lunes, 12 de enero de 2009

A 73 años del vuelo Camagüey-Sevilla


12 de Enero. 1936-2009
A las siete y diez minutos de la mañana del domingo 12 de enero de 1936 el teniente Antonio Menéndez Peláez despegó del aeropuerto Barberán y Collar, en la ciudad cubana de Camagüey. Los 17 segundos invertidos en la operación de despegue presenciada por unas 10 mil personas fueron el breve prólogo de una hazaña que concluiría en el aeródromo Tablada, de Sevilla, a las cinco y 25 de la tarde del 14 de febrero.
Cuatro días antes el piloto cubano había aterrizado en Batshurt (hoy Banjul, capital de Gambia) e inscripto su nombre en la historia de la aviación, tras convertirse en el primer hispanoamericano que llegaba a la Península luego de cruzar el Atlántico en solitario.
A Cienfuegos, donde comenzó a soñar con aquella aventura, vino Menéndez a despedirse la tarde del sábado 11 de enero. En esa propia jornada siguió a Camagüey, donde se calcula lo esperaron cuatro mil habitantes de la señorial Puerto Príncipe, cuya bellas mujeres realzaron el banquete nocturno de despedida en el hotel que honraba el nombre de la ciudad.
Ni el frío ni la niebla restaron brillo a la partida del aparato Lockheed en el amanecer del domingo. La Guaira, en las cercanías de Caracas, era la meta del primer tramo del vuelo con que el aviador cubano quiso honrar la hombrada de los españoles Mariano Barberán y Joaquín Collar, quienes el 10 de junio de 1933 completaron la travesía de Sevilla a Camagüey en una sola jornada de 39 horas.
Imprevistos en la ruta le obligaron a tomar tierra en las proximidades de Puerto Cabello, estado venezolano de Carabobo, con las últimas luces del día y con muy poca gasolina en el depósito del aparato de la Martina de Guerra Constitucional bautizado como Cuatro de Septiembre, en alusión a la asonada golpista de los sargentos encabezada por el taquígrafo Fulgencio Batista la madrugada de ese día de 1933.

lunes, 5 de enero de 2009

Cien jazmines para Florentino



5 de Enero. 1909-2009. CENTENARIO DEL NATALICIO DE FLORENTINO MORALES HERNÁNDEZ

El hecho de haber sido en casi dos siglos el único cienfueguero con un sillón en la Academia Cubana de la Lengua basta para asegurarle un recuerdo eterno en la memoria emotiva de esta ciudad.
Las 50 mil fichas, pedacitos del primer papel al alcance de sus manos nervudas, en que desmenuzó la historia de la comarca indígena de Jagua, la villa afrancesada de Fernandina y la ciudad conspicua de Cienfuegos, le valen un monumento a la laboriosidad. Más porque realizó la hercúlea tarea intelectual sin cobrar un centavo.
El cariño que prodigó a quienes tuvieron la suerte de acercársele sin apenas conocerlo. La bondad que derrochaba en cada acto de la vida, sin reparar en ingratitudes ni miserias morales. La sencillez con que atendía por igual al erudito investigador y al escolar sencillo sin creer en fronteras sociales. El amor por Elpidia, sólo compartido con esa obra humana que creció sobre la piel geológica de la península de La Majagua. Y con Mercedes, la novia que murió tres años antes de que él naciera. La lírica que era manantial y se desbordó en las pozas de Zigzag y Caracol, textos autofinanciados porque la poesía merece ser repartida como si los versos y las metáforas fueran los panes y los peces multiplicados. La pasión casi obsesiva por la historia de la ciudad que lo acunó junto a sus arenas meridionales y a la sombra de un pino bíblico como al hijo predilecto.
Por todas estas razones y otras que desbordarían el cauce de la crónica con aspiraciones de ser arroyo de la sierra, Florentino Morales Hernández merece un monumento en Cienfuegos. Podría ser de mármol de Real Campiña y sería tan íntimo que nadie recordaría las minas de Carrara. O de bronce que entre todos apilemos para que el crisol extraiga luego las mejores savias del metal, y Villa Soberón lo siente después en un banco del parque frente a su museo. O lo ponga a caminar sobre el espíritu de las losas de Bremen que conformaron el Salón Serrano, aquel paseo central por donde los abuelos de nuestros abuelos coquetearon una vez con las pizpiretas tatarabuelas. Mejor señalando la roseta injertada donde estuvieron las raíces de la majagua ancestral, por el Ateneo del que fuera alma y nervio. También hay sitio cerca del león de la izquierda, como si se detuviera a leer la decisión de la UNESCO que enaltece más a la ciudad.
Si no hubiera piedra ni aleación, los cienfuegueros le haremos de sentimiento el obelisco que Floren se ganó con su hombradía. Proclamémoslo este primer lunes de 2009 cuando hará un siglo exacto de su llegada por la finca Dagame, comarca de Yaguaramas.
Teresita Chepe que lo venera en el altar de la Nobleza, recordaba hace unos días que Florento se conformaba con la posibilidad de tener una mata de jazmín junto al lugar del perenne reposo.
Así de grande era aquel hombre que encorvado bajo el peso de un cerón de años nos parecía pequeño. En la ocasión del Centenario su ciudad será un jardín a la Hidalguía. Con 100 jazmines de gratitud perfumando la memoria.

