Faltan hoy cuatro mil 013 días para que Cienfuegos cumpla 200 años. Parece demasiado tiempo, pero ya podríamos dedicar algunas neuronas a pensar en el Bicentenario.
Mientras llega ese cuarto lunes de abril de 2019 quiero refrescar algunos detalles que marcaron las Fiestas del Centenario, sobre todo las primeras piedras sembradas en tierras de La Majagua en aquellos días de primavera y recuento.
En total fueron seis los actos simbólicos de colocación de la piedra inicial de monumentos dedicados a perpetuar el recuerdo de patricios o artistas cienfuegueros realizados entre el 19 y el 23 de abril de 1919. Por lo general bajo los cimientos de cada futuro obelisco se enterraba un cofre que contenía los diarios de la fecha y un acta del acontecimiento.
El parque Martí se benefició con la procreación de los monumentos al gobernador Ramón María de Labra, en la esquina de San Fernando y Santa Isabel; el patriota Antonio Reguera, en Santa Isabel y San Carlos; y los poetas Clotilde del Carmen Rodríguez y Antonio Hurtado del Valle, Hija e Hijo del Damují, en los ángulos formados por la calle Bouyón con San Fernando y San Carlos, respectivamente.
Antonio Monasterio, compañero de tormentos de Reguera en cárceles españolas, sufragó la honra material al amigo muerto en Madrid y la Colonia Española la del íntegro gobernante de la villa nacido en cuna asturiana.
En el Prado que por entonces era Paseo de Méndez, como lo había sido de Vives o de la Independencia, fue puesta la primera piedra del obelisco a Ceferino “Nene” Méndez, el alcalde-obrero asesinado el 11 de abril de 1913. Cuenta la crónica de La Correspondencia que Pedro Modesto Hernández tomó una cuchara de albañil y vertió cemento sobre la caja de plomo con los documentos de la ocasión.
Desigual suerte corrió el Fundador de Fernandina de Jagua. Cierto que en la esquina formada por San Fernando y la calle que honra su nombre la Asociación de Mecánicos y Fundidores colocó un medallón de bronce con el busto en relieve del homenajeado y una plancha del mismo metal con la inscripción “A Don Luis De Clouet, fundador de Cienfuegos. 1819 -22 de abril- 1919”.
La simbólica fuente monumental que el Ayuntamiento acordó situar en el Prado en honor al propio Don Luis también tuvo su piedra inicial, pero a todas luces fue una roca estéril, porque aquello se quedó en proyecto. Desde entonces Cienfuegos está en deuda con quien le dio la vida.
Los maestros de obra fueron más allá del acto protocolar e inauguraron en la esquina del parque Villuendas de donde nace la Calzada de Dolores un sencillo monumento en forma de atril que sostiene un libro abierto. En la primera página se lee: 100 / Esta página de la historia recordará que el Gremio de Albañiles ofrendó su recuerdo a los fundadores de Cienfuegos en su primer Centenario./ 22 de abril de 1919. La segunda hoja de mármol muestra el herramental propio de quienes edificaron la ciudad en un siglo: compás, escuadra, cuchara y plomada.
La revista Bohemia, que ya despuntaba como referencia periodística en Iberoamérica dedicó su número semanal a la ciudad de la centuria y Enrique Díaz, “notable impresionador de películas” filmaba cada detalle de los actos para dejar el centenario en celuloide.
En Hipódromo hubo juegos de pelota entre las novenas Minerva y Juventud y otro que enfrentó al team matancero Bellamar con el local Federales de Heredia. En el Club de Cazadores las damitas de alta sociedad disputaron el Ladies Trapshooting Team y los caballeritos afinaron puntería en pos de la Copa Crabb. Nila Núñez Mesa y Eduardo Mazarredo fueron los más certeros. La Calzada de Reina fue escenario de carreras de caballos y el teatro Terry de un baile de gala y otro de disfraces.
Hubo misa de campaña en el propio sitio donde acamparon los fundadores y por cuestación popular fue refundida por los Hermanos Alduncin la campana histórica de la Catedral.
Pedro Modesto Hernández había presentado su primer proyecto de las Fiestas del Centenario el 15 de octubre de 1915 en páginas del Diario de la Marina.
Concluido el jolgorio su organizador principal agasajó a los chicos de la prensa con un banquete en el Hotel Unión la noche del 23 de abril. Amenizado por la Banda del estado Mayor del Ejército que ejecutó entre otras piezas Marchemos a Berlín, el ágape premió con el siguiente menú: Entremés Centenario: sopa crema Reina Cienfuegos Haut Sauternes. Principales: filete de pargo a la Jagua, pollo Mariland, asado de ternera y perdigot Prensa. Postre: pudín Permentier. Champagne Viuda Chicot. Plus: café y tabacos.
sábado, 26 de abril de 2008
Siembra de piedras en el Centenario
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Entonces llegó De Clouet
Los 325 años transcurridos entre la ojeada que le echó Colón a la bahía y la mañana fundacional del 22 de abril de 1819 por lo general ocupan unas pocas páginas en las historias de Cienfuegos. Mejor suerte han tenido los estudios arqueológicos en su afán de recomponer el puzzle de la vida aborigen en la comarca de Jagua.
Pero la historia escrita del período 1494-1819 mantiene demasiadas deudas con el lector acucioso.
Hasta donde conozco la posible entrada del Genovés a la bahía, durante su periplo por la costa sur cubana y su consiguiente metedura de pata al pretender inscribir a la ínsula en Tierrafirme, permanece en el terreno de la hipótesis. Aunque las guías turísticas se empeñen en vender al navegante como ingrediente del coctel de atracciones de la Perla del Sur. El escribano Fernán Pérez de Lara, participante en aquella expedición de La Niña o Santa Clara, la Juana y la Cordero, no certificó en sus apuntes de viaje la estadía en Jagua.
Cuando Don Pedro Oliver y Bravo, primer historiador cienfueguero, da cuenta de Colón atravesando el ancho golfo de Jagua en dos días, es de imaginar que la singladura no se refiera al interior de la bahía por muy asmático que fuera el andar de sus otras tres carabelas.
Luego acontecieron sucesos más conocidos en materia de presencia occidental en nuestro ámbito, como la del bojeador Sebastián de Ocampo en 1508 y la del náufrago Alonso de Ojeda dos años más tarde. En 1511 Diego Velázquez concedió una encomienda en el realengo de Auras, sito a orillas del Arimao a fray Bartolomé de Las Casas y Don Pedro de Rentería. El propio Adelantado en 1512 y el conquistador Pánfilo de Narváez (1527), tristemente célebre por la matanza de indios en el caserío camagüeyano de Caonao, dejaron sus nombres en los escuetos apuntes de la protohistoria cienfueguera.
La minería nunca estuvo llamada a ser el fuerte de la economía de esta zona. Tal vez sea la única explicación plausible de que con un marco geográfico tan de lujo no aparezcamos al menos como la octava villa. Oliver y Bravo reseña fallidos intentos de explotaciones mineras en 1560.
Faltó la villa con su iglesia, plaza y cabildo como mandaba la ley hispana, pero pobladores hubo. Así lo atestiguó Alejando Olivier Oexmolin cuando en 1574 visitó el pequeño mar interior y dejó constancia de encontrar poblado sus contornos por varios corraleros. Para 1736 el realengo situado entre las haciendas San Mateo, Urubí y Gavilán y la costa de la bahía fue conferido por el gobierno de la vecina de Trinidad a Don Antonio Pérez Cotilla.
