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lunes, 12 de enero de 2009

A 73 años del vuelo Camagüey-Sevilla


12 de Enero. 1936-2009
A las siete y diez minutos de la mañana del domingo 12 de enero de 1936 el teniente Antonio Menéndez Peláez despegó del aeropuerto Barberán y Collar, en la ciudad cubana de Camagüey. Los 17 segundos invertidos en la operación de despegue presenciada por unas 10 mil personas fueron el breve prólogo de una hazaña que concluiría en el aeródromo Tablada, de Sevilla, a las cinco y 25 de la tarde del 14 de febrero.
Cuatro días antes el piloto cubano había aterrizado en Batshurt (hoy Banjul, capital de Gambia) e inscripto su nombre en la historia de la aviación, tras convertirse en el primer hispanoamericano que llegaba a la Península luego de cruzar el Atlántico en solitario.
A Cienfuegos, donde comenzó a soñar con aquella aventura, vino Menéndez a despedirse la tarde del sábado 11 de enero. En esa propia jornada siguió a Camagüey, donde se calcula lo esperaron cuatro mil habitantes de la señorial Puerto Príncipe, cuya bellas mujeres realzaron el banquete nocturno de despedida en el hotel que honraba el nombre de la ciudad.
Ni el frío ni la niebla restaron brillo a la partida del aparato Lockheed en el amanecer del domingo. La Guaira, en las cercanías de Caracas, era la meta del primer tramo del vuelo con que el aviador cubano quiso honrar la hombrada de los españoles Mariano Barberán y Joaquín Collar, quienes el 10 de junio de 1933 completaron la travesía de Sevilla a Camagüey en una sola jornada de 39 horas.
Imprevistos en la ruta le obligaron a tomar tierra en las proximidades de Puerto Cabello, estado venezolano de Carabobo, con las últimas luces del día y con muy poca gasolina en el depósito del aparato de la Martina de Guerra Constitucional bautizado como Cuatro de Septiembre, en alusión a la asonada golpista de los sargentos encabezada por el taquígrafo Fulgencio Batista la madrugada de ese día de 1933.

