Bucear en las aguas de la historia convierte a veces al que se empeña en tales tratos con el pasado en algo parecido a un sabueso policial. El suspense creado por el final abierto de la última columna no entraba en los cálculos de su concepción original y tampoco desea el cronista usurpar funciones detectivescas.
Como recordarán el teniente del Ejército Constitucional Ramón Garateix y el subinspector de la Policía Secreta Alfredo Paredes Ledón fueron los encargados por la justicia para encontrar el culpable del asesinato de Isidoro Madrazo, presidente de la Compañía Arrendataria del central Parque Alto, ocurrido en la madrugada del 9 de abril de 1941, cuando un hombre bien emboscado para la ocasión le descerrajó un escopetazo en la cabeza.
Hecho poco usual aquel que tuvo por escenario la fábrica azucarera en la vecindad de Congojas, porque a un dueño de central no lo ultimaban todos los días, por muy violenta que fuera la sociedad republicana.
Entonces no es de extrañar que el crimen bajo la fronda de los laureles de Parque Alto compartiera cintillos de portada en los diarios cienfuegueros con los avatares bélicos que volvían a destruir Europa. Sólo La Correspondencia le dio cabida en primera plana en doce ediciones de abril y en nueve de mayo. Pero la mayoría de los notas insistieron en la novela que se tejía alrededor de la herencia del hacendado.
Fue en la edición del 29 de mayo cuando el diario publicó un ¡Última hora! que anunciaba el descubrimiento del asesino del millonario Madrazo, pero sin soltar prenda, porque evidentemente no la tenía. Al día siguiente el periódico de la familia Velis titula con la acusación del teniente Garateix a los líderes sindicales del central como autores del hecho de sangre. Tan convencido está del resultado de sus pesquisas que ofrece 100 pesos de su peculio a quien sea capaz de destruir las pruebas aportadas.
Sostuvo el investigador que tras un sorteo macabro realizado por la directiva gremial le tocó en suerte a José “Cheo” Rodríguez Goytisolo, un mecánico mestizo de 28 años, ejecutar al industrial. La prueba más comprometedora resultó la declaración de Evaristo Abreu, empleado del central, quien aseguró que desde su habitación en el barracón del ingenio escuchó la trama urdida en un local contiguo.
Mientras el acusado principal declaraba su inocencia a reporteros que lo entrevistaban en la cárcel de Cienfuegos apareció otro testigo incriminador. En presencia de los detectives, Reinaldo Rivalta describió a Cheo Goytisolo como buen tirador y gran cazador de venados en fincas aledañas al ingenio. Para colmo de males aseguró que el susodicho le había comentado estar esperando una noche oscura para “matar al Mayor”.
En vista de que no apareció el arma homicida el Gabinete Nacional de Identificación envió al perito Eutasio Moreno López, con más de 30 años de experiencia en asuntos de herrería, comisionado para investigar en la fragua de los hermanos Rodríguez Goytisolo. Tomó muestras de escoria de la forja para comprobar si se correspondía con el tipo de acero empleado en la fabricación de escopetas de caza, pues existía la sospecha de que el trabuco hubiera sido derretido.
El 7 de junio en Santa Clara el coronel Gómez Gómez, jefe militar de la provincia, tuvo una entrevista con los dirigentes de la Federación de Trabajadores de Las Villas y el Buró Azucarero, Jesús Menéndez, Indalecio Acosta y Evangelino Pérez. “Estoy convencido de que en el asesinato no han intervenido las organizaciones obreras de la provincia, cuya función es otra muy distinta a la de preparar atentados personales”, aseguró el líder castrense.
El teatro de las investigaciones alcanzó también a la provincia de Camagüey, donde María Rosales, concubina de Cheo, testimonió que el acusado portaba mucho dinero cuando la visitó a principios de mayo.
Como aquello del árbol caído a Rodríguez Goytisolo terminaron achacándole un robo a Santos González, dueño de la colonia Convento, y lo peor, el asesinato en 1933 del chino José Achí, protegido de los Fowler, los antiguos dueños del ingenio. El asiático que vivía en un fortín de tiempos de España fue estrangulado para despojarlo de una bolsa con monedas de oro, según la versión popular del suceso.
Luego de mediado junio, cuando circularon las anteriores noticias, el tema Madrazo reaparece el 17 de julio para anunciar el fin de las investigaciones. La nota no aportaba casi ningún elemento novedoso, salvo que libros y documentos ocupados en la sede del Sindicato, en Congojas, probaban el planeamiento del escopetazo fulminador.
En juicio correccional celebrado en Rodas el 24 de octubre del mismo año 41 el juez Pérez Brenguier absolvió a la directiva sindical, incluido Cheo Goytisolo, acusada de desacato a los agentes del orden durante movimientos reivindicativos de los obreros con motivo de divergencias habidas con Madrazo. Otros acusados fueron el congresista Jesús Menéndez, exonerado de concurrir a juicio en virtud de su inmunidad parlamentaria, y el político cienfueguero Rolando Meruelo. La defensa estuvo a cargo de un joven abogado que 18 años después sería presidente de la república revolucionada: Osvaldo Dorticós.
sábado, 24 de mayo de 2008
¿Quién mató a Madrazo?
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sábado, 17 de mayo de 2008
6 perdigonazos en Parque Alto
El homicida llevaba días esperando una noche tan oscura como esta madrugada sazonada por los olores dulzones de la molienda, cuando en el batey del ingenio sólo se escucha el ronroneo cansino de las máquinas. Y los pasos de la futura víctima, que está a menos de seis metros del cazador y a cinco de la escopeta apuntada con la habilidad de quien está acostumbrado a hacer diana en la testuz de un venado. El de la emboscada apretó el gatillo.
El cráneo de Don Isidoro Madrazo Torriente explotó como si fuera una güira seca y la masa encefálica chorreó sobre el cuerpo que ya era cadáver cuando cayó a tierra. Luego la autopsia contaría seis perdigones en la cavidad craneal del dueño del ingenio. Pablo Pereira, el administrador de la industria, decretó la suspensión de las labores tan pronto conoció la muerte del patrono.
La muerte del presidente de la Compañía Arrendataria del Central Parque Alto, S.A. sería primera plana en los diarios cienfuegueros del 9 de abril de 1941, miércoles de la Semana Santa para ser más preciso.
El coronel Abelardo Gómez Gómez, jefe militar de la provincia de Las Villas, y el licenciado Arturo López Madrazo, comandante inspector de la Policía Nacional se personaron en el cementerio de Rodas, lugar de la necropsia en las primeras horas de la mañana. El cuerpo de Madrazo que tenía su residencia oficial en la finca Platanical, en las cercanías de Jicotea, poblado del municipio villareño de Santo Domingo, fue sepultado al siguiente día en La Esperanza.
Los primeros detenidos como sospechosos de la encerrona homicida fueron Juan Castillo Ocampo, José Abreu Gómez y Emiliano Espinosa Pérez, todos obreros de la fábrica de azúcar. El último había tenido algún roce reciente con el dueño por cuestiones laborales.
Como investigadores principales del caso que sería radicado con el sumario 524 en la Sala de Gobierno de la Audiencia de Santa Clara, fueron nombrados el teniente del Ejército Constitucional Ramón Garateix, designado por Gómez Gómez, y el subinspector de la Policía Secreta Alfredo Paredes Ledón.
A los detenidos se sumó al segundo día el dueño de la colonia Convento, Pedro Bompío García. Los cuatro fueron sometidos a la prueba de los guantaletes de parafina, evidencias enviadas al Gabinete Nacional de Identificación, en al capital de la República.