viernes, 2 de enero de 2009

Aplausos y desaire para La Pavlova


A Cienfuegos le cupo el honor de ser el único pueblo cubano de campo, al decir de un cronista de la época, donde bailó la rusa Anna Pavlova, una de las celebridades de la danza mundial a principios del siglo XX.
El acontecimiento tuvo lugar el lunes 22 de marzo de 1915 y las tablas pisadas aquí por la gacela eslava en lugar de las clásicas del Terry fueron las de su reciente competencia, el teatro Luisa Martínez Casado.
La Pavlova acababa de cumplir 34 años y a juicio de quienes tuvieron el privilegio de encandilarse con su presencia debió parecerse a esas muñequitas rusas, al estilo de María Sharápova, Elena Dementieva, Anna Kournikova y compañía, que fulguran hoy en las canchas de tenis y/o las portadas de las revistas del corazón.
El teatro Payret había sido el escenario de sus triunfos habaneros cuando arribó a la Perla del Sur en el tren expreso de la tarde del mismo día señalado para el debut de su compañía, que iba a presentar una función única en el teatro de la estrella, como aludía la crónica teatral al nuevo coliseo de Prado y Santa Clara.
En el capitalino Diario de la Marina, Enrique Fontanills, a cargo de la sección de teatro, se preguntaba ¿cómo decirnos adiós Anna Pavlova cuando toda una sociedad la admira y la reclama subyugada por su poder incontrastable? Y en un raptus de admiración rayano en la picuencia sentenciaba que su partida hubiera sido un eclipse de alegrías.
De todas formas ante el reclamo de la selecta sociedad habanera la hija de campesinos pobres de San Petersburgo había decidido proseguir sus presentaciones en aquel teatro a orillas del Parque Central el miércoles, en cuanto retornara del agraciado pueblo de campo que presumía de ser la segunda plaza cultural de la República.
Nadie había bailado aquí como ella. La frase le pertenece al cronista Díazde y apareció en la sección Arte y Artistas del vespertino El Comercio el martes 23. La reseña apunta que la rusita “hizo un cisne sorprendente, en cuyo desplome el público no cesaba de batir palmas”.
El programa incluyó como piezas de lujo a La Muñeca Encantada y La Noche de Walpurgis, y en el acápite de diversiones figuraron La Danza de Primavera; el minuet El Cisne, de Paderewski, danzas holandesas, persas y poéticas; la Rapsodia húngara No. Dos de Liszt y la Bacanal de Otoño. Junto a la líder de la compañía brillaron además la Plokovietzka y el gran bailarín ruso Volinine.
La lluvia primaveral que descompuso la noche cienfueguera no pudo impedir el éxito de la función, evidencia ante la cual la empresa de la Pavlova y la de Puga y Sanz, propietarios del Luisa, decidieron repetirla al siguiente día con “El despertador de Flora” (baile mitológico) como principal atracción.
Pero Cienfuegos defraudó a la estrella que en 1909 recorrió Europa de triunfo en triunfo de la mano de su paisano Serguei Diaghilev, creador de los Ballets Rusos, para dos años más tarde fundar su propia compañía y saltar a los escenarios del mundo. A las dos de la tarde del martes ambas empresas decidieron suspender la función. Motivo: falta de entusiasmo del público.
“Es lástima que una ciudad rica –fuerza es confesarlo aún en contra de mi voluntad- no haya respondido al maravilloso espectáculo que nos proporcionaba la Pavlova, la cual probablemente morirá sin volver a Cuba”, fustigaba Díazde desde su parapeto de criterios en El Comercio.
Lo cierto es que la divina intérprete de la muerte del cisne, coreografiado especialmente para ella por el maestro y también compatriota Michel Fokine, partió esa misma noche en el tren directo a la capital. Y el Luisa anunció para el otro día su “miércoles blanco” con la puesta en pantalla de la película en 20 partes “La reina Margarita”, éxito cinematográfico del momento de la casa parisina Pathé Freres, que con actores de la Comedia Francesa tradujo al celuloide una novela de Alejandro Dumas padre.
“Pavlova vivió en el umbral del cielo y de la tierra como intérprete de los caminos de Dios”, reconoció la bailarina moderna Ruth St. Denis, cuando una pleuresía se llevó a la rusa genial en la ciudad holandesa de La Haya, a pocos días de cumplir medio siglo de edad.
Tal vez con palabras revestidas de menos lírica lo mismo pudieron atestiguar quienes en Cienfuegos tuvieron el privilegio de verla levitar en aquella función que el desaire posterior convirtió en única.

