primer benefactor de la villa en ciernes.
Juan Díaz de Villegas fue el alma visible del movimiento separatista en Cienfuegos y los cronistas de la época coinciden en catalogar al dueño de la hacienda Santa Isabel como el hombre más querido de la comarca.
El único varón de los Díaz de Villegas y sus hermanas, Antonia y Rosalía, crecieron escuchando la anécdota del día de julio de 1848 en que el padre situó las riendas de Macepa, su caballo favorito, en manos del conspirador Narciso López, quien tras épica cabalgata puso tierra por medio de la persecución española hasta que pudo embarcar por Cárdenas rumbo a Estados Unidos.
La fortuna familiar, si emular con las nacientes dinastías de sacarócratas y comerciantes de Cienfuegos, la villa emergente de la centuria mediada, bastaba para ciertos lujos, como el de enviar al heredero adolescente a estudiar en unos de los colegios politécnicos de más alcurnia en Alemania.
Hasta tierras teutonas llegó el clamor de la revolución cespediana gritada en La Demajagua y el joven Leopoldo orientó la brújula de la existencia hacia el punto cardinal donde flameaba la libertad.
Desembarcó en Cienfuegos cuando su padre ya había sido protagonista del alzamiento villareño de principios de febrero del 69, a la cabeza de los complotados de Cienfuegos, entre ellos los hermanos Fernández Cavada y Howard.
Sólo 16 días permaneció en el hogar el hijo de ya general mambí Juan Díaz de Villegas. “Quizá sea muy niño todavía, mi padre tal vez no me aceptará; pero el general tendrá que aceptarme como recluta”. Así pensaba Leopoldo la noche antes de marchar a los campos de Cuba Libre, cuando escribía la esquela de despedida a Doña Adelaida: “Mamá Adela, perdóname las lágrimas que mi partida te causarán, voy a donde debo estar, al lado de mi padre”.
-Sólo lo siento por tu madre, fue el único reproche del progenitor al abrazar al nuevo soldado de la independencia.
Principios de febrero de 1871. Las fuerzas de la División Cienfuegos, sin pertrechos para hacer la guerra en su territorio, acampan en el cuartel general de Las Playitas, muy próximo a donde brota el primer manantial del Hanabanilla, mientras esperan para marchar al Camagüey en procura de bastimentos bélicos.
El Chico Valladares, antiguo arrendatario y protegido de Don Juan, pide autorización del mando para ir a la búsqueda de insurrectos dispersos por el valle de la Siguanea. Asegura que en tres días estará de vuelta con los rezagados. Las 72 horas le sobraron para consumar la traición. Presentado en el fuerte español de Plato de Palo, asegura a los colonialistas la entrega del general cienfueguero.
En la vereda del Novillo sorprenden al hijo en lugar del padre. Se inicia el Vía Crucis del muchacho candidato a mártir. El 23 de marzo lo traen a la cárcel de Cienfuegos. Rabioso por la derrota de los Chapelgorris en Sancti Spíritus a manos del general Villamil, mambí gallego por más señas, el Conde de Valmaceda telegrafió a Cienfuegos para que pusieran a Leopoldo en capilla.
La madre y las hermanas residían por la fecha en Kingston. Tiempo después cuando, enfermo, el general Don Juan arriba a la capital jamaicana, Doña Adelaida pregunta mientras besa:
-¿Y Leopoldo? ¿Cómo es que te separaste de él, Juanillo?
-Leopoldo se quedó en Cuba: nadie lo separará de su tierra. ¡Dichoso él!
Pasarían tres años para que la madre conociera del destino del hijo bajo un árbol escaso de fronda y generoso en tristeza, mientras el sol se avergonzaba de encender la mañana del martes santo en Marsillán.
Tenía el muerto 20 años, seis meses y tres días de exacta edad. Era martes santo.
Leopoldito nació en cuna blanda. Sus padres, Don Juan y Doña Adelaida eran primos. Ella, nieta de Agustín de Santa Cruz, el hacendado que ya fabricaba azúcares en su ingenio Candelaria cuando De Clouet vino a fundar y aceptó las 300 caballerías del hato Caunao donadas por el primer benefactor de la villa en ciernes.
Juan Díaz de Villegas fue el alma visible del movimiento separatista en Cienfuegos y los cronistas de la época coinciden en catalogar al dueño de la hacienda Santa Isabel como el hombre más querido de la comarca.