Los primeros implicados quedaron en libertad, mientras Bompío era excluido de fianza. En esa zafra ardieron los cañaverales de su colonia y el dueño del ingenio se había negado a moler las cañas chamuscadas, hecho que provocó un duro enfrentamiento verbal entre los dos hombres.
El esclarecimiento del crimen demoraría hasta últimos de mayo y finalmente cubriría de gloria a los sabuesos Garateix y Paredes. Por lo menos la prensa cienfueguera los cubrió de halagos profesionales.
Pero en las 50 jornadas que mediaron entre el escopetazo madrugador tras los laureles a la entrada del central y la detención de los supuestos culpables hubo suficiente tiempo para tejer y destejer una historia digna de culebrón televisivo, de haber existido por entonces en la Isla la magia de la pequeña pantalla.
El nudo dramático del posible guión giraría en torno a la herencia del difunto, calculada en un principio y de manera extraoficial cercana a los 14 millones de pesos. Llamaba la atención la circunstancia de que el industrial cazado era soltero, no tenía hermanos y sus padres habían fallecido antes.
A sus tías maternas Isabel y Flora Torriente y Madrazo, viudas de Aguiar y Pumariega, respectivamente, y residentes en Cienfuegos, pronto le apareció una competidora: la niña Angela de las Nieves. Según, Anastasia Abreu, doméstica en la casa del dueño del central, la criatura nacida el 30 de noviembre del año anterior era fruto de sus relaciones carnales con el patrón, quien había elegido los padrinos de la bebita y la iba a reconocer como su hija a fines del propio mes de abril en Santa Clara.
El 15 de mayo se apareció en Cienfuegos la gringa Edith E. Sadiff con intención de reclamar la herencia de Madrazo. Traía la recomendación del embajador estadounidense en La Habana, Mr. Messernith, para su cónsul en la ciudad, Mr. Hernan C. Vogenitz.
Alegó que conoció al difunto en Nueva York en 1919 y desde entonces sostuvieron relaciones íntimas. Mostró una foto de grupo tomada en París dos años más tarde en la cual aparecía la pareja. En 22 años de vida común jamás le pidió a Madrazo la legalización de su estatus, pues lo quería a él, no a sus millones y no quiso manchar el romance con pretensiones de índole tan grosera como el dinero. Al menos tal argumento sostuvo ante la prensa local.
Todavía habría más sardina para arrimar a la brasa de la herencia en disputa: el niño Isidoro Moisés de la Torre y Valdés, nacido en el Hospital de Maternidad e Infancia de Santa Clara el 4 de septiembre de 1940. Su madre, María de los mismos apellidos, juraba que el tierno fruto había sido engendrado por los jugos del industrial emboscado.
e Madrazo. Traía la recomendación del embajador estadounidense en La Habana, Mr. Messernith, para su cónsul en la ciudad, Mr. Hernan C. Vogenitz.
Alegó que conoció al difunto en Nueva York en 1919 y desde entonces sostuvieron relaciones íntimas. Mostró una foto de grupo tomada en París dos años más tarde en la cual aparecía la pareja. En 22 años de vida común jamás le pidió a Madrazo la legalización de su estatus, pues lo quería a él, no a sus millones y no quiso manchar el romance con pretensiones de índole tan grosera como el dinero. Al menos tal argumento sostuvo ante la prensa local.
Todavía habría más sardina para arrimar a la brasa de la herencia en disputa: el niño Isidoro Moisés de la Torre y Valdés, nacido en el Hospital de Maternidad e Infancia de Santa Clara el 4 de septiembre de 1940. Su madre, María de los mismos apellidos, juraba que el tierno fruto había sido engendrado por los jugos del industrial emboscado.
El cráneo de Don Isidoro Madrazo Torriente explotó como si fuera una güira seca y la masa encefálica chorreó sobre el cuerpo que ya era cadáver cuando cayó a tierra. Luego la autopsia contaría seis perdigones en la cavidad craneal del dueño del ingenio. Pablo Pereira, el administrador de la industria, decretó la suspensión de las labores tan pronto conoció la muerte del patrono.
La muerte del presidente de la Compañía Arrendataria del Central Parque Alto, S.A. sería primera plana en los diarios cienfuegueros del 9 de abril de 1941, miércoles de la Semana Santa para ser más preciso.
El coronel Abelardo Gómez Gómez, jefe militar de la provincia de Las Villas, y el licenciado Arturo López Madrazo, comandante inspector de la Policía Nacional se personaron en el cementerio de Rodas, lugar de la necropsia en las primeras horas de la mañana. El cuerpo de Madrazo que tenía su residencia oficial en la finca Platanical, en las cercanías de Jicotea, poblado del municipio villareño de Santo Domingo, fue sepultado al siguiente día en La Esperanza.
Los primeros detenidos como sospechosos de la encerrona homicida fueron Juan Castillo Ocampo, José Abreu Gómez y Emiliano Espinosa Pérez, todos obreros de la fábrica de azúcar. El último había tenido algún roce reciente con el dueño por cuestiones laborales.
Como investigadores principales del caso que sería radicado con el sumario 524 en la Sala de Gobierno de la Audiencia de Santa Clara, fueron nombrados el teniente del Ejército Constitucional Ramón Garateix, designado por Gómez Gómez, y el subinspector de la Policía Secreta Alfredo Paredes Ledón.
A los detenidos se sumó al segundo día el dueño de la colonia Convento, Pedro Bompío García. Los cuatro fueron sometidos a la prueba de los guantaletes de parafina, evidencias enviadas al Gabinete Nacional de Identificación, en al capital de la República.
Los primeros implicados quedaron en libertad, mientras Bompío era excluido de fianza. En esa zafra ardieron los cañaverales de su colonia y el dueño del ingenio se había negado a moler las cañas chamuscadas, hecho que provocó un duro enfrentamiento verbal entre los dos hombres.
El esclarecimiento del crimen demoraría hasta últimos de mayo y finalmente cubriría de gloria a los sabuesos Garateix y Paredes. Por lo menos la prensa cienfueguera los cubrió de halagos profesionales.
Pero en las 50 jornadas que mediaron entre el escopetazo madrugador tras los laureles a la entrada del central y la detención de los supuestos culpables hubo suficiente tiempo para tejer y destejer una historia digna de culebrón televisivo, de haber existido por entonces en la Isla la magia de la pequeña pantalla.
El nudo dramático del posible guión giraría en torno a la herencia del difunto, calculada en un principio y de manera extraoficial cercana a los 14 millones de pesos. Llamaba la atención la circunstancia de que el industrial cazado era soltero, no tenía hermanos y sus padres habían fallecido antes.
A sus tías maternas Isabel y Flora Torriente y Madrazo, viudas de Aguiar y Pumariega, respectivamente, y residentes en Cienfuegos, pronto le apareció una competidora: la niña Angela de las Nieves. Según, Anastasia Abreu, doméstica en la casa del dueño del central, la criatura nacida el 30 de noviembre del año anterior era fruto de sus relaciones carnales con el patrón, quien había elegido los padrinos de la bebita y la iba a reconocer como su hija a fines del propio mes de abril en Santa Clara.
El 15 de mayo se apareció en Cienfuegos la gringa Edith E. Sadiff con intención de reclamar la herencia de Madrazo. Traía la recomendación del embajador estadounidense en La Habana, Mr. Messernith, para su cónsul en la ciudad, Mr. Hernan C. Vogenitz.