martes, 30 de diciembre de 2008

Primer tren a La Gloria




El primero de junio de 1913 fue en Cienfuegos uno de esos domingos en que hay tiempo de hacer cualquier cosa, menos aburrirse. Tan así que el estreno de la estación ferroviaria de la calle Gloria coincidió con una exhibición aérea de Domingo Rosillo, uno de los tres ases pioneros de la aviación cubana.
Pocos minutos después de la siete de la mañana entró en agujas el primer tren procedente de la capital de la república, en el cual arribó a la nueva estación ferroviaria de la ciudad una comisión de los Ferrocarriles Unidos de La Habana y Almacenes de Regla, Co. Lmted. Para la ocasión vinieron a la Perla del Sur Mr. Walter, primer auxiliar de administración, y Mr. Hasley, superintendente de Tráfico. Roberto M. Orr, administrador general de la Compañía se excusó, pues pronto debía viajar a Inglaterra.
Al recibimiento del convoy inaugural asistieron las principales autoridades cienfuegueras: el alcalde Juan Florencio Guerra; el presidente del Ayuntamiento, Pedro Sorá; y el jefe de la Policía, José Don.
El tren con destino a Sagua la Grande, que combinaba con el de Santa Clara, ese día dejó de salir de la estación de Arango y San Fernando para inscribirse en la historia como el primero con origen en Gloria y Santa Cruz.
Su partida a las ocho de la mañana quedaría registrada también en las crónicas de la ciudad por un sino fatal. En uno de sus coches tomo pasaje Domingo Campos, el ex policía municipal que la noche del 11 de abril del propio año había matado al alcalde de Cienfuegos, Ceferino “Nene” Méndez, en la esquina de Argüelles y Bouyón. La Policía de la ciudad lo entregó en el andén a la Guardia Rural, encargada de conducirlo a Santa Clara, donde debía comparecer ante la Audiencia Provincial.
Como sucedía siempre en tales circunstancias el hotel Unión sirvió el banquete de agasajo del Alcalde a la comisión de los Unidos, en el cual también hubo cubiertos para empleados de la Cuban Central, otra compañía ferroviaria, de capital inglés.
Si la mañana fue el tiempo de los trenes, la tarde dominical estuvo reservada a la aviación, el último grito de la moda en materia de locomoción. Domingo Rosillo, el protagonista de la primera travesía aérea sobre el Estrecho de la Florida, deleitó a los cienfuegueros con par de vuelos desde la improvisada pista del beisbolero Hipódromo. El primero, de circunvalación, duró seis minutos y medio, y el segundo fue una prueba de altura que se alargó cuatro minutos más. Por la noche el émulo de Ícaro también tuvo su banquete en el propio hotel de De Clouet y San Fernando.
El acto oficial de inauguración de la terminal ferroviaria ocurrió esa noche, amenizado por la Banda Municipal y con una asistencia calculada en cuatro mil personas. “No se cabía en la estación, no obstante estar tan lejos del centro de la ciudad”, escribía un reporter de El Comercio.
“La Comisión de los Ferrocarriles Unidos estuvo muy obsequiosa”, narraría La Correspondencia al dar cuenta del reparto a manos llenas de champagne y tabacos.
Tras la celebración partía, con exactitud inglesa, a las diez en punto, el primer tren con destino a La Habana.
Esa misma noche salía desde la capitalina Estación Central, inaugurada a finales del año anterior, el primer tren oficial de pasajeros de la nueva ruta a Cienfuegos. Míster Orr también fue generoso con el champagne del brindis de apertura.
Julio Andrade compró el boletín marcado con el número cero y A. Deswuile, el uno. El cuatro correspondió a Federico Laredo Bru, el abogado villareño que por entonces había echado raíces en Cienfuegos y luego sería presidente de la República. La locomotora marcada con el número 459 llevaba a Francisco Soler de maquinista y Ramón Bravo de conductor. Completaban el convoy el coche dormitorio Yumurí –en la cola-, un vagón de primera, dos de tercera y uno de equipaje.
Noventa y cinco años después de su inauguración, la Estación de la calle Gloria sigue siendo el punto de referencia del ferrocarril en Cienfuegos. Sobre todo tras la lamentable demolición de la llamada terminal de cargas de la calle Arango, otra herida insanable en la piel de la ciudad Patrimonio de la Humanidad.
La instalación edificada por los Unidos en terrenos comprados a Rafael Pérez Morales por seis mil dólares fue la sexta en la historia ferroviaria de Cienfuegos, iniciada el 21 de octubre de 1851 con la apertura del primer tramo de paralelas que comenzaba a enlazar la antigua Fernandina con la comarca azucarera al nordeste de la población.

Nota: El autor agradece la colaboración de Manuel Díaz Ceballos, historiador cienfueguero del ferrocarril. El tema merece que esta columna regrese en el futuro a su atención.