martes, 29 de julio de 2008

El raid Cienfuegos-Habana

El sol era un presagio cierto y exacto, que apenas comenzaba a teñir el cielo con sus pinceles polícromos a las espaldas del firme de Guamuahaya. La fiesta nacional por los 12 años de la República incluía el concurso del vuelo más largo con meta en La Habana y otro para quien más trepara en el propio cielo capitalino. El Congreso prometía mil 500 pesos para el uno y 500 para el otro.
A Jaime González buena falta que le hacía la suma ofrecida por la caja parlamentaria, pero más le compulsaba su condición de atleta. A sabiendas de que Agustín Parlá estaba en Santiago de Cuba para intentar semejante epopeya, pero con un kilometraje mucho mayor.
Por eso desde las cuatro y media estaba en el Hipódromo, el primer “aeropuerto” cienfueguero, alistando el Morane para la gran cabalgata de 240 kilómetros, suponiendo un trayecto en línea recta. A la despedida concurrieron el alcalde Juan Florencio Cabrera, una comisión de la Juventud Progresista, la señora Juana Crocier, madre del aviador, y sus hermanas Lucía, Margarita y María. El padre había viajado en tren a la capital a fin de esperar al hijo-héroe.
Faltaban diez minutos para las seis de la mañana cuando el monoplano francés despegó de la improvisada pista de Marsillán y tomó rumbo noroeste. Exactamente dos horas más tarde detendría el motor frente al Club Militar del campamento de Columbia tras cubrir una ruta de 320 kilómetros.
Volaba el as cienfueguero con una bandera cubana colgada del plano izquierdo del monoplano y varios escudos de la República a ambos lados de la nave. Una brújula situada frente al timón y un mapa de la Isla formaban todo el instrumental de navegación. “No obstante el viaje que ha durado dos horas el motor está frío y en condiciones de volver ahora mismo a Cienfuegos”, fue la primera declaración del piloto al pisar tierra.
En el vuelo más largo hasta esa fecha en la historia de la bisoña aviación insular Jaime sobrevoló Constancia, Abreus, Rodas, Yaguaramas, Guareiras, Jovellanos, Colón, Matanzas y Quivicán. El peor momento de la jornada lo vivió mientras se acercaba a la capital yumurina en medio de una espesa neblina que le impedía orientarse por los accidentes geográficos. Además tuvo que soportar la mortificación de las bajas temperaturas, aunque iba literalmente forrado el frío le resultaba penetrante, confesaría luego a la prensa habanera.
Al bajarse del Morane Jaime se llevó la mayor sorpresa del día. Los tres miembros del jurado nombrado por el presidente Menocal para dar fe del feliz término del vuelo: el alcalde de La Habana, general Freire de Andrade; el gobernador interino de aquella provincia, Pedro Bustillo; y el padre Gutiérrez Lanza, del Observatorio de Belén, brillaban por su ausencia en el aeródromo de la principal instalación militar de la Isla.
En vista del desplante, el aviador cienfueguero, acompañado por los representantes villareños a la Cámara, Rivero, Soto y Villalón, fue a encontrarse con el padre Lanza, con quien departió por buen rato. Le comentó que los oficiales del Ejército presentes en Columbia podían atestiguar del aterrizaje. El sacerdote telefoneó a Bustillo y ambos acordaron contactar con el primer edil capitalino a fin de reunirse y levantar el acta correspondiente. Pero Freire andaba por la vuelta del Palatino en un almuerzo con los Veteranos, en ocasión de la fecha inaugural de la República.
Medio centenar de telegramas, entre oficiales, particulares y reportes de prensa fueron impuestos en La Habana con destino a Cienfuegos dando cuenta de la llegada de Jaime, quien recibió a su vez la congratulación de Parlá desde la capital de Oriente.
Con el trío de representantes se llegó en fotingo hasta una glorieta instalada en el Malecón, desde la cual el presidente Menocal revistaba las tropas.Tras recibir un baño de congratulaciones ejecutivas, pasó por la redacción del diario La Prensa y almorzó en el restaurante El Casino en compañía de los congresistas.
Del ágape partió hacia Columbia, presto a reparar los desperfectos de la nave, pues esa propia tarde pretendía batir el récord nacional de altura en poder de Domingo Rosillo desde el 11 de abril del año anterior. Con siete mil 850 pies (dos mil 300 metros) el aviador nacido en Orán, Argelia, había superado con creces los seis mil 980 pies (mil 800 metros) alcanzados por el francés Roland Garrós en cielo cubano, el 21 de marzo de 1911.
Finalmente el fuerte viento imperante en la atmósfera capitalina hizo que Jaime declinara el intento de elevarse hasta una cota que ningún altímetro había registrado en el espacio aéreo de la Antilla Mayor.
La noticia del raid Cienfuegos-Habana disputó cintillos en la prensa nacional al torneo de lujo que por esos días jugaba José Raúl Capablanca en San Petersburgo, donde el campeón cubano rivalizaba con la flor y nata del ajedrez mundial, léase Lasker, Alekhine, Marshall, Rubenstein, Janowski, Nienzowich, Tarrash y Bernstein.