Alegó que conoció al difunto en Nueva York en 1919 y desde entonces sostuvieron relaciones íntimas. Mostró una foto de grupo tomada en París dos años más tarde en la cual aparecía la pareja. En 22 años de vida común jamás le pidió a Madrazo la legalización de su estatus, pues lo quería a él, no a sus millones y no quiso manchar el romance con pretensiones de índole tan grosera como el dinero. Al menos tal argumento sostuvo ante la prensa local.
Todavía habría más sardina para arrimar a la brasa de la herencia en disputa: el niño Isidoro Moisés de la Torre y Valdés, nacido en el Hospital de Maternidad e Infancia de Santa Clara el 4 de septiembre de 1940. Su madre, María de los mismos apellidos, juraba que el tierno fruto había sido engendrado por los jugos del industrial emboscado.
e Madrazo. Traía la recomendación del embajador estadounidense en La Habana, Mr. Messernith, para su cónsul en la ciudad, Mr. Hernan C. Vogenitz.
Alegó que conoció al difunto en Nueva York en 1919 y desde entonces sostuvieron relaciones íntimas. Mostró una foto de grupo tomada en París dos años más tarde en la cual aparecía la pareja. En 22 años de vida común jamás le pidió a Madrazo la legalización de su estatus, pues lo quería a él, no a sus millones y no quiso manchar el romance con pretensiones de índole tan grosera como el dinero. Al menos tal argumento sostuvo ante la prensa local.
Todavía habría más sardina para arrimar a la brasa de la herencia en disputa: el niño Isidoro Moisés de la Torre y Valdés, nacido en el Hospital de Maternidad e Infancia de Santa Clara el 4 de septiembre de 1940. Su madre, María de los mismos apellidos, juraba que el tierno fruto había sido engendrado por los jugos del industrial emboscado.
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jueves, 8 de mayo de 2008
Traición en Siguanea y martirio en Marsillán
El piquete español coloca al reo debajo de un árbol de poca fronda y demasiada tristeza, de los llamados jaimiquí. En la marisma de Marsillán había otro casi gemelo, a 50 metros del que sirve ahora de patíbulo a Leopoldo Díaz de Villegas y Díaz de Villegas, a las siete en punto de esta mañana del 4 de abril de 1871. La descarga cerrada de la fusilería española le arranca de cuajo las últimas sílabas al hurra con que los patriotas cubanos se despiden de la vida en similares circunstancias.
Tenía el muerto 20 años, seis meses y tres días de exacta edad. Era martes santo.
Leopoldito nació en cuna blanda. Sus padres, Don Juan y Doña Adelaida eran primos. Ella, nieta de Agustín de Santa Cruz, el hacendado que ya fabricaba azúcares en su ingenio Candelaria cuando De Clouet vino a fundar y aceptó las 300 caballerías del hato Caunao donadas por el primer benefactor de la villa en ciernes.
Juan Díaz de Villegas fue el alma visible del movimiento separatista en Cienfuegos y los cronistas de la época coinciden en catalogar al dueño de la hacienda Santa Isabel como el hombre más querido de la comarca.
El único varón de los Díaz de Villegas y sus hermanas, Antonia y Rosalía, crecieron escuchando la anécdota del día de julio de 1848 en que el padre situó las riendas de Macepa, su caballo favorito, en manos del conspirador Narciso López, quien tras épica cabalgata puso tierra por medio de la persecución española hasta que pudo embarcar por Cárdenas rumbo a Estados Unidos.
La fortuna familiar, si emular con las nacientes dinastías de sacarócratas y comerciantes de Cienfuegos, la villa emergente de la centuria mediada, bastaba para ciertos lujos, como el de enviar al heredero adolescente a estudiar en unos de los colegios politécnicos de más alcurnia en Alemania.
Hasta tierras teutonas llegó el clamor de la revolución cespediana gritada en La Demajagua y el joven Leopoldo orientó la brújula de la existencia hacia el punto cardinal donde flameaba la libertad.
Desembarcó en Cienfuegos cuando su padre ya había sido protagonista del alzamiento villareño de principios de febrero del 69, a la cabeza de los complotados de Cienfuegos, entre ellos los hermanos Fernández Cavada y Howard.
Sólo 16 días permaneció en el hogar el hijo de ya general mambí Juan Díaz de Villegas. “Quizá sea muy niño todavía, mi padre tal vez no me aceptará; pero el general tendrá que aceptarme como recluta”. Así pensaba Leopoldo la noche antes de marchar a los campos de Cuba Libre, cuando escribía la esquela de despedida a Doña Adelaida: “Mamá Adela, perdóname las lágrimas que mi partida te causarán, voy a donde debo estar, al lado de mi padre”.
-Sólo lo siento por tu madre, fue el único reproche del progenitor al abrazar al nuevo soldado de la independencia.
Principios de febrero de 1871. Las fuerzas de la División Cienfuegos, sin pertrechos para hacer la guerra en su territorio, acampan en el cuartel general de Las Playitas, muy próximo a donde brota el primer manantial del Hanabanilla, mientras esperan para marchar al Camagüey en procura de bastimentos bélicos.
El Chico Valladares, antiguo arrendatario y protegido de Don Juan, pide autorización del mando para ir a la búsqueda de insurrectos dispersos por el valle de la Siguanea. Asegura que en tres días estará de vuelta con los rezagados. Las 72 horas le sobraron para consumar la traición. Presentado en el fuerte español de Plato de Palo, asegura a los colonialistas la entrega del general cienfueguero.
En la vereda del Novillo sorprenden al hijo en lugar del padre. Se inicia el Vía Crucis del muchacho candidato a mártir. El 23 de marzo lo traen a la cárcel de Cienfuegos. Rabioso por la derrota de los Chapelgorris en Sancti Spíritus a manos del general Villamil, mambí gallego por más señas, el Conde de Valmaceda telegrafió a Cienfuegos para que pusieran a Leopoldo en capilla.
La madre y las hermanas residían por la fecha en Kingston. Tiempo después cuando, enfermo, el general Don Juan arriba a la capital jamaicana, Doña Adelaida pregunta mientras besa:
-¿Y Leopoldo? ¿Cómo es que te separaste de él, Juanillo?
-Leopoldo se quedó en Cuba: nadie lo separará de su tierra. ¡Dichoso él!
Pasarían tres años para que la madre conociera del destino del hijo bajo un árbol escaso de fronda y generoso en tristeza, mientras el sol se avergonzaba de encender la mañana del martes santo en Marsillán.
Tenía el muerto 20 años, seis meses y tres días de exacta edad. Era martes santo.
Leopoldito nació en cuna blanda. Sus padres, Don Juan y Doña Adelaida eran primos. Ella, nieta de Agustín de Santa Cruz, el hacendado que ya fabricaba azúcares en su ingenio Candelaria cuando De Clouet vino a fundar y aceptó las 300 caballerías del hato Caunao donadas por el primer benefactor de la villa en ciernes.
Juan Díaz de Villegas fue el alma visible del movimiento separatista en Cienfuegos y los cronistas de la época coinciden en catalogar al dueño de la hacienda Santa Isabel como el hombre más querido de la comarca.
El único varón de los Díaz de Villegas y sus hermanas, Antonia y Rosalía, crecieron escuchando la anécdota del día de julio de 1848 en que el padre situó las riendas de Macepa, su caballo favorito, en manos del conspirador Narciso López, quien tras épica cabalgata puso tierra por medio de la persecución española hasta que pudo embarcar por Cárdenas rumbo a Estados Unidos.