Cuando el ingeniero militar Joseph Tantete termina en 1745 el castillo de Nuestra Señora de los Ángeles de Jagua levanta además una paradoja: una fortaleza para defender una ciudad que nacerá 74 años más tarde. Don Juan Castilla y Cabeza de Vaca, nombrado como primer gobernador de la instalación militar sólo espera al siguiente año para fomentar el ingenio azucarero Nuestra Señora de la Candelaria en tierras del hato de Caunao.
El navío español San Antonio, también conocido como Arrogante, entró a la bahía en 1762 con tropas peninsulares que tenían la misión de socorrer a La Habana sitiada por los ingleses. De paso el capitán obsequió a Castilla con la campana del barco para que la colocara en su ingenio, donde a decir de Oliver aún podía escucharse su repique en 1846, cuando en la imprenta de Don Francisco Murtra vio la luz su Memoria Histórica, Geográfica y Estadística de Cienfuegos.
De 1796 data el paso por estas tierras de una comisión de ingenieros que levantó el plano de la bahía y designó a la península de la Majagua como sitio ideal para asentar una futura población.
Mientras los negros rebeldes fundaban en Haití la primera república al sur del río Grande, en 1804 el brigadier Honorato de Bouyón y su hijo Félix, alférez de navío, fueron comisionados para encontrar un punto en la bahía donde fomentar un astillero. De su estadía lo más anecdótico resultó la tala de la famosa caoba de la hacienda Cartagena. El tronco medía 10 y medio pies de diámetro y luego de aserrado uno de sus tablones fue enviado como presente al Duque de Valois, más tarde Luis Felipe I de Francia.
La existencia del ingenio Candelaria, propiedad entonces de Doña Antonia Guerrero y Hernández, natural de Jagua y esposa del habanero Don Agustín de Santa Cruz y Cabeza de Vaca, el muelle de los Castilla (en La Majagua) por donde exportaban sus azúcares, y la cercanía de los pueblos de Yaguaramas, San Fernando de Camarones y Cumanayagua con sus necesarias interconexiones prueban que en 1819 la comarca ribereña de Jagua estaba pidiendo a gritos que le fundaran una villa.
En eso llegó De Clouet.
Pero la historia escrita del período 1494-1819 mantiene demasiadas deudas con el lector acucioso.
Hasta donde conozco la posible entrada del Genovés a la bahía, durante su periplo por la costa sur cubana y su consiguiente metedura de pata al pretender inscribir a la ínsula en Tierrafirme, permanece en el terreno de la hipótesis. Aunque las guías turísticas se empeñen en vender al navegante como ingrediente del coctel de atracciones de la Perla del Sur. El escribano Fernán Pérez de Lara, participante en aquella expedición de La Niña o Santa Clara, la Juana y la Cordero, no certificó en sus apuntes de viaje la estadía en Jagua.
Cuando Don Pedro Oliver y Bravo, primer historiador cienfueguero, da cuenta de Colón atravesando el ancho golfo de Jagua en dos días, es de imaginar que la singladura no se refiera al interior de la bahía por muy asmático que fuera el andar de sus otras tres carabelas.
Luego acontecieron sucesos más conocidos en materia de presencia occidental en nuestro ámbito, como la del bojeador Sebastián de Ocampo en 1508 y la del náufrago Alonso de Ojeda dos años más tarde. En 1511 Diego Velázquez concedió una encomienda en el realengo de Auras, sito a orillas del Arimao a fray Bartolomé de Las Casas y Don Pedro de Rentería. El propio Adelantado en 1512 y el conquistador Pánfilo de Narváez (1527), tristemente célebre por la matanza de indios en el caserío camagüeyano de Caonao, dejaron sus nombres en los escuetos apuntes de la protohistoria cienfueguera.
La minería nunca estuvo llamada a ser el fuerte de la economía de esta zona. Tal vez sea la única explicación plausible de que con un marco geográfico tan de lujo no aparezcamos al menos como la octava villa. Oliver y Bravo reseña fallidos intentos de explotaciones mineras en 1560.
Faltó la villa con su iglesia, plaza y cabildo como mandaba la ley hispana, pero pobladores hubo. Así lo atestiguó Alejando Olivier Oexmolin cuando en 1574 visitó el pequeño mar interior y dejó constancia de encontrar poblado sus contornos por varios corraleros. Para 1736 el realengo situado entre las haciendas San Mateo, Urubí y Gavilán y la costa de la bahía fue conferido por el gobierno de la vecina de Trinidad a Don Antonio Pérez Cotilla.
Cuando el ingeniero militar Joseph Tantete termina en 1745 el castillo de Nuestra Señora de los Ángeles de Jagua levanta además una paradoja: una fortaleza para defender una ciudad que nacerá 74 años más tarde. Don Juan Castilla y Cabeza de Vaca, nombrado como primer gobernador de la instalación militar sólo espera al siguiente año para fomentar el ingenio azucarero Nuestra Señora de la Candelaria en tierras del hato de Caunao.
El navío español San Antonio, también conocido como Arrogante, entró a la bahía en 1762 con tropas peninsulares que tenían la misión de socorrer a La Habana sitiada por los ingleses. De paso el capitán obsequió a Castilla con la campana del barco para que la colocara en su ingenio, donde a decir de Oliver aún podía escucharse su repique en 1846, cuando en la imprenta de Don Francisco Murtra vio la luz su Memoria Histórica, Geográfica y Estadística de Cienfuegos.
De 1796 data el paso por estas tierras de una comisión de ingenieros que levantó el plano de la bahía y designó a la península de la Majagua como sitio ideal para asentar una futura población.
Mientras los negros rebeldes fundaban en Haití la primera república al sur del río Grande, en 1804 el brigadier Honorato de Bouyón y su hijo Félix, alférez de navío, fueron comisionados para encontrar un punto en la bahía donde fomentar un astillero. De su estadía lo más anecdótico resultó la tala de la famosa caoba de la hacienda Cartagena. El tronco medía 10 y medio pies de diámetro y luego de aserrado uno de sus tablones fue enviado como presente al Duque de Valois, más tarde Luis Felipe I de Francia.
La existencia del ingenio Candelaria, propiedad entonces de Doña Antonia Guerrero y Hernández, natural de Jagua y esposa del habanero Don Agustín de Santa Cruz y Cabeza de Vaca, el muelle de los Castilla (en La Majagua) por donde exportaban sus azúcares, y la cercanía de los pueblos de Yaguaramas, San Fernando de Camarones y Cumanayagua con sus necesarias interconexiones prueban que en 1819 la comarca ribereña de Jagua estaba pidiendo a gritos que le fundaran una villa.
En eso llegó De Clouet.
martes, 8 de abril de 2008
Naufragio en Punta del Diablo
A MEDIA TARDE DEL SÁBADO 5 DE MARZO de 1932 mientras los vientos de Cuaresma soplaban sobre la geografía de Cayo Guano, Pepín Riaño hizo señales para que se acercara a una embarcación que cruzaba por aquellas latitudes caribeñas.