viernes, 31 de octubre de 2008

LA CORRESPONDENCIA: Templo del periodismo cienfueguero

31 de Octubre (1898-2008) Aniversario 110 del peridódico La Correspondencia


El embrión de La Correspondencia debió ser fecundado en el café El Centro Mercantil, un establecimiento en la esquina de De Clouet con Santa Clara que se daba el lujo de tener un falso techo de cristal. Y del cual hoy superviven a duras penas el letrero identificativo empotrado en la pared y algunos fantasmas acosados por el humo.
Discurría el año 1898 por su segunda mitad y a Cienfuegos la guerra casi terminada le reservaba una página especial. Sabiéndose en minoría el brigadier Bates, jefe de las tropas interventoras gringas, solicitó a al general español Jiménez de Castellanos que mantuviera el patrullaje de la ciudad. El Ejercito Libertador acampaba en los alrededores, a la espera de que saliera el último soldado colonialista de la Isla. La evacuación no se consumaría hasta el 5 de febrero siguiente, cuando el vapor Cataluña zarpó de Jagua llevando a bordo la imagen de la derrota definitiva de España en América.
En torno a una mesa de la cafetería propiedad de José Velis solían reunirse su hermano Florencio y el asturiano Cándido Díaz, dos mozalbetes de 19 años. Es de suponer cual sería el tema central de aquellos diálogos, pues el lunes 31 de octubre editaron el primer número del periódico en un local de la calle De Clouet, número 32, en los altos de Las Cienfuegueras.
Defender los intereses del elemento español que permanecería en la ciudad tras el cambio de poderes fue la razón que animó a los fundadores de la empresa editorial, a quienes se sumó también Francisco Diego Madrazo, un santanderino con inclinaciones hacia las letras, pero más hombre de negocios que de redacciones.
La última mañana de aquel octubre cuajado de incertidumbres políticas, a falta de 41 días para que Washington y Madrid negociaran sin La Habana en París el armisticio de paz, el joven Tomás Salazar voceó en los alrededores del Parque Central la edición número Uno del nuevo diario cienfueguero.
Con cuatro planas confeccionadas a mano y anuncios contratados a la buena fe de industriales y comerciantes locales, inició su andadura aquel órgano de prensa que en los 65 años posteriores sería referencia obligada del periodismo cubano, sobre todo del realizado fuera de la capital.
Obdulio García, quien fuera una pluma de referencia en el matutino cienfueguero que se consideraba el Vice decano de la prensa cubana, caracterizaría en ocasión de las Bodas de Plata las circunstancias del nacimiento de La Correspondencia. “Don Cándido, un español hidalgo, y Don Florencio, un cubano patriota, concibieron la idea de fundar un diario para propender con alteza de miras a estrechar los lazos entre ambas comunidades, inspiradas en los principios del idioma, la religión y la familia.
En el editorial de esa propia conmemoración La Correspondencia se dedicaría una mirada retrospectiva de medio siglo: “El programa del periódico era a la par que sencillo, de un contenido moral superior en aquellas circunstancias: defender los valores cubanos, sin olvidar, sin perder de vista, sin dejar de tener en cuenta (….) el origen de nuestro pueblo: el hecho de que poseíamos un idioma o un pretérito que no podíamos desarraigar o destruir, cargados por los odios o las violencias”.
Por esa misma cuerda andaba el pensamiento de Martí cuando preparó y desató la guerra indispensable.