La fortuna familiar, si emular con las nacientes dinastías de sacarócratas y comerciantes de Cienfuegos, la villa emergente de la centuria mediada, bastaba para ciertos lujos, como el de enviar al heredero adolescente a estudiar en unos de los colegios politécnicos de más alcurnia en Alemania.
Hasta tierras teutonas llegó el clamor de la revolución cespediana gritada en La Demajagua y el joven Leopoldo orientó la brújula de la existencia hacia el punto cardinal donde flameaba la libertad.
Desembarcó en Cienfuegos cuando su padre ya había sido protagonista del alzamiento villareño de principios de febrero del 69, a la cabeza de los complotados de Cienfuegos, entre ellos los hermanos Fernández Cavada y Howard.
Sólo 16 días permaneció en el hogar el hijo de ya general mambí Juan Díaz de Villegas. “Quizá sea muy niño todavía, mi padre tal vez no me aceptará; pero el general tendrá que aceptarme como recluta”. Así pensaba Leopoldo la noche antes de marchar a los campos de Cuba Libre, cuando escribía la esquela de despedida a Doña Adelaida: “Mamá Adela, perdóname las lágrimas que mi partida te causarán, voy a donde debo estar, al lado de mi padre”.
-Sólo lo siento por tu madre, fue el único reproche del progenitor al abrazar al nuevo soldado de la independencia.
Principios de febrero de 1871. Las fuerzas de la División Cienfuegos, sin pertrechos para hacer la guerra en su territorio, acampan en el cuartel general de Las Playitas, muy próximo a donde brota el primer manantial del Hanabanilla, mientras esperan para marchar al Camagüey en procura de bastimentos bélicos.
El Chico Valladares, antiguo arrendatario y protegido de Don Juan, pide autorización del mando para ir a la búsqueda de insurrectos dispersos por el valle de la Siguanea. Asegura que en tres días estará de vuelta con los rezagados. Las 72 horas le sobraron para consumar la traición. Presentado en el fuerte español de Plato de Palo, asegura a los colonialistas la entrega del general cienfueguero.
En la vereda del Novillo sorprenden al hijo en lugar del padre. Se inicia el Vía Crucis del muchacho candidato a mártir. El 23 de marzo lo traen a la cárcel de Cienfuegos. Rabioso por la derrota de los Chapelgorris en Sancti Spíritus a manos del general Villamil, mambí gallego por más señas, el Conde de Valmaceda telegrafió a Cienfuegos para que pusieran a Leopoldo en capilla.
La madre y las hermanas residían por la fecha en Kingston. Tiempo después cuando, enfermo, el general Don Juan arriba a la capital jamaicana, Doña Adelaida pregunta mientras besa:
-¿Y Leopoldo? ¿Cómo es que te separaste de él, Juanillo?
-Leopoldo se quedó en Cuba: nadie lo separará de su tierra. ¡Dichoso él!
Pasarían tres años para que la madre conociera del destino del hijo bajo un árbol escaso de fronda y generoso en tristeza, mientras el sol se avergonzaba de encender la mañana del martes santo en Marsillán.
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sábado, 26 de abril de 2008
Siembra de piedras en el Centenario
Faltan hoy cuatro mil 013 días para que Cienfuegos cumpla 200 años. Parece demasiado tiempo, pero ya podríamos dedicar algunas neuronas a pensar en el Bicentenario.
Mientras llega ese cuarto lunes de abril de 2019 quiero refrescar algunos detalles que marcaron las Fiestas del Centenario, sobre todo las primeras piedras sembradas en tierras de La Majagua en aquellos días de primavera y recuento.
En total fueron seis los actos simbólicos de colocación de la piedra inicial de monumentos dedicados a perpetuar el recuerdo de patricios o artistas cienfuegueros realizados entre el 19 y el 23 de abril de 1919. Por lo general bajo los cimientos de cada futuro obelisco se enterraba un cofre que contenía los diarios de la fecha y un acta del acontecimiento.
El parque Martí se benefició con la procreación de los monumentos al gobernador Ramón María de Labra, en la esquina de San Fernando y Santa Isabel; el patriota Antonio Reguera, en Santa Isabel y San Carlos; y los poetas Clotilde del Carmen Rodríguez y Antonio Hurtado del Valle, Hija e Hijo del Damují, en los ángulos formados por la calle Bouyón con San Fernando y San Carlos, respectivamente.
Antonio Monasterio, compañero de tormentos de Reguera en cárceles españolas, sufragó la honra material al amigo muerto en Madrid y la Colonia Española la del íntegro gobernante de la villa nacido en cuna asturiana.
En el Prado que por entonces era Paseo de Méndez, como lo había sido de Vives o de la Independencia, fue puesta la primera piedra del obelisco a Ceferino “Nene” Méndez, el alcalde-obrero asesinado el 11 de abril de 1913. Cuenta la crónica de La Correspondencia que Pedro Modesto Hernández tomó una cuchara de albañil y vertió cemento sobre la caja de plomo con los documentos de la ocasión.
Desigual suerte corrió el Fundador de Fernandina de Jagua. Cierto que en la esquina formada por San Fernando y la calle que honra su nombre la Asociación de Mecánicos y Fundidores colocó un medallón de bronce con el busto en relieve del homenajeado y una plancha del mismo metal con la inscripción “A Don Luis De Clouet, fundador de Cienfuegos. 1819 -22 de abril- 1919”.
La simbólica fuente monumental que el Ayuntamiento acordó situar en el Prado en honor al propio Don Luis también tuvo su piedra inicial, pero a todas luces fue una roca estéril, porque aquello se quedó en proyecto. Desde entonces Cienfuegos está en deuda con quien le dio la vida.
Los maestros de obra fueron más allá del acto protocolar e inauguraron en la esquina del parque Villuendas de donde nace la Calzada de Dolores un sencillo monumento en forma de atril que sostiene un libro abierto. En la primera página se lee: 100 / Esta página de la historia recordará que el Gremio de Albañiles ofrendó su recuerdo a los fundadores de Cienfuegos en su primer Centenario./ 22 de abril de 1919. La segunda hoja de mármol muestra el herramental propio de quienes edificaron la ciudad en un siglo: compás, escuadra, cuchara y plomada.
La revista Bohemia, que ya despuntaba como referencia periodística en Iberoamérica dedicó su número semanal a la ciudad de la centuria y Enrique Díaz, “notable impresionador de películas” filmaba cada detalle de los actos para dejar el centenario en celuloide.
En Hipódromo hubo juegos de pelota entre las novenas Minerva y Juventud y otro que enfrentó al team matancero Bellamar con el local Federales de Heredia. En el Club de Cazadores las damitas de alta sociedad disputaron el Ladies Trapshooting Team y los caballeritos afinaron puntería en pos de la Copa Crabb. Nila Núñez Mesa y Eduardo Mazarredo fueron los más certeros. La Calzada de Reina fue escenario de carreras de caballos y el teatro Terry de un baile de gala y otro de disfraces.
Hubo misa de campaña en el propio sitio donde acamparon los fundadores y por cuestación popular fue refundida por los Hermanos Alduncin la campana histórica de la Catedral.
Pedro Modesto Hernández había presentado su primer proyecto de las Fiestas del Centenario el 15 de octubre de 1915 en páginas del Diario de la Marina.