El bote motor Feliciano regresaba al puerto de Cienfuegos con sus viveros cargados de buena pesca tras faenar más allá de la plataforma. Su patrón, el español Jaime Comas, enfiló hacia el islote marcado por la verticalidad del faro de Obras Públicas, desde cuyo pequeño muelle un hombre le hacía señas al destino.
A las cuatro en punto la embarcación de 28 pies de eslora y nueve de manga puso proa a la isla grande. A la carga de la escama pescada por el patrón, su hijo Antonio y el viejo lobo de mar Francisco Pertierra, se sumaron la señora Teresa López Armenteros y cinco de sus hijos, casi seis.
Desde la costa de seboruco José Riaño Fraile, natural de la Casablanca habanera y con la edad de Cristo, segundo torrero del faro por más señas, agitó varias veces la mano derecha, la clásica señal de las despedidas. Allí permaneció hasta que la silueta blanca y verde oscura del Feliciano se hizo un punto imaginario en el horizonte, infladas las velas por los aires cuaresmales que le batían de popa.
A sus 47 años, con tanto salitre impregnado en la curtida piel, Jaime Comas agradecía que Santos Jiménez, comerciante de pescado en Cienfuegos, hubiera puesto a sus órdenes aquella barca tan marinera estrenada en el invierno de 1927. Para cuando los vientos se hacían de rogar ahí estaba el motor Rigal de siete caballos de fuerza.
Hacia el atardecer, dejadas atrás más de la mitad de las 42 millas náuticas que separan la ínsula-fanal de la ciudad más próspera de la costa sur cubana, la navegación comenzó a resultar asmática para el Feliciano y su patrón a lamentar la hora en que aceptó embarcar a la familia del segundo farero de Cayo Guano.
Los vientos ya eran de brisote cuando la entrenada vista de los marinos divisó a las ocho de la noche el primer destello del faro de Villanueva, linterna que guía a los barcos a enfilar hacia el cañón de entrada a la bahía de Jagua. Navegmos a siete millas de la costa de Las Coloradas, marcó Comas el derrotero en la más marinera de sus neuronas. Un mal presagio vino a la mente del piloto español cuando comprobó que la ribera más cercana a la quilla del Feliciano era la Punta del Diablo.
El motor Rigal fue incapaz de poner a halar siquiera a uno de los siete caballos y las velas se hicieron un amasijo de telas ingobernables. El terror también tomó pasaje sobre la cubierta poblada de llantos infantiles, angustia materna y blasfemias de la marinería.
Un gran golpe de mar completó el inventario de la mala suerte. El Feliciano dio una vuelta de campana.
Los periódicos de Cienfuegos no tenían ediciones dominicales aquel penúltimo año de machadato. El lunes 7 los voceadores desperdigaron los cintillos de la muerte por toda la ciudad. “Tras de cinco días de no comer, la familia del torrero de Cayo Guano, pereció ahogada”, encabezó El Comercio a cinco columnas mientras atentaba contra el buen arte del titulaje. La Correspondencia exhibió con similar destaque un mejor desempeño de su titulista: “La Trágica Muerte de 7 personas frente a Punta del Diablo”. Agregaba en su bajante el diario de San Carlos, 129 que la familia del farero Riaño, acosada por el hambre, decidió venir a Cienfuegos en busca de alimentos.
El joven Comas y el viejo Pertierra lograron escapar a la encerrona y tras horas de romperse los pies entre seborucos y dientes de perro llevaron el aviso de la desgracia hasta el Castillo de Jagua, a media madrugada del domingo. De inmediato y de forma espontánea comenzó la operación solidaria de rescate de las víctimas del Feliciano, que se daría por finalizada el jueves sin poder encontrar los restos de Raúl y Felina Riaño López, criaturas de once y cinco años, respectivamente.
Los primeros cuerpos hallados por los socorristas fueron los de la madre de la prole, embarazada si nos atenemos a una versión periodística, y el pequeño Rigoberto, de siete años. Sucesivos hallazgos permitieron darle cristiana tumba a sus hermanos Georgina (12) y Rafael (9). Pepín Riaño sólo podría compartir su dolor con Alfredo (13), el primogénito, acogido en el hogar cienfueguero del señor Manuel Hernández, director de la Escuela Superior de Varones.
En próximas ediciones los diarios dieron otras versiones ajenas al hambre como causa del fatídico embarque de los Riaño.López a bordo del último viaje de Feliciano. Detalles horripilantes del estado en que fueron encontrados algunos de los cadáveres y de la participación en la búsqueda de decenas de pescadores, entre los cuales destacaban Lico Fonseca, su hermano Juan, el popular Melón y varios japoneses anónimos, abundaban en las crónicas del desastre, comparado por el reporter Alfredo Hernández D’Cerice en las páginas de La Correspondencia con los de la Juana Mercedes, El Ligero y el bote de los Peloteros. Pero esas serán historias para otra ocasión. Si no naufragaron también.
El bote motor Feliciano regresaba al puerto de Cienfuegos con sus viveros cargados de buena pesca tras faenar más allá de la plataforma. Su patrón, el español Jaime Comas, enfiló hacia el islote marcado por la verticalidad del faro de Obras Públicas, desde cuyo pequeño muelle un hombre le hacía señas al destino.
A las cuatro en punto la embarcación de 28 pies de eslora y nueve de manga puso proa a la isla grande. A la carga de la escama pescada por el patrón, su hijo Antonio y el viejo lobo de mar Francisco Pertierra, se sumaron la señora Teresa López Armenteros y cinco de sus hijos, casi seis.
Desde la costa de seboruco José Riaño Fraile, natural de la Casablanca habanera y con la edad de Cristo, segundo torrero del faro por más señas, agitó varias veces la mano derecha, la clásica señal de las despedidas. Allí permaneció hasta que la silueta blanca y verde oscura del Feliciano se hizo un punto imaginario en el horizonte, infladas las velas por los aires cuaresmales que le batían de popa.
A sus 47 años, con tanto salitre impregnado en la curtida piel, Jaime Comas agradecía que Santos Jiménez, comerciante de pescado en Cienfuegos, hubiera puesto a sus órdenes aquella barca tan marinera estrenada en el invierno de 1927. Para cuando los vientos se hacían de rogar ahí estaba el motor Rigal de siete caballos de fuerza.
Hacia el atardecer, dejadas atrás más de la mitad de las 42 millas náuticas que separan la ínsula-fanal de la ciudad más próspera de la costa sur cubana, la navegación comenzó a resultar asmática para el Feliciano y su patrón a lamentar la hora en que aceptó embarcar a la familia del segundo farero de Cayo Guano.
Los vientos ya eran de brisote cuando la entrenada vista de los marinos divisó a las ocho de la noche el primer destello del faro de Villanueva, linterna que guía a los barcos a enfilar hacia el cañón de entrada a la bahía de Jagua. Navegmos a siete millas de la costa de Las Coloradas, marcó Comas el derrotero en la más marinera de sus neuronas. Un mal presagio vino a la mente del piloto español cuando comprobó que la ribera más cercana a la quilla del Feliciano era la Punta del Diablo.
El motor Rigal fue incapaz de poner a halar siquiera a uno de los siete caballos y las velas se hicieron un amasijo de telas ingobernables. El terror también tomó pasaje sobre la cubierta poblada de llantos infantiles, angustia materna y blasfemias de la marinería.
Un gran golpe de mar completó el inventario de la mala suerte. El Feliciano dio una vuelta de campana.