El único varón de los Díaz de Villegas y sus hermanas, Antonia y Rosalía, crecieron escuchando la anécdota del día de julio de 1848 en que el padre situó las riendas de Macepa, su caballo favorito, en manos del conspirador Narciso López, quien tras épica cabalgata puso tierra por medio de la persecución española hasta que pudo embarcar por Cárdenas rumbo a Estados Unidos.
La fortuna familiar, si emular con las nacientes dinastías de sacarócratas y comerciantes de Cienfuegos, la villa emergente de la centuria mediada, bastaba para ciertos lujos, como el de enviar al heredero adolescente a estudiar en unos de los colegios politécnicos de más alcurnia en Alemania.
Hasta tierras teutonas llegó el clamor de la revolución cespediana gritada en La Demajagua y el joven Leopoldo orientó la brújula de la existencia hacia el punto cardinal donde flameaba la libertad.
Desembarcó en Cienfuegos cuando su padre ya había sido protagonista del alzamiento villareño de principios de febrero del 69, a la cabeza de los complotados de Cienfuegos, entre ellos los hermanos Fernández Cavada y Howard.
Sólo 16 días permaneció en el hogar el hijo de ya general mambí Juan Díaz de Villegas. “Quizá sea muy niño todavía, mi padre tal vez no me aceptará; pero el general tendrá que aceptarme como recluta”. Así pensaba Leopoldo la noche antes de marchar a los campos de Cuba Libre, cuando escribía la esquela de despedida a Doña Adelaida: “Mamá Adela, perdóname las lágrimas que mi partida te causarán, voy a donde debo estar, al lado de mi padre”.
-Sólo lo siento por tu madre, fue el único reproche del progenitor al abrazar al nuevo soldado de la independencia.
Principios de febrero de 1871. Las fuerzas de la División Cienfuegos, sin pertrechos para hacer la guerra en su territorio, acampan en el cuartel general de Las Playitas, muy próximo a donde brota el primer manantial del Hanabanilla, mientras esperan para marchar al Camagüey en procura de bastimentos bélicos.
El Chico Valladares, antiguo arrendatario y protegido de Don Juan, pide autorización del mando para ir a la búsqueda de insurrectos dispersos por el valle de la Siguanea. Asegura que en tres días estará de vuelta con los rezagados. Las 72 horas le sobraron para consumar la traición. Presentado en el fuerte español de Plato de Palo, asegura a los colonialistas la entrega del general cienfueguero.
En la vereda del Novillo sorprenden al hijo en lugar del padre. Se inicia el Vía Crucis del muchacho candidato a mártir. El 23 de marzo lo traen a la cárcel de Cienfuegos. Rabioso por la derrota de los Chapelgorris en Sancti Spíritus a manos del general Villamil, mambí gallego por más señas, el Conde de Valmaceda telegrafió a Cienfuegos para que pusieran a Leopoldo en capilla.
La madre y las hermanas residían por la fecha en Kingston. Tiempo después cuando, enfermo, el general Don Juan arriba a la capital jamaicana, Doña Adelaida pregunta mientras besa:
-¿Y Leopoldo? ¿Cómo es que te separaste de él, Juanillo?
-Leopoldo se quedó en Cuba: nadie lo separará de su tierra. ¡Dichoso él!
Pasarían tres años para que la madre conociera del destino del hijo bajo un árbol escaso de fronda y generoso en tristeza, mientras el sol se avergonzaba de encender la mañana del martes santo en Marsillán.
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sábado, 26 de abril de 2008
Entonces llegó De Clouet
Los 325 años transcurridos entre la ojeada que le echó Colón a la bahía y la mañana fundacional del 22 de abril de 1819 por lo general ocupan unas pocas páginas en las historias de Cienfuegos. Mejor suerte han tenido los estudios arqueológicos en su afán de recomponer el puzzle de la vida aborigen en la comarca de Jagua.
Pero la historia escrita del período 1494-1819 mantiene demasiadas deudas con el lector acucioso.
Hasta donde conozco la posible entrada del Genovés a la bahía, durante su periplo por la costa sur cubana y su consiguiente metedura de pata al pretender inscribir a la ínsula en Tierrafirme, permanece en el terreno de la hipótesis. Aunque las guías turísticas se empeñen en vender al navegante como ingrediente del coctel de atracciones de la Perla del Sur. El escribano Fernán Pérez de Lara, participante en aquella expedición de La Niña o Santa Clara, la Juana y la Cordero, no certificó en sus apuntes de viaje la estadía en Jagua.