Concluido el jolgorio su organizador principal agasajó a los chicos de la prensa con un banquete en el Hotel Unión la noche del 23 de abril. Amenizado por la Banda del estado Mayor del Ejército que ejecutó entre otras piezas Marchemos a Berlín, el ágape premió con el siguiente menú: Entremés Centenario: sopa crema Reina Cienfuegos Haut Sauternes. Principales: filete de pargo a la Jagua, pollo Mariland, asado de ternera y perdigot Prensa. Postre: pudín Permentier. Champagne Viuda Chicot. Plus: café y tabacos.
Mientras llega ese cuarto lunes de abril de 2019 quiero refrescar algunos detalles que marcaron las Fiestas del Centenario, sobre todo las primeras piedras sembradas en tierras de La Majagua en aquellos días de primavera y recuento.
En total fueron seis los actos simbólicos de colocación de la piedra inicial de monumentos dedicados a perpetuar el recuerdo de patricios o artistas cienfuegueros realizados entre el 19 y el 23 de abril de 1919. Por lo general bajo los cimientos de cada futuro obelisco se enterraba un cofre que contenía los diarios de la fecha y un acta del acontecimiento.
El parque Martí se benefició con la procreación de los monumentos al gobernador Ramón María de Labra, en la esquina de San Fernando y Santa Isabel; el patriota Antonio Reguera, en Santa Isabel y San Carlos; y los poetas Clotilde del Carmen Rodríguez y Antonio Hurtado del Valle, Hija e Hijo del Damují, en los ángulos formados por la calle Bouyón con San Fernando y San Carlos, respectivamente.
Antonio Monasterio, compañero de tormentos de Reguera en cárceles españolas, sufragó la honra material al amigo muerto en Madrid y la Colonia Española la del íntegro gobernante de la villa nacido en cuna asturiana.
En el Prado que por entonces era Paseo de Méndez, como lo había sido de Vives o de la Independencia, fue puesta la primera piedra del obelisco a Ceferino “Nene” Méndez, el alcalde-obrero asesinado el 11 de abril de 1913. Cuenta la crónica de La Correspondencia que Pedro Modesto Hernández tomó una cuchara de albañil y vertió cemento sobre la caja de plomo con los documentos de la ocasión.
Desigual suerte corrió el Fundador de Fernandina de Jagua. Cierto que en la esquina formada por San Fernando y la calle que honra su nombre la Asociación de Mecánicos y Fundidores colocó un medallón de bronce con el busto en relieve del homenajeado y una plancha del mismo metal con la inscripción “A Don Luis De Clouet, fundador de Cienfuegos. 1819 -22 de abril- 1919”.
La simbólica fuente monumental que el Ayuntamiento acordó situar en el Prado en honor al propio Don Luis también tuvo su piedra inicial, pero a todas luces fue una roca estéril, porque aquello se quedó en proyecto. Desde entonces Cienfuegos está en deuda con quien le dio la vida.
Los maestros de obra fueron más allá del acto protocolar e inauguraron en la esquina del parque Villuendas de donde nace la Calzada de Dolores un sencillo monumento en forma de atril que sostiene un libro abierto. En la primera página se lee: 100 / Esta página de la historia recordará que el Gremio de Albañiles ofrendó su recuerdo a los fundadores de Cienfuegos en su primer Centenario./ 22 de abril de 1919. La segunda hoja de mármol muestra el herramental propio de quienes edificaron la ciudad en un siglo: compás, escuadra, cuchara y plomada.
La revista Bohemia, que ya despuntaba como referencia periodística en Iberoamérica dedicó su número semanal a la ciudad de la centuria y Enrique Díaz, “notable impresionador de películas” filmaba cada detalle de los actos para dejar el centenario en celuloide.
En Hipódromo hubo juegos de pelota entre las novenas Minerva y Juventud y otro que enfrentó al team matancero Bellamar con el local Federales de Heredia. En el Club de Cazadores las damitas de alta sociedad disputaron el Ladies Trapshooting Team y los caballeritos afinaron puntería en pos de la Copa Crabb. Nila Núñez Mesa y Eduardo Mazarredo fueron los más certeros. La Calzada de Reina fue escenario de carreras de caballos y el teatro Terry de un baile de gala y otro de disfraces.
Hubo misa de campaña en el propio sitio donde acamparon los fundadores y por cuestación popular fue refundida por los Hermanos Alduncin la campana histórica de la Catedral.
Pedro Modesto Hernández había presentado su primer proyecto de las Fiestas del Centenario el 15 de octubre de 1915 en páginas del Diario de la Marina.
Concluido el jolgorio su organizador principal agasajó a los chicos de la prensa con un banquete en el Hotel Unión la noche del 23 de abril. Amenizado por la Banda del estado Mayor del Ejército que ejecutó entre otras piezas Marchemos a Berlín, el ágape premió con el siguiente menú: Entremés Centenario: sopa crema Reina Cienfuegos Haut Sauternes. Principales: filete de pargo a la Jagua, pollo Mariland, asado de ternera y perdigot Prensa. Postre: pudín Permentier. Champagne Viuda Chicot. Plus: café y tabacos.
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Entonces llegó De Clouet
Los 325 años transcurridos entre la ojeada que le echó Colón a la bahía y la mañana fundacional del 22 de abril de 1819 por lo general ocupan unas pocas páginas en las historias de Cienfuegos. Mejor suerte han tenido los estudios arqueológicos en su afán de recomponer el puzzle de la vida aborigen en la comarca de Jagua.
Pero la historia escrita del período 1494-1819 mantiene demasiadas deudas con el lector acucioso.
Hasta donde conozco la posible entrada del Genovés a la bahía, durante su periplo por la costa sur cubana y su consiguiente metedura de pata al pretender inscribir a la ínsula en Tierrafirme, permanece en el terreno de la hipótesis. Aunque las guías turísticas se empeñen en vender al navegante como ingrediente del coctel de atracciones de la Perla del Sur. El escribano Fernán Pérez de Lara, participante en aquella expedición de La Niña o Santa Clara, la Juana y la Cordero, no certificó en sus apuntes de viaje la estadía en Jagua.
Cuando Don Pedro Oliver y Bravo, primer historiador cienfueguero, da cuenta de Colón atravesando el ancho golfo de Jagua en dos días, es de imaginar que la singladura no se refiera al interior de la bahía por muy asmático que fuera el andar de sus otras tres carabelas.
Luego acontecieron sucesos más conocidos en materia de presencia occidental en nuestro ámbito, como la del bojeador Sebastián de Ocampo en 1508 y la del náufrago Alonso de Ojeda dos años más tarde. En 1511 Diego Velázquez concedió una encomienda en el realengo de Auras, sito a orillas del Arimao a fray Bartolomé de Las Casas y Don Pedro de Rentería. El propio Adelantado en 1512 y el conquistador Pánfilo de Narváez (1527), tristemente célebre por la matanza de indios en el caserío camagüeyano de Caonao, dejaron sus nombres en los escuetos apuntes de la protohistoria cienfueguera.
La minería nunca estuvo llamada a ser el fuerte de la economía de esta zona. Tal vez sea la única explicación plausible de que con un marco geográfico tan de lujo no aparezcamos al menos como la octava villa. Oliver y Bravo reseña fallidos intentos de explotaciones mineras en 1560.
Faltó la villa con su iglesia, plaza y cabildo como mandaba la ley hispana, pero pobladores hubo. Así lo atestiguó Alejando Olivier Oexmolin cuando en 1574 visitó el pequeño mar interior y dejó constancia de encontrar poblado sus contornos por varios corraleros. Para 1736 el realengo situado entre las haciendas San Mateo, Urubí y Gavilán y la costa de la bahía fue conferido por el gobierno de la vecina de Trinidad a Don Antonio Pérez Cotilla.