Los periódicos de Cienfuegos no tenían ediciones dominicales aquel penúltimo año de machadato. El lunes 7 los voceadores desperdigaron los cintillos de la muerte por toda la ciudad. “Tras de cinco días de no comer, la familia del torrero de Cayo Guano, pereció ahogada”, encabezó El Comercio a cinco columnas mientras atentaba contra el buen arte del titulaje. La Correspondencia exhibió con similar destaque un mejor desempeño de su titulista: “La Trágica Muerte de 7 personas frente a Punta del Diablo”. Agregaba en su bajante el diario de San Carlos, 129 que la familia del farero Riaño, acosada por el hambre, decidió venir a Cienfuegos en busca de alimentos.
El joven Comas y el viejo Pertierra lograron escapar a la encerrona y tras horas de romperse los pies entre seborucos y dientes de perro llevaron el aviso de la desgracia hasta el Castillo de Jagua, a media madrugada del domingo. De inmediato y de forma espontánea comenzó la operación solidaria de rescate de las víctimas del Feliciano, que se daría por finalizada el jueves sin poder encontrar los restos de Raúl y Felina Riaño López, criaturas de once y cinco años, respectivamente.
Los primeros cuerpos hallados por los socorristas fueron los de la madre de la prole, embarazada si nos atenemos a una versión periodística, y el pequeño Rigoberto, de siete años. Sucesivos hallazgos permitieron darle cristiana tumba a sus hermanos Georgina (12) y Rafael (9). Pepín Riaño sólo podría compartir su dolor con Alfredo (13), el primogénito, acogido en el hogar cienfueguero del señor Manuel Hernández, director de la Escuela Superior de Varones.
En próximas ediciones los diarios dieron otras versiones ajenas al hambre como causa del fatídico embarque de los Riaño.López a bordo del último viaje de Feliciano. Detalles horripilantes del estado en que fueron encontrados algunos de los cadáveres y de la participación en la búsqueda de decenas de pescadores, entre los cuales destacaban Lico Fonseca, su hermano Juan, el popular Melón y varios japoneses anónimos, abundaban en las crónicas del desastre, comparado por el reporter Alfredo Hernández D’Cerice en las páginas de La Correspondencia con los de la Juana Mercedes, El Ligero y el bote de los Peloteros. Pero esas serán historias para otra ocasión. Si no naufragaron también.
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lunes, 17 de marzo de 2008
El mecenazgo de Don Nicolás Acea

El 10 de enero de 1897 en Cienfuegos Don Nicolás Salvador Acea y de los Ríos dictó ante notario su última voluntad. En diciembre había cumplido 67 años y sus bienes eran calculados alrededor del millón de pesos oro.
Si la fortuna económica le había sonreído con sobrada generosidad, la vida familiar transitó hacia la antípoda de la suerte. Hacer el bien a la ciudad donde habían habitado de manera desproporcionada sus alegrías y sus dolores fue la forma que escogió para irse de este mundo en absoluta paz.
A Doña Francisca Tostes García, su segunda esposa desde 1881, declaró como única y universal heredera de sus caudales. Los pulmones de Tomás Lorenzo, su único hijo apenas resistieron hasta el 25 de agosto de 1884, apenas 15 días después de cumplir los 17 años de haber nacido en cuna de oro en París.
Ni el aire puro de las montañas de California pudo salvar al rico heredero, cuyos huesos fueron a acompañar a los de su madre, la joven Teresita Terry Dorticós en el cementerio Greenwood, de Brooklin, Nueva York. La hija de Don Tomás Terry Adams, el hombre más rico de la isla, había transitado el mismo camino de la muerte que su retoño.
En principio Don Nicolás decidió permanecer cerca de los despojos de sus seres queridos en la metrópolis que con el tiempo sería la Gran Manzana. Doña Panchita logró convencerlo para regresar a Cienfuegos, donde lo primero que hizo fue devolver a Terry Adams el ingenio Esperanza, regalo del abuelo millonario al nieto nacido en la Ciudad Luz.
A la inmensa fortuna cuajada entre las masas y los tachos de su ingenio azucarero Dos Hermanos, Acea sumaba la cultura de un hombre que dominaba el inglés, el francés y el italiano. Su padre, el médico gallego Antonio Acea y Pérez, lo envió muy joven a la Universidad de París para que también se doctorara en la ciencia de Esculapio. Pero el hijo prefirió regresar a la orilla izquierda del Damují y ponerse al frente de los negocios familiares.
Naturales de la localidad gallega de Santa Marta de Ortigueira, los Acea, Don Antonio y su hermano el abogado Nicolás Jacinto, llegaron a Cienfuegos procedentes de la localidad habanera de Nueva Paz al poco de que De Clouet fundara la Fernandina. En las feraces tierras aledañas a la principal corriente fluvial de la comarca cienfueguera fomentaron los cafetales Dos Hermanos y Manuelita, luego reconvertidos en ingenios a tono con la coyuntura económica de la Isla.
En el plano político quien luego pasara a la historia como el Benefactor de Cienfuegos militó en el bando del reformismo, desde cuya posición llegó a ejercer cargos de notoriedad en el Consistorio de Cienfuegos. Pero en los preámbulos de la Guerra de Independencia, cuando en sus trajines organizativos Martí envió a la pujante ciudad del centro-sur de la Isla a su emisario Agapito Loza, Don Nicolás fue espléndido con la caja de caudales del Partido Revolucionario Cubano. Después de iniciada la contienda y mediante su amigo Antoñico Oviedo traspasaría con regularidad fondos al Club Revolucionario Panchito Gómez Toro.
Su labor filantrópica a favor de las familias reconcentradas por el tristemente célebre Valeriano Weyler lo encumbró en el aprecio de sus conciudadanos. Y cuando la escuadra estadounidense bloqueó el puerto de Cienfuegos, en el verano de 1898, el rico hacendado organizó un depósito de bastimentos en Dos Hermanos a fin de paliar las privaciones de la población sometida a la contingencia bélica.
Por esa época Nicolás Acea presidía ya la Junta Patriótica local, destacada en el auxilio de la Brigada de Cienfuegos del Ejército Libertador en los últimos meses de 1898 y primeros del año siguiente; pues esa fuerza mambisa permaneció acantonada a las afueras ciudad hasta que los restos del ejército español en Cuba, al mando del general Adolfo Jiménez Castellanos, abandonaron la Isla a bordo del vapor Cataluña por el Muelle Real la mañana del 6 de febrero de 1899.
El General en Jefe Máximo Gómez entró a Cienfuegos, por la lamentablemente derruida estación ferroviaria del Paseo de Arango, doce días más tarde de la definitiva evacuación hispana. El insigne dominicano se alojó en la vivienda de Acea, San Carlos esquina a Santa Isabel.
Sobre el terreno que ocuparon aquella vivienda y el Liceo de Cienfuegos, también propiedad de Don Nicolás, se erigió tres décadas más tarde el edifico que compartieron los Colegios Santo Tomás (1929) y San Lorenzo (1932), para niñas y niños, respectivamente, edificados con 300 mil pesos oro legados por el Benefactor a esos efectos. También legó a la ciudad el hospicio para ancianos que llevaría su nombre y donde en al actualidad funciona el hospital pediátrico Paquito González Cueto.