Cuando Don Pedro Oliver y Bravo, primer historiador cienfueguero, da cuenta de Colón atravesando el ancho golfo de Jagua en dos días, es de imaginar que la singladura no se refiera al interior de la bahía por muy asmático que fuera el andar de sus otras tres carabelas.
Luego acontecieron sucesos más conocidos en materia de presencia occidental en nuestro ámbito, como la del bojeador Sebastián de Ocampo en 1508 y la del náufrago Alonso de Ojeda dos años más tarde. En 1511 Diego Velázquez concedió una encomienda en el realengo de Auras, sito a orillas del Arimao a fray Bartolomé de Las Casas y Don Pedro de Rentería. El propio Adelantado en 1512 y el conquistador Pánfilo de Narváez (1527), tristemente célebre por la matanza de indios en el caserío camagüeyano de Caonao, dejaron sus nombres en los escuetos apuntes de la protohistoria cienfueguera.
La minería nunca estuvo llamada a ser el fuerte de la economía de esta zona. Tal vez sea la única explicación plausible de que con un marco geográfico tan de lujo no aparezcamos al menos como la octava villa. Oliver y Bravo reseña fallidos intentos de explotaciones mineras en 1560.
Faltó la villa con su iglesia, plaza y cabildo como mandaba la ley hispana, pero pobladores hubo. Así lo atestiguó Alejando Olivier Oexmolin cuando en 1574 visitó el pequeño mar interior y dejó constancia de encontrar poblado sus contornos por varios corraleros. Para 1736 el realengo situado entre las haciendas San Mateo, Urubí y Gavilán y la costa de la bahía fue conferido por el gobierno de la vecina de Trinidad a Don Antonio Pérez Cotilla.
Cuando el ingeniero militar Joseph Tantete termina en 1745 el castillo de Nuestra Señora de los Ángeles de Jagua levanta además una paradoja: una fortaleza para defender una ciudad que nacerá 74 años más tarde. Don Juan Castilla y Cabeza de Vaca, nombrado como primer gobernador de la instalación militar sólo espera al siguiente año para fomentar el ingenio azucarero Nuestra Señora de la Candelaria en tierras del hato de Caunao.
El navío español San Antonio, también conocido como Arrogante, entró a la bahía en 1762 con tropas peninsulares que tenían la misión de socorrer a La Habana sitiada por los ingleses. De paso el capitán obsequió a Castilla con la campana del barco para que la colocara en su ingenio, donde a decir de Oliver aún podía escucharse su repique en 1846, cuando en la imprenta de Don Francisco Murtra vio la luz su Memoria Histórica, Geográfica y Estadística de Cienfuegos.
De 1796 data el paso por estas tierras de una comisión de ingenieros que levantó el plano de la bahía y designó a la península de la Majagua como sitio ideal para asentar una futura población.
Mientras los negros rebeldes fundaban en Haití la primera república al sur del río Grande, en 1804 el brigadier Honorato de Bouyón y su hijo Félix, alférez de navío, fueron comisionados para encontrar un punto en la bahía donde fomentar un astillero. De su estadía lo más anecdótico resultó la tala de la famosa caoba de la hacienda Cartagena. El tronco medía 10 y medio pies de diámetro y luego de aserrado uno de sus tablones fue enviado como presente al Duque de Valois, más tarde Luis Felipe I de Francia.
La existencia del ingenio Candelaria, propiedad entonces de Doña Antonia Guerrero y Hernández, natural de Jagua y esposa del habanero Don Agustín de Santa Cruz y Cabeza de Vaca, el muelle de los Castilla (en La Majagua) por donde exportaban sus azúcares, y la cercanía de los pueblos de Yaguaramas, San Fernando de Camarones y Cumanayagua con sus necesarias interconexiones prueban que en 1819 la comarca ribereña de Jagua estaba pidiendo a gritos que le fundaran una villa.
En eso llegó De Clouet.
Pero la historia escrita del período 1494-1819 mantiene demasiadas deudas con el lector acucioso.