En la práctica de la cotidianidad el matutino fundado por Díaz y Velis terminó siendo un defensor de los intereses de la ciudad de Cienfuegos por encima de cualquier bandería política, como proclamaba en su machón.
Desde La Habana, donde fijó su residencia a partir de 1907, Don Cándido seguiría llevando las riendas del periódico, mientras Velis administraba el negocio y ejercía la jefatura de redacción. Tras la muerte del fundador, el 11 de julio de 1924 en París, quien le había acompañado desde los diálogos precursores del Centro Mercantil ocupó la dirección.
En el cargo estuvo Don Florencio hasta los días de la caída de Machado en agosto de 1933, cuando cansado de tanta brega profesional y política, decidió retirarse, manteniendo el nombramiento de Presidente de la empresa editora. Eduardo Torres Morales, cronista de ley, lo sucedió hasta mediados del año siguiente, cuando pasó el testigo a Julio, el primogénito de los Velis, y a quien el gremio local consideraba a mediados del siglo pasado como “el periodista más completo que ha dado Cienfuegos”.
El 18 de diciembre de 1941 falleció en La Habana de manera repentina Florencio Velis Mojena, mientras desempeñaba un cargo de confianza al lado del ex presidente Laredo Bru, por entonces ministro de Justicia.
Julio Velis renunció a la dirección de La Correspondencia a finales de 1950 para encabezar la del diario capitalino Últimas Noticias. Su hermano Pedro, que desde hacía 20 años llevaba la administración, accedió a la jefatura, hasta que lo sorprendió la muerte en septiembre del 52.
Nick Machado, antiguo cronista deportivo del matutino, sería su director hasta el primero de enero de 1959. La fecha que cambió el decursar del país también modificó el machón de La Correspondencia, donde a partir del 26 del propio mes figuró el nombre de Helio Ruiz Madrigal en funciones de director.
Aquel cienfueguero dedicado a negocios inmobiliarios y que llevaba varios años en el apartado gerencial de la empresa, ejercía aún la dirección de La Correspondencia cuando dejó de editarse en 1964.
Por sus páginas habían aparecido las firmas de lo más granado de la intelectualidad cienfueguera y cubana a lo largo de trece lustros. Dígase Miguel Ángel de la Torre, Ruy de Lugo Viña, Andrés Alcalá-Galiano, los Prohías. Juana Josefa Acosta (la Condesita de Nevers), la cronista de viajes Eva Canel, el doctor Loreto Serapión, el poeta Hilarión Cabrisas, el novelista Enrique Labrador Ruiz, el humanista y comunista Juan Marinello, León Ichaso, el escritor y diplomático Francisco Cañellas, el erudito Luis González Costi, y otros que extenderían el listado hasta los límites de lo periodísticamente racional.
Y en la parte de la colección que sobrevive a la inclemencia del tiempo y sus aliados, perviven también los alientos creadores de Ana Pavlova, Enrique Carusso, Margarita Xirgu, Arquímedes Pous, Federico García Lorca, Pedro López Dorticós, Florentino Morales, Conrado Marrero, Jaime González y Antonio Menéndez Peláez.
En las letras que nacieron del plomo hirviente vive el alma de esta ciudad. La misma que en las navidades de 1922 fue escogida por Don Jacinto Benavente, aún con el Nobel a cuestas, para iniciar su gira cubana. Sus razones tendría el genial dramaturgo.
Tanta historia contada, tanta cultura sedimentada en blanco y negro, merece el homenaje de la memoria agradecida.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Detroit ponía luces a Cienfuegos