El cementerio Tomás Acea, inaugurado en noviembre de 1926 también fue fruto de la fortuna de Don Nicolás. Pero esa es otra historia.
La mañana del 4 de julio de 1944 Cienfuegos saldó su deuda con la memoria de su Mecenas, muerto en su casa el 7 de enero de 1904, al develar en el parque Martí el busto de mármol esculpido en los talleres de la Escuela Técnica Industrial de La Habana por el joven cienfueguero Mateo Torriente Bécquer, eminente alumno de la Academia San Alejandro.
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viernes, 7 de marzo de 2008
La última madrugada del Mambí
Tanta claridad adornaba la madrugada del jueves 13 de mayo de 1943 sobre las aguas atlánticas que bañan las costas del Oriente cubano que resultaba una invitación para poetas y enamorados insomnes.
Pero no eran aquellos tiempos de lirismo.
El primer torpedo del U-boot alemán hizo diana en el cuarto de máquinas de El Mambí y lo partió en dos mitades casi exactas. Por si no fuera suficiente aquel acto de cirugía metálica de la muerte, un segundo proyectil emergido de los dominios de Neptuno acertó la popa del pequeño buque-tanque cubano navegado por 31 marinos nacionales y cinco guardias estadounidenses.
La embarcación matriculada por la Cuban Destilling Co, empresa mielera asentada en Cienfuegos, que navegaba en lastre, voló en pedazos y fue tragada por las aguas en un santiamén. Junto con el amasijo de hierros se hundieron para siempre 24 cuerpos de hombres que dormían el cansancio de la jornada anterior o alimentaban las calderas del navío antes de convertirse en catafalco. Serían las tres de la madrugada, aunque las tragedias no requieren de tanta exactitud a la hora de registrarse en la historia.
Momentos antes el Unterseeboot nazi había torpedeado al mercante americano Linken Lykes y desperdigado por la atmósfera el cargamento de amoníaco que transportaba con destino a las obras de la industria niquelífera de Lengua de Pájaro, en el norte de la provincia de Oriente.
El par de barcos siniestrados, más otros dos con la bandera de las barras y las estrellas e igual cifra de cazasubmarinos cubanos navegaban en convoy por las aguas que tuvieron la primicia de ser surcadas por las tres carabelas más famosas de la historia.
Como el Linken Lykes tardó 46 minutos en hundirse sus 30 tripulantes lograron salvarse.
La prensa cienfueguera de la época situó las coordenadas de la muerte a diez millas de Puerto Padre y 27 de Nuevitas, rada a donde llegaron al amanecer los 11 hombres de El Mambí que lograron alcanzar las balsas salvavidas. Uno de los náufragos era el yanqui apellidado Sheper.
En el principal puerto de la provincia de Camagüey recibió cristiana sepultura el ayudante de máquinas José Fernández Rey, el único cadáver que devolvieron las aguas en la clara madrugada impropia para poetas trasnochados. Al sepelio del marino cienfueguero asistió Isabel Brenllas, que estrenó su viudez apenas a los cuatro meses de casada.
Peor sino, si cabe la cuantía, le tocó a Milagros Prats, que tres días más tarde tenía señalada la cita ante el altar con el timonel Antonio Fernández Rueda, uno de los cienfuegueros tragados por el Canal Viejo de Bahamas.
La muerte tocó por partida doble en una casa de San Fernando y Holguín para avisar que los hermanos Oscar y Armando Ferrer López, pañolero el uno y ayudante de cocina el otro, desde ya habitarían por siempre en el recuerdo.
Mientras la tragedia de El Mambí enlutaba Cienfuegos, principalmente la barriada de Reina, el tercer maquinista Bernardo García y el ayudante Mario Miranda agradecían al ángel de la guarda que los invitó a quedarse en La Habana, cuando el mercante regresó del puerto de Jacksonville. Por asuntos familiares ambos habían venido a la Perla del Sur con la encomienda de reintegrarse a la tripulación en otro puerto de la Isla. García contó que su camarote habitual quedaba justo sobre el sitio por donde el bisturí hitleriano diseccionó la armazón del vapor.
El Mambí tenía suficiente edad para la jubilación. De hecho había permanecido 12 años inactivo en los astilleros de Regla, pero ante la escasez de tonelaje impuesta por la Segunda Guerra la Cuban Destilling, que lo había comprado en la segunda década del siglo, lo arboló de nuevo en marzo de 1940.
Con 1975 toneladas de desplazamiento, sus bodegas podían cargar 475 mil galones, que casi siempre eran de mieles cubanas, materia prima esencial para la industria bélica estadounidense. Las carencias del transporte marítimo en aquella coyuntura lo habían revalorizado en medio millón de pesos. Ya en una oportunidad había logrado esquivar un torpedazo fascista.
El homenaje de Cienfuegos a las víctimas de El Mambí fue cuajado en bronce prieto por el artista Mateo Torriente Bécquer. La escultura Caracola con cuernos y estrella, imagen de la Nereida del Mar que con su trompeta alerta de nuevos peligros a la marinería de todos los tiempos, fue develada por el Ateneo de Cienfuegos en la rotonda de Punta Gorda como parte de las fiestas de la Noche del Camaronero, el domingo 26 de abril de 1959. Cuando la ciudad aún celebraba su cumpleaños 140.
Luego de ciertos desencuentros urbanísticos, la pieza recaló por último a finales de los 80 en el parque de Los Pinitos, desde donde su cuerno parece convocar a los hombres de la Tierra para que nunca más una madrugada de plenilunio sea el cadalso del lirismo en cualquier mar del planeta.
Pero no eran aquellos tiempos de lirismo.
El primer torpedo del U-boot alemán hizo diana en el cuarto de máquinas de El Mambí y lo partió en dos mitades casi exactas. Por si no fuera suficiente aquel acto de cirugía metálica de la muerte, un segundo proyectil emergido de los dominios de Neptuno acertó la popa del pequeño buque-tanque cubano navegado por 31 marinos nacionales y cinco guardias estadounidenses.
La embarcación matriculada por la Cuban Destilling Co, empresa mielera asentada en Cienfuegos, que navegaba en lastre, voló en pedazos y fue tragada por las aguas en un santiamén. Junto con el amasijo de hierros se hundieron para siempre 24 cuerpos de hombres que dormían el cansancio de la jornada anterior o alimentaban las calderas del navío antes de convertirse en catafalco. Serían las tres de la madrugada, aunque las tragedias no requieren de tanta exactitud a la hora de registrarse en la historia.
Momentos antes el Unterseeboot nazi había torpedeado al mercante americano Linken Lykes y desperdigado por la atmósfera el cargamento de amoníaco que transportaba con destino a las obras de la industria niquelífera de Lengua de Pájaro, en el norte de la provincia de Oriente.
El par de barcos siniestrados, más otros dos con la bandera de las barras y las estrellas e igual cifra de cazasubmarinos cubanos navegaban en convoy por las aguas que tuvieron la primicia de ser surcadas por las tres carabelas más famosas de la historia.
Como el Linken Lykes tardó 46 minutos en hundirse sus 30 tripulantes lograron salvarse.
La prensa cienfueguera de la época situó las coordenadas de la muerte a diez millas de Puerto Padre y 27 de Nuevitas, rada a donde llegaron al amanecer los 11 hombres de El Mambí que lograron alcanzar las balsas salvavidas. Uno de los náufragos era el yanqui apellidado Sheper.