Hasta donde conozco la posible entrada del Genovés a la bahía, durante su periplo por la costa sur cubana y su consiguiente metedura de pata al pretender inscribir a la ínsula en Tierrafirme, permanece en el terreno de la hipótesis. Aunque las guías turísticas se empeñen en vender al navegante como ingrediente del coctel de atracciones de la Perla del Sur. El escribano Fernán Pérez de Lara, participante en aquella expedición de La Niña o Santa Clara, la Juana y la Cordero, no certificó en sus apuntes de viaje la estadía en Jagua.
Cuando Don Pedro Oliver y Bravo, primer historiador cienfueguero, da cuenta de Colón atravesando el ancho golfo de Jagua en dos días, es de imaginar que la singladura no se refiera al interior de la bahía por muy asmático que fuera el andar de sus otras tres carabelas.
Luego acontecieron sucesos más conocidos en materia de presencia occidental en nuestro ámbito, como la del bojeador Sebastián de Ocampo en 1508 y la del náufrago Alonso de Ojeda dos años más tarde. En 1511 Diego Velázquez concedió una encomienda en el realengo de Auras, sito a orillas del Arimao a fray Bartolomé de Las Casas y Don Pedro de Rentería. El propio Adelantado en 1512 y el conquistador Pánfilo de Narváez (1527), tristemente célebre por la matanza de indios en el caserío camagüeyano de Caonao, dejaron sus nombres en los escuetos apuntes de la protohistoria cienfueguera.
La minería nunca estuvo llamada a ser el fuerte de la economía de esta zona. Tal vez sea la única explicación plausible de que con un marco geográfico tan de lujo no aparezcamos al menos como la octava villa. Oliver y Bravo reseña fallidos intentos de explotaciones mineras en 1560.
Faltó la villa con su iglesia, plaza y cabildo como mandaba la ley hispana, pero pobladores hubo. Así lo atestiguó Alejando Olivier Oexmolin cuando en 1574 visitó el pequeño mar interior y dejó constancia de encontrar poblado sus contornos por varios corraleros. Para 1736 el realengo situado entre las haciendas San Mateo, Urubí y Gavilán y la costa de la bahía fue conferido por el gobierno de la vecina de Trinidad a Don Antonio Pérez Cotilla.
Cuando el ingeniero militar Joseph Tantete termina en 1745 el castillo de Nuestra Señora de los Ángeles de Jagua levanta además una paradoja: una fortaleza para defender una ciudad que nacerá 74 años más tarde. Don Juan Castilla y Cabeza de Vaca, nombrado como primer gobernador de la instalación militar sólo espera al siguiente año para fomentar el ingenio azucarero Nuestra Señora de la Candelaria en tierras del hato de Caunao.
El navío español San Antonio, también conocido como Arrogante, entró a la bahía en 1762 con tropas peninsulares que tenían la misión de socorrer a La Habana sitiada por los ingleses. De paso el capitán obsequió a Castilla con la campana del barco para que la colocara en su ingenio, donde a decir de Oliver aún podía escucharse su repique en 1846, cuando en la imprenta de Don Francisco Murtra vio la luz su Memoria Histórica, Geográfica y Estadística de Cienfuegos.
De 1796 data el paso por estas tierras de una comisión de ingenieros que levantó el plano de la bahía y designó a la península de la Majagua como sitio ideal para asentar una futura población.
Mientras los negros rebeldes fundaban en Haití la primera república al sur del río Grande, en 1804 el brigadier Honorato de Bouyón y su hijo Félix, alférez de navío, fueron comisionados para encontrar un punto en la bahía donde fomentar un astillero. De su estadía lo más anecdótico resultó la tala de la famosa caoba de la hacienda Cartagena. El tronco medía 10 y medio pies de diámetro y luego de aserrado uno de sus tablones fue enviado como presente al Duque de Valois, más tarde Luis Felipe I de Francia.
La existencia del ingenio Candelaria, propiedad entonces de Doña Antonia Guerrero y Hernández, natural de Jagua y esposa del habanero Don Agustín de Santa Cruz y Cabeza de Vaca, el muelle de los Castilla (en La Majagua) por donde exportaban sus azúcares, y la cercanía de los pueblos de Yaguaramas, San Fernando de Camarones y Cumanayagua con sus necesarias interconexiones prueban que en 1819 la comarca ribereña de Jagua estaba pidiendo a gritos que le fundaran una villa.
En eso llegó De Clouet.
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