lunes, 14 de julio de 2008

Jaime prepara la toma de La Habana

Un frondoso mamoncillo en la quinta San Rafael, donde hoy se levanta el Reparto Eléctrico, hizo las veces de hangar forestal del monoplano francés Morane Saulnier, uno de los últimos gritos de la bisoña tecnología aeronáutica. A la sombra de aquel mismo árbol frutal el quinceañero Jaime González había probado suerte con su rudimentario “chivo” alado.
Ahora, recién cumplidos los 22 años y con un brevet de la Federación Aeronáutica Internacional en el bolsillo, el hijo de un conductor de ómnibus de la línea Rodas-Cienfuegos iba a probar ante sus paisanos la valía de los conocimientos adquiridos en la academia Bleriot, de Châteaufort. El Hipódromo, diamante beisbolero de moda, estaba a reventar aquella tarde del 24 de febrero de 1914.
El primer vuelo pilotado por un cienfueguero en el cielo de la antigua Fernandina despegó a las seis y veintitrés y duró cinco minutos. Jaime sobrevoló la bahía y terrenos al este de la ciudad. La poca luz del atardecer y el entusiasmo del público apiñado sobre la pista provocaron un percance en el aterrizaje. El ala izquierda del Morane impactó con un poste del tendido de la Cuban Telephone Co, trazado a lo largo de la calle Cuartel.
Jaime fue sacado en hombros como si fuera en torero con faena de tres rabos y cuatro orejas, y el Hipódromo Las Ventas de Madrid. Pero el accidente impidió el vuelo a La Habana anunciado para la mañana siguiente. La fabricación por un taller cienfueguero de un par de nuevas alas para el pájaro galo demoraría entre seis y ocho días, informaba la prensa local.
El domingo 8 de marzo volvió a ser noticia el joven de la calle Colón. Temprano en la mañana realizó un vuelo de ensayo que alcanzó hasta el Castillo de Jagua y por la tarde de nuevo hubo mitin en la instalación deportiva de Marsillán. Primero dio una vuelta en redonda a la ciudad elevándose hasta los 800 metros y en el segundo se llegó hasta Punta Gorda y Cayo Carenas, con registro de mil metros en el altímetro. A las primeras horas del día siguiente realizó otro vuelo sin público.
A partir de entonces los horizontes comenzaron a crecer para el binomio Jaime-Morane. El 15 de marzo el ingenio Portugalete entró en la historia de la aeronáutica insular al recibirlos casi al amanecer. El trayecto de 20 kilómetros fue cubierto en nueve minutos. Hasta el central de los hermanos Escarza llegaron en tren, autos o a pie excursiones de Palmira, Caracas, Manuelita y otros sitios aledaños. Hubo un almuerzo suculento en homenaje al paladín que regresó a Cienfuegos con tres cartas, cimientos del correo postal cubano. Cuentan que al recibirlo en el Hipódromo alguien gritó: “Le cortaste las alas a Parlá y Rosillo”-
Una semana más tarde ellos solos hicieron la fiesta en Santa Isabel de las Lajas, punto de partida del primer vuelo de la jornada que sobrevoló el ingenio Santísima Trinidad, el poblado de El Salto y las fábricas de azúcar San Agustín, Andreíta y Caracas, donde aterrizó para descansar unos minutos. El segundo partió del central que había fomentado don Tomás Terry de donde voló a Cruces y tras realizar evoluciones sobre el pueblo de raigambre ferroviaria se dirigió a Lajas. Una rotura en el tubo de gasolina le obligó a tomar tierra un cuarto de legua antes del improvisado campo de aviación. Medio millar de lajeros, a caballo los unos a pie los otros, fueron al rescate del héroe del día a quienes trajeron de regreso al aviador, jinete sobre el lomo del Morane.
Los cálculos de la jornada anotados por El Comercio y La Correspondencia difieren entre los 64 y los 100 kilómetros y el cuarto o la media hora de duración. En cuanto a espectadores, coincidieron en contar a unas seis mil almas enamoradas del conquistador del aire.
A propósito del central Caracas, quisiera compartir varios apuntes del historiador del correo aéreo en Cuba, doctor Tomás Terry. En su libro editado por Ediciones Organismos en 1971 expuso su certeza de que Emilio Terry Dorticós, propietario de la que un tiempo fue la mayor fábrica azucarera del mundo y primer Secretario (ministro) de Agricultura en la República, tuvo la intención de adquirir un aeroplano en Francia para establecer la línea privada Habana-Cruces. Lo prueba las abundantes ofertas de industrias aeronavales galas encontradas en la correspondencia del hijo de don Tomás.
Entre esa papelería fueron descubiertos planos y proyectos para construir un campo de aviación en terrenos de su propiedad cercanos al escenario de la batalla de Mal Tiempo. En la casona del Caracas hospedó en 1911 al aviador francés Jean Bojeau, muerto después en el frente rumano durante la Primera Guerra Mundial.
Retomando el hilo de la crónica habría que referir los posteriores vuelos de Jaime González que llevó el jolgorio de la novedad a Trinidad, Palmira y San Fernando de Camarones.
En la Perla del Sur el 14 de abril trepó hasta los cinco mil pies de altura y en un vuelo de 20 minutos recorrió los barrios rurales circundantes, con el objetivo de probar las fuerzas del Morane para intentar el raid Cienfuegos-Habana, del cual se ocupará este blog en su próxima entrega.