En el principal puerto de la provincia de Camagüey recibió cristiana sepultura el ayudante de máquinas José Fernández Rey, el único cadáver que devolvieron las aguas en la clara madrugada impropia para poetas trasnochados. Al sepelio del marino cienfueguero asistió Isabel Brenllas, que estrenó su viudez apenas a los cuatro meses de casada.
Peor sino, si cabe la cuantía, le tocó a Milagros Prats, que tres días más tarde tenía señalada la cita ante el altar con el timonel Antonio Fernández Rueda, uno de los cienfuegueros tragados por el Canal Viejo de Bahamas.
La muerte tocó por partida doble en una casa de San Fernando y Holguín para avisar que los hermanos Oscar y Armando Ferrer López, pañolero el uno y ayudante de cocina el otro, desde ya habitarían por siempre en el recuerdo.
Mientras la tragedia de El Mambí enlutaba Cienfuegos, principalmente la barriada de Reina, el tercer maquinista Bernardo García y el ayudante Mario Miranda agradecían al ángel de la guarda que los invitó a quedarse en La Habana, cuando el mercante regresó del puerto de Jacksonville. Por asuntos familiares ambos habían venido a la Perla del Sur con la encomienda de reintegrarse a la tripulación en otro puerto de la Isla. García contó que su camarote habitual quedaba justo sobre el sitio por donde el bisturí hitleriano diseccionó la armazón del vapor.
El Mambí tenía suficiente edad para la jubilación. De hecho había permanecido 12 años inactivo en los astilleros de Regla, pero ante la escasez de tonelaje impuesta por la Segunda Guerra la Cuban Destilling, que lo había comprado en la segunda década del siglo, lo arboló de nuevo en marzo de 1940.
Con 1975 toneladas de desplazamiento, sus bodegas podían cargar 475 mil galones, que casi siempre eran de mieles cubanas, materia prima esencial para la industria bélica estadounidense. Las carencias del transporte marítimo en aquella coyuntura lo habían revalorizado en medio millón de pesos. Ya en una oportunidad había logrado esquivar un torpedazo fascista.
El homenaje de Cienfuegos a las víctimas de El Mambí fue cuajado en bronce prieto por el artista Mateo Torriente Bécquer. La escultura Caracola con cuernos y estrella, imagen de la Nereida del Mar que con su trompeta alerta de nuevos peligros a la marinería de todos los tiempos, fue develada por el Ateneo de Cienfuegos en la rotonda de Punta Gorda como parte de las fiestas de la Noche del Camaronero, el domingo 26 de abril de 1959. Cuando la ciudad aún celebraba su cumpleaños 140.
Luego de ciertos desencuentros urbanísticos, la pieza recaló por último a finales de los 80 en el parque de Los Pinitos, desde donde su cuerno parece convocar a los hombres de la Tierra para que nunca más una madrugada de plenilunio sea el cadalso del lirismo en cualquier mar del planeta.
viernes, 29 de febrero de 2008
El Rey Congo
El entierro del señor Vicente Goytizolo mereció un titular de cuatro columnas en primera plana de la edición del vespertino cienfueguero El Comercio, el viernes 15 de enero de 1915.
Versado en el arte, o en las mañas del titulaje, el reporter encabezó los catorce párrafos de la nota con sólo tres palabras: El Rey Congo.
¿A qué debía la notoriedad aquel difunto capaz de merecer tal destaque publicitario sin que su muerte fuera materia prima para la crónica roja?
Es que en el occiso se conjuntaban sus ciento diez años de edad, y las condiciones de veterano de la primera guerra independentista y líder religioso de la comunidad de origen africano.
La única fuente bibliográfica disponible para redactar esta postal en sepia del Cienfuegos que se aproximaba a su primer centenario es la referida nota de prensa. Cabría preguntarse si el nacimiento en 1805 del longevo ocurrió en una aldea de aquel continente convertido durante siglos en mina de fuerza de trabajo gratuita o si vino al mundo en esta isla, fruto de un útero esclavo.
El sepelio que tuvo lugar a las ocho de la mañana de aquel día en el Cementerio Municipal de Reina, único camposanto de la ciudad por esa época, partió del cabildo de la calle Hernán Cortés, entre Tacón y Cristina, donde el cuerpo del viejo roble derribado por el viento de los tantos años estuvo tendido en lujoso ataúd y entre profusos cirios.
Siendo esclavo de la dotación del ingenio Maguyara (sic) el mismo 10 de octubre de 1868, Goytizolo respondió al eco del campanazo libertario de Céspedes en su cachimbo La Demajagua. Consigo se llevó al monte a un grupo de negros del batey. Terminó con los grados de comandante aquella década guerrera, en la cual peleó a las órdenes del propio Padre de la Patria y el coronel Paulino Guerén.
En Cienfuegos, donde parece haber vivido durante toda la infancia de la República, le recordarían cubierto de collares y otros amuletos mientras andaba ceremonioso por sus calles, al tiempo que recibía reverencias de los suyos, cual si fuera una divinidad todopoderosa, contaba El Comercio.
Nunca estaba solo y a su paso seguidores y discípulos se disputaban el honor de escuchar en primera fila las prédicas del viejo lucumí. O el responso, si fuere necesario.
Era Goytizolo un hombre hogareño, casado por tres veces y padre de una docena de hijos. Todavía aunaba la fortaleza física con la mental y su verbo cargaba energía al hablar de cualquier tema.
Sus despojos fueron velados durante todo el día 14 al son del toque fúnebre de seis tambores arará y un cencerro. A rendirle honores llegaron delegaciones de los centros lucumíes de La Habana, Cárdenas, Matanzas, Trinidad, Sagua la Grande, Santa Clara y otros pueblos de la República.
Ante el féretro cubierto por la bandera cubana y rodeado de un jardín ocasional desfiló una muchedumbre. La mayoría serían sus fieles y la lista se completaría con curiosos. Como siempre ha sucedido en lances similares.
Como señal de duelo todos los altares de las sociedades de negros de nación vistieron de blanco y celebraron ceremonias por el eterno descanso del líder muerto en el combate de la vida.
En brazos fue llevado el sarcófago hasta Reina. Presidía el duelo el coronel Guerén, el mismo ex oficial mambí que diez años antes se había dignado a velar en su propia casa de San Carlos esquina a Gloria los restos del coronel Enrique Villuendas, el mártir del hotel La Suiza.
Muchas mujeres vestidas de absoluto blanco acompañaron al cortejo del cual participaban además un automóvil y varios coches repletos de ofrendas florales. También una caballería de los barrios rurales de Cienfuegos y la Banda Municipal magnificaron la despedida, a la cual tampoco faltaron los mismos curiosos de la víspera. O a lo mejor, más.
El Comercio cerró su nota de cuatro columnas en portada rogando por la paz eterna para el veterano, “el viejo negro que todos querían porque en vida sólo supo hacer el bien y jamás en sus prédicas y consejos ofendió a nadie”.
Versado en el arte, o en las mañas del titulaje, el reporter encabezó los catorce párrafos de la nota con sólo tres palabras: El Rey Congo.
¿A qué debía la notoriedad aquel difunto capaz de merecer tal destaque publicitario sin que su muerte fuera materia prima para la crónica roja?