El hombre se nombraba Justo Montalvo, pero todos los que le conocían en el perímetro urbano desde Paseo de Arango a calle Gloria y de las marismas de Marsillán al Panteón de Gil le apelaban con cariño Detroit.
A pesar del mote que lo relacionaba con la Ciudad-Motor aquel experto mecánico electricista podría ser uno más entre los habitantes de la urbe provinciana que en 1911 se vanagloriaba de ser la segunda de Cuba. Eso, si cada anochecer no subiera a la cúspide del recién inaugurado teatro Luisa, donde manipulaba un potente reflector allí instalado y paseara su haz de luces sobre toda la población.
Aquel resplandor fosforescente indicaba que eran las siete de la noche, e invitaba a apresurarse a quien quisiera presenciar el espectáculo de la jornada en la sala teatral que el español Isaac de Puga había edificado, de conjunto con los hermanos Julián y Carlos Rafael Sanz, en la intersección de la calle Santa Clara con el Paseo de Vives.
Los tres empresarios habían constituido la sociedad ante el doctor Antonio J. Font y George, notario de Cienfuegos, el día 17 de enero de 1911 y el primero de septiembre del propio año abrían al público las puertas del nuevo coliseo con una función de la Compañía de Operetas Vienesas de la actriz mexicana Esperanza Iris.
Para ubicar su negocio cultural compraron los solares marcados con los números 1147 y 1148 en el plano moderno de la ciudad, que se correspondían con los 617 y 618 antiguos.
La construcción del inmueble, a cargo del maestro de obras Miguel Calzadilla y bajo la dirección del ingeniero Pablo Ros y del Campo demoró siete meses y 17 días exactos. Los inversionistas no quedaron del todo conformes, porque lo que hoy llamaríamos plan estipulaba levantar el edificio en seis meses exactos.
Atraso debido a una cuestión de planos, pues en medio de la obra se percataron que la compañía a cargo del suministro eléctrico a la ciudad no podría satisfacer la demanda propia del servicio de espectáculos, y en ese caso la empresa de Sanz y Puga debía producir su propio fluido.
Pero en el área de dos mil varas planas que sumaban los dos solares no había espacio suficiente para ubicar el teatro y la planta eléctrica, razón por la cual los inversores debieron comprar dos casas contiguas por la calle Santa Clara e incorporar sus terrenos al proyecto.
Allí se instaló un equipo que abasteció por varios años a todo el edificio y cuya operación estuvo a cargo del popular Detroit.
Mientras albañiles y operarios avanzaban en los trabajos del teatro, los periódicos de Cienfuegos divulgaron las bases de un plebiscito popular a fin de escoger el nombre para identificar a la nueva plaza cultural de la Perla del Sur.
Por abrumadora mayoría se impuso el de la actriz cienfueguera Luisa Martínez Casado (1860-1925), quien casi desde adolescente había paseado el nombre de Cienfuegos y de Cuba por los más rutilantes escenarios de Europa y América. La artista era además desde 1891 la esposa del empresario Puga, natural de Burgos.
La primera noche de septiembre de 1911 fue la fiesta de estreno del coliseo que en lo adelante significaría competencia para el señorial Tomás Terry. El gobernador provincial de Las Villas, don Manuel Villalón y Verdaguer, hizo el discurso de apertura luego que la Banda Municipal bajo la batuta del maestro Agustín Sánchez Planas pusiera de pie al respetable con las notas del Himno de Perucho.
A continuación la propia orquesta de la ciudad interpretó la obertura 1812 y Souvenir, de Richard Wagner, y Ecos, del Metropolitan Opera House.
Al levantarse el telón de boca realizado por el pintor Luis Ferro apareció en escena la Luisa que fue recibida por una tempestad de aplausos. La actriz declamó unos versos de su poema intitulado “A Cienfuegos.
La compañía de la diva mexicana Esperanza Iris que actuaría a teatro lleno durante 11 noches consecutivas subió a las relucientes tablas a La viuda alegre, opereta del austriaco Franz Lehar, pieza en la cual asumió la piel de Ana de Glavari. El crítico San Duarsedo elogió entre los decorados de la primera función el del parisino restaurant Maxim’s.
Para los tres días siguientes el telón de anuncios, propiedad de Luis Gaos Berea, proponía El Conde de Luxemburgo, La Princesa del Dollar y Aire de primavera, con papeles estelares a cargo de Josefina Peral, el barítono Palmer y la bailarina italiana Amelia Costa, respectivamente.
El escenario del Luisa no se quedaría detrás del Terry en cuanto a celebridades acogidas. Por allí desfilaron durante sus primeros años Graciela Paretto, Lucrecia Boris, Ana Pavlova, Hipólito Lázaro, Titta Rufo, Amelita Galli, Tina Poli Randaccio, Enrique Borrás, la Compañía de Dramas Policíacos Caral, la de Raúl del Monte y por supuesto el sin par cienfueguero Arquímedes Pous.