miércoles, 25 de junio de 2008

A Cienfuegos le nace un Ícaro

La víspera de su decinoveno cumpleaños, el 12 de febrero de 1911, al cienfueguero Jaime González Crocier la vida le hizo un regalo de lujo con el mitin de aviación celebrado en los terrenos del antiguo Hipódromo.
Mientras asistía a las evoluciones que pespunteaba su coetáneo canadiense James Ward a bordo de un biplano Curtiss en el cielo invernal y dominguero que cobijaba el barrio de Marsillán, Jaime reafirmó su decisión de dedicarse en cuerpo y alma a la última forma de locomoción patentada por el hombre.
Cuatro años antes había dado que hablar en Cienfuegos al construirse una rudimentaria nave voladora, que halada por un automóvil, mediante el cable empalmador de ambas carrocerías, logró vencer por unos instantes la fuerza de gravedad terrestre y mirar el suelo desde los 20metros de altura.
En junio de 1913 mientras navegaba por el Atlántico en el vapor Corcovado, Jaime descontaba las millas que lo separaban de su sueño mayor, la escuela de aviación parisina de Bleriot. A principios de junio ya estaba en la academia, donde entrenaría junto al propio as francés Luois Bleriot y tendría de condiscípulos a otras leyendas en ciernes de la navegación aérea como Pegoud y Vedrines.
El cielo de la Ciudad Luz devino telón de fantasía donde el cubano fue de los primeros mortales en dibujar el looping the loop o vuelo invertido, creación de Pegoud. Tal maniobra resultó su tesis de grado el 15 de diciembre del propio año, cuando la Federación Aeronáutica Internacional lo premió con el brevet número 1566, licencia que le autorizaba a surcar las alturas de cualquier latitud terrestre.
Si para el viaje de Jaime a la capital francesa fue necesario el concurso económico de algunos cienfuegueros entusiastas de la causa del aspirante a Ícaro, la empresa de comprar un monoplano Morane Saulnier para que el recién graduado tuviera su propio corcel, requirió nuevas y mayores contribuciones.
El viernes 21 de febrero de 1914 el vapor alemán Bavaria trajo al primer aviador cienfueguero de regreso a La Habana. Un día después Jaime sacaba el Morane de la Aduana capitalina y al amanecer del domingo su ciudad natal lo recibía con honores que incluían los acordes de la Banda Municipal. Las visitas de cortesía llevaron al egresado de la Bleriot por el Ayuntamiento, el Centro de Veteranos y la Juventud Progresista, donde fue agasajado con sidra y dulces. Luego a la casa de Lázaro Díaz, su protector, y finalmente al domicilio familiar en Colón número 50.
Transportado por el tren excursionista procedente de Sagua, que lo recogió en Cruces, el Morane también arribó el domingo temprano y de inmediato fue llevado hasta el Hipódromo, escenario desde donde el lunes Jaime demostraría a sus paisanos todo lo aprendido en sus siete meses parisinos.
Por la tarde visitó el Colegio de los Padres Jesuitas y se entrevistó con el sacerdote Sarasola, encargado del Observatorio de aquel plantel, quien le prometió una carta geográfica para el estudio de la posible ruta aérea Cienfuegos-Habana. En el Liceo su presidente, doctor Antonio J. Font, lo recibió con un ponche de champagne; y al final de la jornada de homenajes el alcalde municipal, coronel Juan Florencio Cabrera, le abrió las puertas de su residencia particular.
La prensa anunció en sus ediciones del lunes un mitin de aviación con Jaime como protagonista, en el Hipódromo ese mismo día, y un vuelo Cienfuegos-Habana para el martes. Sobre esa ruta el joven piloto había recabado datos al capitán del vapor Caridad Padilla, surto en puerto. A bordo del Morane Jaime llevaría correspondencia para el presidente de la República, general Menocal, despachadas por el alcalde Cabrera, el administrador de la Aduana y el comandante de la Guardia Rural, respectivamente.
Al propio tiempo Juan O’Bourke enviaba a los medios una carta-llamamiento intitulada Salvemos a Jaime González, texto público en el cual convocaba a la sociedad cienfueguera a pagar los dos mil pesos que el piloto y su familia adeudaban aún a la American Trading Co por el monoplano francés.
El 24 de febrero de 1914, mientras los cubanos festejaban 19 años de la epopeya de Baire, Jaime González voló por primera vez ante su público, para acreditarse ante la historia como el tercer aviador de la Isla, sólo antecedido por Agustín Parlá (1887-1946) y Domingo Rosillo (1878-1958). Y de hecho el primer cubano rellollo, pues Tín vio la luz en Cayo Hueso y Mingo en Orán, Argelia.