Cuando el ingeniero militar Joseph Tantete termina en 1745 el castillo de Nuestra Señora de los Ángeles de Jagua levanta además una paradoja: una fortaleza para defender una ciudad que nacerá 74 años más tarde. Don Juan Castilla y Cabeza de Vaca, nombrado como primer gobernador de la instalación militar sólo espera al siguiente año para fomentar el ingenio azucarero Nuestra Señora de la Candelaria en tierras del hato de Caunao.
El navío español San Antonio, también conocido como Arrogante, entró a la bahía en 1762 con tropas peninsulares que tenían la misión de socorrer a La Habana sitiada por los ingleses. De paso el capitán obsequió a Castilla con la campana del barco para que la colocara en su ingenio, donde a decir de Oliver aún podía escucharse su repique en 1846, cuando en la imprenta de Don Francisco Murtra vio la luz su Memoria Histórica, Geográfica y Estadística de Cienfuegos.
De 1796 data el paso por estas tierras de una comisión de ingenieros que levantó el plano de la bahía y designó a la península de la Majagua como sitio ideal para asentar una futura población.
Mientras los negros rebeldes fundaban en Haití la primera república al sur del río Grande, en 1804 el brigadier Honorato de Bouyón y su hijo Félix, alférez de navío, fueron comisionados para encontrar un punto en la bahía donde fomentar un astillero. De su estadía lo más anecdótico resultó la tala de la famosa caoba de la hacienda Cartagena. El tronco medía 10 y medio pies de diámetro y luego de aserrado uno de sus tablones fue enviado como presente al Duque de Valois, más tarde Luis Felipe I de Francia.
La existencia del ingenio Candelaria, propiedad entonces de Doña Antonia Guerrero y Hernández, natural de Jagua y esposa del habanero Don Agustín de Santa Cruz y Cabeza de Vaca, el muelle de los Castilla (en La Majagua) por donde exportaban sus azúcares, y la cercanía de los pueblos de Yaguaramas, San Fernando de Camarones y Cumanayagua con sus necesarias interconexiones prueban que en 1819 la comarca ribereña de Jagua estaba pidiendo a gritos que le fundaran una villa.
En eso llegó De Clouet.
Pero la historia escrita del período 1494-1819 mantiene demasiadas deudas con el lector acucioso.
Hasta donde conozco la posible entrada del Genovés a la bahía, durante su periplo por la costa sur cubana y su consiguiente metedura de pata al pretender inscribir a la ínsula en Tierrafirme, permanece en el terreno de la hipótesis. Aunque las guías turísticas se empeñen en vender al navegante como ingrediente del coctel de atracciones de la Perla del Sur. El escribano Fernán Pérez de Lara, participante en aquella expedición de La Niña o Santa Clara, la Juana y la Cordero, no certificó en sus apuntes de viaje la estadía en Jagua.
Cuando Don Pedro Oliver y Bravo, primer historiador cienfueguero, da cuenta de Colón atravesando el ancho golfo de Jagua en dos días, es de imaginar que la singladura no se refiera al interior de la bahía por muy asmático que fuera el andar de sus otras tres carabelas.
Luego acontecieron sucesos más conocidos en materia de presencia occidental en nuestro ámbito, como la del bojeador Sebastián de Ocampo en 1508 y la del náufrago Alonso de Ojeda dos años más tarde. En 1511 Diego Velázquez concedió una encomienda en el realengo de Auras, sito a orillas del Arimao a fray Bartolomé de Las Casas y Don Pedro de Rentería. El propio Adelantado en 1512 y el conquistador Pánfilo de Narváez (1527), tristemente célebre por la matanza de indios en el caserío camagüeyano de Caonao, dejaron sus nombres en los escuetos apuntes de la protohistoria cienfueguera.
La minería nunca estuvo llamada a ser el fuerte de la economía de esta zona. Tal vez sea la única explicación plausible de que con un marco geográfico tan de lujo no aparezcamos al menos como la octava villa. Oliver y Bravo reseña fallidos intentos de explotaciones mineras en 1560.
Faltó la villa con su iglesia, plaza y cabildo como mandaba la ley hispana, pero pobladores hubo. Así lo atestiguó Alejando Olivier Oexmolin cuando en 1574 visitó el pequeño mar interior y dejó constancia de encontrar poblado sus contornos por varios corraleros. Para 1736 el realengo situado entre las haciendas San Mateo, Urubí y Gavilán y la costa de la bahía fue conferido por el gobierno de la vecina de Trinidad a Don Antonio Pérez Cotilla.
Cuando el ingeniero militar Joseph Tantete termina en 1745 el castillo de Nuestra Señora de los Ángeles de Jagua levanta además una paradoja: una fortaleza para defender una ciudad que nacerá 74 años más tarde. Don Juan Castilla y Cabeza de Vaca, nombrado como primer gobernador de la instalación militar sólo espera al siguiente año para fomentar el ingenio azucarero Nuestra Señora de la Candelaria en tierras del hato de Caunao.
El navío español San Antonio, también conocido como Arrogante, entró a la bahía en 1762 con tropas peninsulares que tenían la misión de socorrer a La Habana sitiada por los ingleses. De paso el capitán obsequió a Castilla con la campana del barco para que la colocara en su ingenio, donde a decir de Oliver aún podía escucharse su repique en 1846, cuando en la imprenta de Don Francisco Murtra vio la luz su Memoria Histórica, Geográfica y Estadística de Cienfuegos.
De 1796 data el paso por estas tierras de una comisión de ingenieros que levantó el plano de la bahía y designó a la península de la Majagua como sitio ideal para asentar una futura población.
Mientras los negros rebeldes fundaban en Haití la primera república al sur del río Grande, en 1804 el brigadier Honorato de Bouyón y su hijo Félix, alférez de navío, fueron comisionados para encontrar un punto en la bahía donde fomentar un astillero. De su estadía lo más anecdótico resultó la tala de la famosa caoba de la hacienda Cartagena. El tronco medía 10 y medio pies de diámetro y luego de aserrado uno de sus tablones fue enviado como presente al Duque de Valois, más tarde Luis Felipe I de Francia.
La existencia del ingenio Candelaria, propiedad entonces de Doña Antonia Guerrero y Hernández, natural de Jagua y esposa del habanero Don Agustín de Santa Cruz y Cabeza de Vaca, el muelle de los Castilla (en La Majagua) por donde exportaban sus azúcares, y la cercanía de los pueblos de Yaguaramas, San Fernando de Camarones y Cumanayagua con sus necesarias interconexiones prueban que en 1819 la comarca ribereña de Jagua estaba pidiendo a gritos que le fundaran una villa.
En eso llegó De Clouet.
martes, 8 de abril de 2008
Naufragio en Punta del Diablo
A MEDIA TARDE DEL SÁBADO 5 DE MARZO de 1932 mientras los vientos de Cuaresma soplaban sobre la geografía de Cayo Guano, Pepín Riaño hizo señales para que se acercara a una embarcación que cruzaba por aquellas latitudes caribeñas.
El bote motor Feliciano regresaba al puerto de Cienfuegos con sus viveros cargados de buena pesca tras faenar más allá de la plataforma. Su patrón, el español Jaime Comas, enfiló hacia el islote marcado por la verticalidad del faro de Obras Públicas, desde cuyo pequeño muelle un hombre le hacía señas al destino.