Es que en el occiso se conjuntaban sus ciento diez años de edad, y las condiciones de veterano de la primera guerra independentista y líder religioso de la comunidad de origen africano.
La única fuente bibliográfica disponible para redactar esta postal en sepia del Cienfuegos que se aproximaba a su primer centenario es la referida nota de prensa. Cabría preguntarse si el nacimiento en 1805 del longevo ocurrió en una aldea de aquel continente convertido durante siglos en mina de fuerza de trabajo gratuita o si vino al mundo en esta isla, fruto de un útero esclavo.
El sepelio que tuvo lugar a las ocho de la mañana de aquel día en el Cementerio Municipal de Reina, único camposanto de la ciudad por esa época, partió del cabildo de la calle Hernán Cortés, entre Tacón y Cristina, donde el cuerpo del viejo roble derribado por el viento de los tantos años estuvo tendido en lujoso ataúd y entre profusos cirios.
Siendo esclavo de la dotación del ingenio Maguyara (sic) el mismo 10 de octubre de 1868, Goytizolo respondió al eco del campanazo libertario de Céspedes en su cachimbo La Demajagua. Consigo se llevó al monte a un grupo de negros del batey. Terminó con los grados de comandante aquella década guerrera, en la cual peleó a las órdenes del propio Padre de la Patria y el coronel Paulino Guerén.
En Cienfuegos, donde parece haber vivido durante toda la infancia de la República, le recordarían cubierto de collares y otros amuletos mientras andaba ceremonioso por sus calles, al tiempo que recibía reverencias de los suyos, cual si fuera una divinidad todopoderosa, contaba El Comercio.
Nunca estaba solo y a su paso seguidores y discípulos se disputaban el honor de escuchar en primera fila las prédicas del viejo lucumí. O el responso, si fuere necesario.
Era Goytizolo un hombre hogareño, casado por tres veces y padre de una docena de hijos. Todavía aunaba la fortaleza física con la mental y su verbo cargaba energía al hablar de cualquier tema.
Sus despojos fueron velados durante todo el día 14 al son del toque fúnebre de seis tambores arará y un cencerro. A rendirle honores llegaron delegaciones de los centros lucumíes de La Habana, Cárdenas, Matanzas, Trinidad, Sagua la Grande, Santa Clara y otros pueblos de la República.
Ante el féretro cubierto por la bandera cubana y rodeado de un jardín ocasional desfiló una muchedumbre. La mayoría serían sus fieles y la lista se completaría con curiosos. Como siempre ha sucedido en lances similares.
Como señal de duelo todos los altares de las sociedades de negros de nación vistieron de blanco y celebraron ceremonias por el eterno descanso del líder muerto en el combate de la vida.
En brazos fue llevado el sarcófago hasta Reina. Presidía el duelo el coronel Guerén, el mismo ex oficial mambí que diez años antes se había dignado a velar en su propia casa de San Carlos esquina a Gloria los restos del coronel Enrique Villuendas, el mártir del hotel La Suiza.
Muchas mujeres vestidas de absoluto blanco acompañaron al cortejo del cual participaban además un automóvil y varios coches repletos de ofrendas florales. También una caballería de los barrios rurales de Cienfuegos y la Banda Municipal magnificaron la despedida, a la cual tampoco faltaron los mismos curiosos de la víspera. O a lo mejor, más.
El Comercio cerró su nota de cuatro columnas en portada rogando por la paz eterna para el veterano, “el viejo negro que todos querían porque en vida sólo supo hacer el bien y jamás en sus prédicas y consejos ofendió a nadie”.
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domingo, 24 de febrero de 2008
Menéndez Peláez: Vuelo Camagüey-Sevilla
Salto atlántico en solitario
Sin más compañía que su entusiasmo, el aviador hispano-cubano Antonio Menéndez Peláez saltó sobre el Atlántico el lunes 10 de febrero de 1936 y cuando cuatro días más tarde aterrizó en el aeródromo Tablada, de Sevilla, inscribió su nombre como el del primer piloto iberoamericano en llegar España por aire.
El proyecto aéreo conocido como el Vuelo Camaguey-Sevilla comenzó en la capital llanera de Cuba el domingo 12 de enero y tuvo su clímax en el segmento que une sobre las olas a la ciudad brasileña de Natal y la gambiana de Bathurst (actual Banjul, capital de ese estado africano) luego de 15 horas de vuelo.
En principio el destino africano del trayecto planificado de siete mil 900 millas y 52 horas de vuelo, era la ciudad de Dakar, capital de Senegal, pero en aquellos tiempos la navegación aérea distaba de ser una ciencia exacta.
Con su hazaña Menéndez Peláez, nacido en la localidad asturiana de Santa Eulalia de Riveras en 1901, quiso rendir homenaje a sus compatriotas Barberán y Collar, héroes del aire que cubrieron la ruta Sevilla-Camaguey de un tirón de 39 horas en julio de 1933. El dúo de pilotos españoles desapareció a los pocos días mientras volaban el segmento La Habana-Ciudad de México.
Vencido el obstáculo acuático a lo largo de la menor distancia que separa Suramérica de África Menéndez enfiló la nariz del Lockbeed Vega rumbo a la capital andaluza a las ocho menos diez de la mañana del día 12 de febrero, pero una tormenta de arena en una extensa área del Occidente africano le obligó a tomar tierra en Cabo Juby, Río de Oro, a las cuatro de la tarde.
El avión de la Marina de Guerra Constitucional de Cuba y bautizado como Cuatro de Septiembre –fecha en 1933 de la primera asonada militar del entonces sargento taquígrafo Fulgencio Batista- tocó pista en Tablada a las cinco y 28 minutos (hora de Madrid) del día sanvalentinesco de 1936.
Había salvado las últimas mil 200 millas del periplo-homenaje en sólo siete horas, pero arribó casi asfixiado a causa del vendaval de arena que le azotó durante la segunda etapa intercontinental.
El aviador fue el héroe del día en un país que vivía las convulsiones políticas de la Segunda República, abocada a las elecciones parlamentarias del domingo 17 de febrero que darían el triunfo a la izquierda y abrirían el camino hacia la Guerra Civil.
Mientras en la ciudad del Betis se sucedían los ágapes al moderno Ícaro, el presidente cubano José A. Barnet firmaba el 15 de febrero el decreto de ascenso del piloto al grado de primer teniente del Cuerpo de Aviación y la concesión de las Órdenes al Mérito Militar y Naval, a ser impuestas en Palacio Presidencial al regreso del as.
Retrasado el vuelo Sevilla-Madrid a causa de condiciones climáticas por una parte y agitado ambiente político por la otra, el aeronauta aprovechaba el tiempo para cumplir con la agenda social propia de un famoso. El 18 de febrero fue agasajado en las bodegas de la casa Pedro Domecq, en Jerez de La Frontera, y al día siguiente visitó el monasterio de Huelva, sitio donde se detuvo el Almirante Cristóbal Colón en camino de otro salto trasatlántico, pero a la inversa y en carabela.
Menéndez que llevaba cartas autógrafas de Barnet para el presidente español Alcalá Zamora, llegó al fin al aeropuerto militar de Madrid a las 11 y 25 de la mañana del 21de febrero. Fue recibido allí por las primeras autoridades de la aviación nacional y trascendió la noticia de que el gobierno de España le concedía la Cruz Oficial de la Orden de la República.