lunes, 16 de junio de 2008

Locos por la aviación

La aviación estaba más en pañales que un niño de dos días de nacido cuando Cienfuegos asistió al espectáculo que constituyó el primer mitin aéreo en el cielo de Jagua, la tarde del domingo 12 de febrero de 1911.
Los tres vuelos del aviador canadiense James Ward desde la improvisada pista del Hipódromo formaron parte del primer capítulo de la aviación en Cuba. Tal fue la fiebre por presenciar las piruetas del émulo de Ícaro que la prensa comparó la animación y la cantidad de público en las calles de la ciudad con las del 20 de mayo de 1902.
La Semana de Aviación organizada en La Habana por la Curtiss Exhibition Company en los primeros días de febrero contagió de entusiasmo a algunos emprendedores cienfuegueros que decidieron montar el espectáculo unos días después en la Perla del Sur.
El llamado Circuito Curtiss agrupaba a pilotos que ya coqueteaban con la fama en cielos de Norteamérica y Europa, entre ellos Lincoln Beachy, ganador de la Copa de Reims (Francia) en 1910, John Douglas Mc Curdy, August Post, George Russell, Gardner Hubbard y el propio James Ward, el benjamín de la escuadrilla con 19 años.
Los periódicos contribuían a fomentar el ambiente propicio para las demostraciones de los ases del aire. La Correspondencia publicaba en primera plana casi un día si y otro también fotos de aquellos dinosáuricos biplanos, y en las interiores reseñas del reciente vuelo Cayo Hueso-Habana protagonizado por Mc Curdy, de la fiesta aérea en la capital y los preparativos para la exhibición en el Hipódromo local.
El 4 de febrero bajo el socorrido epígrafe de La aviación en Cienfuegos daba cuenta de los intercambios verbales del alcalde Nene Méndez con personalidades de la ciudad a fin de que la Perla del Sur “tenga también su semanita de aviación”. Y al día siguiente informó sobre la fructificación de las gestiones del primer edil y el Ayuntamiento, quienes acordaron traer acá a uno de los pilotos del Circuito Curtiss. Don Luis Estrada, representante del grupo aéreo, firmó el documento con el concejal José Villapol.
En principio la exhibición tendría como escenario el antiguo terreno de béisbol, al final del Paseo de Vives, por ser el único campo apropiado para las demostraciones y el aviador contratado sería el canadiense Mc Curdy, especulaban los gacetilleros. La conformación del premio de dos mil pesos a conceder al atleta de las alas estuvo sobre el tapete por aquellos días en las sesiones nocturnas del Ayuntamiento, que finalmente aprobó una suma de 500. Entre las instituciones la Colonia Española puso 200 en la cuenta, mientras las sociedades Liceo, Luz y Caballero, Minerva y el Centro Gallego anunciaban su disposición de colaborar con los honorarios. Al tiempo que el día 8 el comercio comenzó una colecta para cubrir el importe total del galardón.
