El 14 de julio de 1908 mientras los franceses andaban de fiesta Cienfuegos estuvo pendiente del suceso del año, la inauguración del Sanatorio de la Colonia Española en los terrenos de la finca La Reforma, comprada para esos fines en 1900 por el Casino. Lástima que no pudiera encontrar en los archivos de la prensa local la página que dio cobija a la crónica del acontecimiento.
Pero no quería dejar en el olvido el centenario de la casa de salud, en la actualidad reconvertida en Policlínico Dr. Cecilio Ruiz de Zárate y otras dependencias del sistema sanitario.
El Casino Español de Cienfuegos irrumpió en la vida social de la entonces villa a fines de mayo de 1869 y un hito en su historia lo representó el baile de sala que el 5 de mayo de 1894 inauguró su sede en el edificio de San Fernando y San Luis, donde hoy funciona el Museo Provincial.
Finalizada la Guerra de Independencia y repatriadas las últimas fuerzas colonialistas en la Isla por el puerto de Jagua, en enero de 1899, la nueva coyuntura histórica y socio-económica condicionó que en agosto del propio año la Sociedad de Dependientes y las regionales hispanas: Benificiencia Gallega, Asturiana, Canaria, Catalana, Balear y Montañesa, decidieran fusionarse en el Casino Español de Cienfuegos, Centro de la Colonia Española.
Sumados los bienes de todos los entes mancomunados contabilizaron 54 mil 791 pesos con diez centavos en oro y cinco mil 392 pesos con 75 centavos en plata, apunta José María González Contreras en su folleto Reseña Histórica y Cronológica de la Colonia Española de Cienfuegos y su Sanatorio, publicado por la Imprenta de la calle San Carlos No. 129, en fecha posterior a 1923.
Los presidentes de los grupos regionales traían el mandato, aceptado por la nueva sociedad, de construir una casa de salud o sanatorio modelo. El artículo segundo del Reglamento de la institución proclamaba que estaba “en pie y subsistente la obligación y la necesidad de construir un gran sanatorio”.
La finca La Reforma, inmediata a la ciudad en dirección Sur, tenía una superficie de 186 mil varas planas y una elevación de 17 metros sobre el nivel del mar. Los dos primeros concursos para el proyecto de sanatorio fueron declarados desiertos en 1900 y 1901, respectivamente. A mediados de ese último año le fue encargado al ingeniero don Sotero Escarza la presentación del plano, memoria y proyecto de la futura obra.
Diversas causas fueron dilatando en el tiempo la construcción del conjunto arquitectónico. Por lo pronto los ejecutivos de la Colonia decidieron mejorar las condiciones de la quinta de salud que el Centro de Dependientes había incorporado al patrimonio del Casino.
Un giro en el proyecto significó la toma de posición de don Laureano Falla Gutiérrez al frente de la nueva directiva del Casino para el sexto período social, el 28 de enero de 1906. El industrial azucarero y hacendado que por entonces comenzaba a amasar una de las principales fortunas de la Isla puso como única condición “el acometer sin más demoras ni vacilaciones el problema del sanatorio”.
Predicó con su bolsillo el potentado montañés y acompañó sus palabras con cinco mil pesos sobre la mesa, gesto imitado por los hermanos asturianos Acisclo y Modesto del Valle quienes entre ambos igualaron la suma de Falla.
En mayo de ese año el topógrafo don Adolfo García, autor del plano de Cienfuegos de 1914, terminó el proyecto general de la obra y el 2 de junio, en ocasión de la boda del Rey de España, fue puesta la primera piedra.
Próximo al fin de los trabajos constructivos en mayo de 1908 un grupo de esposas de los industriales hispanos con negocios en Cienfuegos realizan una colecta con cuyos dineros iniciales se terminaría en 1910 la edificación de una coqueta capilla en los propios terrenos de la casa de salud. En los años 90 aquel inmueble que últimamente había servido de sede a la Cruz Roja fue rodeado por las hortalizas de un flamante organopónico, circunstancia previa a su posterior desaparición del entorno arquitectónico del cual celebramos su centenario.
Tras el cómputo final el costo de las obras ascendió en números redondos a unos 230 mil pesos, de los cuales la caja de la Colonia aportó 50 mil, y Falla Gutiérrez 37 mil de su peculio personal.
El 14 de julio de 1908 el edificio fue bendecido por el obispo fundador de la diócesis, Fray Aurelio Torres, y el 29 del mismo mes comenzó el traslado de los enfermos, operación realizada con acierto por don Modesto del Valle, presidente de la Sección de Beneficiencia del Casino, y con el concurso del personal facultativo dirigido por el doctor Luis Perna, una referencia en la historia de la medicina cienfueguera.
En 1923 estaban casi terminados los trabajos de instalación de una verja de hierro con base de mampostería a lo largo de la calle del Cid hasta el camino del Junco y también de la portada y pabellón de portería, frente a los cuales desemboca la calle de Campomanes.