De tal forma el piloto graduado en la academia Greal Airways, de Chicago, validaba sus palabras antes de lanzarse a la aventura: “Voy a hacer el viaje sin más compañía que mi entusiasmo y el afán de dejar bien colocado el pabellón cubano y el de las Fuerzas Armadas”.
El avión con nombre de madrugonazo militar estaba dotado de un motor Wasp de 523 caballos de fuerza y depósito para 450 galones de bencina. La velocidad crucero de 140 millas por hora era la más apropiada para realizar la empresa trasatlántica y la nave carecía de pontones para acuatizaje.
Las peripecias del vuelo en solitario comenzaron en la propia jornada inicial, cuando el proyectado aterrizaje en suelo venezolano en lugar de La Guaira (Maiquetía) sucedió, casi agotado el combustible y con muy visibilidad, en terrenos próximos a Puerto Cabello.
Tras realizar varios pases rasantes para espantar a las vacas que pastaban ajenas al acontecimiento, Menéndez realizó un aterrizaje de emergencia en un potrero cercano a Corentye, Guayana Inglesa, el 15 de enero. La necesidad de reparar la avería en el tanque de gasolina y aumentar la capacidad del depósito lo llevó a continuación a Port Spain, Trinidad, donde permaneció hasta el primero de febrero en esos menesteres, en los cuales contó con el auxilio del mecánico cubano teniente Gustavo Novo.
De la isla caribeña voló a la ciudad brasilera de Belem du Pará acompañado por Novo. El cinco de febrero llegó a Fortaleza, camino de Natal, de donde despegaría el 10 hacia los cielos de la gloria, mientras hacía currículum para la inmortalidad, que le estaría esperando en las riberas del río Cali en la mañana colombina del 29 de diciembre del año siguiente en medio del Vuelo Pro Faro de Colón.
Sin más compañía que su entusiasmo, el aviador hispano-cubano Antonio Menéndez Peláez saltó sobre el Atlántico el lunes 10 de febrero de 1936 y cuando cuatro días más tarde aterrizó en el aeródromo Tablada, de Sevilla, inscribió su nombre como el del primer piloto iberoamericano en llegar España por aire.
El proyecto aéreo conocido como el Vuelo Camaguey-Sevilla comenzó en la capital llanera de Cuba el domingo 12 de enero y tuvo su clímax en el segmento que une sobre las olas a la ciudad brasileña de Natal y la gambiana de Bathurst (actual Banjul, capital de ese estado africano) luego de 15 horas de vuelo.
En principio el destino africano del trayecto planificado de siete mil 900 millas y 52 horas de vuelo, era la ciudad de Dakar, capital de Senegal, pero en aquellos tiempos la navegación aérea distaba de ser una ciencia exacta.
Con su hazaña Menéndez Peláez, nacido en la localidad asturiana de Santa Eulalia de Riveras en 1901, quiso rendir homenaje a sus compatriotas Barberán y Collar, héroes del aire que cubrieron la ruta Sevilla-Camaguey de un tirón de 39 horas en julio de 1933. El dúo de pilotos españoles desapareció a los pocos días mientras volaban el segmento La Habana-Ciudad de México.
Vencido el obstáculo acuático a lo largo de la menor distancia que separa Suramérica de África Menéndez enfiló la nariz del Lockbeed Vega rumbo a la capital andaluza a las ocho menos diez de la mañana del día 12 de febrero, pero una tormenta de arena en una extensa área del Occidente africano le obligó a tomar tierra en Cabo Juby, Río de Oro, a las cuatro de la tarde.
El avión de la Marina de Guerra Constitucional de Cuba y bautizado como Cuatro de Septiembre –fecha en 1933 de la primera asonada militar del entonces sargento taquígrafo Fulgencio Batista- tocó pista en Tablada a las cinco y 28 minutos (hora de Madrid) del día sanvalentinesco de 1936.
Había salvado las últimas mil 200 millas del periplo-homenaje en sólo siete horas, pero arribó casi asfixiado a causa del vendaval de arena que le azotó durante la segunda etapa intercontinental.
El aviador fue el héroe del día en un país que vivía las convulsiones políticas de la Segunda República, abocada a las elecciones parlamentarias del domingo 17 de febrero que darían el triunfo a la izquierda y abrirían el camino hacia la Guerra Civil.
Mientras en la ciudad del Betis se sucedían los ágapes al moderno Ícaro, el presidente cubano José A. Barnet firmaba el 15 de febrero el decreto de ascenso del piloto al grado de primer teniente del Cuerpo de Aviación y la concesión de las Órdenes al Mérito Militar y Naval, a ser impuestas en Palacio Presidencial al regreso del as.
Retrasado el vuelo Sevilla-Madrid a causa de condiciones climáticas por una parte y agitado ambiente político por la otra, el aeronauta aprovechaba el tiempo para cumplir con la agenda social propia de un famoso. El 18 de febrero fue agasajado en las bodegas de la casa Pedro Domecq, en Jerez de La Frontera, y al día siguiente visitó el monasterio de Huelva, sitio donde se detuvo el Almirante Cristóbal Colón en camino de otro salto trasatlántico, pero a la inversa y en carabela.
Menéndez que llevaba cartas autógrafas de Barnet para el presidente español Alcalá Zamora, llegó al fin al aeropuerto militar de Madrid a las 11 y 25 de la mañana del 21de febrero. Fue recibido allí por las primeras autoridades de la aviación nacional y trascendió la noticia de que el gobierno de España le concedía la Cruz Oficial de la Orden de la República.
De tal forma el piloto graduado en la academia Greal Airways, de Chicago, validaba sus palabras antes de lanzarse a la aventura: “Voy a hacer el viaje sin más compañía que mi entusiasmo y el afán de dejar bien colocado el pabellón cubano y el de las Fuerzas Armadas”.
El avión con nombre de madrugonazo militar estaba dotado de un motor Wasp de 523 caballos de fuerza y depósito para 450 galones de bencina. La velocidad crucero de 140 millas por hora era la más apropiada para realizar la empresa trasatlántica y la nave carecía de pontones para acuatizaje.
Las peripecias del vuelo en solitario comenzaron en la propia jornada inicial, cuando el proyectado aterrizaje en suelo venezolano en lugar de La Guaira (Maiquetía) sucedió, casi agotado el combustible y con muy visibilidad, en terrenos próximos a Puerto Cabello.
Tras realizar varios pases rasantes para espantar a las vacas que pastaban ajenas al acontecimiento, Menéndez realizó un aterrizaje de emergencia en un potrero cercano a Corentye, Guayana Inglesa, el 15 de enero. La necesidad de reparar la avería en el tanque de gasolina y aumentar la capacidad del depósito lo llevó a continuación a Port Spain, Trinidad, donde permaneció hasta el primero de febrero en esos menesteres, en los cuales contó con el auxilio del mecánico cubano teniente Gustavo Novo.
De la isla caribeña voló a la ciudad brasilera de Belem du Pará acompañado por Novo. El cinco de febrero llegó a Fortaleza, camino de Natal, de donde despegaría el 10 hacia los cielos de la gloria, mientras hacía currículum para la inmortalidad, que le estaría esperando en las riberas del río Cali en la mañana colombina del 29 de diciembre del año siguiente en medio del Vuelo Pro Faro de Colón.
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