Aunque no lo era en el papel, Cienfuegos hacía las veces de capital provincial de Las Villas, por lo menos en cuanto a desarrollo y novedades se refería. Así lo prueban las numerosas excursiones anunciadas desde distintos municipios para presenciar aquí el espectáculo del aire.
Ya para el viernes 10 habían cambiado los planes en cuanto al protagonista de la función y el diario de Díaz y Velis publicaba en portada una foto del biplano de Mr. Ward “que volará en esta ciudad el domingo”.
A aires revueltos, ganancia de negociantes, parecía reinterpretar el refrán el señor Ramón Gándara, propietario de la óptica La Sección X, en De Clouet, 28-A, que recomendaba por medio de un suelto periodístico a “quienes no pudieran ir al campo de Marsillán a disfrutar del espectáculo, proveerse de unos gemelos a módico precio”.
El sábado 11 era noticia la llegada del conocido empresario de teatros, don Eusebio Azcue, quien tuvo a su cargo la contratación de Ward. Dada por hecha la presencia del joven aviador, acompañado por dos ingenieros mecánicos, la prensa abundaba en detalles de los preparativos. La Banda Municipal de Conciertos y la del Cuerpo de Bomberos animarían el espectáculo, para el cual las entradas por valor de un peso plata española ya estaban a la venta en los cafés Los Espumosos, El Parque, Dos de Mayo, Central, El Louvre y El Bosque. Para el que pretendiera dárselas de listo advertía del tándem Policía-Guardia Rural, encargado de que nadie accediera al Hipódromo sin abonar el correspondiente billete.
Llegó la tarde que haría historia en Cienfuegos. Mr. R. Calhoun, representante general de la Curtiss, había confirmado que el motor del biplano de Ward, ocho cilindros y 50 caballos de fuerza, era similar al empleado días antes por Mc Curdy en su vuelo alrededor de la farola del Morro. El aparato podía alcanzar una velocidad de hasta 70 millas por hora.
A las tres y cuarto el joven aviador entró al campo en su automóvil. Lo acompañaban el alcalde Méndez, Azcue, Villapol, Estrada y Calhoun. Los tres vuelos se iniciaron a las 4:10 p.m., 4:31 y 5:08, con duraciones de cinco, siete y nueve minutos, respectivamente. En todas las ocasiones el piloto fue premiado con sendas ovaciones. En el último hubo entrada libre para los curiosos cuyos bolsillos no podían permitirse el lujo de la plata española.
En el tercero Ward calculó que logró elevarse hasta unos tres mil pies y hubiera trepado más de no haber sentido una interrupción en el motor.
Desde su privilegiada atalaya en el Observatorio del Colegio Montserrat, telescopio en mano el padre Sarasola dejó sus apuntes del acontecimiento. De la crónica del religioso rescato dos líneas: “...el aeroplano a los lejos se parece a un pájaro grande, pero un pájaro especial que no estamos acostumbrados a ver en los trópicos”.