lunes, 22 de septiembre de 2008

¿Una escuela en La Suiza?

Cuando el martes 22 de septiembre de 1905 en la habitación número uno del hotel La Suiza fue ultimado el coronel independentista Enrique Villuendas, uno de los líderes con más capital político en las filas del Partido Liberal, la gobernación provincial de Las Villas era ejercida por el General José Miguel Gómez, caudillo de la propia formación partidaria y candidato presidenciable a las luego fallidas elecciones del 19 de marzo siguiente.
Villuendas, el más joven de los constitucionalistas de 1901, estaba por cumplir 31 años y en la Guerra del 95 peleó a las órdenes de José Miguel, por lo que más allá de la militancia política los unía la familiaridad forjada en la manigua.
Una de las últimas comunicaciones de puño y letra del joven mártir del liberalismo, escrita la víspera de su muerte sobre dos cuartillas litografiadas con el membrete del hotel de la calle San Carlos 103, tuvo como destinatario al general espirituano identificado por su posterior desempeño en funciones de estadista (1909-1913) como El Tiburón.
Parece ser que ya instalado en el primer sillón de la República Gómez sintió la necesidad de realizar un acto en memoria del antiguo subordinado y más tarde compañero de afanes políticos. Y no encontró mejor fórmula de cuajar el homenaje que convertir el sitio del martirio en una escuela pública. Así lo contó La Correspondencia en primera plana de su edición del 9 de febrero de 1911.
Para ello el mandatario comisionó al coronel mambí Paulino Guerén a negociar la compra del edificio donde se alojaba la hospedería. Guerén fue quien rescató de La Suiza el cadáver ensangrentado de Villuendas y le dio cristiano velatorio en su hogar de San Carlos esquina a Gloria, donde una tarja recuerda aún aquel gesto de nobleza. Y quien al amanecer del siguiente día lo sepultó en el cementerio de Reina, luego de costear los gastos fúnebres con su propia billetera.
A fin de cumplir la encomienda presidencial llegó el veterano hasta el ingenio Dos Hermanos, donde trasladó la oferta a la dueña del inmueble, la isleña Doña Francisca Tostes y García, viuda y heredera universal de los bienes de Don Nicolás Acea y de los Ríos, El Benefactor de Cienfuegos.
La respuesta de Panchita Tostes a la primera autoridad nacional fue una carta entregada en manos propias al portador de la solicitud. Esta columna reproduce los párrafos de la misiva que en su momento trascendieron al público mediante la referida portada de La Correspondencia, el matutino que se editaba a escasos 100 metros del hotel convertido en lugar de peregrinación del liberalismo criollo.