A las cuatro en punto la embarcación de 28 pies de eslora y nueve de manga puso proa a la isla grande. A la carga de la escama pescada por el patrón, su hijo Antonio y el viejo lobo de mar Francisco Pertierra, se sumaron la señora Teresa López Armenteros y cinco de sus hijos, casi seis.
Desde la costa de seboruco José Riaño Fraile, natural de la Casablanca habanera y con la edad de Cristo, segundo torrero del faro por más señas, agitó varias veces la mano derecha, la clásica señal de las despedidas. Allí permaneció hasta que la silueta blanca y verde oscura del Feliciano se hizo un punto imaginario en el horizonte, infladas las velas por los aires cuaresmales que le batían de popa.
A sus 47 años, con tanto salitre impregnado en la curtida piel, Jaime Comas agradecía que Santos Jiménez, comerciante de pescado en Cienfuegos, hubiera puesto a sus órdenes aquella barca tan marinera estrenada en el invierno de 1927. Para cuando los vientos se hacían de rogar ahí estaba el motor Rigal de siete caballos de fuerza.
Hacia el atardecer, dejadas atrás más de la mitad de las 42 millas náuticas que separan la ínsula-fanal de la ciudad más próspera de la costa sur cubana, la navegación comenzó a resultar asmática para el Feliciano y su patrón a lamentar la hora en que aceptó embarcar a la familia del segundo farero de Cayo Guano.
Los vientos ya eran de brisote cuando la entrenada vista de los marinos divisó a las ocho de la noche el primer destello del faro de Villanueva, linterna que guía a los barcos a enfilar hacia el cañón de entrada a la bahía de Jagua. Navegmos a siete millas de la costa de Las Coloradas, marcó Comas el derrotero en la más marinera de sus neuronas. Un mal presagio vino a la mente del piloto español cuando comprobó que la ribera más cercana a la quilla del Feliciano era la Punta del Diablo.
El motor Rigal fue incapaz de poner a halar siquiera a uno de los siete caballos y las velas se hicieron un amasijo de telas ingobernables. El terror también tomó pasaje sobre la cubierta poblada de llantos infantiles, angustia materna y blasfemias de la marinería.
Un gran golpe de mar completó el inventario de la mala suerte. El Feliciano dio una vuelta de campana.
Los periódicos de Cienfuegos no tenían ediciones dominicales aquel penúltimo año de machadato. El lunes 7 los voceadores desperdigaron los cintillos de la muerte por toda la ciudad. “Tras de cinco días de no comer, la familia del torrero de Cayo Guano, pereció ahogada”, encabezó El Comercio a cinco columnas mientras atentaba contra el buen arte del titulaje. La Correspondencia exhibió con similar destaque un mejor desempeño de su titulista: “La Trágica Muerte de 7 personas frente a Punta del Diablo”. Agregaba en su bajante el diario de San Carlos, 129 que la familia del farero Riaño, acosada por el hambre, decidió venir a Cienfuegos en busca de alimentos.
El joven Comas y el viejo Pertierra lograron escapar a la encerrona y tras horas de romperse los pies entre seborucos y dientes de perro llevaron el aviso de la desgracia hasta el Castillo de Jagua, a media madrugada del domingo. De inmediato y de forma espontánea comenzó la operación solidaria de rescate de las víctimas del Feliciano, que se daría por finalizada el jueves sin poder encontrar los restos de Raúl y Felina Riaño López, criaturas de once y cinco años, respectivamente.
Los primeros cuerpos hallados por los socorristas fueron los de la madre de la prole, embarazada si nos atenemos a una versión periodística, y el pequeño Rigoberto, de siete años. Sucesivos hallazgos permitieron darle cristiana tumba a sus hermanos Georgina (12) y Rafael (9). Pepín Riaño sólo podría compartir su dolor con Alfredo (13), el primogénito, acogido en el hogar cienfueguero del señor Manuel Hernández, director de la Escuela Superior de Varones.
En próximas ediciones los diarios dieron otras versiones ajenas al hambre como causa del fatídico embarque de los Riaño.López a bordo del último viaje de Feliciano. Detalles horripilantes del estado en que fueron encontrados algunos de los cadáveres y de la participación en la búsqueda de decenas de pescadores, entre los cuales destacaban Lico Fonseca, su hermano Juan, el popular Melón y varios japoneses anónimos, abundaban en las crónicas del desastre, comparado por el reporter Alfredo Hernández D’Cerice en las páginas de La Correspondencia con los de la Juana Mercedes, El Ligero y el bote de los Peloteros. Pero esas serán historias para otra ocasión. Si no naufragaron también.
El bote motor Feliciano regresaba al puerto de Cienfuegos con sus viveros cargados de buena pesca tras faenar más allá de la plataforma. Su patrón, el español Jaime Comas, enfiló hacia el islote marcado por la verticalidad del faro de Obras Públicas, desde cuyo pequeño muelle un hombre le hacía señas al destino.
A las cuatro en punto la embarcación de 28 pies de eslora y nueve de manga puso proa a la isla grande. A la carga de la escama pescada por el patrón, su hijo Antonio y el viejo lobo de mar Francisco Pertierra, se sumaron la señora Teresa López Armenteros y cinco de sus hijos, casi seis.
Desde la costa de seboruco José Riaño Fraile, natural de la Casablanca habanera y con la edad de Cristo, segundo torrero del faro por más señas, agitó varias veces la mano derecha, la clásica señal de las despedidas. Allí permaneció hasta que la silueta blanca y verde oscura del Feliciano se hizo un punto imaginario en el horizonte, infladas las velas por los aires cuaresmales que le batían de popa.
A sus 47 años, con tanto salitre impregnado en la curtida piel, Jaime Comas agradecía que Santos Jiménez, comerciante de pescado en Cienfuegos, hubiera puesto a sus órdenes aquella barca tan marinera estrenada en el invierno de 1927. Para cuando los vientos se hacían de rogar ahí estaba el motor Rigal de siete caballos de fuerza.
Hacia el atardecer, dejadas atrás más de la mitad de las 42 millas náuticas que separan la ínsula-fanal de la ciudad más próspera de la costa sur cubana, la navegación comenzó a resultar asmática para el Feliciano y su patrón a lamentar la hora en que aceptó embarcar a la familia del segundo farero de Cayo Guano.
Los vientos ya eran de brisote cuando la entrenada vista de los marinos divisó a las ocho de la noche el primer destello del faro de Villanueva, linterna que guía a los barcos a enfilar hacia el cañón de entrada a la bahía de Jagua. Navegmos a siete millas de la costa de Las Coloradas, marcó Comas el derrotero en la más marinera de sus neuronas. Un mal presagio vino a la mente del piloto español cuando comprobó que la ribera más cercana a la quilla del Feliciano era la Punta del Diablo.
El motor Rigal fue incapaz de poner a halar siquiera a uno de los siete caballos y las velas se hicieron un amasijo de telas ingobernables. El terror también tomó pasaje sobre la cubierta poblada de llantos infantiles, angustia materna y blasfemias de la marinería.
Un gran golpe de mar completó el inventario de la mala suerte. El Feliciano dio una vuelta de campana.