domingo, 24 de febrero de 2008

Menéndez Peláez: Vuelo Camagüey-Sevilla

Salto atlántico en solitario

Sin más compañía que su entusiasmo, el aviador hispano-cubano Antonio Menéndez Peláez saltó sobre el Atlántico el lunes 10 de febrero de 1936 y cuando cuatro días más tarde aterrizó en el aeródromo Tablada, de Sevilla, inscribió su nombre como el del primer piloto iberoamericano en llegar España por aire.
El proyecto aéreo conocido como el Vuelo Camaguey-Sevilla comenzó en la capital llanera de Cuba el domingo 12 de enero y tuvo su clímax en el segmento que une sobre las olas a la ciudad brasileña de Natal y la gambiana de Bathurst (actual Banjul, capital de ese estado africano) luego de 15 horas de vuelo.
En principio el destino africano del trayecto planificado de siete mil 900 millas y 52 horas de vuelo, era la ciudad de Dakar, capital de Senegal, pero en aquellos tiempos la navegación aérea distaba de ser una ciencia exacta.
Con su hazaña Menéndez Peláez, nacido en la localidad asturiana de Santa Eulalia de Riveras en 1901, quiso rendir homenaje a sus compatriotas Barberán y Collar, héroes del aire que cubrieron la ruta Sevilla-Camaguey de un tirón de 39 horas en julio de 1933. El dúo de pilotos españoles desapareció a los pocos días mientras volaban el segmento La Habana-Ciudad de México.
Vencido el obstáculo acuático a lo largo de la menor distancia que separa Suramérica de África Menéndez enfiló la nariz del Lockbeed Vega rumbo a la capital andaluza a las ocho menos diez de la mañana del día 12 de febrero, pero una tormenta de arena en una extensa área del Occidente africano le obligó a tomar tierra en Cabo Juby, Río de Oro, a las cuatro de la tarde.
El avión de la Marina de Guerra Constitucional de Cuba y bautizado como Cuatro de Septiembre –fecha en 1933 de la primera asonada militar del entonces sargento taquígrafo Fulgencio Batista- tocó pista en Tablada a las cinco y 28 minutos (hora de Madrid) del día sanvalentinesco de 1936.
Había salvado las últimas mil 200 millas del periplo-homenaje en sólo siete horas, pero arribó casi asfixiado a causa del vendaval de arena que le azotó durante la segunda etapa intercontinental.
El aviador fue el héroe del día en un país que vivía las convulsiones políticas de la Segunda República, abocada a las elecciones parlamentarias del domingo 17 de febrero que darían el triunfo a la izquierda y abrirían el camino hacia la Guerra Civil.
Mientras en la ciudad del Betis se sucedían los ágapes al moderno Ícaro, el presidente cubano José A. Barnet firmaba el 15 de febrero el decreto de ascenso del piloto al grado de primer teniente del Cuerpo de Aviación y la concesión de las Órdenes al Mérito Militar y Naval, a ser impuestas en Palacio Presidencial al regreso del as.
Retrasado el vuelo Sevilla-Madrid a causa de condiciones climáticas por una parte y agitado ambiente político por la otra, el aeronauta aprovechaba el tiempo para cumplir con la agenda social propia de un famoso. El 18 de febrero fue agasajado en las bodegas de la casa Pedro Domecq, en Jerez de La Frontera, y al día siguiente visitó el monasterio de Huelva, sitio donde se detuvo el Almirante Cristóbal Colón en camino de otro salto trasatlántico, pero a la inversa y en carabela.
Menéndez que llevaba cartas autógrafas de Barnet para el presidente español Alcalá Zamora, llegó al fin al aeropuerto militar de Madrid a las 11 y 25 de la mañana del 21de febrero. Fue recibido allí por las primeras autoridades de la aviación nacional y trascendió la noticia de que el gobierno de España le concedía la Cruz Oficial de la Orden de la República.
De tal forma el piloto graduado en la academia Greal Airways, de Chicago, validaba sus palabras antes de lanzarse a la aventura: “Voy a hacer el viaje sin más compañía que mi entusiasmo y el afán de dejar bien colocado el pabellón cubano y el de las Fuerzas Armadas”.
El avión con nombre de madrugonazo militar estaba dotado de un motor Wasp de 523 caballos de fuerza y depósito para 450 galones de bencina. La velocidad crucero de 140 millas por hora era la más apropiada para realizar la empresa trasatlántica y la nave carecía de pontones para acuatizaje.
Las peripecias del vuelo en solitario comenzaron en la propia jornada inicial, cuando el proyectado aterrizaje en suelo venezolano en lugar de La Guaira (Maiquetía) sucedió, casi agotado el combustible y con muy visibilidad, en terrenos próximos a Puerto Cabello.
Tras realizar varios pases rasantes para espantar a las vacas que pastaban ajenas al acontecimiento, Menéndez realizó un aterrizaje de emergencia en un potrero cercano a Corentye, Guayana Inglesa, el 15 de enero. La necesidad de reparar la avería en el tanque de gasolina y aumentar la capacidad del depósito lo llevó a continuación a Port Spain, Trinidad, donde permaneció hasta el primero de febrero en esos menesteres, en los cuales contó con el auxilio del mecánico cubano teniente Gustavo Novo.
De la isla caribeña voló a la ciudad brasilera de Belem du Pará acompañado por Novo. El cinco de febrero llegó a Fortaleza, camino de Natal, de donde despegaría el 10 hacia los cielos de la gloria, mientras hacía currículum para la inmortalidad, que le estaría esperando en las riberas del río Cali en la mañana colombina del 29 de diciembre del año siguiente en medio del Vuelo Pro Faro de Colón.