“Yo conocía personalmente al coronel Guerén antes de recibir su carta y la estimaba como bueno y servicial amigo. Así que ahora que veo que usted hace tan alta distinción de él, es doblemente acreedor a mi particular aprecio. Y siendo así, no he tenido duda alguna en ser con él lo más franca que me ha sido posible, al tratarse de la compra de la casa que ocupa el hotel La Suiza, donde desgraciadamente se desarrolló aquel luctuoso drama en que perdió la vida el bien llorado Enrique Villuendas.
El propósito de usted es muy plausible y soy la primera en encomiarlo en todo lo que vale y lamento esta vez no corresponder a su petición. El coronel Guerén le comunicará los motivos poderosos que tengo para no deshacerme de esa casa. En ella me casé y allí fui muy feliz y me ligan a ella lazos de afecto que son para mí inquebrantables. Esa casa fue para mí un regalo de bodas y están asociados a ella recuerdos y promesas tan sagrados, tal vez como sus recuerdos y memorias del pobre Enrique Villuendas. Y siendo usted mi amigo supongo que no querría que yo que estoy ya casi en el ocaso de mi vida, rompa con promesas íntimas y sagradas y con recuerdos que sólo son ya los únicos alicientes que me fortifican en mi voluntaria y apartada soledad.
Perdone, distinguido amigo, que le haya llevado a un terreno tan íntimo para negarle la solicitud de compra de una propiedad, pero como el comprador han sido tan delicado, que para hacer proposiciones de compra de una propiedad que no estaba en venta, invoca también sentimientos de naturaleza íntima a ese terreno he tenido que ir yo también. Así es, mi distinguido amigo, que si usted aprecia en algo la amistad que desinteresadamente le he profesado siempre, le ruego que mientras viva no insista en la compra de esa propiedad y espero que, pesando en todo su valor las razones expuestas, perdonará Ud. mi negativa y seguirá dispensándome su valiosa amistad”.
Cuando el autor de esta columna investigó los sucesos del martes sangriento de La Suiza en alguna de las fuentes consultadas salió a relucir el nombre de Don Nicanor Sánchez como el dueño del hospedaje. Y que la fundación databa de 1899.
En todo caso Sánchez sería arrendatario de la construcción de dos plantas por la cual Doña Francisca Tostes sentía tal veneración. Su matrimonio con Acea de los Ríos, viudo de Doña Teresa Terry Dorticós, fue registrado el 19 de junio de 1881, dato que prueba la antigüedad de la propiedad en el inventario de los bienes de El Benefactor.
A los pocos meses de su delicada negativa a El Tiburón, el 24 de mayo de 1912, a los 77 años falleció la hija de La Orotava (Tenerife) y por lo visto La Suiza siguió siendo hotel mucho tiempo más hasta convertirse en la ciudadela que hoy conocemos.
Como tampoco dejó descendientes, su fortuna administrada por los albaceas Cipriano Arenas, Felipe Silva e Isidoro O’Bourke, daría origen a un sonado litigio en los tribunales. Pero, esa será otra historia, por ahora cubierta con el manto sepia del tiempo ido.