Los periódicos de Cienfuegos no tenían ediciones dominicales aquel penúltimo año de machadato. El lunes 7 los voceadores desperdigaron los cintillos de la muerte por toda la ciudad. “Tras de cinco días de no comer, la familia del torrero de Cayo Guano, pereció ahogada”, encabezó El Comercio a cinco columnas mientras atentaba contra el buen arte del titulaje. La Correspondencia exhibió con similar destaque un mejor desempeño de su titulista: “La Trágica Muerte de 7 personas frente a Punta del Diablo”. Agregaba en su bajante el diario de San Carlos, 129 que la familia del farero Riaño, acosada por el hambre, decidió venir a Cienfuegos en busca de alimentos.
El joven Comas y el viejo Pertierra lograron escapar a la encerrona y tras horas de romperse los pies entre seborucos y dientes de perro llevaron el aviso de la desgracia hasta el Castillo de Jagua, a media madrugada del domingo. De inmediato y de forma espontánea comenzó la operación solidaria de rescate de las víctimas del Feliciano, que se daría por finalizada el jueves sin poder encontrar los restos de Raúl y Felina Riaño López, criaturas de once y cinco años, respectivamente.
Los primeros cuerpos hallados por los socorristas fueron los de la madre de la prole, embarazada si nos atenemos a una versión periodística, y el pequeño Rigoberto, de siete años. Sucesivos hallazgos permitieron darle cristiana tumba a sus hermanos Georgina (12) y Rafael (9). Pepín Riaño sólo podría compartir su dolor con Alfredo (13), el primogénito, acogido en el hogar cienfueguero del señor Manuel Hernández, director de la Escuela Superior de Varones.
En próximas ediciones los diarios dieron otras versiones ajenas al hambre como causa del fatídico embarque de los Riaño.López a bordo del último viaje de Feliciano. Detalles horripilantes del estado en que fueron encontrados algunos de los cadáveres y de la participación en la búsqueda de decenas de pescadores, entre los cuales destacaban Lico Fonseca, su hermano Juan, el popular Melón y varios japoneses anónimos, abundaban en las crónicas del desastre, comparado por el reporter Alfredo Hernández D’Cerice en las páginas de La Correspondencia con los de la Juana Mercedes, El Ligero y el bote de los Peloteros. Pero esas serán historias para otra ocasión. Si no naufragaron también.
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lunes, 17 de marzo de 2008
El mecenazgo de Don Nicolás Acea

El 10 de enero de 1897 en Cienfuegos Don Nicolás Salvador Acea y de los Ríos dictó ante notario su última voluntad. En diciembre había cumplido 67 años y sus bienes eran calculados alrededor del millón de pesos oro.
Si la fortuna económica le había sonreído con sobrada generosidad, la vida familiar transitó hacia la antípoda de la suerte. Hacer el bien a la ciudad donde habían habitado de manera desproporcionada sus alegrías y sus dolores fue la forma que escogió para irse de este mundo en absoluta paz.
A Doña Francisca Tostes García, su segunda esposa desde 1881, declaró como única y universal heredera de sus caudales. Los pulmones de Tomás Lorenzo, su único hijo apenas resistieron hasta el 25 de agosto de 1884, apenas 15 días después de cumplir los 17 años de haber nacido en cuna de oro en París.
Ni el aire puro de las montañas de California pudo salvar al rico heredero, cuyos huesos fueron a acompañar a los de su madre, la joven Teresita Terry Dorticós en el cementerio Greenwood, de Brooklin, Nueva York. La hija de Don Tomás Terry Adams, el hombre más rico de la isla, había transitado el mismo camino de la muerte que su retoño.
En principio Don Nicolás decidió permanecer cerca de los despojos de sus seres queridos en la metrópolis que con el tiempo sería la Gran Manzana. Doña Panchita logró convencerlo para regresar a Cienfuegos, donde lo primero que hizo fue devolver a Terry Adams el ingenio Esperanza, regalo del abuelo millonario al nieto nacido en la Ciudad Luz.
A la inmensa fortuna cuajada entre las masas y los tachos de su ingenio azucarero Dos Hermanos, Acea sumaba la cultura de un hombre que dominaba el inglés, el francés y el italiano. Su padre, el médico gallego Antonio Acea y Pérez, lo envió muy joven a la Universidad de París para que también se doctorara en la ciencia de Esculapio. Pero el hijo prefirió regresar a la orilla izquierda del Damují y ponerse al frente de los negocios familiares.
Naturales de la localidad gallega de Santa Marta de Ortigueira, los Acea, Don Antonio y su hermano el abogado Nicolás Jacinto, llegaron a Cienfuegos procedentes de la localidad habanera de Nueva Paz al poco de que De Clouet fundara la Fernandina. En las feraces tierras aledañas a la principal corriente fluvial de la comarca cienfueguera fomentaron los cafetales Dos Hermanos y Manuelita, luego reconvertidos en ingenios a tono con la coyuntura económica de la Isla.
En el plano político quien luego pasara a la historia como el Benefactor de Cienfuegos militó en el bando del reformismo, desde cuya posición llegó a ejercer cargos de notoriedad en el Consistorio de Cienfuegos. Pero en los preámbulos de la Guerra de Independencia, cuando en sus trajines organizativos Martí envió a la pujante ciudad del centro-sur de la Isla a su emisario Agapito Loza, Don Nicolás fue espléndido con la caja de caudales del Partido Revolucionario Cubano. Después de iniciada la contienda y mediante su amigo Antoñico Oviedo traspasaría con regularidad fondos al Club Revolucionario Panchito Gómez Toro.
Su labor filantrópica a favor de las familias reconcentradas por el tristemente célebre Valeriano Weyler lo encumbró en el aprecio de sus conciudadanos. Y cuando la escuadra estadounidense bloqueó el puerto de Cienfuegos, en el verano de 1898, el rico hacendado organizó un depósito de bastimentos en Dos Hermanos a fin de paliar las privaciones de la población sometida a la contingencia bélica.
Por esa época Nicolás Acea presidía ya la Junta Patriótica local, destacada en el auxilio de la Brigada de Cienfuegos del Ejército Libertador en los últimos meses de 1898 y primeros del año siguiente; pues esa fuerza mambisa permaneció acantonada a las afueras ciudad hasta que los restos del ejército español en Cuba, al mando del general Adolfo Jiménez Castellanos, abandonaron la Isla a bordo del vapor Cataluña por el Muelle Real la mañana del 6 de febrero de 1899.
El General en Jefe Máximo Gómez entró a Cienfuegos, por la lamentablemente derruida estación ferroviaria del Paseo de Arango, doce días más tarde de la definitiva evacuación hispana. El insigne dominicano se alojó en la vivienda de Acea, San Carlos esquina a Santa Isabel.
Sobre el terreno que ocuparon aquella vivienda y el Liceo de Cienfuegos, también propiedad de Don Nicolás, se erigió tres décadas más tarde el edifico que compartieron los Colegios Santo Tomás (1929) y San Lorenzo (1932), para niñas y niños, respectivamente, edificados con 300 mil pesos oro legados por el Benefactor a esos efectos. También legó a la ciudad el hospicio para ancianos que llevaría su nombre y donde en al actualidad funciona el hospital pediátrico Paquito González Cueto.
El cementerio Tomás Acea, inaugurado en noviembre de 1926 también fue fruto de la fortuna de Don Nicolás. Pero esa es otra historia.
La mañana del 4 de julio de 1944 Cienfuegos saldó su deuda con la memoria de su Mecenas, muerto en su casa el 7 de enero de 1904, al develar en el parque Martí el busto de mármol esculpido en los talleres de la Escuela Técnica Industrial de La Habana por el joven cienfueguero Mateo Torriente Bécquer, eminente alumno de la Academia San Alejandro.
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