El domingo 22 de mayo de 1927 como parte de las festividades de las Bodas de Plata de la República el Casino Español develó un busto de bronce con la efigie de don Laureano Falla Gutiérrez en el jardín de la casa administrativa del Sanatorio, institución a la que la prensa calificaba como “el más hermoso y sin discusión el mejor que existe en el Interior de Cuba”.
Por cierto, ¿alguien sabrá del destino de aquel monumento?
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martes, 22 de julio de 2008
Centenario del Sanatorio
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lunes, 9 de junio de 2008
Casa Terry
La Casa Terry no es la casa de Terry. Distan cuatro cuadras la una de la otra. La segunda, el hogar donde el matrimonio Terry-Dorticós procreó tantos hijos y un abolengo, hospeda hace años la escuela primaria Ignacio Agramonte y antes fue el claustro de las Teresianas.
Pero la Casa Terry, las oficinas de la empresa comercial fundada por aquel caraqueño flaco y recio que vino veinteañero a esta ciudad en el año en que comenzó a llamarse Cienfuegos, es decir 1829, se levanta en la esquina formada por Dorticós y Bouyon.
En el patio la lozanía de una ceiba, a todas luces mucho más joven que la construcción, la protege contra los maleficios de la edad avanzada.
Los nombres y apellidos de la mayoría de los potentados del siglo XIX, Leblanc por ejemplo, que como factores de dinamismo económico fomentaron el auge de esta ciudad yacen hoy en el olvido. El de Terry pervive en el teatro que legó al cerrar los ojos un día del verano de 1886 en París. Y la otra huella palpable es la Casa Terry.
Si el ciento por ciento de los cienfuegueros conoce, se maravilla y deslumbra ante el coliseo de San Carlos y San Luis, pocos saben de la existencia de la oficina desde Don Tomás movía los hilos financieros que le encumbraron como el hombre más rico de Cuba en el siglo XIX.
Al historiador estadounidense Roland Taylor Ely le debemos un retrato económico, pero a la vez humano, del hombre de éxito que al fin de sus días amasaba una fortuna del orden de los 20 millones de pesos. Cifra difícil de imaginar para quien hubiera visto desembarcar al joven Tomás Terry y Adams de una goleta surta en el puerto de Jagua, procedente de Caracas, o quizá de Curazao, sin más haberes que un físico envidiable y unas ganas de triunfar a prueba de balas.
A mediados de los años 50 del pasado siglo el joven investigador con estudios en Pricenton y Harvard tuvo el privilegio de ser el primero en acceder a los archivos de la Casa Terry, cerrados desde 1884. De su inmersión en la papelería, escarbando en al mina de débitos y haberes, exprimió el jugo necesario para escribir “Tomás Terry, el Creso cubano”, las 42 páginas del quinto y último capítulo de su libro Comerciantes cubanos del siglo XIX, publicado en 1959 por la habanera Editorial Librería Martí.
Las aventuras económicas del financista internacional que prestó dinero a los gobiernos de Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Italia, Rusia, Perú y Brasil son terreno para obras mayores del ensayo o la biografía. Esta crónica se conforma con el intento de posar decenas de miradas cienfuegueras sobre el inmueble de Dorticós y Bouyón, que al parecer nada más cuenta con la protección de la ceiba lozana del patio.
Así describió hace más de medio siglo Roland T. Ely su encuentro con la clausurada casa comercial: “La oficina de Tomás Terry ha soportado con más éxito los ataques del tiempo y del clima. El cuidó de que sólo los mejores materiales –cedro y caoba- que son impenetrables por el comején, se usaran en su construcción.Su cuadrada silueta puede verse rápidamente a una distancia de dos o tres millas desde el barco que hace la travesía entre Cienfuegos y los pequeños pueblos en derredor de la vasta bahía de Jagua.
Luego relata que en la casa habitaba por entonces una anciana pareja que en sus días felices trabajó “en el ‘Caracas’, la celebrada hacienda azucarera de la familia Terry al norte de Cienfuegos”. A cambio de cuidar los enseres del edificio los descendientes del magnate venezolano-cubano le permitían vivir gratis en tres aireadas habitaciones del piso bajo.
El acceso a la oficina estaba franqueado por un par de gruesas puertas, tachonadas en cobre, sobre las que llamó su atención una aldaba en forma de mano femenina.
Roland T. Ely experimentó al sensación de ser “el Rip Van Winkle cubano” al descubrirse protagonista en aquella especie de viaje en la máquina del tiempo.
“Escupideras chinas ya agrietadas se mantienen aún al lado de los sillones con espaldar de junco. Las delicadas balanzas de bronce, diseñadas para pesar oro, reposan inmóviles bajo su cristal protector y su cubierta de caoba. Resaltando sobre la pared sur hay una enorme caja de caudales de hierro, una Salamander hecha en Nueva York durante los años cincuenta. El escritorio del cajero y una oficina de correos en miniatura para archivar la correspondencia que llegaba de tres continentes, pueden también encontrarse en la misma posición que ocuparon hace un siglo. El mismo Don Tomás aún supervisa el local, desde un grabado en acero que cuelga sobre la pared este. Sólo Yrizar y los empleados menores, encaramados ante los enormes libros de cuentas encuadernados en piel, serían necesarios para completar el cuadro tal como era en los tiempos de Terry”.
Pero la Casa Terry, las oficinas de la empresa comercial fundada por aquel caraqueño flaco y recio que vino veinteañero a esta ciudad en el año en que comenzó a llamarse Cienfuegos, es decir 1829, se levanta en la esquina formada por Dorticós y Bouyon.
En el patio la lozanía de una ceiba, a todas luces mucho más joven que la construcción, la protege contra los maleficios de la edad avanzada.
Los nombres y apellidos de la mayoría de los potentados del siglo XIX, Leblanc por ejemplo, que como factores de dinamismo económico fomentaron el auge de esta ciudad yacen hoy en el olvido. El de Terry pervive en el teatro que legó al cerrar los ojos un día del verano de 1886 en París. Y la otra huella palpable es la Casa Terry.
Si el ciento por ciento de los cienfuegueros conoce, se maravilla y deslumbra ante el coliseo de San Carlos y San Luis, pocos saben de la existencia de la oficina desde Don Tomás movía los hilos financieros que le encumbraron como el hombre más rico de Cuba en el siglo XIX.
Al historiador estadounidense Roland Taylor Ely le debemos un retrato económico, pero a la vez humano, del hombre de éxito que al fin de sus días amasaba una fortuna del orden de los 20 millones de pesos. Cifra difícil de imaginar para quien hubiera visto desembarcar al joven Tomás Terry y Adams de una goleta surta en el puerto de Jagua, procedente de Caracas, o quizá de Curazao, sin más haberes que un físico envidiable y unas ganas de triunfar a prueba de balas.
A mediados de los años 50 del pasado siglo el joven investigador con estudios en Pricenton y Harvard tuvo el privilegio de ser el primero en acceder a los archivos de la Casa Terry, cerrados desde 1884. De su inmersión en la papelería, escarbando en al mina de débitos y haberes, exprimió el jugo necesario para escribir “Tomás Terry, el Creso cubano”, las 42 páginas del quinto y último capítulo de su libro Comerciantes cubanos del siglo XIX, publicado en 1959 por la habanera Editorial Librería Martí.
Las aventuras económicas del financista internacional que prestó dinero a los gobiernos de Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Italia, Rusia, Perú y Brasil son terreno para obras mayores del ensayo o la biografía. Esta crónica se conforma con el intento de posar decenas de miradas cienfuegueras sobre el inmueble de Dorticós y Bouyón, que al parecer nada más cuenta con la protección de la ceiba lozana del patio.
Así describió hace más de medio siglo Roland T. Ely su encuentro con la clausurada casa comercial: “La oficina de Tomás Terry ha soportado con más éxito los ataques del tiempo y del clima. El cuidó de que sólo los mejores materiales –cedro y caoba- que son impenetrables por el comején, se usaran en su construcción.Su cuadrada silueta puede verse rápidamente a una distancia de dos o tres millas desde el barco que hace la travesía entre Cienfuegos y los pequeños pueblos en derredor de la vasta bahía de Jagua.
Luego relata que en la casa habitaba por entonces una anciana pareja que en sus días felices trabajó “en el ‘Caracas’, la celebrada hacienda azucarera de la familia Terry al norte de Cienfuegos”. A cambio de cuidar los enseres del edificio los descendientes del magnate venezolano-cubano le permitían vivir gratis en tres aireadas habitaciones del piso bajo.
El acceso a la oficina estaba franqueado por un par de gruesas puertas, tachonadas en cobre, sobre las que llamó su atención una aldaba en forma de mano femenina.
Roland T. Ely experimentó al sensación de ser “el Rip Van Winkle cubano” al descubrirse protagonista en aquella especie de viaje en la máquina del tiempo.
“Escupideras chinas ya agrietadas se mantienen aún al lado de los sillones con espaldar de junco. Las delicadas balanzas de bronce, diseñadas para pesar oro, reposan inmóviles bajo su cristal protector y su cubierta de caoba. Resaltando sobre la pared sur hay una enorme caja de caudales de hierro, una Salamander hecha en Nueva York durante los años cincuenta. El escritorio del cajero y una oficina de correos en miniatura para archivar la correspondencia que llegaba de tres continentes, pueden también encontrarse en la misma posición que ocuparon hace un siglo. El mismo Don Tomás aún supervisa el local, desde un grabado en acero que cuelga sobre la pared este. Sólo Yrizar y los empleados menores, encaramados ante los enormes libros de cuentas encuadernados en piel, serían necesarios para completar el cuadro tal como era en los tiempos de Terry”.
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